..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.162, Viernes, 9 de febrero del 2007

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El antimperialismo en las primeras organizaciones obreras y socialistas en Cuba
Por Dra María Caridad Pacheco González, Centro de Estudios Martianos

Al concluir la guerra de independencia, la estructura económica del siglo XIX permanecía intacta, lo que generó problemas de índole social que agravaron la estabilidad de la nación y pusieron en peligro la unidad nacional, con la que muchos elementos provenientes del mambisado intentaron afrontar el serio problema que se le planteaba con la intervención norteamericana.

La frustración que siguió a la intervención norteamericana en la guerra que libraban con todo éxito los cubanos contra la metrópoli española, no pudo acallar el mensaje patriótico, social y universal de la prédica martiana. En la medida que se hizo más evidente el interés de la clase gobernante por restablecer sin dilación alguna el orden social histórico establecido y dar como logrado "el ideal revolucionario", por el que se había luchado en el 68 y el 95, tuvo mayor vigor y vigencia el mensaje contenido en los discursos y escritos del Apóstol.

Los sectores más humildes que habían apoyado el programa martiano, percibían con alarma que la república cordial y equitativa de la que les había hablado Martí, estaba muy lejos de concretarse en la Cuba de principios del siglo XX. Los dueños de fábricas que dieron su aporte al Partido Revolucionario Cubano, vieron decaer la producción tabacalera por el peligro de anexión de Cuba a los Estados Unidos. La burguesía nativa, que tenía intereses en los sectores azucarero y tabacalero, así como en el comercio, se alineó con prontitud al gobierno norteamericano.

Al terminar la guerra de 1898, muchos de los obreros radicados en Tampa y Cayo Hueso regresaron al suelo patrio con el propósito de establecerse en el país que contribuyeron a liberar. No todos lograron este objetivo como consecuencia de la escasez de fuentes de empleo, en una sociedad donde prevalecía el interés por ubicar al inmigrante español en detrimento del trabajador cubano en las fábricas y comercios donde los capataces y otros directivos eran naturales de la antigua metrópoli.

En el primer número del semanario La Victoria, el 12 de octubre de 1898, en pleno apogeo la intervención militar norteamericana, Diego Vicente Tejera escribe:

Surge nuestro periódico a la luz en momentos de turbación e incertidumbres públicas. España ha perdido su soberanía sobre esta Isla, y sin embargo sigue gobernando en nuestra capital; los Estados Unidos van con mano segura, pero lenta, realizando en silencio absoluto su programa, y el cubano, factor inicial y objeto digno de la presente situación, se ve desconocido, echado a un lado, como pupilo que no debe aparecer y hablar sino cuando el tutor lo llame. Todo es anómalo en esta hora [...]

Y agregaba:

Respeto, moderación, clara comprensión de la realidad: he aquí la base de esa reconciliación tan necesaria para entrar con buen pie en la nueva vida, para crear la república cordial soñada por Martí [...]

La república que anhelaba Martí y por la cual luchó y dio la vida era, en los albores del siglo XX, la perpetuación "con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales" del "espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia" , o como señalara La Voz Obrera, órgano del Partido Obrero Socialista fundado en 1904, "la república oligárquica con los ricos y para los ricos" .

Apenas unos meses después, muchos de los obreros cubanos se vieron obligados a emigrar de nuevo hacia la Florida, al no encontrar trabajo en las fábricas del país. Fue en estos sectores proletarios donde se guardó con mayor celo la memoria del Apóstol de la independencia cubana.

Debido a esta situación, la clase obrera cubana se vio obligada, incluso antes de instaurarse la república, a fortalecer su organización para emprender sus batallas políticas contra los enemigos internos y externos. Aunque influidos en las primeras décadas del siglo XX por el reformismo sindical y el anarquismo, los obreros cubanos no habían renunciado sin embargo, a la realización del ideal independentista, del que habían sido portadores consecuentes en la guerra organizada por Martí.

