..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro.162, Viernes, 9 de febrero del 2007

Libro de visitas

 

A 10 años de la primera entrega, el ultimo libro de “Harry Potter” saldrá el 21 de julio

<<Los libros de Potter han vendido 325 millones de copias en todo el mundo. (Foto AP)

LONDRES (AP) “Harry Potter and the Deathly Hallows”, el último de los siete libros sobre las aventuras del niño mago, será publicado el 21 de julio, dijo este jueves la escritora J.K. Rowling a través de su portar en Internet.

Bloomsbury, su casa editora británica, dijo que publicará una edición de tapas duras de niños, una de adultos de tapas duras, y una edición especial de regalo y un audiolibro el mismo día.

Scholastic Children´s Books, la casa editora en Estados Unidos, manifestó que ofrecerá una edición de tapas duras a 34,99 dólares, una edición de lujo a 65 dólares, y una edición reforzada para bibliotecas a 39,99 dólares.

Bloomsbury señaló que este año se celebra el décimo aniversario de la publicación de “Harry Potter and the Philosopher´s Stone” (Harry Potter y la piedra filosofal), el primer libro de la exitosa serie.

Los libros de Potter han vendido 325 millones de copias en todo el mundo y han sido traducidos a 64 idiomas, indicó Bloomsbury.

El último de los libros publicados hasta ahora, “Harry Potter and the Half-Blood Prince” (Harry Potter y el misterio del príncipe), vendió 2.009.574 ejemplares en Gran Bretaña el primer día de que salió a las estanterías, dijo Bloomsbury.

La franquicia Potter es tan importante para los ingresos de la compañía que ésta anunció la publicación a la bolsa de Londres.

Las acciones de Bloomsbury registraron un alza del 2,2% al equivalente a 4,40 dólares tras el anuncio.

Precisamente porque los «viejos libros polvorientos» nunca han sido islas desconectadas unas de otras, sino que a menudo han servido para poner a la gente en relación, todas las dictaduras han tratado de establecer lo qué debía ser leído y lo que no, para forjar ciudadanos más manejables. Y dado que la predicción expuesta por Heinrich Heine en 1820, «allí donde queman libros, acaban quemando hombres», se cumplió milimétricamente en el caso del III Reich, primero con las hogueras y luego con los hornos crematorios, debería importarnos lo que les ocurra a los libros. Sus avatares están indisolublemente unidos a los de la especie humana, pero no en lo relativo a su formato, sino en el destino que sufran sus contenidos.

En la medida en que se respete al escritor -el único con autoridad para establecer la verdad sobre su texto- la biblioteca universal de Google será una importante herramienta de conocimiento. John Updike tiene razón al asegurar que fue la revolución de los libros la que «desde el Renacimiento en adelante enseñó a hombres y mujeres a valorar y cultivar su individualidad». Kelly, por su parte, ve como una consecuencia inevitable de la biblioteca de Google el que los libros acaben despellejados y destazados como conejos, gracias a los vínculos y las etiquetas de Internet que permitirán acceder directamente a otro texto desde una nota al pie.

Una vez más, este recurso puede resultar muy útil o convertir la lectura en un caos, en una fragmentación absurda para la que no hay ninguna razón, salvo la voluntad de los autores de ser fragmentados, que tampoco es un invento moderno. En 1864, Baudelaire publicó Le Spleen de Paris. Pequeños poemas en prosa introduciendo el texto con esta singular dedicatoria: «Mi querido amigo, le envío un pequeño trabajo del que podría decirse, sin ser injusto, que no tiene ni pies ni cabeza, ya que por el contrario todo en él es, alternativa y recíprocamente, pies y cabeza. Le suplico considere la admirable conveniencia que tal combinación nos ofrece a todos: a usted, a mí y al lector. Podemos interrumpir, yo mis cavilaciones, usted el texto, y el lector su lectura, ya que no pretendo mantener interminablemente la fatigosa voluntad de ninguno de ellos unida a una trama superflua. Retire uno de los anillos, y otras dos piezas de esta tortuosa fantasía volverán a encajar sin dificultad. Recorte varios fragmentos y advertirá que cada uno de ellos se sostiene por sí mismo. Me atrevo a dedicarle a usted la serpiente entera con la esperanza de que algunos de sus tramos le gusten y lo diviertan».

