..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4,Nro.165, Viernes, 2 de marzo del 2007

Libro de visitas

 

Cuba y Puerto Rico son

Ligada indisolublemente al ayer, al presente y al futuro de Cuba está la hermana Puerto Rico... Voces se alzan que recriminan al querido pueblo permanecer a la sombra del voraz imperio... baldón que arrastran con dolor pero que no aceptan mansamente.

Hace sólo unos meses conmemoramos el primer aniversario del asesinato de Filiberto Ojeda, del que en días pasados mostrábase una exposición fotográfica en esta ciudad; hoy, escuchamos, en voz de uno de sus más conocidos líderes, Juan Mari Bras, las firmes palabras: “Puerto Rico tiene derecho a la independencia”… 

Veremos como, desde el lejano 1933, como un solo grito, se señala lo que realmente significa la invasión yanqui a Puerto Rico: un verdadero crimen y resuenan aún las palabras del  Apóstol donde quedan ligados, ya para siempre, nuestros destinos:

Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos. Es necesario tener el valor de la grandeza: y estar a sus deberes. De frailes que le niegan a Colón la posibilidad de descubrir el paso nuevo está lleno el mundo, repleto de frailes. Lo que importa no es sentarse con los frailes, sino embarcarse en las carabelas con Colón. Y ya se sabe del que salió con la banderuca a avisar que le tuviesen miedo a la locomotora, –que la locomotora llegó, y el de la banderuca se quedó resoplando por el camino: o hecho pulpa, si se le puso en frente. Hay que prever, y marchar con el mundo. La gloría no es de los que ven para atrás, sino para adelante. –No son meramente dos islas floridas, de elementos aún disociados, lo que vamos a sacar a luz, sino a salvarlas y servirlas de manera que la composición hábil y viril de sus factores presentes, menos apartados que los de las sociedades rencorosas y hambrientas europeas, asegure, frente a la codicia posible de un vecino fuerte y desigual, la independencia del archipiélago feliz que la naturaleza puso en el nudo del mundo, y que la historia abre a la libertad en el instante en que los continentes se preparan, por la tierra abierta a la entrevista y al abrazo.

[…]Con la mirada en lo alto, amasaremos, a sangre sana, a nuestra propia sangre, esta vida de los pueblos, hecha de la gloria de la virtud, de la rabia de los privilegios caídos, del exceso de las aspiraciones justas. La responsabilidad del fin dará asiento al pueblo cubano para recabar la libertad sin odio, y dirigir sus ímpetus con la moderación. Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba, se levanta para todos los tiempos. Ella, la santa patria, impone singular reflexión; y su servicio, en hora tan gloriosa y difícil, llena de dignidad y majestad. Este deber insigne, con fuerza de corazón nos fortalece, como perenne astro nos guía, y como luz de permanente aviso saldrá de nuestras tumbas. Con reverencia singular se ha de poner mano en problema de tanto alcance, y honor tanto. Con esa reverencia entra en su tercer año de vida, compasiva y segura, el Partido Revolucionario Cubano, convencido de que la independencia de Cuba y Puerto Rico no es sólo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana. ¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esta es tarea de grandes.

El tercer año del partido revolucionario cubano. -- Nueva York, 17 de abril de 1894 Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894. Obras Completas, tomo 3, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1975, páginas 138-143.

http://www.filosofia.cu/marti/mt03138.htm

**

Puerto Rico tiene derecho a la independencia
Entrevista con Juan Mari Bras
Por Mariela Pérez Valenzuela

Con una vida dedicada a luchar por la independencia de Puerto Rico, Juan Mari Bras mantiene la esperanza de que las nuevas generaciones vean coronados los esfuerzos de tantos patriotas boricuas por liberarse del yugo colonial de Estados Unidos.

A sus 79 años no se siente vencido. No será fácil, dice, pues estamos frente a un imperio muy poderoso que tiene en Puerto Rico su fortaleza colonial más importante, lo que quiere decir que nuestra lucha hay que visualizarla a largo, mediano y corto plazos.

