..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.160, Viernes, 26 de enero del 2007

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Los Escritores y la Revolución

Para quiénes, en un nuevo sueño, andan olvidando en la distancia lo que se vivió en el pasado, queremos traerle este documento, tomado del recientemente publicado “Viaje a los frutos ”, libro que prestigia nuestra Colección Bachiller y que hace referencia a sucesos acaecidos en la temprana fecha, para la Revolución triunfante, de marzo de 1959:




Virgilio Piñera

Al señor Fidel Castro.
Primer Ministro.

Nosotros los escritores tenemos el propósito de celebrar en días próximos una mesa redonda por CMQ televisión. El tema a debatir: Posición del escritor en Cuba. Sabemos que el Gobierno Revolucionario tiene fundados motivos para tenerlos entre ojos; sabemos que nos cruzamos de brazos en el momento de la lucha, y sabemos que hemos cometido una falta. Pretendemos en la celebración de dicha mesa redonda, poner de manifiesto que si no cooperamos con ustedes fue debido a que no constituimos, como los periodistas y profesores una clase. Tomado en su proyección social el escritor cubano, hasta el momento presente, es tan solo un proyecto. Utilizando una locución popular, nosotros, los escritores cubanos somos “la última carta de la baraja”, es decir, nada significamos en lo económico, lo social y hasta en el campo mismo de las letras. Queremos cooperar hombro con hombro con la Revolución, mas para ello es preciso que se nos saque del estado miserable en que nos debatimos. ¿Quiere usted un ejemplo entre muchos? Cuando un escritor cubano se dirige al director de un periódico a fin de que éste le publique un artículo, la más de las veces obtiene rotunda negativa y hasta es tildado de raro. Y si acaso es complacido, que ni piense por un momento que su trabajo será pagado. Esta es la verdad y esta nuestra situación. Si como usted ha dicho, el cubano es muy inteligente y si nosotros somos lo uno y lo otro, es preciso que la Revolución nos saque de la menesterosidad en que nos debatimos y nos ponga a trabajar. Créanos, amigo Fidel: podemos ser muy útiles.1

Diario Libre, sección Arte y Literatura, 14 de marzo de 1959, p.2

1Esta carta pública de Piñera suscitó un debate con los siguientes textos: “Al señor Virgilio Piñera” de Rolando Arteaga y “Al señor Rolando Arteaga” de Manuel Díaz Martínez, en Diario Libre, 21 de marzo de 1959, p.2.

El 14 de abril de 1959, en el canal 6 del circuito CMQ se efectuó el programa de televisión “Posición del escritor en Cuba”. El periodista Luis Gómez–Wangüemert fue el moderador. Por su interés cultural se incluyen las cuatro intervenciones, publicadas en el periódico Combate, órgano del Directorio Revolucionario entre abril y mayo de 1959.

I

Posición del escritor en Cuba.

Se dice en estos días: El escritor cubano hizo poco o nada por la Revolución. Esto es cierto, y mal que nos pese tenemos que aceptarlo. A tono con nuestra falta de cooperación se nos oponen terribles reparos y se nos niega la sal y el agua. Dicen: ¿Cómo podrían ahora establecer demandas si en el momento de la lucha se mostraron remisos? ¿Cuáles son vuestros títulos revolucionarios? Para justificar sus anatemas se apoyan en hechos incontrovertibles: las revoluciones tienen lugar en el campo ideológico antes que en el campo de batalla; el escritor mediante proclamas y manifiestos participa de manera activa en la lucha; si preciso es toma el fusil y expone su vida. Si ustedes nada hicieron en tal sentido, si el nombre que les cuadra es el de abstencionistas, entonces no nos vengan ahora con demandas.

Ahora bien, ocurre que obramos así, que nos abstuvimos no por indolencia, no por capricho, no por irresponsabilidad. Ocurre que nuestra falta de cooperación se debió lisa y Ilanamente a que no existíamos en el momento de la dictadura (y, por supuesto, tampoco ahora) como tales escritores. ¿Qué es un escritor en Cuba –nos preguntamos. La respuesta es tan difícil como la cuadratura del círculo o el hallazgo de la piedra filosofal. ¿Somos una  clase como la de los profesores o la de los periodistas? No por cierto. ¿Se cotizan y venden nuestras producciones? Ni hablar ¿Nos pagan nuestros artículos? Esto sería inconcebible. ¿Nos lee el pueblo? Respuesta terrible: nos leemos entre nosotros mismos. ¿Pesamos algo en la opinión pública? Ni un adarme. Entonces, ¿qué somos? Pues personas privadas, que decidieron dedicarse al noble ejercicio de las letras. Y pregunta capital: ¿de qué vivimos? Del aire, de expedientes, de la peseta que nos da el amigo, de las cien tremendas humillaciones, de sueños y hasta de quimeras.

