..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.160, Viernes, 26 de enero del 2007

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Cintio Vitier y sus memorias
Por  Lídice Valenzuela
        
El doctor Cintio Vitier es una de las figuras vivas más importantes de la intelectualidad cubana. Nacido en Cayo Hueso, Florida, el 25 de septiembre de 1921, su padre fue el relevante ensayista y educador Medardo Vitier, y él es graduado en Doctor en Leyes.

Cintio publicó en 1938 su primer libro, Poemas, que presentó Juan Ramón Jiménez. Perteneció al grupo de intelectuales que fundó la revista Orígenes (1944-1956), trabajó como profesor en la Escuela Normal para Maestros de La Habana, y en la Universidad Central de Las Villas. Desde 1962 y hasta 1977 fue investigador literario de la Biblioteca Nacional José Martí.

También dirigió la edición crítica de las Obras completas de Martí en el Centro de Estudios Martianos hasta 1987 y la edición crítica de Paradiso, de José Lezama Lima (Madrid, Colección Archivos, 1988), traducido a varios idiomas. Cintio Vitier recibió el Premio Nacional de Literatura, en 1988, y le fue conferido el Juan Rulfo correspondiente al año 2002.

Presidente de honor del Centro de Estudios Martianos, este poeta disciplinado, hacedor de historias, esposo de otra grande de las letras, Fina García Marruz, tuvo la gentileza de responder un grupo de preguntas sobre asuntos de gran actualidad, tanto en su vida personal, como para la cultura cubana e incluso, las relaciones de la intelectualidad isleña con los Estados Unidos.

  • P: ¿En qué trabaja actualmente el Doctor Cintio Vitier?

V: Nunca he considerado la poesía un “trabajo” y siempre he partido de ella, o ayudado por ella, que es también fuente de pensamiento, en mis ensayos o intentos críticos. Cuando mi salud me lo permite, participo en las actividades del Centro de Estudios Martianos.

  • P: Usted nació en Cayo Hueso, donde José Martí desplegó una intensa actividad revolucionaria. ¿Qué significado tuvo esa coincidencia en su vida?

V: De esa “coincidencia” se derivó, entre otras cosas, la siguiente peregrina historia.   Como nací, en efecto, por azar, en Key West, allí fui inscripto el 24 de septiembre de 1921, aunque mi madre siempre dijo que había sido el 25, y supongo que ella debió saberlo mejor que nadie.

Cuando en 1958 Fina y yo preparábamos un viaje a Cayo Hueso (nombre cubano de Key West), con el propósito de conocer aquel islote al que José Martí, por la concentración en él de tantos obreros revolucionarios, llamó “la yema de la República”, en la Embajada de los Estados Unidos se me informó que no necesitaba visa, pues yo era, de hecho, ciudadano norteamericano.

Pregunté cómo podía modificar esa situación y la entonces Vice Consulesa me dijo que para ello necesitaba probar que había formado parte del Gobierno o del Ejército de Cuba, o que había votado en elecciones cubanas.

A nuestro regreso de aquel viaje, en agosto del 58, volví a la Embajada con mi cédula electoral correspondiente a la elección de Ramón Grau San Martín el 1º de junio de 1944 y, bajo juramento formal, expresé mi deseo de renunciar a la ciudadanía norteamericana.

El 29 de enero de 1959 recibí el Certificado de “Lost of the Nationality of the United States”, documento en el que además se me comunicaba mi derecho de apelar contra mi propia decisión.

  • P: ¿Ha retornado usted al sitio donde nació? ¿Qué puede contarme al respecto? ¿Cómo han sido sus visitas a los Estados Unidos?

V: Ya he resumido las peripecias de mi retorno al sitio donde nací. En verdad Cayo Hueso, y después Tampa, llenos de memorias martianas, nos conmovieron mucho. Sobre el Cayo escribí unos versos que le copio a continuación, y que forman parte de mis Testimonios (1953-1968):

       CAYO HUESO
                   Entonces dan los ánades un grito
                                                     ZENEA.

      LEJOS,
      Separado de mí mismo por una lejanía
      no desmesurada, suficiente
      para saber que las orillas no se tocan nunca,
      lejanía
      que tuvo el nombre nocturno de la patria
      y oyó el grito desolado de los ánades,
      pero que ahora se ha vaciado
      para llenarse con el agua y con el aire,
      con el azul o el rosa brutos
      y las olas moradas que no saben nada de los hombres,
      con la baba mágica del caos
      y el espacio y la luz que son dos bestias hurañas
      mirándose en los ojos que no vemos,
      lejos,
      en la poca tierra plana y sola,
      en el delgado arenal con pobres pinos
      y pálidas cabañas,
      lejos, no mucho, inalcanzable,
      yo nací.