"Lo fundamental es que nuestro pueblo merece ser una nación libre, dueña de sus destinos; de ahí que a Estados Unidos no le quedará otra salida que reconocer que Puerto Rico es un país y como tal tiene pleno derecho a su libre determinación y soberanía".

Mari Bras señala que en el pueblo boricua no hay pasividad y muestra de ello es el rechazo del movimiento sindical a la privatización de la compañía de energía eléctrica, las protestas de los maestros del sistema de educación pública y por supuesto de los estudiantes, que son la vanguardia, agrega, de las luchas sociales y políticas.

El líder independentista, quien después de una larga batalla política y legal obtuvo hace unos meses de las autoridades coloniales la certificación como ciudadano puertorriqueño, afirma que son muchísimas las personas que aspiran a igual condición.

Desde que renunció a la ciudadanía estadounidense en 1994 en la embajada de Estados Unidos en Caracas, Venezuela, enfrentó duras batallas, como la prohibición de ejercer su profesión en su país o la intención de una anexionista de quitarle el derecho a votar, obstáculos que, refiere, fue venciendo poco a poco.

Para Mari Bras, actual director de la Cátedra Eugenio María de Hostos de la Universidad de Puerto Rico, los cambios que se dan en América Latina "son un indicio positivo del porvenir que poseemos los pueblos caribeños y latinoamericanos de juntar esfuerzos para crear una gran fuerza económica, política y social, capaz de afirmar la independencia de cada una de nuestras naciones y defendernos contra el hegemonismo del imperialismo norteamericano".

Nuestro país, añade, tiene que aprovechar esa coyuntura para poder afirmar sus poderes, enajenados por el colonialismo norteamericano. La ausencia de poderes en el pueblo impide enfrentar de manera exitosa los grandes problemas que tiene Puerto Rico en el orden social, económico y político, enfatiza.

Refirió que se ha desarrollado en la isla caribeña una mafia conformada por traficantes de armas y de drogas, debido al desinterés de Washington en destruirla.

Todos los días mueren decenas de personas de forma violenta, fundamentalmente a causa de los enfrentamientos entre los traficantes, lo cual es un problema que afecta de una u otra manera a los cuatro millones de habitantes, explica Mari Bras.

Al referirse al aspecto económico comenta que Puerto Rico ha entrado en ciclos diversos, siempre relacionados con el interés de las grandes compañías norteamericanas y apunta que la producción industrial se ha basado en darle privilegios extraordinarios a esas empresas y a transnacionales allí establecidas.

Respecto al robo de cerebros por parte de Washington, el líder independentista advierte que en las Universidades boricuas se forman jóvenes talentos, que una vez graduados son captados por las transnacionales que los ponen a su servicio fuera de las fronteras nacionales.

En el curso de la entrevista, Mari Bras brinda su opinión sobre la guerra impuesta por la Casa Blanca a Iraq. Al respecto señala que en Puerto Rico hay una oposición a la invasión y posterior ocupación de la nación árabe, donde han muerto más de 50 puertorriqueños integrantes de las tropas invasoras.

http://granma.co.cu/2007/02/27/interna/artic06.html

**

El crimen yanqui en Puerto Rico
La intervención violó la soberanía
Por Antonio Pacheco Padro

<<Foto de portorriqueños que en protesta por la presencia yanqui en la isla de Vieques, se enfrenta a los marines yanquis

Articulo tomado de la revista “Noticias: un periódico amable, de interés humano”, editada por la Compañía Cubana de Publicaciones, de octubre de 1933.

La ocupación de Puerto Rico por tropas de Estados Unidos, marca el final de la primera etapa de expansión territorial del amenazante imperio norteamericano. Ya, desde principios de 1800, el espíritu imperia­lista de esta potencia se trazaba planes de extensión no sólo hacia los territo­rios del oeste, sino también del sur, como finalmente se ha desarrollado, en el curso de los años subsiguientes. En síntesis, después de la adquisición del inmenso territorio de la Lousiana por compra a Francia en 1803, el proceso de expansión territorial es más o me­nos el siguiente; compra del territorio de la Florida en 1819; incorporación del estado de Texas en 1845; adquisición de Oregón en 1846; cesión de Nuevo México (New Mexico) por el Tratado de 1848; adquisición de otra porción del territorio de Nuevo México y Texas con el Tratado de Gadsden en 1853, adqui­sición de Alaska, por compra a Rusia, en 1867; y en 1898 con la anexión del Hawaü, la cesión de Filipinas y la in­vasión militar de Puerto Rico. A fines de 1900 el territorio bajo bandera de los primitivos estados es de tres y me­dio millones de millas o sea el área en principio de ochocientas mil millas cuadradas que tenía en 1800, cuadru­plicadas en 100 años.

