Dr. Jorge Mañach. Una entrevista sincera

Por Octavio R. Costa

Alto y enjuto. Una gran nariz aguileña y unos labios finos. Una voz modulada y elocuente. El saber es en él tan hondo, como amplio y selecto. Se siente en patio propio lo mismo en las especulaciones filosóficas, que en las creaciones literarias. Escala una tribuna política, se levanta en un parlamento, diserta en un ateneo. Periodista y profesor, biógrafo y ensayista. Este hombre parece que lo es todo. Durante los veranos norteños alterna pinceles y cátedras. Y en Cuba sale de la Universidad para la CMQ. De la CMQ para el Diario y para Bohemia. Y entre un artículo periodístico y una disertación trabaja en el libro enjundioso en que se recoge lo más sustantivo de su pensamiento. Es un erudito y un orientador. Un pensador y un sentidor.

Entrevistarlo, acosarlo, obligarlo a enseñar lo más recoleto de la intimidad es una aventura deliciosa. Y ahí va hacia el blanco de su espíritu la primera pregunta:

Esta primera pregunta no se la hago yo, querido y admirado doctor Mañach. Es la pregunta que le harían muchos, que, desde luego, no soy yo. ¿Cree usted, sinceramente, que la filosofía sirve para algo?

Yo le podría preguntar a mi vez querido Costa, ¿sirve para algo la música, por ejemplo? ¿Sirven las "bellas letras", como antes se decía…? La filosofía es una de las manifestaciones superiores y más desinteresadas de la cultura. Vale lo que esta valga... Pero si Ud. quiere una respuesta más categórica, yo le diría que la filosofía sirve, por lo menos, para tres cosas: para ayudar al hombre a pensar a conciencia, para calmarle eso que se ha llamado "la angustia metafísica" y para auxiliarle a elegir o mejorar su estilo personal de vida... Swett philosophy, la llamó Shakespeare. Es la mejor calificación que conozco.

¿No cree Ud. que la formulación de mi pregunta está denunciando ya un especial estilo en la concepción de la existencia, muy distinto al de otros tiempos, y, en consecuencia, menos elevado y noble?

Es obviamente, una pregunta de sentido utilitario, señal de los tiempos. Pero no olvide usted que uno de los conceptos que a la filosofía se somete y que, por tanto, se halla por debajo de ella, es justamente el de utilidad, y uno de sus problemas, el de decidir si la vida debe vivirse en procura de lo útil, y no de lo apacible o lo heroico, por ejemplo.

¿Está Ud. adscrito a alguna filosofía?

¿Adscrito?... Es una palabra demasiado estática. Tengo mi manera de pensar, claro está. Pero prefiero no denominarla. Detesto las etiquetas, sobre todo las que acaban en "ismo". Y formular posiciones filosóficas en pocas palabras es imposible. Algunas de mis convicciones centrales las he expuesto en mi libro Para una filosofía de la vida.

A Ud. se le tacha de positivista...

¿Es eso una tacha…? Me parece que, a lo sumo, sería una forma de circunspección o de humildad. Yo empecé a estudiar filosofía, allá por el año 20, bajo un gran positivista: el francés Lévy-Bruhl, que estaba entonces de profesor visitante en Harvard. Me enseñó a frenar mucho mis fugas románticas y místicas... Pero la verdad es que desde entonces me han vuelto a crecer con los años las alas podadas...

¿Qué piensa usted del existencialismo? ¿Cree Vd. que deje huella en el pensamiento filosófico, o que se trata de un mero filosofar fugaz y estéril?

Me interesa mucho el existencialismo. Aunque es cierto que lo ha alimentado mucho en los últimos años la angustia de nuestra época, no hay que olvidar que viene de muy atrás, de Kierkegaard y aun de Pascal. Lo que más me interesa de él es su acento humano: su incitación a encarar la existencia concreta del individuo como dato primordial de la conciencia. Eso está ya siendo muy fecundo.

¿Cree Ud. que en Cuba haya vocación filosófica?

Nuestra historia lo demuestra. Del P. Caballero acá y salvo la etapa inmediatista del estreno republicano, la filosofía ha sido una de nuestras ocupaciones intelectuales más constantes. Quizás el cubano busque instintivamente en ella compensar su tendencia a la frivolidad y a la improvisación.

¿Qué juicio le merece la Sociedad Cubana de Filosofía?

Está haciendo una labor excelente.

Y saliendo de la filosofía, y entrando, por el momento, en el plano de lo personal, en la zona de lo íntimo, en el mundo de Jorge Mañach, ¿cuál cree Ud. que es su verdadera vocación, la más genuina y entrañable, y en la que, por tanto, está ubicada su aptitud? ¿La literaria, la filosófica, o la pictórica de sus años mozos?

