..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 4, Nro. 199, Viernes, 26 de octubre del 2007

 

 

No hay paz para el Nóbel 
Por Jorge Gómez Barata

De no haber creado los premios que llevan su nombre, Alfredo Nóbel hubiera pasado a la historia como un ingeniero suficientemente audaz como para experimentar con nitroglicerina hasta inventar la dinamita, un exitoso empresario, propietario de fabricas en varios países de Europa y los Estados Unidos, pionero del comercio de armas, precursor de las transnacionales y uno de los europeos más acaudalados de su tiempo.

Culto y sensible, solterón, con amores más o menos furtivos, aunque sin descendencia, y dado al mecenazgo, en un encomiable acto de filantropía, legó su fortuna, más bien los intereses que generaría al invertirla en “valores seguros”, para crear los premios que con toda justicia llevan su nombre.

Los Nóbel son las más prestigiosas de las distinciones existentes,  tienen el encanto de no ser resultado de concurso alguno, por lo general quienes los otorgan suelen mantenerse en aceptables rangos de rigor y discreción y, aquellos que los obtienen son científicos consagrados a su labor, ajenos a la lucha por relumbrones y refractarios a la publicidad; la única y lamentable excepción es el premio de la paz.

Nóbel, que mantuvo en secreto su intención al punto de crear los premios mediante su testamento, que redactó en solitario, sin ayuda de notarios o abogados y sin consultar a la Corona ni al gobierno sueco, incluso  sin avisar a las instituciones a las que encomendó su entrega, fue preciso hasta el detalle.

Fue Nóbel quien determinó que su fortuna se invirtiera en valores seguros, tarea para la que contrató a Ragmar Sohman y que los intereses anuales se dividieran en cinco partes, utilizando cada quinto para premiar a los que en el año anterior hubieran prestado a la humanidad los mayores servicios.

Cada una de las quintas partes forman los premios de: Física, Química, Fisiología y Medicina, Literatura y Paz. Por su voluntad, los premios serían otorgados en Física y Química por la Academia de Ciencias de Suecia, Fisiología o Medicina por el Instituto Carolino de Estocolmo, el de Literatura por la Academia de Estocolmo y el de la Paz por una Comisión del Parlamento Noruego.

Aunque con las imperfecciones que cualquier selección implica, la entrega de los premios en las áreas científicas ha sido generalmente aceptada por la comunidad cientifica mundial, no así en el de literatura que suele generar descontentos y reservas, no tanto por a quien se entrega sino por los intelectuales que han sido omitidos.

Tal vez previendo las dificultades que su naturaleza crearía, Nóbel puso distancia entre los premios de ciencia y el de la paz, distinción que entrega una institución política noruega, denominada Comité Nóbel del Parlamento Noruego y que cada año desata una justificada polémica.

Según la letra del testamento de su creador, el premio debería entregarse a: “Quien haya laborado más y mejor en la obra de fraternidad de los pueblos, a favor de la supresión o reducción de los ejércitos permanentes, y en pro de la formación y propagación de congresos por la paz.”

Literalmente, Nóbel asoció el premio no a cualquier acción bondadosa o filantrópica, a causas vinculadas al bien común o actividades de naturaleza pacificas. Para Nóbel, luchar por la paz es oponerse a la guerra y al militarismo, trabajar por la reducción de los ejércitos y tener una militancia pacifista mediante la participación en congresos por la paz, cosa que, muchas veces los parlamentarios encargados de otorgar el premio, han pasado por alto.

Terminar una guerra enviando dos millones de soldados como hizo Woodrow Wilson en la Primera Guerra Mundial, negociar un tratado de paz para una guerra en la que se ha participado, como hizo Kissinger, respecto a Vietnam o pactar la  rendición como fue la labor de James Carter en relación con Palestina, no debieron hacer a tales personajes elegibles para el premio.