Expliquemos esta última apreciación. Como no tenemos consistencia ni social ni económica, tendemos cada vez a perdemos en vagas ensoñaciones, a perder de vista la realidad inmediata; como el librito que publicamos a costa de sacrificios sin cuento debemos regalarlo (venderlo no, ello equivaldría insultar a nuestro probable lector, ya que ese lector piensa que es bastante favor tomarse el trabajo de recibir nuestro libro); como nos vemos en la necesidad de llegar a la redacción de un periódico a suplicar con voz temblorosa que se nos publique un articulo; como las más de las veces el artículo es rechazado, y encima debemos aceptar que se nos tilde de raros, de enrevesados y hasta de locos; como vemos que pasan los años ,y la situación se prolonga; como escuchamos a cada momento frases de este tenor: “Ah, usted es escritor... ¿Para qué canal escribe? ¿De cuáles de las comedias radiales es usted autor? O el señor al que acabamos de ser presentados nos tome por panadero o por mecanógrafo; como a cada momento nuestra razón de ser de escritor está puesta en tela de juicio, sucede que poco a poco nos vamos convirtiendo en soñadores y en fantasmas.

En el momento que Batista se apodera del poder el 10 de marzo, ya hace mucho rato que hemos devenido fantasmas. Batista temía a las fuerzas vivas de la nación y sus golpes iban dirigidos contra el estudiante, el obrero, el campesino, el profesor, el periodista, pero jamás se planteó un conflicto con este escritor–fantasma. Por ejemplo, en la Argentina la clase intelectual –poderosa, organizada– significó un gravísimo problema para Perón1. Tanto le temía que humilló a Borges2 cambiando su puesto de bibliotecario por un empleo en el Mercado de Abastos (sección aves de .corral) y encarceló a Victoria Ocampo3 en un establecimiento penal para prostitutas. Estos dolores de cabeza Batista no tendría que padecerlos por nuestros ataques.

Aceptando que nada hicimos para oponernos al terror batistiano importa mucho puntualizar que en tanto que clase no estábamos en condiciones de formar lo que en jerga revolucionaria se  llama “frente unido”. Batista temblaba si se rumoraba que los obreros de la COA4 irían a la huelga o si los estudiantes preparaban un acto de calle. Pero nosotros, que no estábamos organizados, sin una sociedad de escritores que nos representara, sin publicidad de ninguna clase, sin eco alguno en el pueblo, ¿se nos temería? Pero de todo esto, con ser de suma importancia representa sólo el aspecto, diríamos, mecánico, de todo escritor. Queda, sin embargo, el aspecto más profundo, la causa eficiente de nuestra inercia revolucionaria.

Se dice que somos escritores de torre de marfil. Aceptado Pero las torres marfileñas no surgen de la nada; al contrario, tienen sus raíces en la tierra. La nuestra, y la llamo de marfil por facilitar la exposición; en realidad es la torre del desamparo –se hizo posible por una serie de factores: falta de tradición –la tan llevada y traída falta de tradición–; frustración de la ciudadanía (machadato, batistato, grausato, nuevo y más decepcionador batistato); frustración de los escritores que nos precedieron (si nos miramos en un espejo empañado no acertaremos a vernos la cara) falta de protección tanto oficial como de iniciativa privada; ausencia de público que nos leyera; de críticos que nos enjuiciaran; de editores que se encargaran de publicar nuestras obras (hacia 1939 el español Losada tuvo el propósito de abrir su casa editorial en La Habana. Para ello solicitó del gobierno cubano en exención de impuestos por diez años. A nuestro gobierno, que padecía más que miopía cultural, ceguera absoluta, le pareció exorbitante tal pretensión, Resultado: la editorial Losada está en Buenos Aires y son los argentinos los beneficiados); chatura de la vida nacional: política en función de latrocinio, de esquilmación del pueblo y hasta crimen; dictadura del profesor y del periodista en la vida cultural, llamémosla así, del país; tentación de ingresar en esas filas, con los siguientes resultados: dejación de su condición de escritor si se decidió a dar tal paso; o amurallamiento en la torre de marfil, es decir vida literaria precaria, vida vegetativa por cuanto su esfera de influencia terminaría precisamente en las cuatro paredes de dicha torre. Por otra parte no anatematizo ni a profesores ni a periodistas. El uno y el otro son útiles al fenómeno cultural en cualquier país; más bien quiero significar que para el escritor cubano, en el caso de pretender ensanchar dicha esfera de influencia, tendría fatalmente que ubicarse en el periodismo o en el profesorado.

