..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4,Nro.166, Viernes, 9 de marzo del 2007

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El antimperialismo y el latinoamericanismo martianos en Juan Marinello
Por María Caridad Pacheco González

Al estudiar el pensamiento marxista a partir de la década del 30, se puede apreciar que el mismo tiene muchos más puntos de coincidencia con el pensamiento martiano que el de éste y sus contemporáneos. Es incuestionable que en la actividad y proyección antimperialista de la generación de Mella, a la cual pertenece Marinello, influye notablemente José Martí. Las más altas figuras revolucionarias de principios de siglo comienzan su lucha antimperialista sin ser plenamente marxistas y leninistas, pero el estudio de las ideas de Martí y su consecuente lucha contra el imperialismo los acercan cada vez más a estas concepciones.

Poco antes de morir, en una entrevista concedida al periodista Luis Báez, Marinello revela que muchos extranjeros no acaban de entender cómo puede existir  una revolución que sea al mismo tiempo martiana y marxista,  porque desconocen, en toda su profundidad, el alcance de la visión política de Martí, en tanto éste “es un relevo perfectamente articulado, obligado [de Carlos Marx]” . Ello nos lleva a reconocer, con admiración, que una parte significativa de la generación a la cual pertenecieron Mella y Marinello, asumió el marxismo de forma articulada con las tradiciones del proceso de liberación nacional del siglo XIX, cuya gran síntesis representa el ideario de José Martí, y eso explica en alguna medida el rápido auge del antimperialismo en aquellos años y la búsqueda de respuesta a los problemas nacionales y regionales más acuciantes e inmediatos.

     Lo que distingue a Martí de otros grandes próceres y dirigentes políticos que le preceden o son sus contemporáneos, es que sabe advertir que la batalla de Cuba por su independencia es la primera fase de un esfuerzo estratégico de mayor alcance que no solo comprende a esta pequeña Isla y la de Puerto Rico, y así lo hace saber al General Máximo Gómez el 13 de septiembre de 1892, cuando le asegura que con la guerra, para la cual solicita su generosa contribución, los cubanos quieren “asegurar la independencia amenazada de las Antillas y el equilibrio y porvenir de la familia de nuestros pueblos en América” .

Fue a principios de la década del 20 que empezaron a crearse las condiciones propicias para lo que sería el estallido revolucionario que derrocaría a la dictadura de Machado. La crisis económica de 1920-21 y su secuela de ruina golpeó con fuerza a diversos sectores sociales cuya situación empeoró sensiblemente. La agitación social en la que el propio Marinello llamó la década crítica (1920-30), se caracterizó por una vigorosa irrupción de las masas populares en la vida política y social del país y este fue el  marco del primer intento por aprehender la doctrina martiana en su verdadera dimensión. La izquierda intelectual, de la cual Marinello fue un genuino exponente,  no estuvo alejada de lo que tanto en Cuba como en otras partes del mundo se anunciaba como el movimiento de liberación nacional de los pueblos.

 En este contexto  aparece con gran fuerza un movimiento de intelectuales que comienzan a pensar en términos latinoamericanos y en la idea de un proyecto alternativo de sociedad. Por ello  junto a la crítica cubana de contenido patriótico y nacional, se llamó al rescate del ideario independentista, a través de las figuras de Simón Bolívar y José Martí; se condenó el panamericanismo como medio de penetración de Estados Unidos en el ámbito de América Latina y se retomó el llamado de la vanguardia antillana, de la cual formó parte el Apóstol de la independencia cubana, en el sentido de trabajar por la unidad caribeña y latinoamericana, como respuesta a la política de expansión y dominio del imperialismo yanqui.

No puede obviarse que entre 1914 y 1929 se incrementan considerablemente los ritmos de crecimiento de las inversiones norteamericanas en América Latina, llegando a alcanzar la tercera parte de todas las inversiones de los Estados Unidos en el extranjero. Otra demostración del dominio económico del país norteño en el hemisferio era el monto de los empréstitos concedidos a las naciones latinoamericanas, que alcanzó una cifra superior a los 2 mil millones de dólares, a lo que se agregaba la absoluta supremacía en el comercio de exportación e importación de América Latina.

