..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.160, Viernes, 26 de enero del 2007

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Consejos del hermano de Amelia
Por Diego de Jesús Alamino Ortega

Nacer en Cuba nos da la excepcional oportunidad de que desde muy pequeños nos pongamos en contacto con la vida y la obra de un hombre de trascendencia universal: nuestro José Martí.

Cada 28 de enero hemos querido buscar las flores más frescas para depositarlas en el imprescindible busto de la escuela. Lo reconocemos de niño estremeciéndose de dolor ante el crimen en Caimito del Hanábana; lo percibimos de adolescente llevando con decoro el grillete en las canteras de San Lázaro.

Los Zapaticos de rosa nos han estimulado a ser generosos y buenos. La ternura del Ismaelillo nos asiste para comprender mejor a los niños; su fe en un futuro con todos y para el bien de todos, su alma libre de odios y su creencia en el valor de las ideas nos dan fuerzas para cabalgar sobre el indócil potro del presente. Por estas razones, y muchas más, a veces pensamos que conocemos al Apóstol, pero un día como buenos discípulos volvemos al Maestro y nos sorprenden los más acertados consejos, buenos para nuestras vidas, como los que escribió para su hermana Amelia, en carta desde Nueva York, en enero de 1880:

«Toda la felicidad de la vida, Amelia, está en no confundir el ansia de amor que se siente a tus años con ese amor soberano, hondo y dominador que no florece en el alma sino después del largo examen, detenidísimo conocimiento, y fiel y prolongada compañía de la criatura en quien el amor ha de ponerse».

Así quisiéramos aconsejar a nuestros hijos, a los adolescentes y jóvenes de hoy, y también, por qué no, recomendar a los adultos este apotegma; pero a veces nos falta precisión en el lenguaje y agudeza reflexiva para llegar a tal síntesis y el Apóstol, de este modo tan coloquial como es el de una carta familiar, viene en nuestra ayuda y sigue advirtiendo:

«Hay en nuestra tierra una desastrosa costumbre de confundir la simpatía amorosa con el cariño decisivo e incambiable que lleva a un matrimonio». Y en otro momento de la epístola sentencia, con una frase que pudiera tomarse prestada para estos tiempos: «Empiezan las relaciones de amor en nuestra tierra por donde debieran terminar».

Martí proclama el amor como único sostén de la unión de un hombre y una mujer y lo dice desde la perspectiva de alguien que ha visto mucho en lo hondo de los demás y de sí mismo y con la sinceridad y el celo con que se aconseja a una hermana. ¡Qué distantes estos consejos de otros que oímos, en diferentes contextos, aun en los familiares, y que en la relación de pareja propenden a dar prioridad a la protección sexual o a mezquinos intereses materiales!

No termina el Apóstol su carta sin hacer un hermoso encargo a su hermana, de diáfana vigencia para tiempos corrientes:

«Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto ternísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves, lleno de vejeces y caprichos, es un hombre de una virtud extraordinaria... No se paren en detalles, hechos para ojos pequeños. Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. Él nunca ha sido viejo para amar».

Hoy, que por doquier se percibe la presencia de adultos mayores, bien nos viene la recomendación martiana de tratarlos con todo el amor posible, endulzando sus vidas, protegiéndolos, reconociendo sus virtudes y, sobre todo, oyendo sus consejos. Aunque veamos languidecer sus vidas, continúan iluminándonos con sus almas.

http://jrebelde.cubasi.cu/opinion/2007-01-06/consejos-del-hermano-de-amelia-/

 

Carta de Martí a su hermana Amelia

Nueva York, enero de 1882.

