..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.159, Viernes, 19 de enero del 2007

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Crónicas de la lucha revolucionaria
Preparando la guerra XIV a XVIII partes

Por William Gálvez:

 30 DE NOVIEMBRE (12)

 

Comando de Paquito Cruz

 

Tan pronto Paquito Cruz llegó a su casa de Santo Tomás Nº 158, con los demás compañeros, les dijo que iba a salir a realizar una gestión y que no demoraría mucho. Bajó por Martí, y un ómnibus de pasaje local lo condujo a Barracones y Santa Lucía. Caminando se acerca a la estación de la Policía, en la Lomo del Intendente. Reconoció la casa que debía tomar para emplazar la ametralladora bípode en el techo y desde allí dominar los altos del cuartel de la policía. Cuando Pepito terminaba de darle la misión, consideró necesario hacer un reconocimiento, pues le quedaba tiempo para hacerlo. Una vez comprobado por dónde iba a entrar, se marchó. Cuando esperaba la guagua frente a un puesto de café en Santa Lucía y Lorraine, observó un jeep donde viajaban los hermanos Israel y Joaquín Góngora (traidores), manejado por Alberto López. Se detuvieron, preguntándole a dónde iba. Al responderles Paquito que para su casa, decidieron llevarlo.

 

    Los muchachos de las Brigadas Juveniles dirigidos por Joaquín Góngora se concentraban en una iglesia bautista de la calle E, Reparto Vista Hermosa, pero al comprender que les resultaba muy pequeño el local, Alberto López propuso ir para la carbonera de su padre, en calle A Nº 141. Reparto Mariana de la Torre. En pequeños grupos fueron saliendo hacia la nueva ubicación. Tenían en su poder 2 fusiles Mendoza, 1 escopeta calibre 12 de mazorca, 3 granadas brasileras y varios cocteles Molotov. Su misión: apoderarse de un alto edificio en la calle Plácido esquina a Trocha y evitar el tránsito de vehículos militares por esa avenida.

 

    En horas de la tarde Joaquín visita a Pena, quien indicó que por la noche recogiera dos Pistolas, una calibre 45 y otra 22. Luego de estar todos en la carbonera, en el jeep del tío de Alberto, manejado por éste, fueron a buscar las pistolas en una casa detrás del Instituto de Segunda Enseñanza. En el camino se encontró con su hermano Israel que, aunque no pertenecía a su grupo, decidió acompañarles. Una vez recogidas las armas, las colocaron en la caja de herramientas del vehículo, debajo del asiento del chofer y se dirigieron a localizar a otros compañeros para el acuartelamiento. Bajando por la Avenida Lorraine, uno de ellos distinguió a Paquito.

 

    Frente al edificio de la fábrica de ron Bacardí, en la Avenida Lorraine, fueron detenidos por un jeep microonda del Ejército, tripulado por el subteniente Antonio Valdés y el cabo Rubén Mulet. Con las armas en las manos les obligaron a ponerse de frente a la pared con los brazos en alto. Uno de ellos hizo un minucioso registro y encontró dos pistolas, una calibre 45 y otra 22, cañón largo y algunas balas 45. De inmediato, por el equipo de radio, informaron a sus superiores. Minutos más tarde apareció otra microonda y a partir de ese momento comenzaron los maltratos físicos. Faltaba poco para la media noche.

 

    En las oficinas del SIR del Regimiento Maceo se inició la toma de nombres y direcciones de los detenidos; cuando tocó el turno a Paquito, consciente de que dar su dirección era entregar a sus compañeros, dio la de una tía en Rastro Nº 207. Israel Góngora dijo todo lo que sabía.

Frank 24.00 horas

La casa de Punta Gorda está a unos cien metros de la costa, en la parte baja, muy cerca del balneario. Es de madera, techo de zinc a dos aguas, portal por el frente y el lado izquierdo; a la derecha, una terraza que sobresale unos tres metros y tanto ésta como los portales, poseen barandas. Un pasillo cementado con un amplio jardín a la izquierda antecede la entrada. Está compuesta por sola, comedor, cocina, tres dormitorios y un baño, todos con ventanas. En el patio de la casa hay matas de plátano y un frondoso flamboyán. Tanto la viviendo como el mobiliario, típicos de la clase media de la época.

