..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4,Nro.164, Viernes, 23 de febrero del 2007

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Los 5 000 huérfanos etíopes que educó el régimen de Fidel

Eran hijos de caídos en el conflicto contra Somalia de 1978, cuando ésta invadió la región de Ogadén. Fidel Castro, que había apoyado a Etiopía con 17.000 soldados, ofreció educación gratuita en Cuba para los huérfanos. La historia de aquellos chavales comenzaba en una larga travesía en barco... Anna Soler-Pont, coautora de la novela «Rastros de sándalo», escribe para Magazine cómo fue y cómo terminó aquella diáspora infantil.                  

[foto de la noticia]

«Lo habían oído en la radio una tarde: el Gobierno cubano se solidarizaba con los etíopes y ofrecía becas a los más jóvenes para estudiar en Cuba, y el Gobierno de Mengistu había decidido que aquellas becas fueran para los hijos de quienes hubiesen perdido la vida sirviendo a la revolución y al país. Aster había corrido a informarse al día siguiente por la mañana y había presentado la solicitud para que Solomon pudiese ir a Cuba a estudiar.

–Cuba no parece un nombre de país (dijo Solomon con un atlas abierto sobre la mesa que le había llevado Aster de la biblioteca).

–Pues a mí me parece un buen nombre para un país. ¡Y sobre todo para una isla donde nunca hace frío!

Solomon siguió mirando el mapa del atlas y repasando con el dedo toda la mancha azul que separaba el continente africano de las islas del Caribe.

Cuando se publicaron los nombres de los que habían obtenido la beca, Solomon Teferra estaba en la lista. Antes de irse a Cuba, todos los niños y niñas hijos de padres muertos en combate que habían sido escogidos tendrían que ir a Tatek, a 35 kilómetros de Adis Abeba, para formarse y prepararse. Allí había un antiguo campo de entrenamiento militar de donde habían salido miles de soldados un año antes para ir a luchar contra los somalíes en el Ogadén. Un vecino de Entoto se ofreció para acompañar a Solomon y Aster hasta Jan Meda, un gran descampado del barrio de Sedest Kilo, donde recogerían a todos los niños y niñas en autobuses militares para llevarlos a Tatek. Y desde allí, no sabían exactamente cuándo, hacia el puerto de Assab, en el mar Rojo, donde embarcarían rumbo a Cuba. Metieron el equipaje en el maletero del coche y tomaron la carretera, llena de baches y curvas, hasta la ciudad».

Así empieza la aventura cubana de Solomon, uno de los protagonistas de Rastros de sándalo. Si bien esta escena pertenece al mundo de la ficción, no es muy distinta de la que pudieron vivir quienes pasaron por esa experiencia en la realidad.

Era el año 1978. Etiopía luchaba contra Somalia, que reclamaba más de 300.000 km2 de suelo etíope en la región del Ogadén. Las fuerzas somalíes, armadas con la ayuda de distintos países árabes, entre otros, habían logrado penetrar hasta las inmediaciones de las ciudades etíopes de Harar y Dire Dawa. Pero el régimen de Fidel Castro decidió enviar a casi 17.000 soldados cubanos a Etiopía, algunos procedentes de Angola, adonde habían sido destacados previamente. Y Etiopía se proclamó vencedora de la contienda tras semanas de combate.

Poco después, el Gobierno cubano y el Gobierno etíope acordaron trasladar a miles de niños etíopes huérfanos de combatientes hasta Cuba para que pudieran estudiar. En junio de 1978 zarpó el primer barco con 1.200 niños y niñas etíopes de entre 8 y 17 años a bordo.

