..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.157, Viernes, 5 de enero del 2007

 

Lecturas para profanos
Por Jorge Gómez Barata

“Ninguna cultura y ninguna fe pueden amparar la humillación y la conculcación de los derechos de las personas y ninguna invocación a Dios es honesta, cuando interfiere en la labor humana encaminada a solucionar problemas surgidos de las relaciones sociales, no dependientes de la fe”.

No soy iniciado en asuntos teológicos como para pronunciarme respecto a temas sagrados, aunque si lo suficientemente  versado en política como para saber que si Dios quisiera tener un partido político, no le confiaría la tarea a un lidercillo cualquiera, sino que lo haría Él mismo y si pretendiera castigar algún país o gobierno, pudiera aplicar la receta de Sodoma y Gomorra.

Me inclino a aceptar la idea de que, en su acepción teológica, la política como todos los campos mundanos pertenecen al libre albedrío, dimensión en la que todo queda a merced de decisiones humanas. No hay partidos de Dios, ideologías bendecidas ni lideres directamente iluminados por Él.  

En su versión teocrática la política y el poder político son rémoras o atavismos de cuando no existían las doctrinas y los preceptos jurídicos, los valores morales y la ética que acompaña los avances de la civilización. El que hayan sido teocráticos los regimenes egipcios y romanos, el imperio Inca y las monarquías europeas, es una prueba de su arcaísmo y no una razón legitimadora para su práctica actual. 

La ignorancia, el oscurantismo, así como la manipulación de la religiosidad de pueblos con déficit de ilustración y cultura, en función de intereses oligárquicos, no son autoctonías para defender, sino anomalías que es preciso corregir para avanzar en la edificación de sistemas y estructuras políticas basadas en el sufragio, la inclusión y la participación en la búsqueda del bien común.

La explotación y la manipulación de las masas por medio de la fe, no son privativas del Oriente u Occidente, también se les encuentra en el Norte y en Sur. La vileza y el oportunismo basados en la utilización de deidades, textos y preceptos religiosos con fines políticos, casi siempre mezquinos, no tienen patria, no son sagradas ni merecen respeto alguno.

Esa es la razón por la que líderes políticos y hombres de fe, acatan y aplauden la separación de la religión y la política como una conquista de la sensatez humana, que inevitablemente será universal.

La religiosidad acompaña la evolución humana, es parte de todas las culturas y esencia de la espiritualidad de todos los pueblos, una dimensión de la existencia regida por una misteriosa relación con Dios, que permite a los creyentes vivir su fe sin necesidad de incentivos inmediatos. La fe libera en tanto permite al espíritu alcanzar un estado de resignación y tolerancia, pero no puede cambiar a los gobiernos ni destronar  a los sátrapas.     

Ya que no hay manera de prescindir de los políticos y de los clérigos, es preferible permitirles que se dediquen cada cual a los suyo, se apoyen y se entiendan, sin invadir las competencias respectivas y se terminen para siempre con las aberraciones que resultan de las deformaciones a que conducen las mezclas.

Ya sean ideológicos o pragmáticos, creyentes, ateos o agnósticos, a los líderes políticos se les prefiere laicos y su vigencia ha de provenir, no de las relaciones con la religión, sino de la legitimidad de su mandato, de su capacidad para identificarse con las mayorías y de su vocación para el servicio, de la limpieza en la vida pública y privada, del apego a la ley y de la autocontención, para no abusar del poder que los pueblos le confieren.      

Ninguna cultura y ninguna fe pueden amparar la humillación y la conculcación de los derechos de las personas y ninguna invocación a Dios es honesta, cuando interfiere en la labor humana encaminada a solucionar problemas surgidos de las relaciones sociales, no dependientes de la fe.

Cuando un presidente dice haber hablado con el Altísimo y actuar por su encargo, acredita como infalible sus acciones y sus juicios, lo mismo ocurre cuando nos dice que el suyo es el partido de Dios, o que el adversario es un emisario del demonio.

Ligada a la política, prevaleciendo sobre ella, dictándole pautas y  explotando los resortes más profundos de la psiquis humana, la religión deviene otra forma de opresión, si cabe peor que la políticamente pura porque ejerce un efecto combinado sobre el ser y la conciencia. 

Nunca es tan repudiable la manipulación de la fe como cuando conduce a enfrentamientos fraticidas, a la violencia descontrolada e injustificable y estorba a la conquista de metas políticas y nacionales legítimas.

Enviado por su autor





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