..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.160, Viernes, 26 de enero del 2007

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Crónicas De La Lucha Revolucionaria Preparando La Guerra XXI a XXV partes
Por William Gálvez:

PREPARANDO LA GUERRA 21ª Parte

30 DE NOVIEMBRE (19)

Comando de Otto Parellada

Desesperadamente subieron la pequeña escalera que conduce al patio, de donde se distinguía una garita, del cuartel policial. Otto, ordenó dispararle, a la vez que gritaba:

    --¡Hay que subir al techo!

    Situó un pupitre al lado de la tubería del agua y apoyándose unos en otros, lograron alcanzar el tejado y situarse en su parte más elevada, desde donde se divisaba su objetivo. Al fondo, las azules y tranquilas aguas de la bahía, las grises y majestuosas montañas y el eco de los estampidos del combate en la Marítima. Los gendarmes les hicieron fuego. Había comenzado el combate por la parte de atrás. Emiliano Corrales disparaba contra la garita de la unidad y al momento se le oyó expresar:

    --¡Lo jodí! ¡Lo jodí!

    A partir de aquí el combate arreció.

    Uno de los defensores de la unidad policial, ubicado también en posición ventajosa, les dificultaba sacar la cabeza a los combatientes.

    --¡Oigan, ese hijoeputa nos está tirando! --gritó uno de ellos.

Willy Martínez maneja la Madsen y localizó al policía que disparaba cómodamente. Como si lo hiciera en un tiro al blanco, apuntó y apretó el gatillo. No le alcanzó, pero el militar tuvo que buscar protección detrás de una pared. En su nerviosismo parece que no se percató de que la pared era de madera. El cañón de la ametralladora se desplazó. Otra ráfaga y el espesor de las tablas no detuvieron los plomos. Ese enemigo no volvería a disparar.

El enemigo

EI vigilante Ángel Casayas, oficinista de los archivos, acudió al trabajo a las cinco de la mañana por haber acuartelamiento y estar reforzado la unidad con varios soldados, según él por los disturbios del 27 de Noviembre. Cuando se inició el ataqué, fue designado a ocupar una de las ventanas para disparar contra los que estaban en la parte trasera, sobre el techo. De momento sintió que algo muy caliente le rozo el rostro y la sangre le cubrió el uniforme; por pocos milímetros queda con vida para hacer el cuento.

    El miembro de la Policía Nacional Edmigdio González (Chíchito), estaba entre los acuartelados en la unidad militar. Luego que pasó un buen rato sentado en un banco del reducido porque frente a la Estación, le entró sueño y se tiró en una cama en la planta alta, sin quitarse la ropa y los zapatos, más por cansancio que por precaución. Aunque los jefes informaron que esperaban algunos revolicos, Chichito no pensó en un ataque armado contra ellos. Los estampidos del tiroteo lo despertaron. Se lanzó de la cama y arma en mano, se dirigía al capitán Makintoch, quien le ordenó que ocupara posición en los balcones frente al mar. No terminaba de situarse cuando sintió un fuerte golpe, seguido de un intenso dolor en el pie izquierdo, que lo hace exclamar:

    --¡Capitán, estoy herido!

    --Ponte en un lugar seguro --respondió el nervioso oficial.

    Desde el rincón que escogió para protegerse de la balacera, el herido vio cómo el cabo Rosales se encaminaba hacia el fondo exclamando: "¡Mira a uno!", a la vez que apuntaba con su fusil. De pronto Rosales soltó el arma y comenzó, a retroceder lentamente, hasta chocar con la baranda del balcón, frente al mar, desplomándose en el suelo con un balazo mortal en la cabeza.

    --¡Han matado a Rosales! --gritó aterrado Chichito.

    --¡Déjalo, que ya vendrán a buscarlo! --respondía alguien.

    La explosión de una, granada en la planta alta --parece que la única de todos las que lanzaron los  revolucionarios-- acercó el desconcierta al pánico. El capitán del, Ejército, de apellido Gutiérrez, que fue mandado con el refuerzo, asumía el mando de la unidad llamó al Regimiento y dijo que era atacado por más de cien hombres, que estaba rodeado.

    --Resista hasta que llegue el refuerzo --le respondieron.

Comando de Jorge Sotús. 07.00 horas

El reloj situado en la torre morisca de la ancha Avenida Lorraine, marcaba las siete. Los revolucionarios que habían llegado en ómnibus locales observaron dos autos que se acercaban. Situado cerca de la Academia de Baile Blanco y Negro, Pepín Quiala, se encaminó hacia el edificio de la Aduana Marítima; a unos cincuenta metros, Armando Alonso hizo lo mismo. Los demás combatientes también se aprestaron a cumplir sus misiones.

    Dos policías, uno de pie en el extremo izquierdo y otro en el derecho, sentados en un taburete del portal, cuidaban la entrada. A unos diez metros del edificio, Pepín se desabrochó el saco y extrajo su revólver 38. Armando toma su pistola 45 de debajo de la camisa y casi al unísono dispararon. El gendarme, sentado cayó alcanzado por los disparos, pero Pepín no hizo blanco. El aterrado vigilante se olvida de que porta un fusil y echó a correr, Quiala lo perseguía, sin darse cuenta de que un auto se acercaba velozmente. Un brusco frenazo evitó que fuera atropellado. Sin detenerse sube al portal, apunta de nuevo y esta vez hizo blanco. El militar rodó por el suelo.

