..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4,Nro.165, Viernes, 2 de marzo del 2007

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Silvio recibe Doctorado Honoris Causa en la Universidad Mayor de San Marcos

Palabras de Silvio al recivir el doctorado honoris causa en la Universidad Mayor de San Marcos, en Lima
 
Dr. Fernando Izquierdo Vázquez, Rector de la Universidad Mayor de San Marcos.
Profesor Octavio Santa Cruz Urquieta.

Excelencias
Queridos hermanas y hermanos presentes y ausentes.
 
Recibir este honor de la Universidad Mayor de San Marcos, Decana de América, excede cualquier reconocimiento que pudiera soñar. El hecho de que tanta ilustración universal haya pasado por sus aulas, que este premio lo hayan recibido cubanos como Fidel Castro, Nicolás Guillén y Eusebio Leal, y sobre todo la certidumbre de que César Vallejo estudió aquí, me hace sentir usurpador. Muchas veces he proclamado que el autor de “Poemas Humanos” tuvo un efecto fundacional en mí.
 
Sé que, según el protocolo de estos actos, ahora me tocaría dar una clase magistral. Pero sólo soy un cantor popular que, para colmo, siempre ha tenido claro que practica un oficio que no suele enseñarse, una profesión sin cátedra. Aunque esto es rigurosamente cierto, para ser más justo debería agregar que existen al menos regiones de la vida que nos enseñan. La  escuela de un cantor puede comenzar en las tonadas con que nos duermen las abuelas y con las melodías que escuchamos salir de la cocina mientras nuestra infancia corretea. Son lecciones todo lo que acontece en los hogares, si es que nacemos con la fortuna de un techo, y escuelas son las calles, las ciudades, los dioses y los héroes que nos esperan cuando abrimos los ojos, como queriendo sellar nuestra suerte.
 
Hay muchas formas de cantar y todas parecen necesarias, o al menos tienen sus profetas. Dicen que cada manera está determinada por cierta zona de los gustos. Pero cantar también es una lucrativa carrera y por eso es parte de la llamada industria del entretenimiento. Uno de los fines de esta curiosa forma de producción es fomentar y expandir una música que nos distraiga en las horas llamadas libres. Para eso fabrican sus canciones y ritmos, que suelen ofertar cuerpos maravillosos y rostros inolvidables. Debo admitir que yo también admiro la simpatía y la destreza de esos cuerpos y que mis pies, que  no piensan, pueden marcar compases repetitivos. Pero mi entendimiento rechaza la fábrica que intenta adicionarme a lo vacío. Presto atención, sin embargo, a todo el que se toma en serio su trabajo y trata de hacerlo bien, aún si es un asalariado de la industria del entretenimiento. Lamento si su entorno no le permite otra forma de supervivencia que ponerse al servicio de la compraventa. Pero conozco a otros que han desafiado ese destino y asumen los riesgos de su libertad. A esos que no ceden al facilismo domesticado son a los que identifico como familia. Y es que las melodías que tarareaba mi madre, los sones que bailé en mi juventud, los himnos que aprendí en mi adolescencia y, en fin, la adoración a la canción en mi país, me hicieron asumir mi oficio como necesidad, y no he tenido más remedio que cantar como una aspiración cultural.
 
También tuve la suerte de tener algunas ideas sobre mundo, antes de sentir el impulso, la necesidad de cantarlo. Recibí lecciones de mi propio país, cuando en 1961 se realizó la campaña de alfabetización a la que nos sumamos 100,000 estudiantes secundarios. A los 14 años me separé de mi familia por primera vez para subir montañas y sumergirme en ciénagas, para recorrer distantes parajes enseñando a leer y a escribir, y a la vez para aprender la estremecedora lección de los que habían sido olvidados. Pero más que sin analfabetos, inaugurábamos un país de mujeres y hombres que, con el apetito del saber abierto, seguían estudiando. Fue entonces que nuestras escuelas y universidades empezaron a crecer y a multiplicarse. Por eso en 1967, cuando empecé a mostrar mis canciones, nuestros niveles de escolaridad iban en franco desarrollo. Haber sido soldado de aquella primera gesta que como lema llevaba un pensamiento de José Martí: “Ser cultos para ser libres”, y cuya bandera era el saber sin discriminación, me hizo pensar que a partir de entonces ya nada sería igual en Cuba, ni siquiera las canciones.
 