«Se llamaba África-Cuba y era un barco muy grande, inmensamente grande. Solomon no se lo había podido imaginar de ninguna manera porque nunca había estado en un puerto, y en su vida había visto ni una barca. Era de color blanco y en el centro tenía una enorme chimenea de color negro que humeaba. En Tatek les habían explicado que el barco tenía casi 160 metros de eslora, pero él no podía hacerse idea de lo que significaba eso. Ahora veía que quería decir que era muy grande. ¿Cómo podía ser que no se hundiese si era tan grande y pesaba tanto? La larguísima hilera de niños y niñas uniformados subiendo de dos en dos por la pasarela era un espectáculo insólito y todos los trabajadores del puerto y otras personas que pasaban por allí o que no tenían nada que hacer se convirtieron en un improvisado comité de despedida. No había literas para todos y entre los marineros cubanos y los soldados etíopes empezaron a instalar colchones en los pasillos hasta que no quedó ni un espacio libre».

Ninguno de aquellos niños había visto nunca el mar. Sólo quienes habían vivido cerca del lago Tana, en el norte, habían visto algo parecido.

La travesía. «Los primeros días se hicieron muy largos. En cubierta, niños y niñas sentados en el suelo lloraban desconsoladamente. Muchos no habían derramado ni una lágrima desde que se habían despedido de sus familias para ir a Tatek, pero ahora, la sensación de estar en aquel barco imponente de chimenea humeante, aquella especie de edificio flotante que se alejaba de tierra hacia un mundo totalmente desconocido, les sobrepasaba. Ya no había nadie que les gritase y les dijese que los hombres no lloraban. Parecía como si, de repente, todos los adultos hubiesen desaparecido y les hubiesen dejado en medio del agua, a la deriva».

«El barco estaba a rebosar de niños y niñas, no había quedado ni un rincón libre. Tenían miedo. Los mayores consolaban a los más pequeños. Algunas chicas ya adolescentes les hacían de madre, les cantaban canciones y les contaban historias lo más alegres que podían. Pero las leyendas y los cuentos de Etiopía no eran muy alegres si no los cambiaban un poco. Después de comer, los vómitos se convertían en la actividad más frecuente sin que lo pudiesen evitar. Bajaban a los lavabos o vomitaban por la borda, cogidos a la barandilla de hierro. La sal les había secado la piel de la cara».

Los marineros del barco, que sólo tenía capacidad para 820 pasajeros, se convirtieron en los cuidadores voluntarios de los niños.

«Cuando Solomon se sentía mareado, iba a la cocina a pedir la medicina de Oswaldo. Y cuando veía a alguno de sus compañeros vomitando más de la cuenta, también lo llevaba a la cocina o avisaba a Oswaldo para que lo fuese a buscar. A veces, aunque no hubiese vomitado, Solomon y algunos niños más también iban a la cocina, se sentaban en el banco de madera y escuchaban las historias de los cocineros, que no paraban de hablar. Todos los días los entendían un poco mejor, pero aún les costaba hablar en aquella lengua nueva».

«El profesor de amariña [lengua oficial de Etiopía], que siempre estaba leyendo, también había descubierto la cocina e iba allí a pasar el rato y a practicar castellano, que ya hablaba bastante bien. Solomon llevaba su libreta y seguía haciendo dibujos con bolígrafo. Retratos de los marineros.

–Este barco lo construyeron en 1957 en la Sociedad Española de Construcción Naval de Sestao, cerca de Bilbao. De hecho, construyeron dos iguales al mismo tiempo, ¡dos barcos gemelos! Éste se llamaba Cabo San Roque y su hermano gemelo Cabo San Vicente… Durante muchos años hacían la línea Génova-Buenos Aires.

Oswaldo había ofrecido un vaso de ron al profesor de amariña, que le había preguntado por la historia del barco y el marinero había accedido encantado a contarle todo lo que sabía.

–¡Échale un poco de agua, que esto es muy fuerte!, dijo el profesor, tosiendo después del primer trago.

Solomon escuchaba sentado en el banco de madera bebiendo el remedio con agua y azúcar que también le había preparado Oswaldo.

–En enero del año pasado estaba en el puerto de El Ferrol y un incendio a bordo estuvo a punto de destrozarlo. Le causó muchos daños, pero unos meses después una compañía holandesa lo compró y decidieron remolcarlo hasta Grecia. Lo repararon en el puerto de El Pireo y le cambiaron el nombre por Golden Moon.