    Al sentir las detonaciones, Griñán situado en la parte de atrás esgrimió un revólver y disparó contra otra posta, en el momento en que se levantaba del asiento para ver qué ocurría, como los plomos le picaron cerca, se metió rápidamente en el local, mientras otro atacante lanzaba cocteles Molotov contra el edificio.

Comando de Pepito Tey

La muerte de Tony paralizó el avance de los demás compañeros. Sería el primer mártir de la guerra revolucionaria que se iniciaba. Quizás muchos recordaron que Pepito, pocas horas antes le había sugerido no asistir al combate porque pronto iba a ser padre. Airadamente le respondió: "Nadie puede quitarme el derecho de pelear por Cuba. He esperado demasiado tiempo para ahora quedarme, quieto".

    Para Pepito estaba claro que entrar al cuartel policial por la rampa era imposible, dada, la forma en que se habían desarrollado las acciones y la privilegiada posición del enemigo. Pensó que la única manera era avanzar protegidos por el muro que separaba la rampa de la calle Santa Rita y salirle al frente por Rabí. Así, se desplazaron con sumo cuidado unos metros, deteniéndose entre dos pequeños árboles. Pepito cogió una granada, le quita el seguro y con todas sus fuerzas la lanzó contra el edificio, a más de veinte metros. Ansioso esperó la explosión, pero nada; Luis y Víctor hicieron la misma operación, con iguales resultados.

    --¡Estas granadas son una mierda, nos han engañado! --exclamó violento Pepito. Cuando se disponían a continuar el avance, Luis sintió un fuerte golpe y un intenso dolor en la pierna izquierda.

    --¡Pepe, me han herido...!

    Seguidamente cayó al suelo.

    Un policía situado en la garita que estaba en la parte más elevada del muro impedía el avance de los revolucionarios.

    --¡Ayúdenme con este hombre! --exclamó Pepito

    Los tres arrastraron a Luis, que se quejaba lastimosamente. Una bala le destrozó la rodilla. Lo situaron sobre la hierba protegido por el muro.

    Enrique y Víctor tomaban posición detrás del muro. Respondían al fuego enemigo, pero sin poder mantener la cabeza afuera por mucho tiempo. Las balas picaban cerca. Pepito logró hacer varios disparos cambiando de posición. Estaba enardecido y disgustado por lo mal que habían salido las     cosas. Su vergüenza revolucionaria, estaba sentida. Disparaba y disparaba sin medir el peligro, sin importarle que su posición fuera desventajosa, que el enemigo se encontraba en un plano superior y con mejores armas. Lo estaban cazando y así fue: en una de las veces que repitió el tiro desde el mismo lugar, al sacar la cabeza un certero balazo le partía la frente. Lentamente su torso pegado al muro cayó al suelo y quedó tendido a lo largo de la acera, entre dos postes de cables eléctricos. Su sangre corrió, calle abajo, como buscando unirse a la inmensidad del mar. Una lenta palidez fue cubriendo su rostro, pero la rigidez de la muerte no logró cambiar su dulce y simpática expresión. Había muerto feliz.

    Luis que lo vio caer, se lo informa a Enrique y éste a Víctor. A los combatientes los estremeció la caído M jefe. Quienes estaban a su lado nada podían hacer. Sin saber por qué advirtieron que el enemigo cesaba de tirar, Al parecer, el nutrido fuego de Otto y sus hombres les hizo cambiar de posición. Quedarse allí no tenía sentido. Ningún otro combatiente había cruzado la calle Santa Rita desde la escalera de Padre Pico. El herido, arrastrándose, llegará a la escalera, Víctor y Enrique se acercan para ver el estado de Pepito, pero de nuevo se deja sentir la balacera enemiga. No era posible sacar al jefe. El primero cogía el M-1 de éste, dejando el Mendoza encasquillado. Teniendo claro que nada más podían hacer, Enrique se retira. Seguidamente lo hizo Víctor. La muerte del corajudo y firme revolucionario, provocó el desconcierto en sus subordinados, quienes iniciaron la retirada.

CONTINUARÁ

...

CRÓNICAS DE LA LUCHA REVOLUCIONARIA                        
PREPARANDO LA GUERRA 22ª Parte

Por William Gálvez:

30 DE NOVIEMBRE (20)

Comando de Jorge Sotús

Pocos segundos gastaron los ocupantes de los autos para desmontarse e iniciar el ataque. El primero entró por lo' porte izquierda hacia la puerta principal de la unidad. Uno de los asaltantes se bajó antes de que la máquina girara a la derecha y se situó frente a un pequeño parquecito, para proteger la entrado. A unos treinta metros se detuvo el auto. Con juvenil agilidad los revolucionarios. Vencidos los pocos escalones que los separaban de la puerta,  irrumpen en él local. Una corta ráfaga dé la Thompson de Sotús alcanzó a los policías que allí se encontraban. El otro se rindió

    Uno de los agentes de la planta alta, al escuchar los tiros, se asomó a la ventana y apunta con su fusil al chofer del auto. Pero un disparo en el costado derecho lo derribó. Quedó colgado de la ventana con los brazos extendidos. Dany Fong, que estaba situado frente del parquecito, le hizo fuego con su Winchester 44. Luego, de neutralizada la pareja de la carpeta de la planta baja, los atacantes suben a la superior. Al disparar hirieron a un oficial. El resto depuso las armas.

