..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4,Nro.164, Viernes, 23 de febrero del 2007

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Salud para todos, derecho de los cubanos
Por Tadeo Sevilla

inSurGente.- “La Habana es mucho más que una ciudad de algarabías callejeras, ómnibus repletos y auténticos músicos populares. Es también el espacio ideal para los sueños donde se cuece la vida, para poetas que deambulan buscando los aires inigualables de un Malecón que anida el espíritu de los amantes que persiguen algo más que la brisa  perpetua del Caribe. Los habaneros cargan sus historias sobre las espaldas, en fardos repletos de anécdotas que se acumulan unas sobre otras. Un reservorio de crónicas almacenadas debajo de los adoquines que atestiguan la autenticidad de una ciudad que trasciende en el tiempo, con la altivez de sus columnas y la inmensidad de sus portales […]”.

Así es La Habana. Noble, gallarda, enorme. Una ciudad que protege a sus habitantes con la misma fiereza que una madre acurruca a sus hijos. Un espacio físico que la naturaleza prodigó en belleza y el espíritu exaltó su gallardía, donde una mano solidaria está presta a servir con la sencillez y humildad que se prestigian los grandes pueblos.

A escasos metros del litoral, se erige un símbolo de esa bondad que caracteriza a los habaneros. El Hospital Clínico Quirúrgico “Hermanos Ameijeiras”, una institución insignia en los servicios de salud que la Revolución Cubana a puesto al servicio del pueblo, a pesar de los ataques y difamaciones que a diario se escuchan en boca de los enemigos de la Patria.

Construido sobre las ruinas de la antigua Casa de Beneficencia, símbolo cruel de una sociedad que obligaba a muchas mujeres pobres a abandonar a sus hijos por falta de recursos para mantenerlos, el Hospital Ameijeiras, como se conoce popularmente, se convirtió en una institución científica de primera línea, con la más moderna tecnología médica puesta a disposición de intelectuales, obreros y campesinos, que vieron por primera vez como una vida podía ser salvada sin que mediaran cobradores.

Después de visitar este hospital, recordé un viejo refrán popular: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Un refrán que me vino a la memoria al pensar en los apátridas que van por el mundo desmoralizando el esfuerzo de todo un pueblo por crecer entre la bondad y la nobleza. Pero también pensé en los tantos que dentro de la Isla todavía se quejan, sin tener en cuenta que muchos de los servicios que reciben en estas instalaciones científicas, son prohibitivos para millones de seres humanos, incluso en el cacareado Primer Mundo de oportunidades y quimeras.

Recuerdo que hace muchos años, cuando comenzó el programa de trasplantes de corazón en Cuba, en este mismo hospital se le prolongó la vida a un joven negro y campesino, entre muchos cubanos beneficiados, quizás sin percatarse que recibían un beneficio que costaba decenas de miles de dólares. Algo perfectamente imposible en países donde la medicina es un negocio lucrativo que enriquece a quienes lucran con ella.

Muchos cubanos agradecen los esfuerzos y desvelos de estos médicos, enfermeras y personal especializado de la salud, quienes incluso en precarias condiciones de abastecimiento, -como consecuencia de la infame política de estrangulamiento contra Cuba por parte de los Estados Unidos- no han dejado de atender sin distinciones a la población cubana.  Un servicio de altísima calidad científica y profesional que no se ha dejado de ofrecer y que en estos momentos entran en nuevas etapas después de la remodelación y actualización de la entidad médica, y que es solo el principio de lo que ya comienza a hacerse en la inmensa mayoría de los hospitales capitalinos y en el resto de la nación.

Por varios días recorrí el hospital, mezclado en los abarrotados ascensores que recorren su ruta buscando salud por los veinticuatro pisos del edificio. Conversé con una empleada de una cafetería que es atendida por hipertensión arterial. También lo hice con un panadero jubilado de la provincia de Matanzas a quien le combaten una fuerte infección pulmonar y con un anciano campesino de las serranías guantanameras que se recupera de una anemia crónica.