El más reciente de los desaguisados es la concesión del galardón a Al Gore, que en su calidad de vicepresidente de Bill Clinton estuvo envuelto en guerras y agresiones como las de Somalia, Haití y Yugoslavia y quien ha alcanzado notoriedad por sus conferencias, libros y sobre todo, por su documental “Una verdad Incomoda”, una brillante disquisición sobre el calentamiento global, en el que no habla de las consecuencias ecológicas de la guerra, las armas de exterminio  en masa, las bombas de racimo, el uranio empobrecido y los daños colaterales..

Puede tratarse de un buen tipo, un “golden boy”, un multimillonario que hace meritos para cumplir con lo que parece ser su destino: alcanzar la presidencia de los Estados Unidos, sino ahora, más adelante, de todos modos todavía no ha cumplido sesenta años y tiene el tiempo… y el premio a su favor.

Enviado por su autor

 

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Al Gore: un hombre para dos premios
Por Jorge Gómez Barata

Del mismo modo que apagar un incendio no lo hace a uno bombero, recibir el Nóbel de la Paz no convierte Al Gore en pacifista. Luchar por la paz es condenar la guerra, repudiar la violencia de Estado y denunciar las causas que conspiran contra la paz social, ante todo la pobreza, la discriminación y la exclusión. Un pacifista no es un predicador, sino un luchador social, categoría a la que Al Gore, con premio y sin él no llega.

El otorgamiento de los premios Nóbel a científicos y literatos norteamericanos no es noticia, desde 1901 cuando se entregaron por primera vez a la fecha, ellos han obtenido las tres cuartas partes de todos los galardones. Tampoco es novedad que sus políticos, entre los cuales es imposible encontrar un solo pacifista, hayan obtenido media docena de veces el de la paz.

El primero, en 1906 fue Theodore Roosevelt, el hombre que siendo subsecretario de marina, alistó la flota para la guerra contra España en 1898, conflicto que lo catapultó a la vicepresidencia de los Estados Unidos a cuya primera magistratura ascendió cuando en 1901 McKinley fue asesinado.

Obviamente el Comité Nóbel del parlamento noruego, que lo premió por algo tan exótico como mediar en la guerra ruso-japonesa, no indagó por qué su política exterior se denominó del “Gran Garrote” y tampoco le importaron actos tan agresivos como apoderarse del Canal de Panamá e intervenir militarmente en Cuba y República Dominicana. Cuando ya no era presidente el viejo halcón, durante la Primera Guerra Mundial, polemizó con Woodrow Wilson por no permitirle combatir en Francia al mando de una división.

Más injustificado fue el otorgamiento del premio de 1912 a Eliu Root, Secretario de Guerra de McKinley y Secretario de Estado de Roosevelt, uno de los ideólogos de la guerra contra España, de la ocupación de Cuba y de Filipinas y padre de la Enmienda Platt, engendro intervencionista que convirtió a Cuba en un protectorado gringo y le impuso la base naval de Guantánamo.

Otro presidente norteamericano que obtuvo un Nóbel fue Woodrow Wilson en 1919. Más que un pacifista, Wilson fue un pacificador que impuso la paz en Europa enviando un cuerpo expedicionario de dos millones de hombres que, al costo de 126.000 norteamericanos muertos, puso fin a la primera Guerra Mundial. Wilson fue autor del Tratado de Versalles, considerado por muchos como una de las causas de la II Guerra Mundial.

Aunque nunca se ha despejado el efecto de su plan sobre los acontecimientos posteriores, especialmente sobre el rearme alemán, en 1925 se le concedió el premio a Charles Dawes, vicepresidente de Calvin Coolidge.

Dawes no era un pacifista sino un financista que, dado que los acreedores de Alemania eran deudores de los Estados Unidos, estableció un “circuito del dinero”, encontrando un modo aceptable para el Tratado de Versalles, que impuso a Alemania reparaciones de guerra que la condenaron a la miseria y a las que se atribuyen influencias en la creación del clima que llevó a Hitler al poder y desencadenó la II Guerra mundial.