    El segundo carro, que pudo penetrar por la parte derecha, se detuvo antes de girar a la izquierda, pues una pequeña verja encadenada se lo impidió. Sus ocupantes penetraron en una oficina al lado de la unidad, separado por una pared de madera. A culatazos hicieron un hueco mientras disparaban hacia dentro:

    --¡Nos rendimos, no disparen, nos rendimos!

    Un grupo de gendarmes guarecidos en esa parte, se entregó sin tirar un tiro. Los combatientes iban a continuar, pero al escuchar disparos en la parte alta, gritaron a sus compañeros:

    --¡Oigan, nosotros estamos aquí!

    El tiroteo había cesado y pasaron a otra oficina. Una sombra se escurría detrás de los cristales ahumados, de una división en el local. Uno de los combatientes accionó su escopeta. Los cristales saltaron y la sombra se derrumbó. Era un gendarme que trataba de ocultarse y resultó gravemente herido.

    --Uno de los revolucionarios, al observar que Pepín Quiala y Armando Alonso, arma en mano y bastante alterados, se acercaban a los prisioneros, comenzó a gritarles:

    --¡Oye, no, que son prisioneros! ¡Pepín, no, no!

    Creía que iban a ajusticiarlos. Pero ellos, sin hacerle caso, continuaron hasta donde estaban agrupados. Agarraban a uno por los brazos y lo llevan junto al muelle:

    --Oye, vete rápido de aquí, que tú eres buena gente. No te vayan a dar un tiro.

    --Pero, ¿dónde me meto?

    --Tírate al agua y sal por el otro lado de los muelles --le dijo Alonso--. El nervioso policía se quitó los zapatos, e hizo lo que se le indicó.

    En pocos minutos la unidad militar quedaba bajo el control de los revolucionarios. Pensaban que todo había terminado. Comenzaron a cargar los fusiles para la máquina. Faltaba poco para concluir cuando de nuevo sintieron ráfagas de ametralladora en dirección de la entrada principal, por el Sur. Desde un jeep le hacían fuego y por el Noroeste llegaban dos camiones con soldados enviados desde el Regimiento. Se detuvieron en Aguilera y Lorraine, como a cien metros, para tomar posiciones y atacar a los atacantes. Los revolucionarios, parapetados, respondieron. El tiempo pasaba y aunque el enemigo no avanzaba, el jefe del comando pensó que era posible que lo rodearan. Dio orden de retirado.

    Debían hacerlo por el Norte, entre los muelles y la línea ferroviario. Protegidos por el fuego de los hermanos Álvaro y Jorge Barriel, Paquito Betancourt y Rafael Armiñán, se inició el repliegue. De los dos carros sólo pudo salir uno, con ocho combatientes, los demás se iban a pie, con la preocupación de ser capturados. El auto manejado por Vázquez se alejó del lugar. A la altura de la calle San Antonio cruzaron la línea y la Avenida Lorraine. Antes, Sotús disparó contra cuatro policías que se acercaban. De inmediato buscaron refugio en los muelles. La ruta seguida fue por Santo Tomás, San Francisco y San Félix, hasta Santo Lucía, frente al cuartel general. En el recorrido, parte del pueblo que estaba en la calle les victoreaba y gritaban consignas revolucionarías y contra la tiranía.

    --Protegido por el auto situado en la senda derecho, Paquito Betancourt disparaba contra los soldados. Al ver que el carro de sus compañeros se alejaba, consideró que debía retirarse. Entonces escuchó la voz de Armiñán:

    --¡Paquito estás herido en el brazo¡

    Una bala le entró unas pulgadas debajo del hombro derecho. Con un pañuelo pretendía contener la sangre, a la vez que se alejaba del lugar caminando. Los demás, lo imitarían. Rafael no pudo poner en marcha su auto y un poco atrasado, al tratar de cruzar entre dos naves, fue blanco del fuego de un soldado que, desde los altos de la Zona Fiscal, frente a los muelles, lo alcanzó en la pierna derecha, rodando por el suelo. En ese momento se acercaba el teniente Piña y varios hombres. Al ver al herido, el oficial le disparó sobre la cabeza; el balazo le partía la mandíbula, dejándolo por muerto.

Comando de Otto Parellada

Desde el techo, los atacantes del fondo se mantenían combatiendo mientras escuchaban el tiroteo de la Marítima. De momento los disparos cesan en la parte de abajo. Se deslizaron unos pasos sobre el techo, preguntándose qué pasaba con el mortero, que no se sentía. Intercambiaron opiniones, pero de nuevo se inician los tiros contra ellos. Otto ordenó ocupar las posiciones y se reanudaba el combate. Tratando de hacer una exacta ubicación del enemigo, elevó demasiado su torso. La fuerza de un impacto en la sien izquierda lo lanzó estrepitosamente contra el techo. Un estruendo se produjo al choque de su cuerpo y el crujir de las tejas partidos. Casi al unísono, se desplomaba José Cervera (traidor), con el, cuerpo ensangrentado. Alguien gritó: "¡lo mataron!" El grito los paralizó a todos.