Tengo delante de mí, mi hermosa Amelia, como una joya rara de luz blanda y pura, tu cariñosa carta. Ahí está tu alma serena, sin mancha, sin locas impaciencias. Ahí está tu espíritu tierno, como de ti la esencia de las primeras flores de mayo. Por eso quiero yo que te guardes de vientos violentos y traidores, y te escondas en ti a verlos pasar: que como las aves de rapiña por los aires, andan los vientos en busca de la esencia de las flores. Toda la felicidad de la vida, Amelia, está en no confundir el ansia de amor que se siente a tus años con ese amor soberano, hondo y dominador que no florece en el alma sino después de un largo examen, detenidísimo conocimiento, y fiel y prolongada compañía de la criatura en quien el amor ha de ponerse. Hay en nuestra tierra una desastrosa costumbre de confundir la simpatía amorosa con el cariño decisivo e incambiable que lleva a un matrimonio que no se rompe, ni en las tierras donde esto se puede, sino rompiendo el corazón de los amantes desunidos. Y en vez de ponerse el hombre y la mujer que se sienten acercados por una simpatía agradable, nacida a veces de la prisa que tiene el alma en flor por darse al viento, y no de otro que nos inspire amor, sino del deseo que tenemos nosotros mismos de sentirlo; - en vez de ponerse doncel y doncella como a prueba, confesándose su mutua simpatía y distinguiéndola del amor que ha de ser cosa distinta, y viene luego, y a veces no nace, ni tiene ocasión de nacer, sino después del matrimonio, se obligan dos criaturas desconocidas a un afecto que no puede haber brotado sino de conocerse íntimamente. – Empiezan las relaciones de amor en nuestra tierra por donde debieran terminar. – Una mujer de alma severa e inteligencia justa debe distinguir entre el placer íntimo y vivo que asemeja el amor sin serlo, sentido al ver a un hombre que es en apariencia digno de ser estimado, - y ese otro amor definitivo y grandioso, que como es el apegamiento inefable de un espíritu a otro, no puede nacer sino de la seguridad de que el espíritu al que el nuestro se une tiene derecho por su fidelidad, por su hermosura, por su delicadeza, a esta consagración tierna y valerosa que ha de durar toda la vida. – Ve que soy un excelente médico de almas, y te juro por la cabecita de mi hijo, que eso que te digo es un código de ventura, y quien se olvide de mi código no será venturoso. He visto mucho en lo hondo de los demás, y mucho en lo hondo de mí mismo. Aprovecha mis lecciones.

No creas mi hermosa Amelia, en los cariños que se pintan en las novelas vulgares, y apenas hay novela que no lo sea, por escritores que escriben novelas porque no son capaces de escribir cosas más altas – copian realmente la vida, ni son ley de ella. Una mujer joven que ve escrito que el amor de todas las heroínas de sus libros, o el de sus amigas que los han leído como ella, empieza a modo de relámpago, con un poder desvastador y eléctrico – supone, cuando siente la primera dulce simpatía amorosa, que le tocó a su vez en el juego humano, y que su afecto ha de tener las mismas formas, rapidez e intensidad que esos afectillos de librejos, escritos – créemelo Amelia – por gentes incapaces de poner remedio a las tremendas amarguras de que origina su modo convencional e irreflexivo de describir pasiones que no existen, o existen de una manera diferente de aquella con que las describen. ¿Tú ves un árbol? ¿Tú ves cuánto tarda en colgar la naranja dorada, o la roja granada, de la rama gruesa? Pues ahondando en la vida se ve que todo sigue el mismo proceso. El amor como el árbol, ha de pasar de semilla a arbolillo, a flor y a fruto. – Cuéntame Amelia mía, cuanto pase en tu alma. Y dime de todos los lobos que pasen a tu puerta; y de todos los vientos que anden en busca de perfume. Y ayúdate en mí para ser venturosa, que yo no puedo ser feliz, pero sé la manera de hacer feliz a los otros.

No creas que aquí acabo mi carta. Es que hace tiempo que quería decirte eso, y he empezado por decírtelo. – De mí, te hablaré otro jueves. – En este sólo he de decirte que ando como piloto de mí mismo, haciendo frente a todos los vientos de la vida, y sacando a flote un noble y hermoso barco, tan trabajado ya de viajar, que va haciendo agua. – A papá que te explique esto que él es un valeroso marino. – Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto ternísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves, lleno de vejeces y caprichos, es un hombre de una virtud extraordinaria. Ahora que vivo, ahora sé todo el valor de su energía y todos los excelsos méritos de su nobleza pura y franca. Piensa en lo que te digo. No paren en detalles, hechos para ojos pequeños. Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. El nunca ha sido viejo para amar.

Ahora, adiós de veras.

Escríbeme sin tasa y sin estudio, que yo no soy tu censor, ni tu examinador, sino tu hermano. Un pliego de letra desordenada y renglones mal hechos, donde yo sienta palpitar tu corazón y te oiga hablar sin reparos ni miedos – me parecerá más bella que una carta esmerada, escrita con temor de parecerme mal. Ve: el cariño es la más correcta y elocuente de todas las gramáticas. Di ¡ternura! Y ya eres una mujer elocuentísima.

Nadie te ha dado nunca mejor abrazo que este que te mando.

¡Que no tarde el tuyo!

Tu hermano.

José Martí


 


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