–Luna de oro, chico. Inglés sí que sabéis, ¿no?, intervino uno de los cocineros.

–En Grecia, una vez reparado, se lo vendieron al Gobierno cubano, que lo incorporó a la empresa Naviera Mambisa, de La Habana, que es la que nos contrata a nosotros.

–Y le volvieron a cambiar el nombre, dijo el profesor.

–Exactamente.

–No entiendo por qué cambian los nombres de los barcos, refunfuñó un marinero que llevaba un aro de oro en una oreja. ¡Un barco debería morir con el nombre con el que lo bautizaron!

–Lo llamaron África-Cuba, ¡ya debes de imaginar por qué!, prosiguió el otro marinero.

Solomon no sabía por qué y miraba a Oswaldo esperando que lo explicase.

–Este barco llevó a los soldados cubanos a África, para combatir al lado de los países afines al Gobierno de Fidel Castro».

El barco llegó a La Habana un mes después de zarpar del puerto de Assab. Oficialmente llegaron todos sanos y salvos, pero a muchos les consta que no fue así… Viajaron enseguida en autocares hacia la costa sur y en el puerto de Batabanó volvieron a embarcarse rumbo a la Isla de la Juventud.

En esa isla se encontraba la Esbec, la Escuela Básica Secundaria en el Campo, repartida en distintos edificios. Los 600 niños y niñas más pequeños se instalaron en la Escuela Karamara no 16, el resto en la Mengistu Haile Mariam no 43. Karamara era el nombre de una montaña etíope, donde los soldados etíopes y cubanos habían vencido a los somalíes hacía pocos meses. Mengistu Haile Mariam, el nombre del militar que había cogido el poder tras haber depuesto al emperador Haile Selassie, en 1974.

Así pues, el Gobierno de Castro puso dos escuelas enteras entre campos de cítricos –en medio de una pequeña isla de forma redonda al sur de Cuba– a disposición de aquel millar de jóvenes estudiantes etíopes. En los meses siguientes llegaron más niños y adolescentes etíopes procedentes del puerto de Assab. Nadie sabe exactamente cuántos, pero como mínimo se habla de 5.000 etíopes educados en Cuba.

En la Isla de la Juventud, los chicos tenían los uniformes de estudio y la ropa del campo, con botas de agua bajas como las que también se utilizaban en los campos de Etiopía. Según las edades, tenían que hacer un trabajo u otro. A la mayoría les dieron una hoz para cortar las hierbas que crecían entre los naranjos. Había largas hileras de naranjos y cientos de niños y niñas cortando las hierbas y apilándolas en los lados. Cuando se secaban debían quemarlas.

De 45 países. Algunos fines de semana llevaban a los niños a la playa o a Nueva Gerona, la población más grande de la isla, a pasar la tarde. La vida en la Esbec era dura. Les exigían mucho en clase y mucho en el campo. También tenían que encargarse de su ropa, ponerla en sacos, llevarla a la lavandería, tenderla, recogerla… En la Isla de la Juventud había diferentes Esbec con estudiantes de orígenes diversos: de Angola, de Namibia, de Mozambique, de Nicaragua… Por allí pasaron más de 50.000 estudiantes de 45 países.

Cuando llegó el momento, todos tuvieron la oportunidad de estudiar en la Universidad de La Habana. Debieron escoger las tres carreras que más les interesaban por orden de preferencia y lograron las primeras opciones quienes tenían mejores notas.

«Los mejores estudiantes del último curso de todas las carreras empezaban a recibir propuestas para quedarse en Cuba a trabajar o para seguir estudiando e investigando, sobre todo en el caso de los científicos. Y algunos, que no tenían un especial interés en volver a Etiopía, donde ya no les esperaba nadie, habían aceptado. Algunas chicas etíopes se habían enamorado de cubanos y también decidieron quedarse. Pero Solomon tenía claro que quería volver a casa. Pronto haría 10 años que se había embarcado en el puerto de Assab, y si tardaba demasiado en volver habría pasado más tiempo en la isla caribeña que en su tierra».