 

    Tan pronto hizo su entrado, Frank entregó a varios compañeros documentos con orden de que una vez conocidos los quemaran, para no dar oportunidad al enemigo de ocuparlos en caso de ser sorprendidos. Conversaron un rato sobre los trabajos efectuados, la salida de Fidel cómo se desarrollarían los acontecimientos, la Revolución, el futuro. Soñaban despiertos. Al confeccionarse la lista de la guardia, María Antonio planteó que le dolía la cabeza y que ella se responsabilizaba con hacerla. Le facilitaron un revólver 38 y Álvarez le prestó el reloj. Debía despertarlos a las cinco de la mañana. Como no alcanzaban las camas para todos, se tiraron en el suelo. Frank y Taras se quedaron en la máquina.

 

    Era una noche fresca y estrellada, indicio de nuestro leve invierno. De vez en cuando se escuchaba el motor de alguna lancha que cruzaba la bahía, destacándose las pequeñísimas luces de los pescadores en sus humildes botes. Qué ignorantes estaban de que no muy lejos, un grupo de hombres y mujeres soñaban con una vida mejor para los desposeídos.

El enemigo

 “...Agregando que por las propias manifestaciones del detenido Israel Góngora Suau que a las doce de lo noche del día anterior había concurrido a una reunión que se efectuó en la callé 6ª Nº 314 del Reparto Sueño, domicilio de Alfredo Acosta Perera, donde se acordaron hora y planes de ataque, estableciéndose por tal motivo una vigilancia en el lugar mencionado, con el Cabo José R. Morffi Castillo y el cabo (S) Roque Acosta Velázquez, como a la una de la mañana, con las instrucciones de registrar a cualquier persona que saliera de la casa, resultando que como a las tres de la mañana llegó al lugar una máquina color rosado con la chapa Nº 276109 en la que viajaban cinco individuos que han resultado ser Orlando Remón González, natural de Palma Soriano de veintiocho años de edad, vecino de Jesús María y 2ª de Agüero Nº 4, Prisco Rafael Madefece Martínez José Raúl Maceda Dapena (…), Hérmenes Salmo Martínez (...) y José Ángel Hierrezuelo Pérez (…) Tocando uno de ellos a la puerta llamando: "Acosta. Acosta", saliendo el referido Alfredo Acosta Perera (...) Acompañado de Orlando Rodríguez Blez (...) El cual se ha podido comprobar que el Acosta es Jefe de un grupo revolucionario denominado 26 de Julio, llegando en ese instante el 2º Tte. Pedro Morejón Valdés y el cabo de la Policía Nacional Ángel Luis Balboa, procediendo a practicar un registro en la máquina que se ha dicho (...) ocupando en su interior 15 sacos de tela azul con 100 cápsulas Calibre 30 c/u para fusiles y dos granadas de mano, deteniendo al grupo de referencias y conduciéndoles a estas oficinas." (ACTA DE DETENCIÓN)

 

    La hora de la reunión y de la captura que se indica en el acto no es la correcto, pues la primera fue por la tarde y lo segundo se efectuó la las cinco de la mañana. Escaparon cuatro compañeros al saltar las paredes del patio de la casa de Alfredo Acosta.  Lo cierto es que por la cobardía de Israel detuvieron a los demás (poco antes Acosta había recibido instrucciones de Tin Navarrete) y peor aún, los cuerpos represivos conocieron que alguna acción se tramaba para el otro día. Parece que no consideraron que fuera de mucha envergadura. No llegaron a conocer más detalles por la valiente actitud de las demás detenidos y porque el delator desconocía cuál sería la acción. No obstante, lo que informó fue suficiente para que tomaran algunas medidas de reforzamiento de las postas en el Regimiento, en la Estación de la Policía Nacional y en la Marítima, designando también más patrullas para el recorrido por la ciudad. Objetivamente en gran parte se perdería el factor sorpresa. El enemigo obtuvo una señal aunque, eso no detendría a la maquinaria revolucionaria que, de manera oculta convirtió a la ciudad en un gran campamento insurgente.