    Grandes convulsiones hicieron saltar el cuerpo de Otto y parecía que iba a caer al patio. Su sangre heroica hizo más rojo el tejado. Su compañero y hermano desde el inicio del enfrentamiento a la tiranía, Casto, lo abrazó: "Yo lo sentí temblando y no quería que temblara. Lo apretaba fuertemente, hasta que la rigidez de la muerte persistió" recordaba Casto.  La misma ráfaga de M-2 que dejó sin vida a Otto, alcanzó a Cervera en la cara, pecho, hombro, cuello y a sedal en la cabeza. Quedó inconsciente, pero con vida. Se trató de contenerle la sangre, pero era necesario enviarlo a un hospital.

    El nuevo jefe, al darse cuenta de lo crítico del momento, exhortó a seguir el combate. Varios combatientes bajaron al herido y lo trasladaron en la guagüita a la Colonia Española (hospital). La situación, difícil de por sí. se tornaría aún peor. El fusil ametralladora se encasquilló y el enemigo, situado a sus espaldas, en el Colegio Belén --desde donde, por suerte, no dominaba todo el tejado--, comenzó a dispararles. El compañero que fue a buscar más granadas, informó que la guagüita no había regresado y como colofón, el avión Catalina, de la Marina de Guerra, descargaba sobre ellos una ráfaga de ametralladora y seguían los tiros desde el Belén.

    Por otro lado, se daban cuenta de que el único frente que se mantenía en combate era el suyo y probablemente ya el enemigo pensaba en el cerco. Todo esto hizo que Casto ordenara la retirada. La orden no, fue cumplido de Inmediato y Casto creyó que faltaba la disciplina. En realidad todos pensaban que era más difícil retirarse que quedarse, pero se equivocaban. Un nuevo pase del avión Catalina descargando su ametralladora les hizo comprender que no hacerlo significaba un peligro mayor. Era imprescindible correr el riesgo. Casto ordenó que antes lanzaran los cocteles Molotov. Si no fue posible tomar el edificio, por lo menos, tratar de quemarlo. Todo el cargamento de las botellas incendiarios cayó sobre los techos de la unidad, o en el patio, sobre un ring de boxeo y otras instalaciones de madera, que rápidamente comenzaron a arder.

CONTINUARÁ

***

CRÓNICAS DE LA LUCHA REVOLUCIONARIA                        
PREPARANDO LA GUERRA 23ª Parte

Por William Gálvez:

30 DE NOVIEMBRE (21)

Los combatientes, al bajar por dos, lugares distintos, quedaron separados por la pared divisoria del patio de las Escuelas Superior y la de Artes Plásticas. Los que estaban del lado de la última necesitaban romper una pared de madera para cruzar. La sed de todos era mucho. En el local existía un ' traganíquel de refrescos. Casto encontró una moneda y obtuvo una botella de cola de la que tomaron todos. Willy por poseer el arma más potente, fue el primero en salir con su ayudante Pepín. Manteniendo a raya a los enemigos, que se parapetaban en los altos del Colegio Belén, protegía la retirada de sus compañeros. Casto y Emiliano les siguieron, mientras accionaba y sus armas.

    Otros cinco penetraron en una de las casas de enfrente. Al llegar a la calle San Carlos, la policía, desde posiciones ventajosas, en la esquina de Rabí, disparó intensamente. El ametralladorista con la manga derecha del pantalón, abierta de arriba abajo y tirado en el medio de la vía, hizo cantar la 30 de buena manera.

    Poco antes de llegar a Corona, Willy dijo a Pepín que pidiera agua. El ayudante al ver a una mujer mayor asomada en la puerta de su casa fue hacia ella y le gritó: "!Señora, agua¡ ¡Señora, agua!

   --La mujer fue rápida trayéndole un jarro. Tomaron los dos. oportunidad que aprovechó Pepín para continuar el tiroteo, pero era tan fuerte el retroceso del arma al producirse el disparo, que lanzó al pequeño y bien delgado jovencito de espalda al suelo.

    --¡Dame acá eso, muchacho --le dijo Willy quitándole el arma de la mano y continuó disparando, hasta llegar a Corona.

    Casto y Emiliano desconocían que los demás compañeros habían entrado a una casa y se quedaron atrás. Igual que los anteriores combatientes, a tiro limpio debían vencer la misma distancia. Los dos primeros observaron que desde una casa les hacían señas. Entraron. Pidieron permiso para dejar las armas envueltas en un paño junto con los cargadores y las escondieron en un falso techo. Con ropas que les entregaran, salieron a la calle sin dificultad. Poco después Casto y Emiliano, quien comenzaba a cojear, entraron en otra vivienda. Luego se dio cuenta de que tenía un plomo en un pie: era del tiro,"zafado" en la guagüita. Tanto ellos dos como los demás compañeros no fueron capturados en la retirada.

Brigadas Juveniles

Al decidirse a lanzar los cocteles incendiarios, los combatientes ignoraban que cinco brigadistas estaban encerrados en una celda. En poco tiempo la madera del viejo edificio comenzó a ser devorado y las llamas se extendieron al techo de los calabozos. Los detenidos gritaban para que los sacaran de la celda. Entre ellos se encontraba un ladronzuelo desesperado:

    --¡Saquéenme, por favor! ¡Yo no soy revolucionario, yo soy ladrón! ¡No me dejen aquí! --gritaba entre sollozos y lagrimas.