La creciente influencia  de los Estados Unidos en las débiles economías latinoamericanas, fenómeno ya previsto por José  Martí a finales del siglo XIX, había cobrado fuerza en el período y ello trajo consigo el interés por institucionalizar la alianza con los países latinoamericanos, tanto en el terreno económico como en el político, obteniéndose los primeros resultados en la Conferencia de Chile(1923) y en la de La Habana (1928), donde el imperialismo yanqui se propuso regularizar el funcionamiento de la Unión Panamericana , cuyos verdaderos propósitos ya habían sido desentrañados y denunciados por José Martí en los informes y crónicas sobre las Conferencias Internacional de Washington y la Monetaria Internacional .

En el plano de la práctica política el proceso de formación de la conciencia antimperialista de la generación a la cual perteneció Marinello se nutrió de la realidad neocolonial en los hechos inmediatos y en el conocimiento de la historia republicana, jalonada sombriamente por la Enmienda Platt, la penetración económica y financiera y las intervenciones yanquis directas e indirectas en Cuba y en América Latina; el redescubrimiento de Martí a partir de las “Glosas” de Mella, así como las lecturas de Ingenieros, Sanguily, Varona, Mariátegui, Marx y Lenin. Se inscriben también en el orden de las influencias la agitación ocurrida en los medios estudiantiles latinoamericanos, que abogaban por reformar y revolucionar los altos centros de estudio en Chile, Perú, Colombia y Argentina;  el bloqueo norteamericano  a la Revolución Mexicana, experiencia que reafirma su ideal antimperialista y latinoamericanista,  la Revolución de Octubre, cuya  magnitud le imprime un colosal impulso a la difusión de la idea socialista y viene a mostrar nuevos caminos hacia la emancipación social, las protestas contra la dominación colonial de Estados Unidos sobre Puerto Rico y contra el pretendido derecho de intervención armada por parte del imperialismo norteamericano en la región; las manifestaciones a favor de la soberanía panameña sobre el canal y  singularmente el apoyo a la lucha antimperialista de Augusto César Sandino en Nicaragua.

En estas circunstancias, a comienzos de 1925, se concentra en La Habana un grupo muy significativo de revolucionarios peruanos y venezolanos, quienes se hallan en  lucha abierta contra los tiranos Augusto Bernardino Leguía y  Juan Vicente Gómez, cuyos regímenes sangrientos, similares al de Gerardo Machado en Cuba, los había obligado al exilio. Entre aquellos  revolucionarios se hallaban los peruanos Luis F Bustamante y Esteban Pavletich, dirigentes del APRA y representantes, por tanto, del nacional reformismo latinoamericano y los marxistas venezolanos Carlos Aponte, y Francisco  Laguado  Jayme. Este último funda en 1921 la revista “Venezuela Libre”, subtitulada “órgano revolucionario latinoamericano”, que cinco años más tarde se convierte en “América Libre”, “látigo de tiranos y del imperialismo”. Marinello encabeza junto a Rubén las firmas que rubrican el “Manifiesto por Venezuela”, publicado en el primer número de la revista y donde se hacen patentes sus objetivos y proyección, los que se resumen en el siguiente pronunciamiento:

       [¼] combatir a Juan Vicente Gómez, no constituye todo el programa de esta revista. Protestando contra la tiranía espantosa ejercida sobre el pueblo que realizó la independencia de América procura, tan solo librar de obstáculos el camino a una confederación de pueblos indo-latinos que garantice a éstos contra el poder absorbente del imperialismo yanqui. Venezuela Libre aspira a ser en Cuba el órgano del latino-americanismo y luchará contra esa tendencia del capitalismo norteamericano que pretende convertir en colonias a los pueblos libres de la América Española. Luchará porque los congresos pan-americanos, avanzadas encubiertas del imperialismo norteño, sean sustituidos por Congresos latino-americanos y, en cumplimiento de la misión que se arroga, abogaría entre nosotros por la supresión de la Enmienda Platt y porque la política internacional de nuestro gobierno, sin adoptar falsas posiciones frente a la Casa Blanca, se inspire más en el propósito que anima hoy a todas las clases cultas de Latino América[¼].