 

15ª Parte

 

30 DE NOVIEMBRE (13)

 

FRANK PAIS: “La hora del ataque era  inicialmente a las seis, pero ser pospuso para las siete en previsión del cambio de guardia. A las cinco sonó el despertador, aunque casi todos los combatientes habíamos pasado la noche despiertos y naturalmente nerviosos. Se repartió café con leche y galletas, que casi nadie ingirió. Con intensa emoción nos pusimos por primera vez nuestros uniformes del 26 de Julio, color verde olivo, con brazales rojos y negros con letras blancas y los arreos militares."

 

    A las cinco, de la mañana María Antonia comenzó a despertar a los que aún dormían (la tensión nerviosa provoca un sueño intranquilo), por suerte, no hubo nada anormal en el tiempo transcurrido. Frank rastilló su ametralladora Thompson, puso el seguro, situándola sobre la, mesa. De inmediato distribuyó el personal en las dos máquinas. Antes explicaba que en la casa escogida para Cuartel General los estaría esperando la gente de Enzo y Clergé. Luego expresó:

 

    --Vamos, para la casa de Santa Lucía. Bilito ¿tú conoces dónde es?

 

    Su respuesta fue afirmativa. Sus acompañantes también conocían la vivienda. En el auto de Castellanos montan Gloria, María Antonia y Álvarez. Portaban revólver y en el maletero iban las granadas. El otro carro, conducido por Frank, Haydeé y Hart ocupaban el asiento delantero; detrás Taras con la ametralladora lista para accionar, Asencio y Blanco Pujol todos con armas cortas.

 

    Desde el horizonte, el sol naciente irradiaba luz; ya era totalmente de día. Antes de las seis de la mañana, Castellanos puso en marcha el carro rumbo a la ciudad, por la carretera que conduce al Morro y pasó por la entrada del aeropuerto. En ese tramo vieron venir un jeep del Ejército y los nervios se aceleraron al máximo, pero por suerte siguió de largo; posiblemente era el relevo de la posta del aeropuerto. En Trocha, giran a la derecha y en la tercera cuadra, en San Pedro, a la izquierda, buscando Santa Lucía. El camino escogido por Frank fue el de la carretera "turística"; apasionado amante de la naturaleza, quizás quiso, en ese momento histórico, disfrutar del inolvidable espectáculo de la bahía caribeña y las iluminadas siluetas de la Sierra Maestra, encontrarse entre el Sol y la Montaña a esa hora de ese día en que llevaban a la patria el regalo mayor. Desde los picachos el soplo frío y trémulo del terral batía sus rostros. Desde la Avenida Trocha recorrerán la misma ruta que sus compañeros. Vencidas las empinadas calles, llegaron a la meta.

Cárcel de, Boniato. 05.30 horas

 En la prisión de Boniato, antes de las seis de esa mañana Carlos Iglesias despertó a Orlando Benítez, Orestes Álvarez (Sabú) e Israel García, en preparación de la fuga. Lo primero a realizar para evitar sospechas por levantarse antes de la hora habitual era vestirse corno si fuera a asistir a juicio en la ciudad. Poco después, Braulio Coroneaux y Raúl Menéndez Tomasevich le ratificaron a Iglesias el plan de fuga. El primero fue para los dormitorios y el segundo tomó rumbo al fondo del penal, simulando ir a los almacenes, pero se desvió por las calles laterales para unirse con su compañero en los dormitorios. Por el camino Tomasevich se encontró con dos escoltas. Le preguntaron qué hacía por allí, pero su respuesta fue convincente para los desconfiados vigilantes. Así logró llegar a su destino, donde descansaba plácidamente el resto de la guarnición. El objetivo era localizar una ametralladora Thompson, pero al no encontrarla, tomó de debajo de la almohada de uno de los militares un revólver, regresando al dormitorio y entregándoselo a Iglesias. Con aquella arma debían neutralizar a la posta del pabellón y salir de allí. De nuevo en el dormitorio de los custodios, se encontró con Coroneaux, quien tenía la ametralladora. Tomás --como lo llaman sus amigos--  se hizo de un fusil. A partir de las siete comenzaron a llegar los miembros de la guarnición que estaban de franco, por lo que decidieron detenerlos a medida que aparecían.