«Añoraba el aroma del café tostándose, el olor de la madera de eucalipto recién cortada y del sándalo quemando. Los vuelos chárter de Ethiopian Airlines se llenaron con los graduados de aquel curso. Todas las maletas guardaban un título enmarcado. De La Habana a Berlín, de Berlín a Khartoum, donde una tormenta de arena les retuvo casi todo un día. Al volver a despegar, pudieron ver el Nilo majestuoso atravesando la capital sudanesa y todos los puentes que lo cruzaban. Cuando aterrizaron en Adis Abeba, llovía».

Después vinieron meses de desconcierto, de readaptación a la vida etíope. No fue fácil. Pero llegaron todos muy bien preparados y pronto encontraron trabajos interesantes. Esos «etíopes cubanos» eran especiales, tenían una formación distinta de los demás jóvenes y no tardaron en empezar a trabajar como ingenieros, químicos, economistas, farmacéuticos, arquitectos, médicos...

En la actualidad, la mayoría de los hombres y mujeres que pasaron su adolescencia y juventud en Cuba pertenecen a una élite educada. Dado que recientemente Etiopía se ha convertido en un destino turístico de españoles, es fácil encontrar guías e intérpretes formados en Cuba. Y al conocerlos, es imposible no imaginarlos hace casi 30 años a bordo de un barco antiguo de gran chimenea, navegando desde el Mar Rojo hasta las Antillas.

«Rastros de sándalo» (Planeta en castellano y Columna en catalán), de Asha Miró y Anna Soler-Pont está ya en las librerías.

El principio. En 1978, el barco “África-Cuba” (arriba) zarpó con 1.200 niños etíopes rumbo a Cuba.

# 1.- 1979. Los jóvenes Yetimgeta Demise, Abera Kumbi y Rediet Senbet (de izqda. a dcha.), en los alrededores de su escuela cubana. Ahora todos están en Etiopía. Yetimgeta y Rediet son ingenieros y Abera guía turístico e intérprete de español.

# 2.- 2007. Compañeros de estudios en la Isla de la Juventud, ahora en Adis Abeba. De izqda. a dcha.: Welde Shikur es ingeniero agrónomo; Segedu Denekew es economista y trabaja en el Hotel Sheraton de Adis Abeba; Meseret Fitawek, economista y empleada en el Ministerio de Economía; el antes citado Abera Kumbi y Mekdes Tesfaye, enfermera de Hospital Gandhi de Adis Abeba.

# 3.- La Habana, 1982. Fotografía de grupo. La mayoría regresó a Etiopía.

# 4.- ¡He aprobado! Celebrando los resultados de unos exámenes en el Hotel Tritón de La Habana, en 1986. Abera Kumbi, a la dcha.

# 5.- Prosperidad. De nuevo, Abera y su hermano Tensay (sentado), que es ingeniero industrial y tiene una empresa de “software”.

# 6.- Amores juveniles. Abera con una novia cubana, en los años 80.

Las autoras.

Asha Miró y Anna Soler-Pont debutan juntas en el género de la ficción con “Rastros de sándalo”. Asha nació en La India en 1967 y vive en Barcelona desde 1974. En 2003 publicó “La hija del Ganges” (Lumen), relato de su retorno a su país natal 20 años después de su adopción. Tras reencontrarse con dos hermanas biológicas, contó la nueva versión de su historia en “Las dos caras de la luna” (Lumen). Anna Soler-Pont nació en Barcelona en 1968. Desde que en 1992 fundó la agencia literaria Pontas Literary & Film Agency, ha viajado por el mundo en busca de autores y de historias. Ha publicado “Cuentos y leyendas de África” (Planeta).

http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2007/385/1171036466.html





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