     La ofensiva que los gobiernos de Zayas y Machado despliegan contra los jóvenes suramericanos, los obligan a  pasar la edición de las revistas a sus colaboradores cubanos. De este modo  Juan Marinello, quien ya se  había iniciado en la vida pública cubana con firmes pronunciamientos de condena contra la corrupción entronizada en los medios gubernamentales del país y con su participación en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes que proclamó “la necesidad de la unión de los pueblos latinos de América, la de abolir la Enmienda Platt, la de combatir todos los imperialismos y singularmente el de los Estados Unidos” ,  integra el comité de redacción de la revista en su primera época (1921.1925) y en la segunda (1925) aparece  junto a Rubén Martínez Villena como uno de sus directores . Tanto en Venezuela Libre como en  América Libre, colaboran como redactores, entre otros, Julio A Mella, Alejo Carpentier, José Antonio Fernández de Castro y José Zacarías Tallet,  unidos a los venezolanos Salvador de la Plaza, Gustavo y Eduardo Machado, entre otros revolucionarios de izquierda.

     Sucedió entonces que la doctrina aprista se infiltró sutilmente en la Universidad Popular José Martí a través de la prédica de Luis F Bustamante y de la labor de promoción epistolar emprendida por Haya de la Torre. La realidad es que no pocos llegaron a identificarse con esta corriente de pensamiento, pero Marinello, al igual que Rubén, Raúl Roa, y otros revolucionarios,  no se dejó confundir, y se adscribió a las advertencias que desde México enviaba Julio A Mella para desenmascarar las posiciones nacional-reformistas de Haya y sus seguidores. La posición firme de los integrantes de la Universidad Popular impidió a tiempo la introducción beligerante en sus filas del aprismo, o arpismo- como muy atinadamente definió Mella a la alianza de revolucionarios arrepentidos, que finalmente salió  hecho añicos de aquella polémica, que, en cierta medida fue una contribución a la lucha antimperialista en América Latina desde el punto de vista estratégico y práctico.

     La revista América Libre sale a la luz por tanto en coyuntura oportuna, tanto  a nivel nacional (en plena protesta estudiantil y popular contra el régimen de Machado), como internacional (crisis económica, intervenciones de Estados Unidos en el área, polémica con el APRA). No  solo era  continuación de la revista creada por Laguado Jayme, sino que ampliaba a todo el continente la tarea emprendida de luchar por los oprimidos y contra el imperialismo. En su portada estos objetivos quedaban claramente expresados: unión interpopular americana (unión de los pueblos latinoamericanos a pesar de la unión internacional de los gobiernos), contra el capitalismo imperialista  (el enemigo primordial de los pueblos de Nuestra América), a favor de los pueblos oprimidos(que sufren la opresión de sus gobiernos supeditados a los dictados de Washington) y por la revolución en los espíritus (una lucha dirigida a lograr la justicia social y el progreso socio cultural del hombre latinoamericano).
 
    El intercambio fructífero con los intelectuales suramericanos, que tuvo lugar en diferentes escenarios, profundizó en Marinello  la idea de la unidad de Nuestra América, latinoamericana y caribeña, cuyas entrañas conocía bien y sobre cuyo porvenir escribió con mucha pasión y  precisión ya desde entonces. Por ello no sorprenden sus inquietantes observaciones en 1925 a un proyectado Congreso de Intelectuales Iberoamericanos en La Habana, cuya propuesta, aunque  aprobada por intelectuales de diversas regiones del hemisferio, era una idea original del escritor peruano Edwin Elmore.