 

    El primero fue el supervisor de la cárcel, que llegó más temprano que nunca y para que subiera hubo que inventarle una razón. Fue detenido. Luego vino otro oficial, a quien se le dijo lo mismo. Al detenerle creyó que era una broma de los reclusos, e hizo resistencia cuando se le fue a desarmar; en el forcejeo se disparó el arma de Coroneaux, quedando encasquillada. Tomasevich propinó un culatazo al teniente, pero éste pudo escapar escaleras abajo. El otro detenido cerró la puerta de la oficina, evitando la entrada.

 

    Los demás complotados, que esperaban ansiosos en el Pabellón Uno, al escuchar el disparo consideraron que era la señal para actuar, encañonaron el custodio, encaminándose a la dirección, de la que venía un teniente muy nervioso gritando: “¡Allá alante hay bronca, hay bronca!" El alarmado oficial fue detenido, le quitaron el revólver y los insubordinados continuaron su camino. El disparo despertó a los custodios, pero no les era posible moverse, amenazados por los dos amotinados. Mientras Coroneaux cuidaba a los vigilantes con la Thompson encasquillado, Tomasevich descendía a la puerta de la administración. Vio salir del pabellón a sus compañeros, quienes tenían que cruzar un largo y descubierto pasillo amenazados por las postas, disparó a las garitas laterales para darle protección, produciéndose un pequeño combate sin consecuencias.

 

    Reunidos en la dirección del penal, se adueñaron de los fusiles, deteniendo a los custodios que llegaban. Pasadas las seis, el penal estaba bajo control de los revolucionarios sublevados, pero era necesario abandonarlo, pues de venir refuerzos, la fuga se complicaba. El camión previsto paro marchar a Santiago no apareció y debieron salir o pie.

 

    En lo carretera detienen una máquina, analizan sí deben entrar a Santiago, por esa vio, o por otro camino. Actuaban con cautela por el temor de pasar frente al cuartel del Ejército en el poblado de Boniato y de que estuviesen informados de lo ocurrido en el penal por los miembros de la guarnición ya liberados. Como el chofer del auto, capturado en la carretera les dijo que en la ciudad no sucedía nada, porque la radio no lo comunicaba. Decidieron tomar un camino opuesto. Cerca de San Luis abandonan la máquina, internándose en el monte, rumbo a Santiago.

Comando de Tin Navarrete

 El grupo dirigido por Tin Navarrete se acuarteló en varias casas. Una era la de Orlando Regalado, a pesar de que éste lo hizo en otra, cita en calle Nueva Nº 120, esquina a Trinidad; en una pequeña finca de Rigoberto Márquez, en Cuabita, al lado de una cantera, y la tercera, la de Alfredo Acosta (Papi), en calle 6ª Nº 314, Reparto Sueño. Contaban con varios fusiles Mendoza, 1 ametralladora Johnson y 1 subametralladora Thompson, 3 pistolas y 2 revólveres 38. Tin y Javier Gómez pernoctaron en la casa de una amiga del segundo, en Heredia, frente al mercado municipal. Poco después de la media noche inician una especie de control de los lugares de acuartelamientos.

 

    Primeramente visitaban la pequeña finca de Márquez, donde recogieron armas y parque. Alrededor de las tres de la madrugada llegan a la viviendo de Hermus. Al entrar en la ciudad, distinguen a 2  soldados, en la loma de Quintero, pero no son registrados. Hermus estaba muy deprimido, pues los demás militantes no aparecían. Con la preocupación de la no asistencia de los comprometidos en la lucha, irían en busca de Alfredo Acosta, al que encontraron antes de llegar a su casa, le hacen entrega de varios sacos pequeños con municiones, cambiándole su auto por el jeep de los compañeros. Acosta debía unirse a Hermus en el bloqueo al Regimiento, lo que no sería posible, pues Alfredo fue detenido con la mayoría de sus compañeros en su casa.