De mis viajes a los Estados Unidos lo que más recuerdo es la visita con mis padres a la casa de Don Federico de Onís, Director del Instituto de Cultura Hispánica de la Universidad de Columbia, que me regaló un librito inolvidable de relatos hispanoamericanos.

Yo tenía entonces 7 años. Mil años después, increíblemente, lo sustituí como Director del Instituto del mismo nombre, también fundado por él en la Universidad de Santa Clara, en 1960. Enormemente me impresionaron las cataratas del Niágara; me angustiaban los viajes en ómnibus o en tren por nocturnos territorios desolados; me angustiaban las calles de Nueva York, y me alegró llegar a Nueva Orleáns.

En el Museo Metropolitano creo haber visto La Silla de Lam, y sobre el mostrador de un bar, en Broadway, oímos a una inspirada rubia cantar Melancholy baby... Pero nuestro más profundo conocimiento no lo obtuvimos de los viajes sino de la lectura de las grandes crónicas de Martí, que supo conjugar su profético antiimperialismo con la celebración de las genuinas glorias norteamericanas (Emerson, Whitman, Thoreau, Alcott, Phillips, Cooper, Twain...) y con el reconocimiento de las virtudes de su pueblo.

  • P: ¿Cómo son sus relaciones con la intelectualidad norteamericana, y en especial el Dr. Schulman?

V: Nunca he tenido relaciones generalizadas con “la intelectualidad norteamericana”. Mi mayor relación fue epistolar con el monje trapense Thomas Merton, maestro de Ernesto Cardenal en el monasterio de Gethsernani, en Kentucky. Él había tenido una experiencia mística en La Habana y su iniciación poética en Santiago. Católico de avanzada, nos ayudó mucho en los primeros años de la Revolución.

A Iván Shulman lo conocimos como discípulo del profesor Manuel Pedro González, de larga ejecutoria en los estudios martianos, quien lo llamaba su “hijo espiritual”.

No debe olvidarse que durante la celebración del Centenario de Rubén Darío en Varadero, Manuel Pedro, junto con Carlos Pellicer y Ángel Rama, propusieron la creación de una Sala Martí en la Biblioteca Nacional, acuerdo muy pronto acogido por su director Sidroc Ramos; y que Manuel Pedro inauguró en 1968, antecedente del Centro de Estudios Martianos.

Tuvo después la iniciativa, con el gran hispanista Noel Salomón, ilustre miembro del Partido Comunista Francés, de organizar el Coloquio Internacional sobre Martí que se celebró en la Universidad de Burdeos, en mayo de 1972, y en el cual participamos, por Cuba, Juan Marinello, José Antonio Portuondo, Alejo Carpentier, Luis Amado Blanco, Baudilio Castellanos (entonces Embajador en París), Fina y yo.

Posteriormente las relaciones con Manuel Pedro e Iván Schulman se enturbiaron innecesariamente. Manuel pedro murió entristecido. Schulman guardó un silencio que a la postre reveló su profunda fidelidad a Martí, es decir, a Cuba, y por suerte ha seguido colaborando en nuestro Centro como guía de estudiantes norteamericanos y conferencista realmente magistral. De este modo se ha ganado (o más bien ha conservado y acrecido) nuestro alto aprecio intelectual y personal.

  • P: ¿Cuál es su opinión sobre el actual intercambio cultural Cuba-EE.UU, aún muy pobre, y cómo estima influirá una cultura en la otra y viceversa, teniendo en cuenta el alto grado de instrucción existente en nuestro país?

V: En realidad a partir de las emigraciones revolucionarias del siglo XIX y del caso cimero de Martí, que en los Estados Unidos realizó para América Latina su más alto periodismo creador, ese “intercambio” a que usted alude no ha desaparecido totalmente nunca, y ha tenido especial relieve, como es sabido, en el campo de la música.

No creo que las actuales y crecientes torpezas por parte de Estados Unidos logren borrar una tradición que, a pesar de todo, debemos preservar. Ciertamente Cuba está mejor preparada hoy que nunca antes para beneficiarse del intercambio cultural no sólo con los Estados Unidos sino con el mundo entero.

 

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