     Marinello  no se opone a la realización de un evento que tiene como propósito la discusión y estudio de  todas las cuestiones que tanto en el orden político como en el cultural pueden ser consideradas como vitales para el desenvolvimiento de Iberoamérica, sino a la acción política que se pretende desplazar por tal Congreso ya que se le intenta separar del contacto e intereses de las masas populares, obviando el orden social vigente en América Latina y la postura de las burguesías nativas, totalmente opuestas a dar una batalla definitiva por la independencia económica y política de la región. En tal sentido Marinello señala muy atinadamente:

     La verdad es- aun cuando sea doloroso confesarla - que han pasado cien años desde la iniciativa bolivariana de Panamá, pero no ha pasado un día en las posibilidades de fructífera unión. Se olvida con lamentable frecuencia, que la unión no quedará hecha con la retórica alusión a la comunidad de orígenes ni aún con la intensificación de vínculos de orden material. Ya es hora de que pongamos el dedo en la llaga y descubramos que la unión moral, la que ha de traducirse en la práctica de una alta política continental, está condicionada -aunque parezca paradójico- a circunstancias locales. De 1825 a nuestros días hemos oscilado entre la Revolución y la Dictadura, permitiendo en fatalista ironía que los hombres rubios- burguesía del orbe- transformen en provecho material nuestra impreparación y nuestra discordia.
     [¼] Aún en desdichados países, es azote terrible el analfabetismo con su efecto más nocivo: el caudillaje. Aún señorean montañas que fueron cumbres de libertad, gobiernos contrarios a la dignidad humana; todavía se sientan sobre la tierra nuestra - ¡ infeliz Venezuela “madre de América”!- poderes malditos.
     Ante tal estado de cosas no negaremos, porque ello sería ceguedad insigne, que existe un anhelo de unificación de fuerzas; pero ¿ pueden tan desfavorables circunstancias integrar la organización de un serio pensamiento continental? ¿Puede esperarse que los representantes de estados sociales lamentables unan su esfuerzo a espíritus templados en nobles vanguardias?

Precisamente en correspondencia con las manifestaciones vanguardistas de la época, cumple un papel primordial en la renovación de las tendencias literarias de Cuba, influida por aquellas que marcan el devenir de las letras en Latinoamérica, el Grupo Minorista y la Revista de Avance, de la cual fueron colaboradores o visitantes los escritores latinoamericanos de mejor calidad en la época. Varios números de la revista se dedicaron, entre otros temas, a José Carlos Mariátegui, al arte mexicano del momento, al pensamiento cubano del siglo XIX y particularmente al ideario militante de José Martí. A pesar no haber crecido con una orientación  ideológica definida y homogénea, esta publicación, de la cual Marinello fue uno de sus editores, dio a conocer a relevantes figuras hasta entonces desconocidas como eran el amauta peruano, el insigne pintor mexicano Diego Rivera, y el propio José Martí, aún desconocido tanto en lo literario y artístico como en su primordial mensaje revolucionario. Tanta importancia concedió Marinello a este proyecto, que  lo consideró como el más importante hecho de cultura anterior a la Campaña de Alfabetización de 1961.

La revista tiene su origen en el Grupo Minorista, al cual se integra Marinello junto a otros intelectuales de su generación, firmando el Manifiesto de mayo de 1927 que se pronuncia por la solidaridad y la unión latinoamericanas. No puede obviarse que Marinello desarrollará una intensa actividad antimperialista en el seno de este Grupo, que se expresó en el Manifiesto “Por la libertad de los pueblos de nuestra América contra el imperialismo norteamericano” , suscrito junto a otros intelectuales revolucionarios con motivo de la intervención militar norteamericana en Nicaragua, y en este texto no solo se protestaba contra la vandálica agresión, sino que se denunciaba las reiteradas vejaciones sufridas por países de nuestro continente como resultado de la política hegemónica de Estados Unidos. Aunque el documento solo contiene una breve referencia a la lucha por la independencia económica de Cuba- que de forma similar a otros países del área fue convertido en una verdadera factoría de expoliación -, y contra el imperialismo yanqui, el mismo tiene la significación histórica de constituir el primer enfrentamiento de un grupo de intelectuales cubanos contra la penetración imperialista.

 Por la heterogeneidad del movimiento que le dio origen, en el interior de las filas del Minorismo se manifiestan diversas tendencias que bajo el peso de los acontecimientos deciden el proceso de escisión que finalmente lo debilitaría y lo llevaría a la crisis, pero Marinello es el único de los directores de la revista, portavoz de este movimiento que, según Roa,  “tuvo el denuedo de quemar las naves y pasarse al palenque de la revolución”.