La Liga General de Trabajadores Cubanos (LGTC) fue una de las primeras organizaciones obreras de carácter amplio fundada durante la ocupación norteamericana en 1899. La mayor parte de sus integrantes provenían de la emigración patriótica y habían participado activamente en la constitución de clubes revolucionarios que trabajaron en la organización y desarrollo de la guerra del 95. Ello explica sus pronunciamientos contra la intervención y la Enmienda Platt y su denuncia contra la penetración económica imperialista. En esta organización estuvo presente Carlos Baliño(1848-1926), colaborador en el PRC fundado por Martí y precursor de las ideas marxistas en Cuba. En consecuencia, no resulta extraño que en la quinta de las bases aprobadas en el momento de su fundación se declare "Estar preparados a la defensa contra todo elemento nocivo que por algún medio pretenda obstaculizar la buena marcha de la República cubana" .

La idea expresada en la base mencionada, dirigida contra los elementos anexionistas que deseaban la anexión de Cuba a los Estados Unidos y contra los españoles que mantenían el estado de discriminación del trabajador nativo, era expresión de una definida orientación patriótica y antiyanqui que también se reflejó en el órgano de prensa de la LGTC, el periódico ¡Alerta!. Precisamente en un artículo publicado en las páginas de este periódico el 16 de marzo de 1902, se proclamaba que había llegado el momento de hacer cumplir la Base 5ta de su programa y de "decir a todos esos advenedizos que el pueblo cubano, el pueblo que ayudó a Martí cuando todos esos santones de última hora le combatían con denuedo, no se halla dispuesto a tolerar que siga siendo mercadería de sus ambiciones el ideal sagrado por el que dieron su sangre los mejores hijos de esta generosa tierra."

Y reafirmando su condición de continuadores del ideario martiano, plantean en el citado artículo:

La voz del Maestro lo dice a nuestras conciencias de discípulos convencidos, y bien miserables habríamos de ser, si despreciáramos la sagrada herencia que nos legara, firmada con su propia sangre y consintiéramos que los que le combatieron cuando preparaba el advenimiento de la libertad, pisotearan sus sagrados despojos, entregando la labor incesante de toda una existencia de mártir, a la rapacidad de un enemigo declarado de la raza a que pertenecemos.

Ya se discute descaradamente la anexión de esta tierra al coloso norteamericano y se cuenta con la aquiescencia y el beneplácito de muchos hombres de los que juraron conseguir la independencia de Cuba o perecer en la demanda.

En el período comprendido entre la primera ocupación norteamericana y el inicio de la república neocolonial, los obreros cubanos llevaron a cabo vigorosas acciones que pusieron de manifiesto su conciencia patriótica y su fidelidad al ideario martiano. La huelga de los trabajadores de la construcción(1899) y la de los aprendices (1902) fueron las acciones que en mayor medida llegaron a simbolizar ese arraigado espíritu nacionalista de los trabajadores cubanos.

La primera de estas huelgas que tuvo lugar bajo la dirección del Gremio de Albañiles y Ayudantes entre el 20 de agosto y el 29 de septiembre de 1899, tuvo en el centro de sus demandas el aumento salarial, el pago en moneda norteamericana y la reducción de la jornada de trabajo a 8 horas. Pese a la represión, el chantaje y la actitud politiquera del entonces presidente de la LGTC, Enrique Messonier, la huelga adquirió tal fuerza y cohesión, que el gobierno interventor y los patronos se vieron obligados a hacer algunas concesiones, aunque finalmente los errores cometidos por la Liga determinaron su derrota.

La huelga de la construcción y demás acciones obreras durante la ocupación norteamericana dejaron no obstante importantes enseñanzas que habrían de ser aprovechadas en las futuras batallas políticas de la clase obrera. En primer lugar evidenció que existía un profundo sentimiento de frustración por parte de los trabajadores porque no se habían realizado "las palabras del hombre que los cubanos llamaban el profeta, que fue el maestro de la libertad".

También puso de manifiesto el carácter anti-cubano y anti-obrero de los ocupantes norteamericanos, quienes apoyaron a los patronos reaccionarios contra las justas demandas de los trabajadores, y demostró el sometimiento de los gobernantes cubanos a los dictados del gobierno interventor, que con su política represiva y amenazante provocó que algunos veteranos de las guerras de independencia se opusieran a los movimientos populares, por lo que éstos pudieran incidir en la permanencia de los ocupantes extranjeros.

