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 De filóloga a bibliotecóloga y editora
Por Jesús Dueñas Becerra*
“El talento da alas, pero
el amor decide el vuelo”
Annalie Rueda Cardero
<<La licenciada Marta Beatriz Armenteros (en la foto, con el maestro Esteban Llorach), bibliotecóloga y editora de la emblemática Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, al igual que la doctora Araceli García-Carranza Basseti y la licenciada Rosa Báez Valdés, es una de esas personas únicas, especiales e irrepetibles con quienes tuve la dicha de relacionarme desde el momento mismo en que comencé a colaborar con esa enciclopedia de la cultura cubana, y posteriormente, con el boletín electrónico LIBRÍNSULA.
Marta Beatriz y yo establecimos -de inmediato- un vínculo profesional, afectivo y espiritual, que ha ido in crescendo con el discurrir del tiempo; por esa razón, decidí entrevistarla para que los lectores de esta publicación digital pudieran conocer cómo nuestra querida colega se inició en los campos de la bibliotecología y la edición y cómo se produjo el tránsito de filóloga a bibliotecóloga y editora.
En el eficaz desempeño de la función de editora de la Revista de la Biblioteca Nacional… nuestra entrevistada ha incursionado con éxito en el periodismo; en consecuencia, ha escrito crónicas, artículos y reseñas de libros que recogen el acontecer cultural de nuestra ínsula caribeña.
Sin más dilación, los dejo con la licenciada Marta Beatriz Armenteros.
¿Podría explicarnos qué la motivó a convertirse en toda una “sacerdotisa” de ese templo del saber humano, que es, sin duda alguna, la Biblioteca Nacional José Martí?
Bueno, en primer lugar, no me considero una “sacerdotisa”, sino una amante de la Biblioteca Nacional, pues ha sido mi único centro de trabajo desde que me gradué de la especialidad de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, y donde espero jubilarme cuando llegue el momento. Ahora bien, como usted me dice “sacerdotisa”, lo acepto en su significado de “mujer dedicada a ofrecer sacrificios a ciertas deidades y cuidar de sus templos”, ya que la Biblioteca es mi templo y le he ofrecido o he intentado ofrecerle mis mejores años de vida, porque la considero como una de las instituciones culturales más importantes de Cuba por su calidad de depositaria del patrimonio documental del país.
¿Por qué la edición fue la especialidad de la Bibliotecología que despertó su juvenil interés, y consecuentemente, la llevó a involucrarse en cuerpo, mente y alma como editora de la emblemática Revista de la Biblioteca Nacional José Martí?
Gracias por lo de juvenil, pero le diré que llegué a este campo sin proponérmelo realmente. En 1991, hubo una reestructuración en la Biblioteca y el Departamento de Información para la Cultura y el Arte, donde trabajaba, desapareció; por suerte, el doctor Rafael Acosta de Arriba, entonces jefe del Departamento de Edición y Conservación, me propuso trabajar en la Revista…, lo cual le agradezco con creces, por lo mucho que he aprendido en ella, no sólo en el campo de la edición, sino también en el de las humanidades.
Usted no sólo desempeña con amor y profesionalidad la función de editora de esa verdadera enciclopedia de la cultura cubana, sino también escribe reseñas, crónicas y artículos periodísticos para ese casi centenario medio de prensa. Desde los puntos de vista intelectual y espiritual, ¿qué sensación experimentó cuando vio publicado su primer trabajo en la Revista, donde “no escribe cualquiera”, según el doctor Juan Pérez de la Riva, uno de sus ilustres directores?
Me parece que he sido un poco audaz al escribir en la Revista, pues no considero aún que sea merecedora de ese honor, pero sí los trabajos que he realizado los he hecho con amor, y como el amor todo lo puede, creo que por eso han aparecido en ella. No obstante, para contestar su pregunta, le diré que me emocioné mucho al ver mi pequeña colaboración junto a la de personalidades de la cultura y algún día me gustaría hacer una breve reseña histórica de la Revista, una de las publicaciones más antiguas de América Latina en el campo de las humanidades, por no decir la más antigua.
¿Qué huellas dejaron en su “memoria poética” la palabra y el ejemplo de aquellos maestros, cuya noble misión consistió en llevarla de la mano por el camino de la bibliotecología primero y de la edición después?
Yo siento un gran agradecimiento por esas personas que me han enseñado y me enseñan lo poco que sé, pues nunca es mucho lo que se aprende. Ellos siempre están y estarán en mi corazón; en particular, Martha Haya, Concepción (“Conchita”) Jaén en la Bibliotecología, Magaly Silva y Esteban Llorach en la edición, así como Araceli García Carranza en ambos aspectos. Para esos grandes maestros, mi eterno agradecimiento.
¿Algún consejo o recomendación a los jóvenes que se sienten atraídos por la magia de los libros en general y de la edición en particular?
Que lean mucho y traten de mantenerse informados sobre lo que sucede en ese mundo tan importante, a veces tan ignorado por algunas personas, pues no todos aprecian el valor de nuestro trabajo silencioso, pero imprescindible; por último, nunca se confíen en lo que están haciendo […], porque en la confianza está el peligro.
Le doy las más expresivas gracias a la licenciada Marta Beatriz Armenteros por concederme esta entrevista, en la que refleja la esencia íntima de su personalidad: modestia, humildad, sencillez, belleza interior; cualidades que me permiten compararla “con la violeta, esa modestísima flor que se esconde dentro del follaje, y que, sin embargo, la descubrimos por su embriagador perfume” (1).
NOTAS
1. Concepción H. viuda de Barnet. Citado por Iraida Calzadilla Rodríguez, en “El álbum de Clemencia”. Granma (La Habana). 41 (195): p. 3; 2005 (Nacionales).
* Crítico y periodista.
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