En la época de Martí, decía Marinello, “el dinero del norte comenzaba a deformar las economías semicoloniales del Caribe, pero no era, como ha sido después de su muerte, el elemento decisor de la vida colectiva” . De ahí que no podía señalar, como único remedio eficaz para invalidar la invasión económica, la destrucción del sistema ni podía propugnar la revolución dirigida y realizada por los que, al sufrir permanentemente los efectos de la invasión, eran los llamados históricamente a vencerla: los obreros y campesinos.

De este modo Marinello llega a la conclusión de que la república “con todos y para el bien de todos” no había podido realizarse no solo porque era imposible en los marcos de una economía capitalista, sino porque había irrumpido en el escenario mundial el imperialismo, cuyo instante de arranque como etapa superior del sistema capitalista había sido, según Lenin, la guerra hispano-americana.

El proceso vivido después de la Revolución del 33 le aporta los elementos necesarios para entender que solo revolucionariamente, por la movilización y el triunfo de las clases desposeídas, podían acontecer cambios raigales en las estructuras económica y social del país.

Martí concibió la Revolución dividida en dos tiempos: la tarea más importante y radical descansaba en alcanzar la completa independencia para con ella, salvaguardar la república naciente de los propósitos del imperialismo norteamericano y encauzar la liberación de otros pueblos de Nuestra América. Un factor esencial para lograr este propósito era alcanzar  la unidad de todas las fuerzas que podían coadyuvar a este fin, haciendo un frente multiclasista. Para Marinello había llegado otro momento histórico y ya no podían cumplirse los objetivos de la Revolución agraria y antimperialista, sobre la base de un cordial entendimiento entre todas las clases sociales, sino a partir de la lucha de clases, por la realización de una revolución social que transformara de raíz el sistema.

Tal apreciación aparece en Marinello después de la caída de Machado cuando en noviembre de 1933 en carta pública a Pedro Alejandro López, que se publica bajo el título de “La Revolución verdadera” en el periódico Ahora, expone:
“En países coloniales como Cuba el sentimiento de independencia nacional cobra un neto sentido económico porque las fábricas y los fundos no están en manos cubanas... Un problema económico-imperialista como el nuestro no se resuelve sino revolucionariamente”.

Ya entonces, Marinello ha arribado a conclusiones esenciales en relación con el pensamiento del Apóstol,  como son las razones materiales por él descubiertas que engendran el hecho imperialista así como la naturaleza opresora y magnitud continental de este fenómeno; el sentido avanzado de los problemas culturales de toda la América, para lo cual le sirvió el privilegio de conocer, a tiempo, las dos realidades del continente y lo inevitable de su enfrentamiento; la necesidad, presente y futura, de defender a Nuestra América de la expansión imperialista, lo cual hacía imprescindible la unidad interna (de todas las clases, sectores, y grupos sociales) y la unidad externa (de todos los países latinoamericanos).

      La estancia de Marinello en México, primero en 1933 y después en 1935-37, no solo le permitió  establecer contactos de fraternal amistad y fructíferos intercambios con importantes intelectuales progresistas de la época, como es el caso de Aníbal Ponce, sino que también le permite quizás por esto mismo, la reafirmación de sus concepciones latinoamericanistas esenciales que se expresa  en la difusión cultural, en el ejercicio de su labor periodística y en la creación de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), de cuya dirección llega a formar parte. Precisamente, auspiciado por esta Liga, integra el Comité Preparatorio del Congreso de Intelectuales Mexicanos, inaugurado el 17 de enero de 1937 y es electo secretario general de la Unión de Revolucionarios Latinoamericanos (URLA), fundada en mayo de ese mismo año con el propósito de “trabajar por la libertad económica y política de los pueblos hispánicos de América, y prestar eficaz auxilio  a los revolucionarios de estos pueblos residentes en México”. En esta etapa publica su segundo libro de ensayos dedicado a la Literatura Hispanoamericana.