Una transformación esencial estaba ocurriendo: la práctica humanista nos mejoraba como gentes y aquella mejora hechizó cualesquiera que fueran los propósitos de cada cual. Cuando yo me puse a hacer canciones la ética y la estética ya eran compañeras.
El arte, como parte de la vanguardia espiritual, pensaba yo, debía esforzarse por estar a la altura de la nueva realidad. Un poco antes Alejo Carpentier había inaugurado la Editora Nacional de Cuba y la literatura empezó a circular a precios populares; el Universo rechazaba la guerra contra Viet-Nam; Casa de las Américas hizó el Primer Encuentro de la Canción Protesta; eran los años del boom literario, del Novo Cinema y del Nuevo Cine Latinoamericanos. Varios compañeros de generación vivíamos lo mismo, habíamos llegado a conclusiones parecidas y poco a poco nos fuimos encontrando. Nuestras canciones, en un inicio aisladas por la soledad, empezaron a manifestarse como una corriente juvenil que primero fue identificada como “trova moderna” o como “trova joven”, hasta que fue llamada “nueva trova”.
 
La nueva trova nunca fue un movimiento estéticamente homogéneo y mucho menos pretendió fundar un estilo musical. Lo primero que nos cohesionó fue tener, más o menos, la misma edad y el momento social que vivía Cuba, con el que nos identificábamos. Vivir al lado de un país tan grande y con medios tan poderosos nos mostraba que era necesario conocer y reproducir nuestras melodías de antaño, para que las canciones por venir no olvidaran sus orígenes. Pero lo novedoso es como un pie forzado para las nuevas generaciones, que siempre llegan con la lógica aspiración de una voz propia. Quizá por eso la ruptura llamaba tanto mi atención. Nos tocaba ser jóvenes en un tiempo que también era joven y nuestra sociedad cambiante nos exigía tanto, que respondíamos con una dolorosa honestidad. Creo que ese desgarramiento fue la médula de nuestra aporte. En definitiva ¿a qué se le puede dar crédito en este mundo sino a lo que desafía los abismos?
 
He leído muchas veces que el compromiso con las aspiraciones de cada tiempo histórico suele ser sustancial para la expresión artística. Pero esta verdad natural no se puede interpretar como una directriz, porque corremos el riesgo de convertir la realidad en su propia caricatura. Lo programático se muerde la cola, por eso, antes que nada, el arte tiene que ser honesto. Cuando alguien le preguntó cómo pensaba que debía ser una canción, José Antonio Méndez, autor boleros eternos como “La Gloria Eres Tú”, con la noble sonrisa que lo caracterizaba respondió: Sincera. La canción debe ser siempre sincera.
 
Cantar es un arte antiguo y extendido por nuestra diversa geografía. Posiblemente no exista actividad de nuestros pueblos que no esté reflejada en alguna canción. Queda mucho por saber de nuestros cantos y ese conocimiento nos ayudará a saber más de nosotros mismos. El compromiso con el amor y con la belleza, con lo real y con lo imaginado, y sin dudas con el reclamo de justicia social que signa nuestra historia, son esencias de la canción Latinoamericana. Esa suma de virtudes es la que la mantiene viva y digna. Por eso quiero terminar dando gracias a todos los cantores que esperan por la simple mención que los salve del anonimato y que han sido y son paradigmas de nuestras certezas.
 