Se argüirá que la expansión territo­rial era una necesidad para la nueva potencia norteamericana y una solución para numerosos problemas comerciales, industriales y agrícolas que se le pre­sentaban y que siguen presentándose todavía en el desenvolvimiento de su economía. Cualquier razón que trate de justificar esas conquistas de territorios no podrá nunca ocultar las agresiones constantes que se cometieron al dere­cho de los vecinos, sobre todo de los más débiles que no pudieron resistir la guerra abierta proclamada por las am­biciones imperialistas norteamericanas.

Así, con esos antecedentes, llegamos al caso de Puerto Rico. Vamos a en­trar serenamente en el problema, sin prejuicios ni antagonismos que puedan empañar la brillantez de la idea ni ami­norar la lucidez de nuestros postulados libertarios. Vamos a hacer un breve recorrido histórico sobre los hechos que antecedieron a la invasión norteameri­cana y que dieron lugar a la plasma­ción de una bella realidad jurídica, eco­nómica y política en la nación porto­rriqueña; "sin que en ello mediaran los Estados Unidos", como dijo D. Jo­sé de Diego.

En el mismo orden que los aconte­cimientos hispanoamericanos, en   Puerto Rico se producen una se­rie de hechos, conspiraciones, levanta­mientos y rebeliones, encaminadas a de­rrocar el sistema que imperaba en la isla con el dominio español. Entre esos hechos los más sobresalientes son, el levantamiento de los artilleros de la capital en abril de 1885 que provocó la caída del general Camba, el levanta­miento revolucionario de Lares en 1868 en el que se proclamó la República y se organizó un gobierno provisional y el brote de movimientos de este mismo ca­rácter separatista y revolucionario en la ciudad de Yabucoa por el 1872, en Camuy por el 1873, y, de acuerdo con  la lucha revolucionaria de Cuba, se rea­liza el intento de Yauco; hasta agosto de 1898 que se hace el último gesto en la población de Ciales, donde se resistió hasta el último momento con las armas en la mano a la invasión de los ejér­citos norteamericanos.

Esos y otros acontecimientos políti­cos que se registran en nuestra histo­ria patria comprueban la existencia, ya a fines de 1800, de una conciencia na­cional que se manifestaba en todos los terrenos de la vida política, tanto en el de las demandas pacíficas como en el de las luchas revolucionarias. Esas agitaciones subversivas, perennes, cons­tantes, indeclinables, estaban perfecta­mente identificadas con la ideología li­bertaria de otros movimientos análogos que se registran por esas mismas fe­chas en otros países antillanos espe­cialmente Cuba. Sabido es que la re­volución por la Independencia de Cu­ba no la hicieron los cubanos solos. El partido Revolucionario Cubano, tenía una "Sección de Puerto Rico", cu­ya ofrenda de vidas y haciendas a la independencia de la primera nacionali­dad antillana no puede ni debe olvidarse. Con la vida y la hacienda de los portorriqueños que cayeron heroica­mente en los campos de batalla se pa­gaba a precio de sangre nuestra y de oro nuestro, la libertad de Cuba y se sellaba el compromiso de honor, no cumplido todavía, de que se haría por todos los medios la Independencia de Puerto Rico.