Marinello es uno de los muchos intelectuales que, durante la lucha contra Machado, se incorporan a los movimientos de carácter antimperialista que postulan demandas nacionalistas y al mismo tiempo, se manifiestan a favor del socialismo. Es líder de la Sección Cubana de la Liga Antimperialista de las Américas que fundó Mella y desde esta posición realiza una intensa actividad que incluye no solo la lucha por la plena independencia de Cuba, sino también por la independencia de América Latina y de otros pueblos del mundo. Precisamente a tenor con esta responsabilidad es que en 1934 organiza y preside el primer Congreso contra la Guerra, la Intervención y el Fascismo. Cuba se enlazaba así a los hombres de sensibilidad y talento que, en diversas partes del mundo, se reunían para conjurar el peligro de una guerra de incalculables consecuencias para la humanidad . A España y a su pueblo les correspondería por designio de la reacción confabulada contra la libertad y los derechos de los pueblos, ser el primer campo de confrontación en la arena internacional.

Marinello parte hacia la España republicana, agredida por el fascismo para asistir a un Congreso Histórico celebrado  entre el 4 y el 14 de julio de 1937. Allí, en medio de ciudades bombardeadas, en las trincheras milicianas, en cálida convivencia con el pueblo español que mostraba su inquebrantable decisión de lucha, tiene lugar una reunión de intelectuales que, desde todos los confines del mundo, se habían dado cita para discutir, entre otros temas,  sobre el papel del escritor en la sociedad, la dignidad del pensamiento, la ayuda a los escritores españoles y al pueblo todo que día a día  daba muestras de una resistencia insuperable.

Es del todo significativo que en este Congreso en que participan 75 delegaciones de lo más avanzado y leal de la inteligencia de los pueblos, Marinello haya sido designado para representar muy dignamente a la delegación latinoamericana, que tenía en sus filas a personalidades tales como el gran poeta peruano César Vallejo y el chileno Pablo Neruda.

Para la sesión de clausura, el 10 de julio de 1937,  Marinello pronuncia, en nombre de lo más lúcido y noble de la intelectualidad latinoamericana que asiste al histórico congreso, un discurso  en el cual expresa:

    Las delegaciones hispanoamericanas en este Congreso me han hecho su representante ante este Pleno. Ellas dicen por mi boca que entienden y miden el tamaño de su compromiso y que lo aceptan. Así será, camaradas. Lo prometemos fijo el recuerdo en un hombre que por escritor, por español, y por Hispanoamericano, y por héroe, merece y exige nuestra mejor palabra y nuestra más comprometida decisión; fijo nuestro corazón en un cubano cuyo nombre, grabado en las paredes de esta sala, es orgullo y deber: Pablo de la Torriente Brau, camarada intachable ahora en su presencia sin mudanza, camarada guiador en el alba que ya apunta.”

 Más allá del Congreso Marinello apela a la conciencia colectiva de los escritores latinoamericanos  y desde Madrid, la heroica, asombro de la tierra y honor del linaje humano, les recuerda a través de las páginas de la revista Mediodía, que España es el futuro de todos los pueblos, pero fundamentalmente, el futuro de Hispanoamérica. Esta exhortación a la solidaridad se multiplica en diferentes Congresos, Conferencias y Tribunas, que lo convierten como el propio Angel Augier ha expresado en un líder de masas.

Es por esto que  puede afirmarse que en los días de México y España, crece y se afianza el antimperialismo y el latinoamericanismo fecundante de Juan Marinello, que supo apreciar a América Latina con la visión martiana, que hermana pueblos pero no olvida diferencias imprescriptibles,  en el camino señero y necesario de lograr su segunda independencia.

A finales de la década del 40 y en respuesta a una infame campaña anticomunista llevaba a cabo por la revista Bohemia, Marinello expone con claridad que “no habrá liberación real y progreso efectivo para Cuba mientras no quebremos, como mella quería, el dogal imperialista. Si nuestra revolución inmediata tiene que ser antimperialista— y de no serlo no será revolución—, sus grandes banderas actuales tienen que llamarse Mella y menéndez, asesinados precisamente por órdenes del imperialismo, grandes luchadores caídos por cumplir el claro y poderoso mandato de José Martí: “Cuba, libre de España y de los Estados Unidos”.