 

16ª Parte

 

30 DE NOVIEMBRE (14)

 

Luego Tin continuó hacia la finca. En la salida de la ciudad, en la misma loma de Quintero, ahora había 4 militares que los someten a un ligero registro, sin dar con las armas. Pasado el sofocón pueden seguir. Según lo acordado Tin y Gómez se dirigen al lugar, donde supuestamente debían acudir los evadidos de la cárcel de Boniato.

 

    Esperaron un rato en el lugar, con el fin de reforzar a sus compañeros, pero nadie aparecía. Pensaron que lo más importante era el boqueo al Regimiento y de mutuo acuerdo se marchan. En el camino vieron venir un camión con soldados rumbo a la cárcel, pero pasó de largo. La reacción de Tin y  Javier fue dispararle pensando que era refuerzo para el penal, pero las armas largas no estaban a mano y lo hicieron con las cortas, al tiempo que el chofer apretaba el acelerador para alejarse.

 

Ya pasados los siete de la mañana, el mortero no daba señales de vida,

Comando de Otto Parellada. 05.50 horas

 A lo hora convenido Otto ordenó que ocuparán el auto. Eran los ocho choferes. Debían salir diez minutos antes para hacerse de los vehículos en el garaje Wiloro. La máquina de Otto tomó par calle 10, Garzón, hasta Avenida de Céspedes; giró a la derecha al llegar a su destino, desde la acera observaron una perseguidora que se acercaba por detrás. Consideraron que habían sido descubiertos y e hicieron fuego. El auto militar dio un brusco frenazo y sus ocupantes se lanzan al piso mientras los revolucionarios, tomando de nuevo su auto, se alejaron a toda velocidad. Los tripulantes del carro militar repuestos de la sorpresa iniciarían la persecución intercambiando disparos, aunque sin acercarse demasiado. Los fugitivos doblaron a la izquierda, buscando la Carretera Central, calle 2. Carretera de Cuabita, Avenida Martí hasta Santo Tomás y Trinidad, donde se detuvieron. Al bajar ya no veían al perseguidor. Se encaminaron a la casa de Pepito, dando la vuelta por Trinidad y San Pedro, el auto quedó en el lugar con las puertas abiertas. Pensaron que si los gendarmes llegaban hasta allí no sabrían dónde se encontraban. Esto agravaba la situación y además con toda seguridad, se alertaría a todas las unidades militares.

 

   Diez minutos más tarde Casto Amador y sus compañeros salieron en los dos autos. En la casa quedan unos quince jóvenes que por falta Se armas, debían esperar. Parados frente al garaje Wiloro vieron varios curiosos en las aceras y puertas de las casas, pero no estaba la máquina de Otto. Decidieron dar la vuelta a la manzana por calle K y 4ª, al pasar de nuevo frente al garaje, fueron más los curiosos. Con la clara idea de que algo había pasado, acordaron alejarse. El regreso por M y 4ª, al llegar a K encontraron un pequeño ómnibus de Cubana de Aviación. Dentro del vehículo, un hombre como de unos cincuenta años les dijo que el chofer desayunaba en la tienda de la esquina. Casto entró apresurado. Eran varios los clientes a esa hora. Preguntó.

 

    -¿El chofer de la guagüita...?

 

   Le señalaron ó un hombre trigueño, de bajo estatura, de unos

 

30 años, que desayunaba tranquilamente parado al lado del mostrador. Cuando vio al joven con un fusil en la mano y uniformado de verde olivo, se le cayó el emparedado que comía.

 

    --Vamos, que te necesitamos,

 

    El chofer, con marcado palidez, salió de la tienda acompañado por Casto.