Tenemos numerosos ejemplos de ello; sabemos que tal o más cual escritor, de tal o más cual generación ha hecho popular su nombre, no por ser estrictamente un escritor, más por el hecho de sus artículos en el periódico o por su cátedra en la Universidad. Para no hablar de los que se hicieron políticos, lo cual en Cuba hasta el triunfo de la Revolución significaba situarse en las antípodas de toda cultura. De una forma u otra, y limitando el fenómeno a la peculiar posición del escritor cubano, tenemos una verdad axiomática: hasta el momento presente somos prácticamente desconocidos y algo todavía de mayor importancia: somos inoperantes. Cualquier milagro, cualquier cambio de frente podrá producirse de hoy en adelante, pero hasta el momento en que hablo, la palabra escritor tiene para el cubano una connotación singular: se nos toma como a habitantes de un planeta lejano.

En Cuba, ejercer el oficio de escritor ha sido por lo menos tan expuesto como el de aquellos que luchaban en la clandestinidad: significaba mantener, no contra viento y marea (pues ello se traduciría en resultados positivos) sino contra la indiferencia general, una actitud, y una fe inquebrantables. Ahora que la Revolución es un hecho consumado es preciso que ambos –pueblo y escritor– empecemos a tomarnos en serio. No ha sido otra nuestra intención al celebrar esta mesa redonda. Desde ella estamos diciendo al pueblo que nos escucha (y por pueblo entendemos desde el simple ciudadano hasta el profesor, el periodista, los Ministros del Gobierno, el Presidente de la República y el Jefe de la Revolución): no somos habitantes de Marte, no somos locos, no somos rimadores irresponsables; somos una pieza en el engranaje de la vida nacional, y si no se cuenta con nosotros la maquinaria no rendirá todo su esfuerzo Dígase soldado, obrero, campesino, profesor, periodista, pero también dígase escritor.

Con ello se nos situará de una vez por todas. Si esto se cumple podrá hablarse del espíritu de la nación cubana.

Virgilio Piñera.

Periódico Combate, 19 de abril de 1959, p.2

1General Juan Domingo Perón (1885-1974). Presidente de la República Argentina entre 1946-1955 y 1973-1974.
2Jorge Luis Borges (1899-1986). Poeta y narrador argentino.
3Victoria Ocampo (1891-1979). Narradora, ensayista y dramaturga argentina; directora de la revista Sur.
4 Cooperativa de Ómnibus Aliados.

II

No quiero empezar esta breve exposición sin destacar la significación que para los escritores cubanos tiene el hecho de que esta noche se reúnan en esta mesa redonda para discutir sus anhelos como clase, anhelos que en el pasado se han malogrado por una serle de causas que más adelante explicaré brevemente. No es una exageración decir que el escritor cubano  ha sido el ciudadano menos  considerado por la sociedad y el estado en los años que van desde la fundación de la República. Ser escritor nada ha significado en Cuba. En otros países ya el hecho de escribir –poemas novelas, críticas de cualquier índole– representa en sí un motivo de honra. En Norteamérica siempre me ha maravillado el prestigio, que raya  casi en la veneración, que se le dispensa al hombre de letras? Decir “soy poeta o soy novelista” es motivo de orgullo y le confiere al practicante ciertos derechos y ciertas responsabilidades ante el resto de sus compatriotas. Así hemos visto, con el creciente poderío de la prensa y la radio, al escritor asumir una posición rectora en los destinos políticos y sociales de la sociedad contemporánea. Un hecho que destaca esta importancia es la polémica nacional que en Francia desencadenó la colaboración de ciertos escritores con la dominación nazi y la reprobación política más severa que hombres como Celine1 sufrieron en la post-guerra.

Ya es un lugar común considerar al escritor como un ciudadano más, y no como un ser raro que vive en un mundo desligado de los accidentes de la historia. Así se  ha hablado mucho del escritor comprometido y  aunque es también un lugar común que en toda época el escritor es un hombre comprometido por el hecho mismo de reflejar en su obra las circunstancias sociales y políticas  que le toca  vivir, en los últimos tiempos se le ha exigido al escritor una mayor responsabilidad y una intervención más decidida en el quehacer histórico de su patria.

