..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.158, Viernes, 12 de enero del 2007

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Mentiras letales
Por Jorge Gómez Barata

Antes de que Napoleón estableciera los conceptos básicos del arte militar contemporáneo, para evaluar el potencial militar de un país o la  capacidad de una fuerza envuelta en operaciones estratégicas, se toma en cuenta el estado político y moral de las tropas.

Ningún cálculo académico de correlaciones materiales de fuerzas, explica la resistencia virtualmente sobrehumana de los defensores de Stalingrado, ni el virtuosismo de los generales soviéticos que cercaron y aniquilaron a una agrupación de tropas formada por más de 300 000 efectivos, haciendo prisioneros a 200 mil de ellos. Incluso, de haber sido 200 000 ovejas, conducirlas al redil hubiera constituido una hazaña.

Cegados por la arrogancia al haber conquistado desde la marcha a toda Europa y haber avanzado en la profundidad del territorio soviético, los fascistas subestimaron la capacidad de resistencia de sus adversarios y no calcularon sus enormes reservas morales.

Exactamente lo contrario ocurrió cuando el mando japonés decidió el ataque a Pearl Arbour, sobre la base de una sobrestimación de la capacidad combativa de sus propias fuerzas y una lectura errónea de las razones del abstencionismo norteamericano.

El pueblo americano y sus representantes en el Congreso habían sacado conclusiones acerca de la intervención en la Primera Guerra Mundial y no le perdonaron al presidente Woodrow Wilson haber sacrificado la vida de 126 000 de sus jóvenes en una guerra que no consideraban suya y cuyos objetivos nunca llegaron a percibir con claridad. 

Todo indica que el generalato Japonés tomó la resistencia norteamericana a involucrarse en los combates por Europa y el Pacífico como debilidad. Ante la humillación de Pearl Arbour, el presidente Roosevelt, refiriéndose a la inhabilitación que lo ataba a una silla de ruedas, declaró indignado, que quienes tomaban a América por una Nación  de “play boys” o de inválidos, pagaría por su equivocación.

Hay decenas de ejemplos que en uno u otro sentido, aportan pruebas del significado del factor moral en la guerra y del papel de las motivaciones ideológicas y patrióticas. Las experiencias de Inchon en Corea, Vietnam, Bahía de Cochinos, entre otras muchas, debieron haber operado como fusibles para impedir las aberrantes circunstancias que llevaron a la ocupación de Irak.

No existen precedentes de una potencia moderna que se haya  involucrado en una guerra de tan enormes dimensiones sobre la base de intrigas tan repugnantes y tan flagrantes mentiras. Más temprano que tarde, tal vez ahora mismo, la Administración norteamericana tendrá que responder, no tanto por haber llevado a la muerte a más de tres mil jóvenes, sino por haberlos engañado.

No sólo la opinión pública, sino también los representantes y senadores, los funcionarios del servicio exterior, incluyendo a personas de la jerarquía de Colin Powell y sobre todo, los generales que comandan las tropas que libran una lucha sin sentido ni justificación y son obligados a matar para sobrevivir, pedirán cuentas.

Los errores cometidos en torno a Irak, no son del tipo que se resuelven con decir “lo siento”, sino de los que requieren una reparación y conllevan un castigo. Bush no sólo ha hecho el ridículo, sino que ha conducido al país a una encrucijada en  la que se arriesgan la salud del orden social y la coherencia del sistema.

Por haber faltado a la verdad, sin haber ocasionado riesgo o sufrimiento alguno, Andrew Jackson y Bill Clinton afrontaron sendos juicios políticos y Richard Nixon fue obligado a renunciar. Difícilmente Bush logre sobrevivir a sus embustes.

Al privar a sus militares de cualquier justificación moral y de incentivos para luchar, Bush los desarma, los debilita y los expone. Ningún soldado tiene vocación de mártir, ningún oficial quisiera perder a un hombre y las madres que lloran toda la vida al hijo muerto, asumen los riesgos de la guerra cuando valen la pena. No es el caso,  Estados Unidos lo sabe.

Enviado por su autor





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