    Su actitud causó más gracia que indignación. Era verdadero humor negro en el difícil momento. Los esbirros nada hicieron por salvar ni a él, ni a los presos por sospechas --ya que a ninguno se les había ocupado nada, ninguno estaba uniformado ni fueron capturados combatiendo--. Era tanto su odio a todo lo que oliera a revolucionario, que el teniente Carlos Durán se acercó a la reja y les dijo:

    --¡Sí tienen cojones para ser revolucionarios, deben tenerlos para morir achicharrados¡

    Poco después, el capitán Gutiérrez, en cobarde venganza por las bajas sufridas y por el incendio de la unidad, quiso ametrallarlos. Se lo impidió el capitán de la policía, Makintoch. Le dijo que los muchachos no eran asaltantes. Gutiérrez, que había montado la thompson, en su nerviosismo accionó el disparador e hirió a uno de los soldados.

    Convencidos de que si no escapaban de allí morirían achicharras, los detenidos comenzaron a buscar una salida. A uno de los pequeños y delgados lo suspendieron hasta alcanzar el techo. Desprender un ladrillo que utilizaron para golpear la cerradura. El humo les impedía ver y los ahogaba, pero finalmente la cerradura cedió. El fuego no les permitía salir a la calle. Corrieron por la izquierda hacia una pared alta, donde las llamas eran meno. Saltaban apoyándose unos a otros. Un brigadista, considerando útil aquel esfuerzo, se lanzó a través del fuego para buscar la puerta. Con algunas quemaduras, los demás cruzaban al patio vecino, coincidiendo con la entrada de los bomberos. Los jóvenes pensaron que los entregarían de nuevo a los esbirros, pero Domínguez, jefe de los bomberos, les dijo:

    --No se preocupen, vamos a ver cómo los sacamos de aquí.

Habló con los dueños de la casa, el matrimonio Gómez Planas, que también vieron a los muchachos y les ofrecían, para ocultados, una habitación. Domínguez se decidió a sacarlos pronto, pensó que una vez apagado el incendio, los iban a matar.

    DOMINGUEZ: “Por eso le digo que la cooperación fue de todos: unos les buscamos cascos y ropas de bomberos, otros los mojaron, y con los pantalones hasta la rodilla parecían gente nuestra, que luchaba contra el fuego. Los acompañamos hasta el carro bomba. Cada vez que el carro salía, y lo hizo bastante seguido por cierto, se fugaba un muchacho. Ellos dieron pruebas de bastante serenidad. Yo les dije: Van saliendo dé uno en uno. Cojan sogas y mangueras y no miren a los policías., los muchachos solían como Pedro por su caso".

    Al controlarse el incendio, los esbirros al mando del teniente Durán, entraron en la casa, en busca de los brigadistas. No los encontró achicharrados en el calabozo, como él deseaba. Ya era tarde, todos habían escapado menos el que se lanzó a cruzar las llamas, que fue detenido con serias quemaduras.

Guantánamo. 06.00 horas

En Guantánamo, tampoco las cosas iban como se pensó. Las acciones de Caimanera y Jamaica no se pudieron llevar a cabo por distintos imprevistos. Sin embargo, el pequeño puesto de la Guardia Rural del central Ermita fue sorprendido sin que tiraran un tiro los siete atacantes. Parece que allí no llegó la orden de alerta y a las seis de la mañana los soldados dormían a pierna suelta. Los cuatro sorprendidos y asustados guardianes en ropa interior quedaron en su propio calabazo, despojados de los fusiles Sprinfields. Mientras, otros insurrectos cortaban las comunicaciones por alambre y visitaban las casas donde conocían que guardaban amas; cediéndolos gustosamente. Un guardajurado viejo, muy gordo, del susto, se caía de la cama y costó trabajo levantarlo en medio de la risa. Le incautaron dos revólveres.

    En pocos minutos todo estaba bajo control de los revolucionarios, incluido un pequeño aeropuerto. Pensaron en la posibilidad de tomar el cuartel de Baltoni, a cinco, kilómetros. En una chispita de ferrocarril, partieron para su objetivo. Poco después, un tren que venía sobre ellos los obligó a tirarse y sacar rápidamente su pequeño transporte.

    Cuando llegaron a Baltoni ya los soldados estaban alertados, asumiendo posiciones defensivas. Los rebeldes eran seis y el enemigo más de diez. Lo inteligente era regresar, y así lo harían. Dieron, candela a un puente del ferrocarril y descarrilaron un tren con unas quince casillas cargadas de ganado. Quedaba interrumpido el tránsito.

Santiago. 08.00 horas

El constante retumbar de los disparos trajo a los santiagueros el recuerdo del 26 de Julio, pero ahora todos comprendieron muy bien de qué se trataba. No hubo confusión sobre si combatían soldados contra soldados. Para todos era seguro que eran los revolucionarios enfrentándose a los sostenedores del tirano. Una mezcla de preocupación, temor y felicidad invadió a cientos de hogares. Desde la noche anterior, cuando advirtieron la ausencia de hijos, hermanos y esposos, estaban en ascuas. Por la mañana, al escuchar el resonar de los fusiles y el tableteo de las ametralladoras, se convencieron de que los ausentes estaban allí.

Frank. 08.00 horas

En la, Casa Cuartel Frank mandó a llamar a Manzanillo, Localizaba a Celia Sánchez en busca de información sobre el desembarco.