Durante estos años, las luchas obreras no solo se dirigieron a alcanzar determinadas reivindicaciones económicas sectoriales, sino que también se propusieron reivindicaciones de carácter nacional y patriótico. En consecuencia, en la prensa y las asambleas obreras se hicieron pronunciamientos contra la disolución del PRC fundado por Martí y el Ejército Libertador, así como se combatió la política ingerencista y represiva de las fuerzas de ocupación, los ataques a la soberanía nacional y los planes de anexión de Cuba a los Estados Unidos.

En consecuencia, aún cuando el origen de las luchas obreras pudo haber tenido un matiz fundamentalmente economicista, el enfrentamiento a las fuerzas antinacionales y pro-imperialistas, le confirieron un marcado matiz político.

Otro momento de especial significación, que puso de manifiesto el espíritu patriótico y combativo de los trabajadores cubanos, fue la huelga de los aprendices, que tuvo lugar entre el 4 y el 25 de noviembre de 1902, meses después de instaurada la república. La huelga tenía como demanda fundamental que los niños cubanos, sin distinción de raza, fueran admitidos como aprendices en todas las fábricas de tabaco.

En el curso de los acontecimientos los obreros tabaqueros recibieron la solidaridad de otros sectores obreros, de profesionales, de estudiantes y de algunos renombrados patriotas. En una de las asambleas obreras intervino Fermín Valdés Domínguez, destacado patriota que fue amigo de Martí desde la adolescencia, quien recordó que de haber vivido éste, habría apoyado a los obreros tabaqueros, sus fieles aliados de la emigración, que tanto habían contribuido a la guerra del 95.

La huelga fue reprimida violentamente por el primer gobierno republicano y terminó con promesas que jamás fueron cumplidas. La prensa burguesa se encargó de alentar la alarma por las consecuencias que este movimiento podía acarrear si, amparado en la Enmienda Platt, el gobierno norteamericano se decidía a emprender una nueva intervención en Cuba.

No obstante la derrota, la huelga de los aprendices tuvo mayor repercusión que la de 1899, por su carácter patriótico y la solidaridad levantada en amplios sectores obreros y de la pequeña burguesía.

Ya para entonces había en los obreros una clara conciencia de que la república instaurada con el gobierno pro-imperialista de Estrada Palma, no es la república proyectada por Martí, que la independencia de la metrópoli española no ha significado más que el cambio de un opresor por otro, y que los únicos beneficiados por el cambio son la oligarquía española, aún con poder económico, y la oligarquía cubana, aliada incondicional de el imperialismo yanqui. De ahí la decisión tomada por los obreros de organizarse para levantar junto a sus justas demandas económicas, la bandera de Cuba para los cubanos, basada en los altos ideales que Martí les había predicado.

Se convirtió en una constante el reclamo por parte de los obreros cubanos del cumplimiento del programa que la Revolución martiana sostenía y que tenía como fin impedir con la independencia de las Antillas la expansión imperialista, transformar la estructura colonial heredada del antiguo régimen y consolidar dentro de los marcos de la república cordial una revolución popular, antioligárquica y antimperialista.

En los días previos a la instauración de la república, los obreros conservaban la esperanza de llevar a término las promesas que Martí les había confiado en la emigración. De este modo, el 7 de mayo de 1902 se hacían las siguientes predicciones:

El día 20 de mayo será para los obreros cubanos un día grandioso, pero el día más grandioso, ¡sí, el más grande, será aquel en que los representantes del pueblo cubano, tomando en sus manos el noble, liberal y equitativo programa de la Liga General de Trabajadores Cubanos, hagan bueno aquel ofrecimiento de Martí.

En Cuba -dijo el Maestro a los obreros del Cayo- no quedará sin realizar un solo anhelo legítimo de justicia.

Y haciendo uso de conceptos que el Maestro había utilizado en su prédica incesante entre los emigrados, advertía: "Con el trabajo honrado y el equilibrio de las fuerzas sociales, se implantará en Cuba la República cordial con todos y para todos."

A un año de constituida la república, el órgano oficial de la Liga General de Trabajadores Cubanos, se lamentaba:

[.] se cumple un año de haberse constituido en Cuba un Gobierno, compuesto por hijos del país. Un Gobierno. [que no ha surgido] como él (Martí) lo pensaba y deseaba, expontáneo, legal, y que correspondiera en un todo al deseo de este pueblo, esto es que fuera hijo de la elección, verdad nunca de una falza electoral, en la que la mayoría del país, se viera obligada a retraerse de ejercer sus derechos en los comicios (sic).