En Cuba  el escritor rara vez ha  logrado una consideración semejante a la que se le  otorga en otros países; ha vivido al margen de la sociedad, escondido en su gabinete haciendo una obra de minoría, dirigida a una minoría. Casi se encuentra en una situación histórica paralela a la de los románticos del siglo pasado quienes se sentían olvidados y despreciados  por la burguesía y el estado. Sus lamentaciones, sus diatribas contra el medio ambiente que no los estimula y los ignora tienen un tono romántico un tanto patético. Se podrían analizar otras causas como son la falta da medios para publicar, el hecho triste pero real de la ausencia de un gran público lector entre nosotros, la indiferencia de los críticos y de la prensa hacia sus empeños. También podría citarse la ausencia de una clase cultural poderosa en Cuba que estimule la obra y la presencia de nuestros escritores. O habría que señalar el número potencialmente ínfimo de lectores cubanos por el hecho concreto del enorme porcentaje de analfabetos, pues es  de simple cálculo que no, puede existir un gran público en un país donde la mayoría no sabe leer. Así si aquí se emprendiese hoy mismo un programa de divulgación cultural semejante al que puso en marcha en México José Vasconcelos2 a raíz de la Revolución  Mexicana, nos encontraríamos con que estábamos derrotados antes de comenzar.

Primero hay que enseñar a leer al campesinado que es en Cuba la clase mayoritaria. Esta es una cuestión básica que el Gobierno Revolucionario se propone resolver y  sin la cual no es posible sentar las bases para una legítima cultura nacional Y es evidente que si no contamos con un pueblo culto donde cada ciudadano pueda leer –que en sí es un arte– no puede haber una literatura poderosa, ni pueda lograrse ese respeto y autoridad para el escritor cubano que todos añoramos desde hace tanto tiempo. Porque ¿de qué le vale al escritor cubano lanzar a los cuatro vientos sus proclamas de reivindicación como clase si sólo unos cuantos pueden escuchar su voz? ¿Qué hubiese ocurrido en el pasado si todos los libros que se escribieron sobre los males de Cuba, sociales y políticos, hubiesen encontrado un público ilustrado capaz de leerlos y asimilar su mensaje? ¿No  habríamos entonces formando una conciencia, un estado de opinión popular, un sentido revolucionario en esas  masas que han vivido ignorantes del trágico dilema nacional? ¿No hubiese tenido entonces la palabra escrita esa fuerza de persuasión, ese tremendo poder propagandístico que tiene en otros países más cultos hoy día? ¿No se hubiese dado en Cuba un caso semejante a Las uvas de la ira de John Steinbeck3 que levantó tal ola de indignación en los Estados Unidos ante el desamparo que sufrían ciertos campesinos del Medio Oeste que forzó al mismo gobierno americano a tomar cartas en el asunto?

Pero para no seguir con algunas de las razones que explican la inoperancia del escritor en nuestra sociedad, hay que destacar también la apatía, la ausencia de fe en  nuestros mejores hombres. Tras la gran desilusión que siguió a la frustración de la revolución contra Machado, los escritores cubanos en su gran mayoría se empeñaron en hacer literatura simplemente. Y lo curioso es que en estos años –1933 a 1939– se desarrolló un movimiento marxista que subyugó a los mejores escritores del mundo. Las luchas sociales y la reivindicación  de los más  oprimidos conmovieron la conciencia de toda una clase intelectual en Europa y en los mismos Estados Unidos, que siente el influjo poderoso del ejemplo de la Unión Soviética. Después vendría la desilusión con la fórmula comunista, como en el caso ejemplar de André Gide4, y, más tarde, la guerra fría a dividir los  campos intelectuales. Pero en este proceso histórico el escritor cubano, con la  rara excepción de nuestros escritores comunistas, no se vio envuelto. Fue el momento feliz para que, a pesar  de las insuficiencias del medio y la ausencia de un gran público lector, nuestros escritores se hubiesen puesto a la vanguardia de un movimiento de reivindicación  de nuestra soberanía y de nuestro destino nacional. Fue el momento para que el escritor cubano hablase, no ahora, del campesinado oprimido y sin tierras, de nuestra ignorancia cultural de un analfabetismo que le robaba la posibilidad de una mayor difusión a sus escritos, de los políticos infamantes que compraba su talento o los relegaba al olvido en todos los programas oficiales de Cultura. Pero desgraciadamente fue este momento precisamente en que la mayoría escondió la cabeza en la arena como el avestruz y dejó que las cosas siguieran como en el pasado.