Años más tarde señalaba con precisión las alternativas en que se debatían acerca del  futuro de Cuba: independencia nacional o sumisión al imperialismo. Ya para entonces el problema histórico había adquirido tal dimensión que sectores sociales y agrupaciones políticas aliadas al imperialismo, habían comenzado a manifestar su desagrado por el trato desigual a que nos sometía el vecino norteño en las relaciones comerciales.

Por ello cobra especial relevancia el llamado de Marinello y otros intelectuales marxistas dirigido a líderes políticos, dirigentes sindicales, artistas y escritores y en general, a personas de muy notable responsabilidad social, para que no renunciaran a la tradición patriótica que “nunca tuvo su vista en cercanías acomodaticias sino en el futuro mejor para Cuba aunque estuviera erizado de obstáculos”.

La dramática advertencia tenía lugar en momentos en que el imperialismo se orientaba a absorber no solo nuestros recursos económicos, sino también nuestra cultura y nuestra educación. A fines de la década del 50, el gobierno de los Estados Unidos diseñaba una nueva política exterior para toda Hispanoamérica, dirigida a brindar asistencia cultural y económica, cuyos verdaderos propósitos se encauzaban hacia una más profunda y extendida penetración.

Consultado por la Asociación de escritores y artistas Americanos acerca de esta nueva forma de agresión imperialista, Marinello no vacila en responder a través de la revista Mensajes, que en tanto la política del gobierno norteamericano se dirige a lograr que las universidades cubanas renunciaran a lo más progresivo de nuestras tradiciones nacionales y a socavar los cimientos de la producción intelectual cubana, encontraría la más firme oposición de nuestra intelectualidad progresista, pero ésta no obedecería a un criterio nacionalista estrecho ni se dirigía a aislar a Cuba de la cultura universal.

     Marinello no olvida el mandato terminante de Martí, quién pidió a los cubanos pelear, después de su muerte, por “la segunda independencia”, y expresó su convicción de que nuestra cultura y su desarrollo verdadero ha de partir de nuestros valores autóctonos y ha de ser expresión de nuestras tradiciones nacionales.

     No es difícil  apreciar en la proyección antimperialista y latinoamericanista de Marinello, la influencia del legado martiano, de cuyo rescate fue pionero junto a Julio A Mella. El pensamiento de Martí y el de los marxistas cubanos que protagonizaron las luchas revolucionarias en la etapa  representan dos momentos históricos que se articulan por la lógica de los acontecimientos y las ideas en el complejo, contradictorio y continuo proceso de liberación nacional cubano.

La asunción de la ideología marxista y leninista en Juan Marinello tuvo lugar en la medida en que un profundo conocimiento de la historia y el pensamiento de la nación cubana lo condujo a asumir las posiciones de la liberación nacional. Así mismo las condiciones histórico-concretas le llevó a buscar en el pensamiento universal de su época, en lo mejor del pensamiento nacional y del pensamiento latinoamericano, los presupuestos teóricos para dar respuesta a la problemática fundamental de su época histórica.

En Marinello se manifiestan elementos conceptuales que tuvieron en el legado martiano su más vital sustrato. Ejemplo de ello fue la concepción del antimperialismo  que define la propia existencia del pueblo cubano frente a las apetencias de las élites de poder en los Estados Unidos. Tal claridad de Martí es fertilizada con la teoría leninista del imperialismo, que reafirma, fortalece y precisa sus tesis en las nuevas circunstancias históricas. Es por ello que no existen contradicciones esenciales entre el antimperialismo martiano y la concepción leninista del imperialismo desarrollada posteriormente y que fuera estudiada y asimilada por la generación a la cual pertenecieron Mella y Marinello.