A las demandas pacíficas y a las de­mandas de las armas cubanas y porto­rriqueñas unidas en la manigua, cede finalmente el poderío español. El sa­crificio, abonado con sangre de rebel­des y patriotas, trae a las Antillas un cambio radical en sus gobiernos y orga­nizaciones respectivas como pueblos. La proclamación del Gobierno Autonó­mico para Puerto Rico no era una me­ra reforma colonial. Fueron muy pre­visores los hombres que negociaron la, paz de los territorios antillanos. Esa paz había costado muchas vidas. Mu­chos sacrificios de portorriqueños que morían en el exilio, en la cárcel, en el
destierro o en los campos de batalla. Y toda aquella intranquilidad política y toda aquella inquietud social no podía suprimirse con la violencia de la san­grienta represión militar; por el con­trario ésta provocaba la constante ebu­llición y gestación revolucionaria. La solución de los problemas de las An­tillas estaba en el reconocimiento de sus derechos. España fue sabia en ese reconocimiento, como luego fue des­cuidada en el respeto que le debía.

Las conferencias de la comisión autonomista con Sagasta, trajo, como consecuencia de aquellas negociaciones "entre los dos gobier­nos", la proclamación del tratado permanente que pudiéramos llamar a la Carta Fundamental de Gobierno Auto­nómico. Con el nuevo régimen se le reconocieron a Puerto Rico sus dere­chos políticos indispensables para su defensa económica y quedaba perma­nentemente establecido un gobierno y una administración "del país por el país". Esos derechos políticos indispen­sables, de que hablamos, cubrían, en­tre otros, los siguientes asuntos: po­der legislativo, para todo los asuntos Internos, con las Cámaras Insulares y el gobernador. Las Cámaras estaban compuestas por dos cuerpos, con facultades idénticas. La Cámara de Repre­sentantes y el "Consejo de  Administración". Este "Consejo de Administra­ción" estaba compuesto por ocho  indivi­duos de elección popular y siete de­signados por el gobernador. E1 parla­mento portorriqueño, creado por esta constitución económica, podía legislar en materias concernientes a los Minis­terios de Gracia y Justicia, Goberna­ción, Hacienda y Fomento, estando fa­cultado, además, para legislar sobre asuntos referentes al territorio colo­nial, administración, división territorial, provincial, judicial y municipal, sanidad marítima y terrestre, crédito pú­blico, sistema monetario y bancos, aran­celes y reglamentación de la importa­ción y exportación así como imposi­ción de derechos a estas dos últimas materias comerciales. El gobierno me­tropolítico no podía negociar ningún tratado comercial que afectara al país y era preciso que intervinieran en el mismo representantes del gobierno au­tonómico para su conformidad.

Además de la gran maquinaria de Estado que se creaba, completamente autonómica y en manos portorriqueñas, la cesión de los derechos fundamentales de legislar en materias arancelarias y comerciales (Libertad de contratación con cualquier país) judiciales, civiles y políticas, la constitución autonómi­ca tenía carácter de tratado permanen­tes, entre "los dos gobiernos", el de Puerto Rico y el de España, gobernada entonces por la Regencia de María Cristina, con don Práxedes Mateo Sa­gasta en la Presidencia del Consejo de Ministros. El Artículo 2º de los Artícu­los Adicionales de la Constitución Autonómica de 1897, lee como sigue:
"Art. 2o-Una vez aprobada por las Cortes del Reino la presente Constitución para las islas de Cu­ba y Puerto Rico, no podrán modi­ficarse sino en virtud de una ley y , a petición del parlamento insu­lar"

Como se ve, este artículo, en cla­ra interpretación de la ley pro­mulgada, le da carácter de per­manencia al gobierno, en tal forma or­ganizado y reconocido, dando paso a la organización de Puerto Rico como na­cionalidad definida expresamente en el orden internacional. La personalidad jurídica adquirida por Puerto Rico co­mo nación autónoma estaba, pues, de­bidamente legalizada, con el reconoci­miento expreso y escrito, por supuesto, de la nación española. Una brillante exposición en el estricto campo del Derecho, sobre este punto jurídico, de la cual son autores los eminentes ju­ristas doctores Juan Augusto y Salva­dor Perea, concluye con la declaración terminante de la nulidad del Tratado de París, firmado entre los Estados Uni­dos y España. Siendo dicho gobierno autonómico permanente, previo acuer­do entre ambas partes negociantes, co­mo entidades jurídicas responsables, y como cuestión de derecho, ningún ac­to posterior a la promulgación de la Constitución de Puerto Rico, que  partiera del gobierno español, lo obligaba en ningún momento. España había ce­dido su derecho de dominio a los nati­vos organizados bajo una, constitución autonómica. La soberanía plena radi­caba pues, de conformidad con dicho estatuto de 1879, en el parlamento in­sular. Este no había pedido modifica­ciones a la constitución como la mis­ma específica que debía hacerse, caso de que fueran esos los deseos de los portorriqueños. He ahí la cuestión jurídica levantada por los letrados porto­rriqueños doctores Perea, que funda­mentan su tesis sobre la nulidad del Tratado de París que, afirman ellos no obliga a los portorriqueños ya que "consagró el estatuto internacional de Puerto  Rico en el concierto universal, reconocimiento en la letra que nuestra nacionalidad era, tiempo hacía, res extra comercium, no susceptible de cesión a terceros por verdadera incapacidad legal de cedente y cesionario.”