 

    Tanto el conductor cómo el pasajero de la guagüita, muy nerviosos, alegaron ser padres de familia y rogaban no ir Con ellos.

 

    --No se preocupen que ustedes se quedarán más adelante --les dijo Casto.

 

    Parte de los combatientes de las dos máquinas pasaron al vehículo requisado.

 

    --Dale recto hasta la Central --ordenó Casto.

 

    A la altura del Stadium Maceo de calle F, vieron venir un carro patrullero que se incorporaba a calle M, en esa misma dirección. Casto indicó al chofer que aminorara lo velocidad y a sus compañeros que dispararan sólo en caso indispensable. Pensó que así los esbirros no se darían cuenta del tipo de pasajeros de la guagüita, evitando un encuentro que alterara sus verdaderos propósitos.

 

    Para alertar a sus compañeros que le seguían, rompió de un culatazo el cristal trasero, les hizo señas que se acercaran y los puso al tanto de lo que sucedía. Los vehículos mantuvieron la distancia. Al llegar a la Carretera Central el chofer, no pudo resistir más el miedo y comienza a suplicar por sus hijos, su madre, toda su familia, que lo dejaran en libertad. Soltó el timón gesticulando con los brazos e inexplicablemente cruzaron la peligrosa vía sin ninguna dirección.

 

    --¡Oye, coño, coge él timón, que nos vamos a matar...!

 

    El grito de Casto hizo que el conductor reaccionara y aunque muy alterado, se ocupó de su trabajo.

 

    Al ver que el carro militar se alejaba por calle 10, doblaron en 1ª, luego en 8. A partir de ahí harían el mismo recorrido hasta; encontrar el carro de Otto con los puertas abiertas. Pensaron en algún percance, dando la vuelta en busca de la casa de Pepito, pero los tripulantes del carro patrullero se alejaban al comprender el tipo de pasajeros de lo guagüita y las dos máquinas, para no ser atacados. Según se conociera posteriormente por Orlando Regalado y Camilo Oliva, que iban detenidos en aquel carro, uno de los policías informa por la microonda: "Hemos visto cruzar vehículos con jóvenes armados y uniformados de verde. ¡Peligrosos¡ ¡Peligrosos¡"

Comando de Léster Rodríguez. 05.55 horas

 Considerando que ya era la hora de partir, Léster indicó a Khalet de Quesada que condujera el auto hasta el lugar de emplazamiento del mortero y la ametralladora. Como el enemigo contaba con algunos elementos, según le informaron Lopito y Delfín la noche anterior, pensó que de ir todos en la máquina sería más peligroso, si por casualidad se topaban con algún carro de los cuerpos represivos y pudieran reconocerlo a él, Josué o Regalado, identificado como elementos enemigos del régimen. De suceder esto y ser detenidos no podrían llevar a cabo la misión y además se perderían las armas. Por tal motivo los cuatro revolucionarios se trasladan caminando hasta el lugar del emplazamiento. Como la distancia a recorrer era de, más de diez cuadras, ordenó a Regalado y Camilo salir antes, con diferencia de menos de cinco minutos lo harán Léster y Josué. No pasaban, de las seis y cinco de la mañana.

 

    Hasta 4ª y M, del Reparto Sueño, caminaron sin tropiezo, faltaban unas cinco cuadras. El reloj de Léster marcaba las seis y diez; no tenían por qué apresurarse, seguros de que les sobraba el tiempo. El ruido del motor de un carro se acercó a sus espaldas, no era el primero que escuchaban y pasaba de largo. Y éste hizo lo mismo, pero a unos treinta metros frenó, dio marcha atrás y se detuvo a su lado.

 

    Cuando Josué y Léster vieron que era un jeep de la policía con el cabo Salvador Dagnesse y tres agentes más, supieron que no llegarían a su destino y que el mortero no iba a tirar. El flaco sabueso y sus acompañantes se desmontaron y preguntó:

 

    --¿En qué andan ustedes a esta hora por aquí?

 

    --En asuntos de trabajo -respondió Léster,

 

    --Bien, de todas formas les pido que nos acompañen, es mejor seguir en jeep que a pie. ¿No creen? -dijo de manera irónica el cabo.