Otro ejemplo de influencia medular es la concepción  latinoamericanista, que se expresa en la urgencia de la solidaridad y la unidad de todos los pueblos de Nuestra América frente al imperialismo norteamericano. El latinoamericanismo como expresión del internacionalismo, en primer lugar de la nación cubana, que libre e independiente, pudiera constituirse en un valladar a las apetencias expansionistas norteamericanas. No puede olvidarse que para Martí el significado de la guerra que se libraría en Cuba no se limitaría a la simple obtención de una independencia que, de hecho podía nacer amenazada, sino que su objetivo primordial era preservar la independencia de la América Latina ante el expansionismo del imperialismo yanqui, de ahí la importancia que concedió a la labor ideológica o toma de conciencia de los pueblos y a la unión de éstos en un frente común antimperialista.

     Al ser Martí síntesis suprema del pensamiento revolucionario, humanista, de dignificación del hombre y de la justicia social del siglo XIX en Cuba, resulta el más válido y natural elemento de articulación de la tradición y el pensamiento nacional, con lo más progresivo y revolucionario del pensamiento universal del siglo XX.

No es casual, por tanto, que el último texto escrito por Marinello poco antes de su muerte acaecida en 1977 fuera el Prólogo a una selección de textos martianos publicado por una editora venezolana,  donde aparece  la doctrina martiana acerca de Nuestra América, así como los apuntes, discursos, artículos, cartas y estampas de figuras hispanoamericanas escritos por Martí que se relacionan con esta concepción.

La  ejecutoria de Marinello como presidente del primer Partido Comunista de Cuba, su liderazgo en el Movimiento mundial a favor de la paz y la soberanía de los pueblos, su fecunda labor como Embajador y Delegado Permanente de Cuba ante la UNESCO, lo definen como un celoso defensor de la dignidad, la independencia y la soberanía de nuestros  pueblos latinoamericanos, que como él mismo señalaba en su crucial momento español, apunta  en un alba de enorme resonancia para el continente.

 

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Idem, p. 211

La Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) fue fundada en 1924 por el peruano Raúl Haya de la Torre. Su lema original era: “ Por el Frente Único de Trabajadores Manuales e Intelectuales contra el imperialismo. Por la unión económica y política de indoamérica”, pero ya en 1927 se había convertido en un partido reformista (Ver:Chang-Rodríguez, Eugenio. Opciones políticas peruanas. Editorial Normas Legales S.A, Trujillo- Perú, 1987, p.118)

Venezuela Libre, idem, p. 10. Ver: Ana Núñez Machín, Ob Cit, p. 127-128

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Alfredo Caballero, Suárez Díaz, Ana. Ob Cit, p.66

En su primer exilio mexicano imparte un curso de pensamiento político hispanoamericano ( de Bolívar a Mariátegui) en la escuela de Verano  de la Universidad Nacional e imparte un curso sobre José Martí en Altos Estudios de esta Universidad. Además colaboró con los periódicos Excelsior, Diario de Yucatán, Alcancía, El Libro y El Pueblo, Letras y El Universal. Igualmente desplegó una intensa divulgación del pensamiento martiano a través depublicaciones y conferencias. Durante su segundo exilio, además de impartir clases de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Nacional,  mantiene una colaboraciónsemanal fija en El nacional y colabora en Repertorio Americano, de San José, Costa Rica.

Ana Suárez Díaz, Ob Cit, p.42

La Liga Antimperialista de las Américas (LAI)se fundó en marzo de 1925 en México, bajo la dirección del conocido muralista Diego Rivera y desempeñó un papel relevante en la formación de la Sección Cubana que con el liderazgo de Julio Antonio Mella vio la luz el 14 de julio de 1925.  En 1934 Marinello aparece al frente de la Liga Antimperialista de Cuba  y de su órgano, la revista Masas.

Siguiendo un itinerario dramático, paralelo al avance de las fuerzas incendiarias de la guerra en el mundo, se reúnen en distintos puntos del planeta (Moscú, mayo de 1934); Estados Unidos (septiembre de 1934); París ( mayo de 1935); México (febrero de 1937)

Ana Suárez Díaz, Ob Cit,Tomo I, p.43

Juan Marinello. La raíz de una campaña infame. Defiende la juventud Cubana su más alta bandera. Bohemia contra Mella/s.l/,/s.f/ (material mimeografiado en poder de la autora).

Mensajes, La Habana, Año II, No1, enero de 1958, p. 28-41



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