Aunque pasó a la historia como el hombre que elaboró el primer pacto de seguridad internacional que pudo ser viable y por ello en 1929 se le otorgó el Nóbel, Frank Kellogg, Secretario de Estado de Calvin Coolidge y autor del Pacto Briand-Kellogg, que establecía la renuncia a la fuerza en los litigios internacionales que, aunque fue suscrito por la mayoría de las potencias, no fue observado y no pudo impedir el rearme alemán que condujo a la II guerra mundial. Otra vez el Comité Nóbel premió a un norteamericano por idear un plan que no funcionó. 

Muerto Franklin D. Roosevelt, a quien corresponden los mayores meritos por la creación de la Organización de Naciones Unidas, en 1945 se otorgó el premio Nóbel de la Paz a Cordell Hull quien durante más de diez años fue su Secretario de Estado y el hombre que sobre el terreno condujo el proceso de negociaciones para la redacción de la Carta y el establecimiento de la ONU.

General, veterano de la Primera Guerra Mundial, George Marshall,  Jefe del Estado Mayor Conjunto durante la II Guerra Mundial y uno de los artífices de la operación de Normandía, fue galardonado con el Nóbel en 1953 cuando en realidad sus méritos como conductor militar e impulsor del plan que llevó su nombre, no incluyen el más mínimo gesto que lo defina como un pacifista.

Porque la Guerra de Vietnam conmovió a la humanidad y ponerle fin era una aspiración universal, la entrega del premio Nóbel de la Paz a Henry Kissinger en 1973, fue acogida sin estridencias. Después, cuando se han conocido los entretelones de su participación  en la conspiración para derrocar a Salvador Allende, el Plan Cóndor y la represión de las dictaduras sudamericanas, la distinción repugna.

James Carter es lo más parecido a una paloma entre los políticos norteamericanos galardonados con el Nóbel de la Paz, no obstante haberlo merecido por conducir las negociaciones de Camp David, en realidad la rendición incondicional de los árabes frente a Israel que, de espalda al drama de los refugiados, de alguna manera selló el trágico destino de la Palestina ocupada, descalifica sus meritos como luchador por la paz.

  El premio a Al Gore, más que a la guerra o a la paz esta asociado a la habilidad mediática para exponer la existencia de un problema global que el examina con profundidad y probablemente dramatiza, aunque sin deslindar debidamente las responsabilidades ni asociarlo a otros conflictos que como el desarrollo, la pobreza y el hambre configuran un cuadro más desolador que el de los osos en los polos.

No critico la entrega del premio; entre otras cosas porque pudo ser peor. No obstante, no deja de ser una rareza que por un mismo trabajo un hombre que no es cineasta ni pacifista obtenga un Oscar y un Nóbel.

Tal vez con ser un multimillonario, “golden boy” del imperio, de tantos kilates que se permite rechazar la presidencia de los Estados Unidos, es suficiente para merecer tantos premios.

Enviado por su autor

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Otra opinión sobre un mismo Nobel

Habemus Nóbel, de la ¿PAX?
Por Ingrid Storgen

En estos días el Comité Nóbel otorgó su Premio máximo a una figura controvertida, que justifica la duda que se nos presenta a algunos y algunas acerca de si no habrá habido un error y en realidad el premio sería el de la PAX.

¿Y por qué la duda? Vamos primero a destacar de quién hablamos cuando decimos Albert Arnold Al Gore:

Este señor de profesión ecologista, mediático y discutido, escribió un libro sobre el calentamiento global y los perjuicios que éste produce al planeta. Lo hizo de manera apocalíptica para que el mundo supiera frente a qué desastre se encontraba y cuales podían ser las consecuencias que acercarían al fin de los días del planeta, recordemos de paso que el capitalismo suele hacer uso del terror en todas sus formas.

Recordó que en Europa, en el 2003, murieron más de 30 mil personas por una ola de calor, advirtiendo circunspecto, que en tiempos cercanos las víctimas se contarían por millones a causa de ese fenómeno.

Su teoría dio que hablar a muchos científicos,  no vamos a entrar en ese tema que realmente no conocemos bien, pero lo que sí podemos asegurar es que toda cara tiene su contra-cara y es cuando nos encontramos con la de un personaje absolutamente nefasto, vicepresidente de Bill Clinton en 1999 y que durante su mandato estaba tan inmerso en sus tesis que “no se enteró” que impresionantes aviones norteamericanos, junto a otros de la OTAN, estaban descargando sus bombas sobre Belgrado, en una decisión que omitió el mandato de la ONU, un detalle no menor, aunque también existan dudas al respecto.