 

    A pocas cuadras de allí eran detenidos Orlando Regalado y Camilo Oliva, por un carro microonda. Ambos vehículos eran de los que acudían a la zona, luego del encuentro de Otto con la patrulla, deteniendo a los sospechosos.

 

17ª Parte

 

30 DE NOVIEMBRE (15)

 

Frank. 06.00 horas

 

Antes de las seis, por indicaciones de su hermano Enzo, Puchete salió en busca de un chofer, pero sus gestiones fueron infructuosas. Continuará para la casa de Santa Lucía y San Félix, pasando las armas que dejó ocultas enfrente la noche anterior. Poco después se acercaron Luis Clergé y varios miembros de la célula de Enzo. De inmediato apareció la máquina de Bilito, seguida por lo de Frank. No faltaba ya mucho para las siete de la mañana.

 

    La ancha escalera que comunica a la planta alta fue vencida con rapidez por el jefe y su comitiva. Las criadas de la casa, ya despiertas, quedaron petrificadas al ver tanta gente, lo mayoría armado.

 

    --No tengan miedo, somos revolucionarios --les dijo Frank para calmarlas y agregó: --Llévennos al cuarto de los esposos.

 

    Sólo fueron necesarios unos ligeros toques en lo puerta y la voz de Sussete se dejó escuchar:

 

    --¡Ya va...! Enseguida salgo.

 

    Apresuradamente zarandeó a su marido.

 

    --Despierta, Santiago, que hay gente que nos busca.

 

    --¿Qué pasa, Sussete, quién nos busca a esta hora?

 

    --No sé; voy a ver.

 

    Se puso una bata de casa, abrió la puerta, viendo la figura de Frank rodeado de otros jóvenes:

 

    --Lo siento, señora, pero hemos tomado su casa revolucionariamente y por el bien de ustedes deben marcharse.

 

Una nerviosa sonrisa se reflejó en su rostro; tuvo dudas de qué hacer, si gritar de alegría o asumir una posición de desconocimiento, al recordar que para ella todo debía ser imprevisto.

 

    --Tenemos que irnos de aquí enseguida --dijo a su esposo.

 

    La primera reacción del marido fue violenta. Pensaba que con eso resolvería la situación. Pero al ver a los visitantes armados, se puso nervioso, pronunció una serie de improperios y se dispuso a partir junto a su mujer, sus hijos y la niñera. Cuando bajaban la escalera vio a Puchete y consideró que todo era culpa suya, pero Sussete le respondió:

 

    Él no tiene nada que ver con esto. Déjalo tranquilo y vámonos. Realmente era así. Aunque Puchete era de absoluto confianza de la familia por ser trabajador de El Carrusel propiedad de la familia y sostener relaciones con el ama de llaves de lo servidumbre, no fue quien escogió el lugar. Para llegar a este punto debemos remontarnos meses atrás, cuando Sussete Bueno, de unos 30 años, cara bonita, rubia y pasado de peso que trataba de ocultar con apretadas fajas y corsés, de un carácter afable y servicial, a la manera burguesa, dueña de una marcada coquetería, hizo saber a Puchete que estaba dispuesta a cooperar con los revolucionarios.

 

    En varias ocasiones y por la confianza que ella le brindaba, él se manifestó como enemigo del régimen. Su primera colaboración importante fue aceptar que se instalara un mimeógrafo en una de las habitaciones de la casa, por el mes de junio, cuando por temor, un miembro de la Triple A se lo entregó a Pepito. Una gran parte de la propaganda del Movimiento fue, impresa allí, hasta poco antes del 30 de noviembre. Luego le dijo a Puchete su interés por conocer a Frank País.

 

    El recado fue transmitido y Puchete se quedó esperando para hacer el contacto, pero no supo nada más hasta dos días antes del 30 de noviembre, cuando su hermano Enzo le informó que la casa escogida para Cuartel General sería la de Sussete.

 

    --¿Cómo puede ser esto si no se ha hablado con ella?