Ahora este escritor cubano se encuentra como nacido otra vez. Ahora vive un momento histórico que nunca soñó. Ahora siente que por primera vez se le llama a contribuir a la causa de la Revolución. Queremos creer que ahora para este escritor  cubano existe la posibilidad de compartir la tarea de formar una Cuba nueva, de sembrar la semilla de una cultura auténtica, de forjar una sociedad revolucionaria donde su voz  será oída y respetada. Este escritor ya no puede vivir sueños románticos, este escritor debe luchar sin cuartel  para que sea una realidad la erradicación del analfabetismo y la implantación de un sistema de enseñanza que haga de cada ciudadano un hombre culto capaz de comprender, cuando los lea, sus poemas y sus novelas .Porque si se frustra esta, la Revolución, el escritor cubano seguirá viviendo en un mundo de tinieblas donde los ojos de sus compatriotas no podrán vislumbrar la escritura que con tanto sacrificio ha trazado sobre los muros que sostenía tanta ignominia y tanto crimen.

José Rodríguez Feo.

Periódico Combate, 26 de abril de 1959, p. 2

1 Louis Ferdinand Celine (1894-1961). Narrador francés.
2José Vasconcelos(1881-1959) Escritor y político mexicano.
3John Steinbeck (1902-1968) Narrador estadounidense.
4André Gide (1869-1951). Narrador francés.

III

La posición que es a la vez la tragedia del  escritor en Cuba puede resumirse en muy pocas palabras: el escritor no es  un profesional; no tiene una manera de vivir de su trabajo o como diría un publicitario no ha creado su mercado. Este mecanismo cuyo  resultado es la posición nefasta de nuestros escritores comienza en la  redacción de los periódicos y revistas  donde la obra literaria, por muy sencilla que sea, peca de poco periodística y de intelectual. Es evidente, dicen los redactores, que este artículo,o este poema, no tienen lectores, es decir, consumidores, puede funcionar si acaso como un extra en  las últimas planas, pero es tan cierto como lo primero el hecho de que ese público no consume literatura, porque su mente y sensibilidad están embotadas de tantos titulares escandalosos, cintillos vendedores, dramones de segunda mano y comerciales estridentes, si se trata del radio o de la televisión.

Los escritores, de este modo nos hemos vuelto nuestros propios lectores. Un artículo por muy escandaloso que sea en  el terreno literario no trasciende mas allá del grupo o clan en el que ha sido escrito, porque  aunque al cabo de muchas imploraciones se  logre insertar en un periódico, la falta de interés literario que se  logra solo con  publicaciones asiduas de literatura, hacen que pase a la vista de los lectores como una exquisitez más.

Afortunadamente, los periódicos de la Revolución, han hecho un esfuerzo, encaminado en el sentido de mejorar esta situación. La publicación diaria o semanal de planas literarias está contribuyendo a crear en el pueblo, la familiaridad al menos, con la literatura. Pero la solución de este problema no es sólo la de hacer profesional al escritor, sino también, lo que es mucho mas importante, la de alfabetizar al pueblo y comenzar a crearle el interés por la literatura y el teatro mediante la difusión de obras accesibles, sin complicaciones literarias o filosóficas, y la representación en el Teatro Nacional o en las plazas, de las obras teatrales, que sin perder su nivel de calidad, puedan impresionar favorablemente al pueblo.

Los escritores en Cuba, desde  hace mucho tiempo y con muy ligeras excepciones, han tenido que ir a dar al periodismo o la televisión. El escritor, si lo es de vocación íntegra, por otra parte, termina resultando muy intelectual en el periodismo y poco publicitario en la televisión. Las intenciones al principio siempre son las mismas, hacer una plana periodística que tenga a la vez calidad literaria, o un programa de televisión que resulte de buen gusto, pero el criterio de los patrocinadores termina siempre imponiéndose, y vemos como lo escritores herméticos de un momento se convierten por obra y  gracia de la televisión en libretistas de novelas por entregas o de cortos humorísticos.

Todo esto, como es  natural, ha perjudicado en gran manera la literatura nacional, y los escritores y poetas de  relieve con que hoy contamos, han tenido que formarse literariamente fuera de Cuba, en Buenos Aires o en  París , de modo que han estado más al tanto, digamos, del surrealismo o de las corrientes de la novela francesa que del resto de la literatura escrita en Cuba, ya que si exceptuamos las dos revistas literarias, más recientes, OrígenesCiclón, no hubo en nuestro país otro vehículo responsable donde publicar.

Esta situación del escritor, la de pertenecer a una especie distinta, lo lleva a no tener conciencia de clase. Como el médico o el publicitario hablan de la case médica o publicitaria, y  pueden tomar una decisión  en conjunto, con el peso de la unidad de la clase, el escritor se ve imposibilitado de apoyar o negar rotundamente cualquier actitud exterior, porque, no estando unido, en una palabra, sindicalizado como cualquier otro obrero, no tiene ni voz ni voto en la maquinarla social.