    Un brusco frenazo y fuertes golpes a la puerta, llamó la atención de todos y por supuesto tomaron las armas: llegaron Sotús y sus acompañantes. Muy alterado, Sotús subió las escaleras preguntando por Frank. Al verle expresó:

    --¡Nos están persiguiendo ¡Vámonos de aquí rápido¡

    Cálmate, siéntate --le dijo Frank.'

    --¡Si no nos vamos de aquí, nos cogen a todos! --insistía Sotús.

    --Estáte tranquilo te he dicho...

    --¡Sí tú no te vas, yo me voy! ¡Aquí nos van a rodear y a matar o todos!

    --¡Te he dicho que te quedes tranquilo! ¡De aquí no te vas a ningún lado¡ -gritó Frank dando un puñetazo en la mesa y poniéndose de pie con el rostro enrojecido.

    La actitud de Sotús hizo perder la serenidad del jefe revolucionario. Los que les rodeaban pensaron que el increpado respondería de manera agresiva, pero no fue así. Miró seriamente a Frank y sin responderle, se retiró. Nos contó Vilma y Enzo.

CONTINUARÁ

***

CRÓNICAS DE LA LUCHA REVOLUCIONARIA                        
PREPARANDO LA GUERRA 24ª Parte

Por William Gálvez:

30 DE NOVIEMBRE (22)

Desconcierto

Para todos los jefes de los comandos y de las Brigadas Juveniles era conocido que la señal para la construcción de barricadas serían los morterazos a partir de las siete. Los hombres armados alrededor del Moncada no eran muchos. Su principal misión: proteger a los brigadistas y evitar que el enemigo llegara a las barricadas.

    Una vez que se tomaran los objetivos atacados, las armas se entregarían o los brigadistas y así dar inicio al cerco. Pero ya eran más de las ocho y los morterazos no se escuchaban. Además, las lejanas detonaciones eran señales de que se estaba luchando en distintos lugares de la ciudad. Se preguntaban por qué no aparecían los camiones con las armas. La situación provocaba el desconcierto en las zonas señaladas, pues algunos ya se habían retirado. Los restantes sabían que pasada una hora sin sonar el mortero y sin que llegaran las armas podían abandonar sus posiciones. Cada uno inició el repliegue de la manera que pudo.

    Todo indicaba que el mortero ya no actuaría. En Manzanillo no localizaban a Celia --estaba en la zona de Niquero-- esperando el desembarco. Esto unido al avión Catalina sobrevolando la ciudad, acrecienta la idea de que el enemigo podía localizarlos y cercarlos. Frank ordenó ocupar la parte alta de la vivienda del frente, para mayor vigilancia y protección. Luego de intercambiar opiniones decidió salir rumbo a la Sierra Maestra. Indicó al médico y al enfermero que fueran a reconocer las salidas de la ciudad y a Vazquecito, la obtención de un transporte adecuado para el traslado. Al conocer la posibilidad de ir a las montañas, Haydée y Vilma se pusieron a hervir todos los huevos que encontraron en el refrigerador, para llevarlos.

El enemigo

Para los jefes militares de Santiago de Cuba la situación también era desconcertante. Los ataques a las unidades policiales, la información de pequeños tiroteos en otros puntos de la ciudad, los disparos al avión Catalina y la concentración de numerosos jóvenes alrededor del Regimiento, les hizo pensar en un ataque de grandes proporciones.

    Determinaron un acuartelamiento general, en espera de lo que ocurriera, y enviaban a La Habana el siguiente mensaje:

    "Viernes 30 de noviembre 09.00 AM.

    El Jefe del Regimiento No. 1 Santiago de Cuba, general Martín Díaz Tamayo, informa al Estado Mayor del Ejército en La Habana, que el Movimiento 26 de Julio le ha tomado la ciudad".

    Con esa información y otras enviadas desde la capital oriental, el mando supremo de la tiranía circuló el siguiente cablegrama.

"EMG,

La Habana, 30 Nov. 956.

NS / No. 448

ASUNTO: Reporte Opns No. 1 del AG.

AL: Jefe SSG.

Local.

    1.-EL AGTO SOpns 466-956 fecha hoy dice a este Cen lo siguiente:

    a). RO No. 1, alrededor 0720 hrs día de hoy elementos enemigos armados fusiles M-1 y ametralladoras Cal 30 vistiendo uniformes color aceitunado y portando brazaletes negro y rojo con fecha 26 Jul atacaron Estación Policía Nacional y Estación Policía Marítima Santiago de Cuba e incendiaron Aduana dicha población (PUNTO) Han ocurrido ataques esporádicos contra polvorines en distintos lugares de la República (PUNTO) Se le informa fines adopción contramedidas adecuados fin de evitar repetición hechos mencionados.

    b). RO No. 2, Jefe Rgto. 1 GR C de H, en radio ahora dice este Cen lo siguiente: Como ampliación mi radio urgente hoy Infórmole de distintos lugares lejanos tirotearon este Pto (PUNTO) Principales edificios han sido ocupados nuestras tropas (PUNTO) Se reportan algunos muertos y heridos en encuentro esta Ciudad aún sin identificar (PUNTO) Táctica empleado parece ser distraer esta forma en espera algún desembarco.

    De Ud. respetuosamente.