En una de sus salas de ingreso conocí a un periodista infartado que compartía su habitación con un vendedor de flores de los mercados populares. Sin distinciones ni privilegios. Nadie te pregunta cuánto tienes, ni quién eres, ni cuánto ganas, a cambio de salvarte la vida. Nadie cuestiona el tratamiento que recibirás, de acuerdo al seguro médico que consigas pagar. Desde una vacuna hasta una tomografía computarizada, el derecho a la salud gratuita en Cuba, es de todos.

La salud cubana es uno de los orgullos de esta Revolución que para muchos, es más grande que ella misma. El cumplimiento materializado de la promesa revolucionaria que Cuba jamás vería morirse a sus hijos de parasitismo o de poliomielitis, ni que sus mujeres pobres parieran en las guardarrayas o que una cama de hospital se cambiara por un voto político.

Un servicio inspirado en la consigna “salud para todos”, defendida por el Comandante en Jefe Fidel Castro desde los primeros años de la Revolución y que hoy es una realidad, reconocida por todo el mundo y con índices difícilmente alcanzados por la inmensa mayoría de los países en vías de desarrollo en términos de salud comunitaria, mortalidad infantil y profilaxis.

Hace algún tiempo, en diversas páginas cibernéticas generadas en el corazón de la contrarrevolución en Miami, -casualmente pagadas con dineros del gobierno norteamericano en su guerra difamatoria y de exterminio contra Cuba- se publicaron fotos que mostraban el estado deplorable de algunas instalaciones médicas en la ciudad de La Habana como una muestra del “fracaso” revolucionario en su afán por alcanzar mejores resultados en términos de salud para el pueblo. Pero ni una sola palabra en estos sitios mercenarios anti cubanos de los esfuerzos del pueblo y gobierno de la Isla por reparar y renovar estas instalaciones médicas, ni tampoco sobre las inhumanas negativas de las diferentes administraciones norteamericanas por más de cuatro décadas a venderle medicamentos y tecnología a Cuba, como parte de la política de bloqueo económico diseñada para estrangular al pueblo cubano que se niega a ponerse de rodillas ante el Imperio.

Ni una palabra de los miles de médicos graduados por la Revolución y que hoy han convertido a Cuba en una de las naciones con un per cápita de habitantes por galenos, apenas superable por los más industrializados países del Primer Mundo. Ni una palabra de los miles de médicos que prestan sus servicios en cientos de países pobres, aportando sus servicios a millones de seres humanos que jamás soñaron con ser atendidos por un profesional de la salud.

Ni una palabra pronuncian estos testaferros del Imperio que prefieren ultrajar los esfuerzos de su propio pueblo, de la dignidad con que decenas de miles de hombres y mujeres reparten salud y devuelven sonrisas por el mundo. No hablan de la Operación Milagro que le ha devuelto la visión a muchos desposeídos en Latinoamérica, no mencionan el programa Barrio Adentro en los cerros de Caracas y en toda la geografía venezolana, no comentan de los cubanos que dejan sus casas y sus familias para llevar sus conocimientos a las selvas africanas o a los desiertos del Medio Oriente.

El odio que se genera entre esta excrescencia humana que vive y difama desde Miami es tan grande hacia su propio pueblo que solo sirven para incitar deserciones entre estos médicos, por hacer fracasar los planes de ayuda y colaboración médica que ofrece Cuba a los más pobres del Tercer Mundo, prometiéndoles que a cambio de traicionar a su vocación, a su Patria y a su pueblo, tendrán la ventaja de ser “aceptados” en las tierras del Imperio y la ignominia, aunque sin decirles la enorme verdad que el precio de su traición será, en la mayoría de los casos, la imposibilidad de ejercer nuevamente sus carreras.

Cosas de la vida amigos míos. Mientras unos se retuercen y diseminan sus odios en las cuevas que le sirven de exilio seguro en el Miami de sus calamidades espirituales, aquí, en las calles de La Habana, a pesar de las dificultades, los cubanos andan seguros que nunca quedarán desamparados y que esta Revolución de los humildes, con los humildes y para los humildes, jamás escatimará esfuerzos porque la salud pública, sea un derecho de todo el pueblo. Por eso no me quedan dudas que La Habana, mi hermano, no tiene comparación.

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