Esa era la realidad jurídica de Puer­to Rico. Estados Unidos encontró allí un pueblo perfectamente organizado; una nacionalidad con caracteres y per­files definitorios, con tina economía flo­tante, sólida y científicamente dirigi­da. Económicamente nuestra nación estaba libre de las trabas que le ha impuesto la nueva política económica imperialista. Nuestras tierras producían casi todo lo que necesitaba nues-tra poblacion urbana y rural. Estaban bien distribuidas. La riqueza era pa­trimonio de todos los nativos. El co­mercio, la industria, la agricultura y la banca representaban intereses radi­cados en nuestra nacionalidad, la ma­yoría de ellos en poder de los portorri­queños.

El jíbaro cultivaba su peda­zo de tierra y se mantenía con los pro­ductos que cosechaba sin necesidad de cogerle prestarlo al vecino. Existía una economía. Había un pueblo fuerte. Surgía una gran pequeña nacionalidad. Esa era la realidad política jurídica y económica antes de 1898.

La Intervención Militar. Agresión a la nación puertorriqueña v violación de nuestra soberanía.

A los más avanzados y exigentes so­ciólogos, intérpretes de las nuevas corrientes sociales y políticas, Puerto Rico presenta -con treinta años de anticipación- la realidad bio­lógica indiscutible de una perfecta na­cionalidad, la más definida quizás de todas las del continente. Afluyen a la confirmación de esta verdad incuestio­nable, la unidad de territorio, la comu­nidad de idioma, la unidad económica y una conciencia colectiva, con una cul­tura hispánica de más de cuatro siglos; todos producto legítimo de un proceso histórico que delineó los contornos de nuestra nacionalidad. Una población culta, cristiana, civilizada; una clase directora cultísima, en la que frecuen­temente descollaban picachos del inte­lecto. glorias de la literatura, poetas y oradores brillantes, juristas sociólogos, políticos y científicos cuya apor­tación a la cultura de América no fue menos esplendorosa que la de otros hombres de otros pueblos. No hay que mencionar nombres. La historia lo comprueba, aunque -he ahí una injus­ticia- no ha consignado todos nuestros valores como ellos merecen. La crea­ción espiritual de la nacionalidad por­torriqueña se forjó en los centros de cultura, donde se bebía en las fuentes puras de la civilización greco-latina.

Esa avanzada cultural iba aparejada con un relativo progreso material. Cier­to es que no teníamos enormes y cos­tosísimos edificios públicos -cuya tris­te misión analizaremos más adelante-; ni muchas carreteras, ni automóviles, ni aparatos mecánicos para elevar la producción, ni todas esas cosas que la capitalista potencia yanqui ha perfec­cionado para la explotación de las ener­gías físicas y humanas. Pero tenía­mos prosperidad económica, nuestras tierras eran nuestras tierras; no de­bíamos, como hoy, lo que no pagarán cuatro generaciones nuestras; había una agricultura cuya producción diversa y sana era garantía para nuestra salud y vida; la pequeña propiedad era una ins­titución en aquel orden económico; la riqueza era de todos; nuestro pueblo se preparaba para la independencia económica y política absoluta, si era que ya no teníamos las primeras y más necesarias conquistas de la mis­ma en nuestro poder.