    P0R LA LIBERTAD DE CUBA
    (Fdo). Muñiz, MM.,

    Cap. EM. Secr del CMG.”

Frank. 09.00 horas

Un fuerte toque en la puerta hizo pensar a los revolucionarios de la Casa Cuartel que habían llegado soldados de la tiranía. Quiénes no estaban en posiciones defensivos, empuñaron sus armas para disparar. Con sumo cuidado abrieron la puerta. Era Alberto Vázquez. Su gestión había sido infructífera. Los demás exploradores regresaron bastante alarmados: las salidas de la ciudad estaban tomadas y hacía difícil ganar las montañas.

    VILMA ESPIN: “Frank se reúne con Haydeé y Hart para tomar decisiones en cuanto a la conveniencia de ir o no hacia la Sierra en aquel momento. Incertidumbre sobre Fidel y los demás expedicionarios preocupa a todos, grandemente. ¿Han naufragado? ¿Han sido detectados por las autoridades mexicanos o por el Ejército de Batista? ¿Están en camino y se han atrasado? ¿O están en la Sierra? ¿Será mejor esperar a Fidel allí, en la montaña? Por fin se decide esperar noticias de Fidel antes de actuar".

    Entonces Frank ordenó abandonar la Casa Cuartel. Buscando dónde esconder las armas, dos combatientes subieron al techo para meterlas en el tanque de agua. De nuevo el avión apareció sobre ellos a y al creer que eran vistos, se bajaron con inaudita velocidad. El jefe revolucionario indicó a los demás que ordenadamente salieran del lugar; ya lo habían hecho otros. Pensando que las armas que allí sé quedaban y que el enemigo los recuperaría, Vilma informó conocer a los vecinos de la casa del fondo y que iba a verlos para esconderlas allí.

    Tocó a la puerta.

    --Oigan... Vengo a avisarles que deben irse de la casa porque corren peligro. Nosotros estamos ahí, en el fondo, y lo que se va formar va a ser terrible...

    En bata de dormir y piyamas cruzaron para la vivienda de enfrente.

    A la Casa Cuartel llegó  la triste noticia de la muerte de Pepito y de Tony.

    --¿Pero estás seguro...? --preguntó Frank con el rostro contraído y enrojecido.

    --Sí. Están muertos --respondió el mensajero.

    Frank se apartó por un instante de los que le rodeaban. Si para todos resultó un duro impacto, la caída de su lugarteniente, de su valeroso y querido compañero, fue para él una pérdida irreparable.

    Cuando Vilma regresaba para trasladar las armas, se encontró con Haydeé y Hart que iban a buscarla. Frank ordenaba que se fueran todos. Después él haría contacto con ellos. Vilma, pensando en las armas, les dijo de sacarlas de allí. Le reiteraron la orden de Frank: no permanecer por más tiempo en aquella casa. Pero la espigada y decidida rubia insistió en que tenía que regresar para buscar su licencia de conducción, única forma de convencerlos para entrar de nuevo en la casa. Ya en la viviendo vio solamente unos uniformes y granadas, no así las armas. Pensó que Frank y los demás se las llevaron.

    Antes de irse abrirá la puerta donde se encontraba la empleada de la familia de la vivienda, para que se marchara. Luego en su carro recogió a sus compañeros para ir a su casa. En la esquina encontraron a uno de los detenidos en la Estación de la Policía. Fue uno de los escapados con la ayuda de los bomberos; narrándole todo lo ocurrido.

CONTINUARÁ

***

CRÓNICAS DE LA LUCHA REVOLUCIONARIA                         
PREPARANDO LA GUERRA 25ª Parte

Por William Gálvez:

30 DE NOVIEMBRE (23)

Comando de Emiliano Díaz (Nano). 09.00 horas

Como de costumbre, las clases en el instituto de Segundo Enseñanza comenzaron a las 7 de la mañana. Pero todos se extrañaron al escuchar el timbre mucho antes de la hora del cambio de clases. Todos los alumnos de tercer año, pensaron que era una prueba por alguna rotura, pero a los pocos segundos sonó nuevamente el timbre de manera constante y la figura de uno de los bedeles, el negro Brillantina, aparecía en las puertas palmoteando y gritando: --¡Váyanse para sus casas; parece que hay revolico! ¡Vamos, salgan rápido...!-- Seguidamente y de manera apresurado, los alumnos abandonaron el centro.

    Separado por el frondoso parque, a unos cien metros, el comando de Emiliano Díaz (Nano), salía del mercado Ferreiro y luego de comprar comestibles, los insurrectos mandaron a cerrarlo, después de desconectar los teléfonos. Al pasar frente al Instituto sobrevolaba el avión Catalina. Le dispararon con la 30 y los fusiles. Varios hombres, entre ellos algunos brigadistas, acudían al lugar. Decidieron hacerse fuerte en el centro de estudio, atravesar todos los carros que pasaran por la calle, para impedir el tráfico. Al poco rato se incorpora un compañero con el mortero y la ametralladora 30.

    Deseaban hacer funcionar el mortero, pero Nano se opuso porque quien lo propuso desconocía su manejo y lejos de dar en el Regimiento, lo haría sobre los construcciones civiles, con fatales consecuencias. Pasado más de una hora Nano llamó al Puesto de Mando para pedir instrucciones, pero no comunicó. Entonces decidió ir hacia allá y como el grupo había crecido, eran necesarios otros vehículos.