Como el  escritor está desunido como clase, no puede exigir vehículos para expresarse. Pongamos un ejemplo: Bohemia, la revista más importante de Cuba, llena sus planas con material traducido, cuantos policíacos o detectivescos, de autores extranjeros, publica muy poco, creo que ningún material de autores cubanos, en lo que a literatura de imaginación se refiere.

Yo creo, por el contrario a la opinión más generalizada, que los escritores pueden ser sumamente útiles a la sociedad. Útiles precisamente en un proceso como este que lleva la actual Revolución. Necesitamos, como es natural, manuales de trabajo: una imprenta nacional que publique la obra de los jóvenes y dé a conocer la Revolución que trasciende también al hábito de la literatura. Puedo citar muchos de ellos, cuya obra, publicada o puesta en escena haría pensar al pueblo en la responsabilidad de su porvenir y en el maravilloso destino que la Revolución pone en sus manos. Baste citar a Fernández Bonilla, Branly, Díaz Martínez, Rivera y Arrufat1 , entre otros muchos jóvenes escritores que siguen muy de cerca las pautas de la Revolución.

Cuando un escritor pueda vivir en Cuba como tal, sin recurrir a una cátedra en un Instituto, sin escribir para el radio o la televisión, sin hacer publicidad, la Revolución en ese plano, también habrá sido ganada.

Severo Sarduy.

Periódico Combate, 6 de mayo de 1959, p.2

1 Se refiere a los escritores  Fernández Bonilla, autor de La palabra invocada (1960); Roberto Branly (1930-1980) poeta; Manuel Díaz Martínez, poeta; Rivera; Antón Arrufat, poeta, narrador y dramaturgo

IV

El hecho de ser escritores de un pueblo en Revolución nos obligaba a otro quehacer que el de escribir libros, nos obligaba a responder físicamente en la odisea de la Revolución Cubana (nosotros que somos los más impulsivos, los más avanzados, los más rebeldes) con la misma fuerza, seguridad y entrega con que acometemos una página en blanco ahora poseeríamos las riendas que venimos a reclamar y las poseeríamos con un merecimiento inmediato, y conoceríamos a fondo nuestra labor a realizar en el desenvolvimiento de la cultura del pueblo no ignoramos nuestro trabajo a realizar de “hombres y artistas” ya que el pueblo mismo nos emplearía en provecho suyo eso que sería nuestro propio provecho en tanto que nos hubiésemos hechos necesarios.  Por lo demás de esa comunión habría salido al menos un gran libro y muchos libros sobre nuestra tercera gran guerra de independencia que culmina en una libertad sustancial a todos, innovadora de la maloliente democracia americana, libros y libros que el pueblo amaría y  aclamaría con el orgullo con que ama y aclama hoy su Revolución, que tan  arraigadas taras nos extirpa.

Evoquemos, compañeros, a Celine en El viaje hasta el fin de la noche, ese libro monumental por encima del hombre pequeño y a Tolstoi1 en La guerra y la paz, ese libro de todos los hombres, a Saint Exupery y sus palabras enormes, evoquemos a estos hombres escritores a quienes no escapa su momento de grandeza, su momento de compromiso, su momento de comprobaciones que los sobrepasa y por eso mismo los cumple. En tanto que engendran su historia, la historia del mundo los asimila y los adopta como sus creadores, partiendo de que el mito  Dios–Creador nuestra época materialista lo sustituye por la  verdad del hombre- creador.

Los cubanos estamos gozando del privilegio de realizar nuestra Revolución en este siglo de revoluciones gigantescas. Los cubanos estamos, pues, cumpliendo el compromiso de evolución que cada siglo exige a quienes lo pueblan. Los escritores cubanos tenemos sin embargo. una deuda con la Revolución: no haber participado en ella. Ya que no se podía escribir ni publicar, nuestro deber de creador era el de estar en plena batalla, dentro del fuego, ya que de él nos nutrimos. Por esta debilidad no habrá el gran libro de la Revolución Cubana; y también por eso no nos preguntamos ahora cuál ha de ser nuestro quehacer en el programa de la Revolución.