Llega el trágico 25 de julio de 1898. La barbarie yanqui-porque no es una nación, ni es una civilización lo que nos llega- entra en son de guerra. Se ignora nuestra condición de pueblo ci­vilizado y autónomo y la agresión bru­tal a la indefensa nación portorriqueña es perpetrada por el poderío imperia­lista, que desconoce nuestro derecho, nuestro gobierno, nuestras institucio­nes, mientras afianza la intervención con la punta de sus bayonetas. ¡Otro crimen más entre los innumerables; otro asesinato de la libertad; otro atro­pello impune al derecho de las peque­ñas nacionalidades; otra violación de la soberanía de un pueblo civilizado y dé­bil: otro pillaje de la piratería internacional, cometido todo ello a nombre de la libertad y la democracia! ¡Oh, esa libertad y esa democracia que ha servi­do para encubrir a tantos asesinos! ¿Cuándo dejarán de ser el escarnio de los miserables y la burla de los malva­dos, para convertirse en amparo del derecho y la justicia?

Una guerra que no habíamos pro­vocado, un conflicto en el que no fue origen gestión alguna que partiera de nuestro Gobierno Au­tonómico Constitucional, un triunfo de las armas de una potencia extranjera sobre otra, cambia el rumbo de nues­tro destino, desvía las rutas de nues­tro porvenir. Nos lanza del camino emprendido hacia la libertad, para arro­jarnos a los valladares de la esclavitud y del sojuzgamiento y encadenarnos a los pies del ensoberbecido e infame despotismo! Puerto Rico se quedó solo.

Inconcebible, pero cierto, en el albo­rear de un nuevo siglo, se negocia la vida de un millón de seres humanos ci­vilizados y la libertad de un pueblo que gozaba una autonomía constitucional, en las imposiciones atropellantes y ti­ránicas de un maldito Tratado de Paz!

¡Y no nos obliga ese Tratado, seño­res! No nos obliga, aunque nos atro­pelle; no nos rinde aunque se perpetúe por la fuerza; no nos reducirá aun­que nos asesine! Porque a la causa del derecho haremos la ofrenda de nuestras vidas; seremos soldados de una revolución libertadora; nos cabrá finalmente esa inmensa satisfacción, de obligarlos a beber, con el azúcar de nuestro suelo, la sangre de nuestras venas!

En Puerto Rico flamea en las torres y en los edificios públicos la bandera do la rapiña imperialista. ¿Cuál es la realidad que se agita bajo sus som­bras de muerte?¿ Qué germen allí pal­pita todavía, a pesar de los 35 años de destrucción y de exterminio, resistién­dose a morir? He ahí la fuerza de nuestra nacionalidad. Los bárbaros tienen armas, cañones y ametralladoras, pero no tienen cultura que suplante a la nuestra; ignoran que tiene nuestro pueblo un depósito espiritual en el que sacia su sed, para no caer de cansan­cio en el camino de su martirologio. Como ellos son la ignorancia, la fuer­za, el abuso, el crimen, no se explican la consistencia de nuestra resistencia nacional.

Estados Unidos  -la verdad-  no inte­resan en Puerto Rico a los portorrique­ños, sino el territorio con todas sus riquezas. Su interés, su necesidad, su urgencia, está en reducirnos a nos­otros, cuanto antes mejor, a una impo­tencia total. E1 poder yanqui en Puer­to Rico es absoluto. Las armas que posee son contundentes y mortíferas. más efectivas que la metralla, más de­moledoras que la nitroglicerina.

Después de la penetración militar, cruel, y devastadora, inicia un proce­so criminal de conquista interior. A la bayoneta le sigue el dólar, con toda su secuela de repugnante asquerosidad. No han dejado de ocupar una sola po­sición ventajosa para su predominio. Con la intervención, luego de consoli­dada por las armas, mantienen un go­bierno ilegitimo, ya que no emana de la voluntad de los gobernados, con el cual realizan su obra destructora. Ese gobierno funciona como "gobierno de Puerto Rico" y es decretado por el Con­greso Imperial de Washington y pues­to en vigor a la fuerza, como cuadra a tos que mandan por el imperativo de su poderío militar. Ese gobierno es la comedia política más irritante y la fic­ción jurídica más descabellada.