Realidades fragmentables

Le Spleen de Paris era un texto fragmentario, como lo son muchos otros, entre ellos los libros de viajes o los de cocina que Kelly cita como ejemplos de fuentes que permitirán a los lectores de la biblioteca de Google construir su «estantería» con las mejores recetas cantonesas o las mejores rutas de parques infantiles, tomadas de aquí y de allá. Equipara esa construcción de los lectores, de tintes comunitarios, a la que ya se practica en Internet con las canciones, sin reparar en que muchos textos -quizá la mayoría de los de pensamiento, todas las novelas y muchos de los de poesía- poseen una unidad que ni los libros de recetas ni los discos tienen. Lo cual no significa que no se pueda escribir una gran historia rota sobre la fragmentación de nuestras vidas en la sociedad actual. Ya lo hizo magistralmente Calvino en Si una noche de invierno un viajero, sin necesidad de Google. Pero a nadie se le ocurriría fabricar un libro con el primer párrafo de Cien años de soledad, el segundo de Madame Bovary, el tercero de la Critica de la razón pura y así sucesivamente. Sin embargo, Kelly vaticina un futuro en el que «los libros, incluso los de ficción, se convertirán en una red de nombres y una comunidad de ideas».

Las ventajas de acceder a todos los textos -los de bibliotecas lejanas, los de autores marginales, los descatalogados, los no comerciales - son grandiosas para cualquiera que ame el libro. Pero parece improbable que, salvo como divertimento de reminiscencias dadaístas, alguien que tenga a su disposición ese potencial textual se vaya a dedicar a formar un gran pastiche literario que se convierta en «un libro, muy, muy, muy grande: el único libro del mundo», como augura Kelly. Francamente no le veo el interés, aunque reconozco que ese patrón de lectura a saltos, inconclusa, dispersa y siempre interrumpible se adapta como un guante a los requerimientos de la sociedad líquida, en la que la voluntad de leer trescientas páginas seguidas empieza a juzgarse como un compromiso anacrónico. Con todo, lo que agrava los riesgos de caer atrapado en la red, en lugar de moverse por ella, no es Google, sino el debilitamiento del autor como figura intelectual y la nula influencia social que se le reserva. Para los tecnófilos de última generación, el libro del futuro vendrá acompañado de una devaluación del contenido, porque la multiplicidad de copias le hará perder valor económico, y el cultural o el político no parecen entrar en sus consideraciones. Pero sobre todo dejará en la indigencia al autor, que es como matar a las abejas para conseguir miel. Y es una lástima que la crítica de Updike se dirija sólo contra esa tendencia a ver al autor como «un anuncio andante y parlante del libro», pues eso está sucediendo ya gracias a la primacía de los valores mercantiles sobre los culturales en la industria editorial. Lo verdaderamente preocupante es la pérdida de autoridad de los intelectuales, la desaparición de su influencia en la vida pública, pareja al creciente desprecio a las ideas y la creación. Considerar que todos los discursos son iguales es la mejor forma de banalizar el debate intelectual. En esa banalización, las ideas se reducen a chascarrillos, el pensamiento se abarata hasta convertirse en cháchara de taberna y la complejidad se detesta porque no es divertida. A este proceso lo llaman democratización, aunque resulta evidentemente ventajoso para quienes ostentan el poder no encontrar enfrente discursos sólidos, articulados, coherentes y con prestigio. Si, como dijo Goethe, bajo una luz excesiva no se distingue nada, en la apoteosis del ruido no se oirá a nadie.





© Biblioteca Nacional "José Martí" Ave. Independencia y 20 de Mayo. Plaza de la Revolución.
Apartado Postal 6881. La Habana. Cuba. Teléfonos: (537) 555442 - 49 / Fax: 8812463 / 335938