La experiencia acumulada en las luchas obreras, les había revelado que la obra de Martí se había falseado por los que habían asumido el poder político. Aquellos elementos reaccionarios proclamaban identificarse con el pensamiento democrático de Martí, pues la reducción de los contenidos revolucionarios, políticos y antimperialistas del quehacer martiano los redujo al papel de falsificadores intelectuales. Por ello la Liga General de Trabajadores de Cuba no cesaba de denunciar:

"Indiscutiblemente se ha falseado la obra sublime del gran Apóstol, y lo más terrible es, que ha sido hecho por quienes se llamaron, y aún osan llamarse, "continuadores de Martí; y cumplidores fieles del Manifiesto de Monte-Cristi (sic).

En estas circunstancias, surge desde finales del siglo XIX la necesidad de crear un partido político independiente de la clase obrera. Le correspondió a Diego Vicente Tejera (1848-1903), intelectual revolucionario y gran admirador de Martí, con quien colaboró activamente en la emigración, la tarea de llevar a término la creación de ese partido.

El 10 de febrero de 1899 se fundó el primer partido socialista en la historia de Cuba, y también en éste se manifestó por primera vez el vínculo con el Partido fundado por Martí, en el cual no excluían sector o clase social alguna. A pesar de las deficiencias propias de la inmadurez del movimiento obrero cubano y de la penetración de las ideas socialistas en Cuba, aquel primer esfuerzo por construir un partido independiente de la clase obrera, revelaba aristas del programa martiano que no se limitaban a la independencia de Cuba. Martí propugnó una república en revolución en la que la ley primera fuera "el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre" , pero la república nacida el 20 de mayo de 1902 fue el reverso de la que intentaron fundar Martí y los revolucionarios más consecuentes con su legado. De ello se desprende el carácter antagónico del pensamiento martiano con la realidad histórica de la neocolonia.

Diego Vicente Tejera, inspirador y guía de aquel primer intento precursor, había asimilado las ideas martianas en relación con la necesidad de subordinar la lucha por la emancipación social y humana a la lucha por la independencia nacional.

Ante el fracaso de la fundación del primer Partido Socialista Cubano , Tejera dirigió una carta a sus compañeros de partido en la que hacía un análisis de las consecuencias de la penetración del capital norteamericano en la economía cubana, y resaltaba el papel que los socialistas cubanos debían desempeñar para preservar la nacionalidad y la nación cubanas, en momentos en que éstas podían desaparecer debido a la posición entreguista de la oligarquía dominante. De este modo se pronunciaba Tejera:

¿Quién sabe? Acaso el Partido Socialista surja mañana con justísima razón y con vigor extraordinario. Cuba, según indicios harto elocuentes por desgracia, va a ser sometida a una explotación de distinto género, pero más dura para el cubano que la del pasado. El Capitalismo ¡y un capitalismo extranjero !- se organizará en esta rica y virgen tierra de la manera más incontrastable y odiosa: la del trust. Entonces, cuando nuestros ferrocarriles, nuestros ingenios, nuestras vegas, nuestras fábricas, todo haya pasado a manos de ese Capitalismo, tanto más exigente y soberbio cuanto se sentirá amparado en su explotación por poderosos gobiernos extranjeros, cuando los cubanos todos, proletarios y no proletarios, dependamos en absoluto de esos que todo lo tendrán y no seamos más sino directa o indirectamente sus asalariados.¡ quién sabe! Acaso el Partido Socialista aparezca como la fuerza salvadora, como el solo elemento cubano capaz de medirse con el monstruo y traerlo a capitulación.

Un año después, en noviembre de 1900, Tejera fundó el Partido Popular, de breve duración , y en su programa abogó por hacer de Cuba una nación independiente y soberana, y por la creación y mantenimiento en la Isla de una república esencialmente democrática, justiciera y cordial como la predicara Martí.