La farsa política, con la cual se en­cubre la intervención armada, es­tá hábilmente dirigida a llevar la desorientación entre los portorriqueños, a adormecerlos, prolongando el colo­niaje, a destruirlos, utilizándolos a ellos mismos como instrumento para que el imperialismo se consolide en su con­quista, asegurándose la posesión de su víctima indefensa. Se sorprende a los nativos en su buena fe y se les utiliza con su ensañamiento feroz, propio de malvados, dándoseles la sensación de que ellos pueden gobernar, cuando lo triste es que son meros títeres con apa­rente vitalidad, mientras se tira de la cuerda floja que reconcentra el me­canismo en una sola mano.

El llamado gobierno de Puerto Rice se compone de un gobernador de nombramiento presidencial, con su gabinete o consejo Ejecutivo, una Cámara de Representantes y un Senado Insular. Algunos de los nombramientos del gabinete los hace el Presidente de Esta­dos Unidos. Son para las jefaturas de los Departamentos más importantes con los cuales se dirige la obra de extermi­nio nacional. Ejemplos. El Auditor In­sular y el Comisionado de Instrucción Pública. De esa, manera todo el ejecu­tivo insular obedece a los dictados ex­presos y terminantes que le dirija el Departamento de la Guerra de Washington bajo cuyo control inmediato es­tá nuestro territorio usurpado. El go­bernador yanqui consulta diariamente con dicho Departamento los asuntos más importantes. Y es, prácticamente, él quien tiene en sus manos todo el poder de la colonia. Las Cámaras Le­gislativas llenan una mera función de­corativa, aparatosa y ridícula. Estas son de elección popular, pero nunca re­presentan los verdaderos deseos del pueblo. En muchas partes de la isla los candidatos a representantes y sena­dores son impuestos a los partidos por los intereses corporacionistas extran­jeros, que con su oro los eligen y los utilizan para su beneficio una vez elec­tos.

La Legislatura no puede solucionar ningún problema, que envuelva una cuestión que afecte a los in­tereses yanquis. Y si llega a plantear esa cuestión tiene, de antemano, el ve­to del gobernador para esa legislación. La Legislatura tiene meramente en sus manos la iniciativa legislativa. No tie­ne soberanía. No ejerce poderes. No funciona en estricta interpretación de leyes constitucionales, amparadas por un régimen de derecho.

Estados Uni­dos ha estado manteniendo ese juego en Puerto Rico durante 35 años. Se hace la farsa idiota de unas elecciones. Y la injerencia exótica fomenta la dis­cordia entre los portorriqueños, lanzán­dolos a la lucha fratricida, avanzando as¡ en el afianzamiento de su poder o, con la vieja consigna divide et impera. Está de más decir que esa política im­perialista está sostenida en Puerto Ri­co en defensa de los intereses azucareros, bancarios y comerciales norteame­ricanos. Estos intereses azucareros, bancarios y comerciales-la plutocracia yanqui, egoísta y osada-combate todo movimiento orientado hacia el logro de una definición terminante de nuestro status político. Alientan en cambio a los sectores acomodaticios y desorien­tados, haciendo de ellos -con las pil­trafas que le tira- panegiristas del ré­gimen interventor. He ahí la razón de esa política de duplicidad, de titubeos y de servilismos entronizada en Puerto Rico, al calor que le brinda el ala ma­jestuosa y señorial de la plutocracia. Los pulpos corporacionistas son los que dictaminan sobre las cuestiones inte­riores. Y ese dictamen de los plutó­cratas está siempre, en perfecto acuer­do con la política de Washington, in­teresada en mantener el status quo.

La ficción jurídica de que hablamos estará mejor explicada haciendo un breve comentario sobre el sistema judi­cial implantado por el poder invasor. El decreto washingtoniano por el que se nos gobierna -Carta Orgánica- crea un "Tribunal Supremo de Puerto Rico". Esto es lo más burlón que pueda darse en juegos imperialistas. Ese llamado Tribunal Supremo de Puerto Rico, no ejerce su supremacía sobre ninguna materia; sus decisiones son apelables a la Corte de Circuito de Boston. No es pues un tribunal supremo. Es una me­ra corte intermedia del gobierno inva­sor, apelables sus decisiones ante los tribunales yanquis. En una cosa si es supremo -no hay que separarse nun­ca de la verdad-es supremo en el ser­vilismo incondicional y degradante de sus magistrados.