 

    --No te preocupes, que ya Frank lo hizo.

 

    Al saber Frank el interés dé Sussete por conocerlo, habló con distintos compañeros. Pepito era muestro de sus hijos en el Colegio La Salle y mantenía vínculos con ella. Con una pícara sonrisa le insinuó:

 

    --Ten cuidado con esa dama.

 

    --Olvídate de eso --dijo Frank.

 

    Días más tarde ambos fueron a visitarla y quedó establecido el contacto.

Vilma. 06.00 horas

 Unos minutos pasadas las seis, llegó a la casa de Vilma el encargado de poner la cinta con la grabación en la radioemisora CMKC. Se mostraba tranquilo, sereno, dueño de sí, pero cuando Vilma le anunció que había llegado el momento de pasar la cinta para llamar al pueblo a que se uniera a la Revolución y que debía salir al aire a las siete de la mañana, previa una llamada telefónica, pareció que el mundo, se le venía, encima a aquel hombre. Vilma y Asela se percataron de su derrumbamiento, pero haciéndose las desentendidas le dieron la cinta, grabada y le recalcaron:

 

    --De todos maneras usted la pone a, los siete, reciba o no la llamada y pase lo que pase.

 

    Tan pronto el "comprometido" se marchó, las muchachas montaron en el auto para ir a donde esperaba Carlos Amat desde tres días 'atrás. Antes, preocupados por el poco silencio de los brigadistas concentrados en la Escuela Activa, tocaron fuertemente, retirándose a todo velocidad, El duro-toque, el ruido del motor y los portazos al abrir y cerrar las puertas del carro, fue su desquite por la mala noche que los brigadistas les habían hecho pasar con el indiscreto alboroto, porque todos pensaron en lo peor, hasta que no se conoció lo contrario, los nervios no se relajaron. Entregado a Amat el pedazo de papel convenido, continuaron hacía la Casa Cuartel para hacerse cargo del botiquín.

Comando de Paquito Cruz. 06.00 horas

 Al ver que Paquito no llegaba, los concentrados en su casa pensaron que algo le había sucedido. Esto incrementaría su nerviosismo, por lo que Wilfredo Martínez (Willy), planteó a los demás que aunque su jefe no estaba, irían al combate. Más tarde sacó de uno barbacoa situada al final de la casa, 1 fusil ametralladora Madsen, perteneciente al Ejército brasilero, modelo 1937, con bastantes cargadores y suficientes proyectiles, y extrajo los uniformes. Poca antes de partir y de distribuir armas --que no alcanzaban para todos-- y uniformes dijo a Pepín Martínez Igarza y Arístides Mitchel, que eran los más jovencitos y menos desarrollados.

 

    --No tengo armas para ustedes, así que si, quieren, se van.

 

    --No, no nos vamos de aquí; podemos llevar los cargadores y si no vamos, armados por lo menos debemos participar uniformados --respondieron airados.

 

    Willy lo aceptó. Les enseñó el manejo de la ametralladora y al faltar Paquito y uno de los compañeros sufrir un desfallecimiento, pudieron vestirse de verde, olivo, aunque con tallas superiores. A las seis de la mañana estaban listos para partir.

 

Comando de Jorge Sotús. 06.00 horas

 

Después del amanecer Rafael Armiñán salió de la casa, en su auto, parqueado a cierta distancia. Fue a la Aduana. Su misión: detectar si en la unidad policial habían situado refuerzos, Ver a Armiñán a esa hora no despertaba sospechas, pues trabajaba en una de las oficinas de corredores aduaneros. A las 6 y 30 horas, una pareja de jóvenes abandonó lo casa. Unos 5 minutos después salieron otras dos parejas, todos vistiendo sacos de salir. En Carretera de Cuabita y calle 6 tomaron un ómnibus. La primera pareja llevaba armas cortas en la cintura; el resto, dos bolsos en la mano con cocteles Molotov. Su misión: bajarse por la zona de los ferrocarriles y la Aduana marítima.

 

CONTINUARÁ

 

 


 


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