En abril de aquel año había publicado en Patria una crónica en la que hacía una enérgica denuncia de la intervención yanqui y una firme defensa de la independencia y la soberanía cubanas:

[.] En la situación especialísima que nos creó la Intervención y que subsiste, cuando no tenemos coronada aún la obra revolucionaria con la independencia y la soberanía, la primera necesidad que debemos sentir, la única, la persistente, la rabiosa si se quiere, es la afirmación en cualquier punto y a cada momento y en toda circunstancia de nuestra personalidad, dejando a un lado delicadezas muy propias de situaciones definidas, pero necias cuando les quita todo valor nuestra misma carencia de importancia pública [.] Todo retraimiento nos hundiría más en la insignificancia a que temporalmente nos tienen condenados los acontecimientos, toda dejación sería aprovechada por los que anhelan perpetuar ese estado, para nosotros, ya insufrible. Aspiramos a la nacionalidad, y tan alta aspiración exige manifestaciones enérgicas y tenaces que prueben que la sentimos vivamente y que somos capaces de alcanzar que se realice [.] .

En aquellos días Cuba participaba con un pabellón en la Exposición Universal de París y Tejera, firme en su posición nacionalista, confluye en sus apreciaciones acerca de la participación cubana, con aquel sano orgullo que Martí había manifestado con motivo de las muestras exhibidas por las hermanas naciones latinoamericanas en 1889:

Hay que ver sobre todo, lo repito, un acto político en nuestra presencia aquí; y para que este acto conserve su valor convendría preservarle de discusiones y censuras de parte del cubano, pues su fuerza está simplemente en la voluntad que expresa de un pueblo que quiere ser considerado como tal. ¿La exposición en sí misma es deficiente? ¿El interventor fue parco en la concesión de recursos y señalamiento de local? [.] ¡Eh, qué diablos! La vez próxima, cuando nosotros mismos hagamos nuestras cosas, ya haremos una exposición lucida, la mejor que pueda hacerse. Hoy debemos indicar a los extraños el por qué de las deficiencias y conformarnos con que se mire a Cuba figurar por su industria entre los pueblos civilizados y por sus productos naturales como uno de los países más ricos del mundo, y con que su nombre evoque el recuerdo de nuestras luchas tenaces por la libertad, condiciones todas que nos hacen parecer dignos de la independencia y de la soberanía [.] .

No obstante la breve existencia de los partidos fundados por Tejera, estas experiencias contribuyeron a crear en los obreros cubanos una clara conciencia de que no bastaba con luchar contra la explotación capitalista y por mejoras económicas y sociales, sino que también era imprescindible combatir la penetración del imperialismo norteamericano en Cuba, la ocupación militar y la Enmienda Platt, apéndice constitucional que había sido aceptada con beneplácito por la oligarquía dominante, y que había actuado como "espada de Demócles" sobre las organizaciones obreras y socialistas, por la oposición que generaban sus protestas ante la amenaza perenne de una intervención norteamericana.

Después del cese de la ocupación militar yanqui y de la instauración de la república neocolonial, va cristalizando la idea en Carlos Baliño y otros revolucionarios con ideología afín, de crear un partido independiente de la clase obrera y a tal efecto y como paso previo, Baliño fundó en 1903 el Club de Propaganda Socialista de la Isla de Cuba.

Creado con fines de estudio y promoción de la doctrina marxista en Cuba, el Club de Propaganda Socialista reprodujo en el machón de la primera plana de su órgano oficial, El Proletario, los artículos 4to y 6to del PRC. No era casual este encabezamiento y vale recordar que el Artículo 6to expresaba:

El Partido Revolucionario Cubano se establece para fundar la patria una, cordial y sagaz, que desde sus trabajos de preparación, y en cada uno de ellos, vaya disponiéndose para salvarse de los peligros internos y externos que la amenacen, y sustituir al desorden económico en que agoniza con un sistema de hacienda pública que abra el país inmediatamente a la actividad diversa de sus habitantes.

De este modo se enfatizaba en la necesidad de fundar la patria unida, donde se pudieran prever los peligros internos y externos que amenazaran su integridad y soberanía, asegurando con ello el carácter democrático y antiimperialista de la república martiana.

Integrado en su inmensa mayoría por obreros emigrados y exmiembros de la LGTC, influenciados de las ideas martianas y en parte también por los principios del socialismo marxista, el Club de Propaganda Socialista dio un importante impulso a la creación en 1904 del Partido Obrero de Cuba que un año después aprobó las Bases Fundamentales donde declaraba sus aspiraciones socialistas. Una vez rectificado su programa, cambió su nombre por el de Partido Obrero Socialista (POS) y a él se integraron los miembros del Club de Propaganda Socialista. En 1906 este Partido se fusionó con la Agrupación Socialista Internacional y se constituyó el Partido Socialista de la Isla de Cuba, en el cual militó Baliño.