Para justificarnos habrá que hablar de la desprotección en que se nos ha mantenido siempre (no mayor  ni menor que la del campesino que, con un desprendimiento de  la vida que linda con una actitud filosófica que bien correspondía a nosotros asumir) se une a la batalla y la resuelve con la fuerza de su número y de su confianza) habría que hablar, para justificarnos, de como ese estado de desprotección ha engendrado dentro de nosotros una especie de miseria del espíritu, una suerte de opacidad, una energía oscura que debilita nuestros impulsos naturales de hombre, sin más resto vivo que nuestro trabajo día por día, en silencio. Aquí venimos a hablar, por primera vez, en defensa del escritor, venimos a hablar en escritor. Tímidos pero a la vez feroces, a que se nos escuche, a que el pueblo nos conozca ya que nosotros somos; su parte más oculta, la que más le ama. Que el pueblo es nuestro y nosotros somos del pueblo. En nuestras páginas él duerme, él padece su hambre. En nuestras páginas, viejas y abandonadas como él, habitan todos sus ruidos, todos sus movimientos, todos sus silencios.

¿Quién es el escritor? El pueblo lo desconoce puesto que sus libros no le llegan y esto hace que le confundan con el periodista. Establecer, pues, la diferencia entre escritor y periodista resulta de suma urgencia, puesto que el pueblo cree que el escritor es el periodista. Establezcámosla, pues, y quede esclarecida para siempre. De este modo el pueblo le dará importancia a nuestros libros y, a través de este acercamiento (tan injustamente demorado) nosotros despertaremos el hábito a la lectura realizando de este modo nuestra labor social–educativa–revolucionaria, desarrollando la imaginación y todos los sentimientos vivos y muertos dentro del hombre, labor esta que el escritor se ha arrogado en todos los pueblos desde las más antiguas edades. ¿Quién si no el escritor en poeta, en filósofo, en cronista, en bíblico, quien si no él ha dejado constancia del paso de todos los hombres sobre la tierra?; ¿quién como él conoce a su pueblo pues que de pueblo se nutre su imaginación creadora, del pueblo de día y del pueblo de noche, de las gentes que caminan, sufren y mueren desconocidas, de los rigores todos de la vida cotidiana que, como ellos, nosotros padecemos y que, sobre ellos, nosotros contemplamos y guardamos en páginas y páginas que nunca les llegan?

Entretanto el periodista ocupa todos los campos: habla, escribe, publica, funciona en esta doble labor de escritor y de periodista nos desplaza, si, sin que por ello nos reemplace, sin que realice esa labor constructiva ni de cultura que corresponde al escritor, sin que por ello instruya al pueblo ni lo capacite a una lectura mayor, porque no puede o porque no quiere, por falta de capacidad del periódico o por la falta de capacidad creadora, porque una cosa es ser escritor y otra ser periodista, porque un periodista no puede justificar al pueblo en sus errores ni levantarlo en sus plenitudes aún valiéndose de todos loa medios divulgadores que sólo él posee; él puede informarle, esbozar sus posibilidades en favor o en contra suyo, apocarlo o llenarlo de odio, pero nunca interpretarlo, templarlo, pero nunca adueñarlo de sí mismo o encaminarlo a fuentes más subterráneas, y sobre todo nunca podrá ser su testimonio, mucho menos en Cuba, donde el periodista, obligado por circunstancias dictatoriales o capitalistas, como se las quiera llamar, deriva en intelectual político.

De este modo interrumpe el periodista nuestra labor, nuestro mensaje. Propongamos, si no, una pregunta vital para nuestra dignidad de escritor; ¿cuándo se ha publicado un libro nuestro, libro que ellos, los periodistas, conocen bien con cuánto esfuerzo e inutilidad se publica, es que ha habido, es que hay un periodista-crítico, lo mínimo a exigir en tanto que hay un escritor que publica?; ¿hay aquí un periodista crítico que sitúe con conciencia social e histórica ese libro en el pueblo, puesto que el pueblo los lee a ellos? Contamos con que la crítica es una labor social como cualquier otra, de las más importantes en ciertas manifestaciones del hombre y que, por esta razón, llega al pueblo; contemos también con que ese pueblo para el que ellos escriben a diario, es agudo y gusta de saber qué pasa en cualquier sector. De igual modo este pueblo, amoroso de todo lo suyo, nos leería, asimilaría nuestros libros, puesto que formamos parte de él, su parte más viva que está muerta. ¿Pero es que los periodistas nos han ayudado alguna vez a realizarnos socialmente, a cumplirnos, nosotros que no contamos sino con la publicidad que ellos nos hagan, después de haber publicado nuestros libros por cuenta propia, para un medio indiferente?; ¿es que no han contribuido ellos a sostener esa indiferencia con la suya propia? ¿Cómo habría de acusarse a este pueblo de que no lee sin acusar antes a sus gobernantes, a sus periodistas? ¿Qué gobernantes, qué directores de organismos de cultura, qué periodistas, qué critica le ha dirigido? ¿Es que entre ellos se ha hecho ver alguna vez la presencia verdadera de un libro cubano? Aquí sólo se ha halagado o se ha arrancado el prestigio. Igual que ha habido malversación de dinero ha habido malversación de talento. Porque en un medio decadente todo es decadente: es el reflejo del agua sobre el agua.