    --Su carro le hace falta a la Revolución. La Revolución ha comenzado.

    Los asombrados conductores no atinaban a decir nada ante la presencia de aquellos muchachos, que por la edad podían ser sus hijos, uniformados de verde olivo, y con un brazalete del 26 de Julio.

    Ocuparon un auto y un camión, que manejaría Sixto Valón --uno de los incorporados-- más Khalet de Quesada, uno de los combatientes del mortero, que no fue detenido. Fue situada una ametralladora calibre 30 sobre la cama del camión, y la otra en la parte trasera del jeep. Al timón Luis Céspedes --también incorporado-- y se dirigieron a la Casa Cuartel. En el recorrido por Aguilera a la altura de la calle San Miguel, ocurrió un choque con un carro de leche y una carretilla de frutas, cuyo dueño y conductor, se les incorporó. Frente al cine Primelles, en Trocha y Santa Ursula, apareció otra vez el Catalina y de nuevo le hicieron fuego un tiempo y después siguieron hacia su destino.

    Al pasar por el hospital Colonia Española, la caravana se detuvo para recoger a dos compañeros de una casa de la acera opuesta, con dos cajas de cocteles Molotov. De nuevo en marcha, alguien propuso a Nano ir hacia la Estación de Policía con el fin de reforzar el ataque. Al subir por la calle Corona divisaron un camión con soldados.

    Nano le disparó con la ametralladora. El enemigo se detuvo y se desplegó para responder, originándose un pequeño combate. Maniobrando con dificultad, los revolucionarios abandonaban el lugar, pero el camión no pudo continuar. Sus tripulantes se distribuyeron en los demás vehículos. Unas cuadras más allá, Nano con la ametralladora pasó al auto que tenía el cristal trasero roto y ordenó al jeep que marchara en la vanguardia, rumbo al Instituto. Allí emplazaron una ametralladora en la azotea del centro de estudio, otra en Avenida de Garzón y calle 4ª. Poco después veían llegar gran cantidad de soldados por la avenida, avanzaban pegados a las paredes de las casas. Les dispararon y el enemigo respondió pero se detuvo.

Comando de Enrique Hermus. 09.00 horas

ENRIQUE HERMUS: “Yo me pasé la noche esperando a Hermes (Salmón). Llegó la noche y no aparecía. Escuché los  tiros. Se apareció Manuel Véliz después Bernardino Núñez. Me preguntó qué pasaba y le dije qué la Revolución estaba en marcha, que buscara a los hombres de su grupo para salir a combatir, respondiéndome que esperaban la esquina. Salió y vino con ellos. Éramos como catorce o quince. Sacamos las armas. Nos pusimos los brazaletes, porque no teníamos uniformes. Repartí armas y balas. Bajamos toda la calle 6ª del Reparto Portuondo, hasta una callecita antes la de Zamora.

    Allí estaba un hombre junto a su automóvil. Le encañoné y le pedí la llave. Me miraba sin decir nada, pero no me daba la llave. Le hundí el cañón en la barriga y entonces extendió la mano, la abrió y cogí la llave. Todo eso sin decir nada. Pregunté si alguien sabía manejar y Floro Vistel me dijo que él, pero que no tenía cartera. Aquello me dio risa, en ese momento no hacía falta la cartera dactilar."

    Como sardinas en lata dentro del auto se dirigieron al Instituto de Segunda Enseñanza y se unieron a Nano y demás combatientes. Nuevas Incorporaciones, entre ellos un adolescente de catorce o quince años, Ángel René Soublet Figueredo, quien sirvió dé amunicionador al comenzar Hermus a disparar con la ametralladora 30.

    ENRIQUE HERMUS: "Cuando empezó el tiroteo se acercó a nosotros para ayudarnos un niño de unos catorce años. A mi me pareció hasta menor. Le dijimos que se fuera de allí porque lo iban matar, pero se negó, diciendo que tenía compromiso de luchar."

    Ángel René cayó abatido a tiros, luego de realizar una acción en agosto de 1958. Sería otro de los niños héroes de nuestra lucha. Luego de más de media hora de combate y con lo posibilidad de que fueran cercados, Nano dio la orden de retirada. En ese instante Hermus resultó herido en una mano.

Frank País. 10.30 horas

Frank introdujo algunas armas en el auto, acompañado por tres combatientes más, al timón Taras, marcharon a donde debió estar emplazado el mortero y la calibre 30. Quería conocer por qué el primero no pudo disparar. Antes dejó a sus acompañantes en las calles Aguilera y Clarín. No lejos de esa esquina vivían los Aguiar, donde estaba América, por lo que Frank dijo a Taras: “Vamos a llegarnos un momento a ver a tu hermana." Con su intrínseca ecuanimidad conversó un instante con su novia y tomó café con leche.

    Minutos más tarde llegaba a su destino, sin encontrar a nadie que le pudiera explicar. Se acercó al instituto de Segunda Enseñanza, pero ya todos se habían retirado, y como el Ejército se mantenía a distancia, disparó varias ráfagas con la Thompson contra ellos.

    FRANK PAÍS: "No estábamos ya nerviosos, ni asustados como antes de entrar en combate. Estábamos ya fogueados y nos ardía en las entrañas el deseo de seguir combatiendo, para que nuestros propósitos de liberación, no quedaron truncos."


 


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