Gracias, hermanas y hermanos del Perú, país de cultura dorada, pueblo generoso que atesora sabiduría, canciones y ejemplos dignos de amor y respeto, como el del joven poeta inmolado, Javier Heraud. Gracias, hermano Hildebrando Pérez Grande; gracias, Escuela de Literatura; gracias a este insigne centro Mayor de estudios, Universal al punto de premiar a un trovador. Por supuesto que interpreto este gesto como un abrazo de pueblo a pueblo. Lo acepto en nombre de maestros como Sindo Garay y Teresita Fernández, de la trova cubana de todos los tiempos, de mi aguerrida generación y muy especialmente en nombre de Noel Nicola, hermano que hace poco se nos fue, pero que antes nos dejó ejemplares versiones cantadas de la inmortal poesía de César Vallejo.
 
 
Muchas Gracias.

"Yo aprendí también de los olvidados"
El Trovador Silvio Rodríguez recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de San Marcos. Ceremonia fue en la Casona de San Marcos en un vivo marco de aplausos y cantos.
Por Pedro Escribano.
Fotos: Rafael Cornejo.

<< Silvio Rodríguez recibe el título de Doctor Honoris Causa de manos del rector de San Marcos, Luis Izquierdo Vásquez.

No todos pudieron ingresar al salón de grados de la Universidad de San Marcos. Los que estaban adentro esperaban a Silvio Rodríguez, el trovador cubano, cantando en coro sus canciones. Hubo quienes, fungiendo de directores de coro, guiaban el canto de la muchedumbre. Afuera, en los patios de la Casona, los altoparlantes propalaban conocidas melodías del cantautor cubano como "Ojalá" o "Unicornio azul".

Las autoridades de esta casa de estudios, la Decana de América, habían decidido otorgarle el Doctorado Honoris Causa al reconocido artista cubano. Según la resolución, Silvio "es un artista de renombre, por lo que se justifica que la Universidad de San Marcos honre su destacada labor en el campo del arte de la música".

La ceremonia, en las que estuvieron presentes, entre otros, los poetas Hildebrando Pérez y Marco Martos y el embajador cubano Luis Pérez Osores, empezó con los respectivos himnos de Perú y Cuba. Luego, el decimista Octavio Santa Cruz dio lectura al discurso de orden que empezó con una décima suya dedicada al trovador.

Santa Cruz hizo un recuento de los trovadores hispanos y latinoamericanos y luego reseñó la vida de Silvio Rodríguez. Acto seguido, Luis Izquierdo Vásquez, rector de San Marcos, le confirió el título de Doctor Honoris Causa. El público asistente vitoreaba "¡Silvio es peruano!", "¡Viva Cuba!", entre otras proclamas.

<< El trovador en el exitoso concierto que ofreció el jueves pasado en el Jockey Club, en Monterrico.

Conmovido, Silvio Rodríguez se presentó sencillo y fraterno.

"Queridos hermanos y hermanas, presentes y ausentes, compañeros cubanos también. Recibir este honor de San Marcos, Decana de América, excede cualquier reconocimiento que pudiera soñar", exclamó.

"El hecho de que tanta ilustración universal haya pasado por sus aulas –agregó–, que este título lo hayan recibido cubanos como Fidel Castro, Nicolás Guillén y Eusebio Leal y, sobre todo, tener la certidumbre de que César Vallejo estudió aquí, me hace sentir un triunfador".

Se excusó de ofrecer una lección maestra, como manda el protocolo, pero señaló en dónde él aprendió sus lecciones, tanto como en su hogar:

"Escuela también son las calles, la ciudades, los dioses y los héroes que nos esperan cuando abrimos los ojos como queriendo sellar nuestra suerte", dijo.

Recordó que cuando alfabetizaba en su país aprendió la lección de los que habían sido olvidados.

Asimismo, habló de los cantantes y estableció una diferencia: "Aquellos que no ceden al facilismo domesticado son a los que identifico como mi familia".

El trovador fue categórico. "El compromiso con el amor y la belleza, con la real y con lo imaginado y, sin duda, con el reclamo de justicia social que signa nuestra historia, esas son esencias de la canción latinoamericana. Esa suma de virtudes es la que la mantiene viva y digna".

El Dato

El Trovador nació en San Antonio de los Baños, La Habana. 1946. Ha prometido regresar a Lima para ofrecer un concierto popular.

http://www.larepublica.com.pe/content/view/144567/28/





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