De este modo las cosas, nosotros, los escritores, carecemos de todo beneficio, de toda realidad.

¿A dónde, aparte de hacerlo en sus libros, puede manifestarse un escritor? Para ser propietario de una columna fija en los periódicos hay que ser periodista colegiado. En la revista Bohemia, en la revista Carteles, ambas en manos de periodistas, sucede otro tanto. “Imposible, dicen, es demasiado serio lo que usted escribe y el pueblo no lo entendería”. Tampoco existen editoriales que nos publiquen y nos hagan contrato, con la compra de derechos del libro a publicar y con Interés sobre la venta, “ya que el pueblo no lee”...

¿Cuál es, pues, la salida del escritor puesto que carece de importancia, puesto que no se le concede importancia? ¿Cómo hacer para ganarse la vida? "Hay el escritor que se ha vuelto especialista en productos farmacéuticos, abogado–notario cuando papá le paga la carrera, los hay viajantes de perfumes, modistos, enterradores, y hasta algún ladrón escritor; aún mas, hay el escritor–habitante (todos lo hemos sido alguna vez), el que está ahí sin más, soñando con que un helicóptero lo suspenda en el infinito y lo transporte más tarde a la Patagonia (demasiado tarde ya). Por último hay aquel que decide irse al extranjero “a triunfar”. Para él triunfar es lograr que sus libros se impriman y circulen: sólo eso. Pero para irse al extranjero el escritor no tiene becas disponibles, no hay puestos para el escritor, ¿cómo habría puestos para un escritor? ¿Qué puede hacer un escritor en beneficio del gobierno que le envía? (Hablo, claro está, de lo que ha sido hasta ahora). Pero, ¿cómo puede ser funcional un escritor cuando su calidad como tal no cuenta?

¿Qué idea de su pueblo y del mundo posee ese gobierno que exige al escritor realizar una labor en su favor por el hecho de que le subvenciona? ¿Cómo puede él corresponder en su trabajo creador a un gobierno dictatorial, a un gobierno malversador, a un gobierno amanerado, a gobiernos todos prostituídos por pequeñas ambiciones y por grandes desamparos?; ¿cómo puede él corresponderle, mientras estudia las fundamentales y puras teorías del surrealismo o las búsquedas áridas pero luminosas de la vanguardia de todas las artes y de todas las ciencias?

Es así que el verdadero escritor, el verdadero artista, nunca ha gozado de una beca ni de una subvención. Las becas y subvenciones siempre han pasado a manos de mediocres, de seudoartistas, de señoritos viajeros que llevan además en el bolsillo del chaleco europeo 500 o 1000 pesos de la bolsa de papá para aprovisionarse de ropas exóticas.

Y es así que hemos vivido hasta ahora. Que hemos malvivido.

¿Cómo resolver, pues, nuestra grave situación? En principio poniendo en nuestras manos los organismos culturales para allí afrontar nuestras propias necesidades, que jamás han sido afrontadas por ningún dirigente de cultura. ¿Cómo es posible que comprendan y dirijan los problemas estéticos y sociales nuestros un pedagogo, un médico, un político? Ninguno como el escritor para dar impulso a la obra divulgadora del escritor. Respondiendo a estímulos él será funcional al pueblo. Cualquiera de nosotros dirigiendo un organismo de cultura sabrá asumir la responsabilidad no sólo de su generación literaria (trabajadora y rica) sino de la plenitud cubana que vivimos, que es la plenitud de un pueblo en el mundo y por tanto la plenitud del mundo. Sí, nuestras dificultades parten, como las dificultades del pueblo, de un mal de fondo, mal abominable del que todos hemos sido víctimas por igual. Nosotros somos uno de los tantos problemas a resolver. Que se nos escuche, que se nos proteja, que se nos emplee, que se nos reconozca. Que no se reniegue más de nosotros los escritores, que somos una clase obrera como cualquiera otra que necesita comer, cosa que nuestro trabajo invisible hace olvidar. Que no se reniegue más de la generación anterior que ella ha padecido las mismas necesidades nuestras, la misma falta de apoyo.

Ese apoyo que siempre nos ha faltado que ahora se cumpla con justicia, con libertad, con conocimiento de causa.

Nivaria Tejera.

Periódico Combate, 10 de mayo de 1959, p.2

1 León Tolstoi (1828-1910). Narrador ruso.



 


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