El Partido Socialista de la Isla de Cuba integró en sus filas a obreros españoles recién llegados de la península y otros residentes en el país, los cuales se hallaban influenciados por las concepciones socialistas de Pablo Iglesias y quizás fue ésta una de las causas que limitaron el alcance de su proyección y ejecutoria. Este Partido no se pronunció contra la penetración económica del imperialismo yanqui ni contra la Enmienda Platt. Tampoco definió su postura ante la ocupación norteamericana de 1906 a 1909, ni incluyó en su programa una línea definida de lucha contra la discriminación racial y defensa cabal de los trabajadores en sus justas luchas por los derechos inmediatos.

Las primeras organizaciones socialistas y marxistas de Cuba, salvo una excepción, -el Partido Socialista de la Isla de Cuba- nunca separaron sus objetivos de lucha por el socialismo, de la labor sistemática por movilizar a las masas populares en torno a la defensa de la soberanía nacional y liberar a Cuba del yugo extranjero que se había apoderado de las principales riquezas del país.

Tras el cese de la ocupación yanqui (1906-1909), se sucedieron acciones obreras y populares a favor de reivindicaciones económicas y sociales y entre los sectores más activos, estuvieron los tabaqueros; pero el estrecho economicismo de los reformistas, el apoliticismo de los anarquistas de aquellos años y la postura confusa del Partido Socialista ante el problema nacional y el social, mantuvo al movimiento obrero y a los socialistas indiferentes ante hechos de tanta trascendencia nacional como la masacre llevada a cabo por el gobierno de José Miguel Gómez contra los Independientes de Color en 1912. Aún quedaba un largo trecho para que la lucha por la plena igualdad y unidad de blancos y negros, se convirtiera en componente esencial en la proyección política de las incipientes organizaciones obreras y socialistas.

En 1917, en medio de otra intervención militar yanqui que duraría cinco años, revivió la Agrupación Socialista de La Habana, a la cual se integran algunos de los miembros del Partido Socialista cuya desaparición se debió a sus posiciones erróneas y alejamiento de las masas populares. Esta organización junto a la Federación Obrera de La Habana desempeñó un importante papel en los primeros años de la década del 20 en el proceso conocido como el "despertar de la conciencia nacional".

La situación en que quedó Cuba después de la I Guerra Mundial con la caída de los precios del azúcar no sólo generó una mayor tasa de desempleo y rebaja de salarios, sino que provocó un aumento de la injerencia yanqui y la concertación de empréstitos que ponían al país en un estado de mayor dependencia con la banca norteamericana. El 27 de enero de 1923, en un editorial aparecido en el periódico Justicia, Carlos Baliño hacía mención del pensamiento martiano para denunciar el estado en que se encontraba la república:

"La república con todos y para todos soñada por Martí, no pasa de ser una bella frase; hoy, siguiendo la moda imperante entre las pequeñas e indefensas repúblicas hispanoamericanas, ha pasado a ser la república de "Morgan and Company", banqueros de New York, quienes acaban de adquirir ese derecho mediante un empréstito de cincuenta millones, hecho por este gobierno, no para promover útiles obras sino pagar los despilfarros del que le precedió. Un enviado especial del Presidente Harding actúa como consejero áulico; las dificultades administrativas son estudiadas y solucionadas por expertos extranjeros, quienes a semejanza de los altos empleados coloniales, vienen a estas tierras pródigas a reparar sus deterioradas fortunas. La instrucción pública es tan excelente, que hasta los mismos estudiantes se ven obligados a declararse en huelga pidiendo la reforma de los métodos de enseñanza. Se autoriza la entrada de millares de inmigrantes para hacer todavía más crítica la situación del obrero indígena, y, para completar el cuadro, se pretende nada menos que implantar el fascismo, es decir, organizar a los elementos llamados del orden-burgueses y patrioteros-, para combatir a las organizaciones obreras. Tal es, a grandes rasgos, el estado actual de la nación que un día soñara libertar Martí".

 


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