Ni soberanía, ni gobierno propio, ni autonomía interior: lo que hay en Puerto Rico es una tiranía; a la que se ha disfrazado con el aparato de un gobierno civil. Como no es un régimen constitucional -ya que emana de la voluntad de un poder inter­vencionista extranjero- no se ejercer los derechos de la ciudadanía plena. Para engañar al país Estados Unidos tiene una táctica habilísima, por medio de la cual aparecen los nativos gozando del derecho de libertad de palabra, de reunión, de libertad de pensamiento, etc. Pero todo eso es una mera tole­rancia para embaucar a los incautos. Esas funciones no se ejercen en la plenitud de un derecho positivo, perma­nente e indestructible. ¡Una proclama militar del jefe de la ocupación abole toda esas concesiones reglamentarias de la tolerancia imperialista; un decre­to del Congreso de Washington puede disponer caprichosamente de nuestras vidas y haciendas; puede ponernos inmediatamente bajo la bondad rigurosa de sus institutos armados!

¿Dónde está el derecho? ¿Dónde es­tá la garantía constitucional? ¿Dón­de está la soberanía? ¿Dónde está el respeto a la democracia? El imperia­lismo lo ha logrado todo.
Con su fuer­za nos atropella. Lo que no ha logra­do el imperialismo todavía es sepultar­nos para siempre... Frente a sus millo­nes, frente a sus escuadras, frente a sus cañones, está el alma de un pueblo, el espíritu indoblegable, aunque silen­cioso, de las muchedumbres; una pa­tria no muy fácil de aniquilar de un so­lo golpe, cuya juventud despliega, en el ardor de la lucha, el pendón sagrado de sus aspiraciones emancipadoras, repre­sentativas de una nacionalidad que ha entrado ya definitivamente en la ner­viosa gestación de su libertad...

Tomado de Noticias octubre 1933

Lola Rodríguez de Tió

Nació en San Germán de Puerto Rico, el 14 de septiembre de 1843 y murió en Cuba el 10 de noviembre de 1924.  Su vida y su obra escenifica el destino de los patriotas puertorriqueños que se oponen al régimen colonial. Esto lo son la persecución y el exilio. Fue exiliada del país y vivió en Caracas, Nueva York, y la Habana. La poesía de Lola es una que toca los temas de profundidad en la filosofía y la moral. Ella es la autora de la versión revolucionaria "La Borinqueña", himno Nacional Portorriqueño:
Mi libro de Cuba

    ¡Vuestros dioses tutelares
    Han de ser también los míos!
    Vuestras palmas, vuestros ríos
    repetirán mis cantares...
    Culto rindo a estos hogares
    Donde ni estorba ni aterra
    El duro brazo que cierra
    Del hombre los horizontes...
    ¡Yo cantaré en estos montes
    Como cantaba en mi tierra!

    Cuba y Puerto Rico son
    De un pájaro las dos alas,
    Reciben flores y balas
    Sobre el mismo corazón...
    ¡Qué mucho si en la ilusión
    Qué mil tintes arrebola,
    Sueña la musa de Lola
    Con ferviente fantasía,
    ¡De esta tierra y la mía,
    Hacer una patria sola!

    Le basta al ave una rama
    Para formar blando lecho:
    Bajo su rústico techo
    ¡Es dichosa porque ama!
    Todo el que en amor se inflama
    Calma en breve su hondo anhelo:
    Y yo plegando mi vuelo,
    Como el ave en la enramada,
    Canto feliz, Cuba amada,
    ¡Tu mar, tu campo y tu cielo!





© Biblioteca Nacional "José Martí" Ave. Independencia y 20 de Mayo. Plaza de la Revolución.
Apartado Postal 6881. La Habana. Cuba. Teléfonos: (537) 555442 - 49 / Fax: 8812463 / 335938