Al Gore, por otra parte, es dueño de un complejo minero en Carthage, Tennessee, que emitió 1,8 millones de kilos de tóxicos que fueron a parar al aire y al agua en cinco años.

Como corresponde a todo “héroe”, lanzó su frase célebre que quedará perpetuada para el análisis de las generaciones futuras, si no mueren antes recalentadas: “no es pecado gastar mucho dinero en electricidad, ni poseer minas de cinc, salvo para aquellos que ejercen de sumos pontífices en la religión del ecologismo y pretenden con sus sermones que todos nos convirtamos, a la fuerza si fuera menester”.

Catastróficamente, el ex vicepresidente, detalla cuánto subirá el nivel del mar cuando los hielos de la Antártida y de Groenlandia se derritan, y las terribles inundaciones que anegarán ciudades enteras situadas en las costas de los mares  que producirán, entre otras cosas, grandes desplazamientos humanos además de numerosas muertes.

De su diatriba no se salvó el África ni el Kilimanjaro, el calor ni la humedad, el moderno holocausto está en marcha para el nuevo Nóbel y el futuro de la humanidad pende de un hilo y en eso coincidimos, aunque él sea uno de los causantes de que el mañana pueda ser abortado.

Tanto ahondar en la climatología, le impidió preservar algo de humanidad, si es que alguna vez la haya tenido, no podemos omitir una tristísimo como deplorable realidad, pues al mencionar a Al Gore, estamos mencionando a uno de los partícipes del diseño y ejecución del Plan Colombia, de neto corte Militar Contrainsurgente que por otra parte es anti-ecológico y monstruoso.

Porque hablar del horror que significa el Plan Colombia, es hablar además de la fumigación con glifosato que están arrojando sobre los suelos del norte de América del Sur.

Bajo el pretexto de la lucha contra la droga grandes desplazamientos se producen diariamente en Colombia y en Ecuador y no precisamente por el derretimiento de los glaciares, sino por las aspersiones que se producen que son un atentado a la naturaleza y a la vida.

Este Plan macabro que le costó a Washington más de 4.500 millones de dólares, representa un fortísimo ataque a la ecología, un crimen sin límites y que dejará a varias generaciones las secuelas de su paso.

El glifosato arrojado contra las plantaciones de coca, que tanto beneficio le otorgara a Monsanto, es enriquecido con sustancias de altísimo poder que al penetrar más en la vegetación permite que los daños que causa se mantengan durante mucho más tiempo.

En el marco del Plan Colombia se continúa con la persecución y el crimen de los opositores al exterminio que se está produciendo día a día en esa tierra donde están naciendo niños con deformaciones y otros muriendo antes de nacer.

El Comité Nóbel no desconoce el genocidio que contribuyó a crear el nuevo galardonado, nos toca preguntarnos si es que el Premio se le otorgó por sus teorías científicas, o por el genocidio que ayudó a cometer, lo cual sería muy grave.

No hubo Premio para quien creó Universidades para los pobres del mundo, tampoco para quién sintió dolor por los marginados impedidos de ver, e implementó planes para devolverles la vista.

El Comité Nóbel no respeta a quien envía miles de médicos a los lugares más pobres e inhóspitos del mundo, aquellos que jamás hubiera pisado un personaje como Al Gore, a menos que fuera para bombardear.

El Comité Nóbel otorgó su Premio a un genocida, lo cual demuestra  la verdadera ideología de los organizadores de un acto que debería ser el máximo homenaje a quien honra la vida.

Se cambió el sentido de la palabra PAZ, acaban de instalar el Premio Nóbel al Crimen, al poder económico, a la corrupción.

Al imperio y a sus aliados, a quienes están llevando al mundo hacia límites impensados.

A los que arrastran a la humanidad, irresponsablemente, hacia la PAX de los sepulcros…

Enviado por su autora

 





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