Yo creo que hay una dimensión superior de la vocación que abarca esas tres que Ud. dice: la simple vocación a expresarse. Los hombres son contemplativos, activos o expresivos. Y desde luego, hay casos mixtos. Yo creo pertenecer a la tercera especie, aunque de un modo impuro. Lo que más me siento es hombre de letras.

¿Cree Ud. que ha realizado su destino de escritor?

No. He vivido demasiado en la servidumbre del periodismo y de otras cosas. Eso de que el hombre se labra su destino no deja de ser una ilusión, o mera pedagogía moral. El destino es siempre una transacción entre el temperamento y las circunstancias.

¿Qué sueños literarios le quedan por realizar?

Alguna obra de pensamiento riguroso, y otras en que descansase de los problemas y dejara soltar la visión y la imaginación: una novela, por ejemplo...

¿Tiene alguna obra en proyecto inmediato?

Estoy terminando el primer tomo de mi Historia de la Filosofía y llevo muy adelantado el segundo.

¿Cómo se las arregla Ud. para rendir tanta tarea?

Teniendo siempre presente lo corta que es la vida. A unos eso los incita a perder el tiempo; a mi, a aprovecharlo. Tengo la suerte de que me divierto trabajando.

¿Qué libros le han dejado más honda huella en su espíritu?

Me resulta difícil decirlo. Unos libros impresionan por determinadas intenciones o calidades; otros por otras. Y no siempre son los libros famosos los que más huella dejan.

¿Cuáles son sus autores predilectos?

Si me desterraran a una isla desierta con unos cuantos libros, creo que me llevaría algo de Platón, el Quijote, algo de Montaigne y de Shakespeare. Y un poco más: Emerson, Martí. Thomas Hardy, prosa de Valéry y versos de Antonio Machado. En fin: cosas que por más que se relean son siempre nuevas... Ah! Me parece que añadiría a Azorín y a Ortega, y puede que a Donoso Cortés.

Dada su vida pública, no hay que preguntarle a Ud. si los intelectuales deben hacer política. Pero, ¿cómo cree Ud. que los intelectuales cumplen mejor sus deberes cívicos: dentro, o fuera de la militancia partidista?

No dé por supuesto que yo crea que los intelectuales estén obligados a hacer política. Sobre esto no se puede generalizar. En los pueblos muy desarrollados, en que la cosa pública tiene una tradición de eficacia servida por una clase política competente, el intelectual no tiene por qué hacer política. El principio de la división del trabajo recomienda que se dedique a lo suyo. ¿Por qué se ha de meter Bernard Shaw un lo que puede hacer mucho mejor Churchill…? Pero en pueblos todavía inmaduros, como el nuestro, esa desviación del intelectual hacia la política, que Benda llamó la trahison des clercs, es consecuencia de la demasiado frecuente traición de los políticos... No puede uno cruzarse de brazos ante un país mal dirigido o mal administrado. En cuanto a la forma de acción del intelectual, creo que depende de las circunstancias. Cabe recordar aquello de Martí: “el deber está allí donde se es más útil”. Martí mismo tuvo su momento de prédica y su momento de militancia.

¿Cree Ud. en las posibilidades de la democracia en el futuro? ¿Hasta dónde, y cómo, cree Ud. que ella debe modificarse para salvarse?

Un tipo de régimen político sólo se desacredita realmente cuando, puestas en práctica las condiciones que por definición implica, se muestra ineficaz socialmente. La democracia ha funcionado satisfactoriamente en la medida en que se ha visto acompañada de oportunidades de trabajo y de instrucción pública. Crear estas condiciones es, a mi juicio, lo único indispensable no ya para salvar la democracia, sino para instaurarla. Sin eso, nunca habrá democracia genuina, sino autoritarismo o anarquía disfrazados de tal.

¿Considera Ud. posible alguna organización social que dé al hombre plena libertad y, al mismo tiempo, seguridad económica?

Ni la libertad ni la seguridad pueden nunca ser plenas. Pero se las puede conjugar en muy alto grado. El que no lo crea, puede darse una vuelta por los países escandinavos, por ejemplo.

Y viniendo al plano concreto, inmediato, vivo, de Cuba, ¿cree Ud. en la necesidad y en la eficacia de la fórmula refranera de "borrón y cuenta nueva"? Es decir, ¿cree que deben acatarse por todos los cubanos los hechos consumados y prepararse para ganar, políticamente, el futuro?

No me parece saludable tratar de sustituir lo que tenemos por medios que probablemente engendrarían, a su vez, algo similar, o tal vez peor... Lo que el país necesita es un movimiento cívico-político de gran envergadura, que se haga respetar por la calidad tanto como por la cantidad. Y cuando hablo de calidad no me refiero sólo a prestigio y honradez, sino también a claridad en las ideas, concreción en las fórmulas, eficacia en los procedimientos... No sé si eso bastaría para ganar políticamente el futuro, pero al menos serviría para irlo despejando.

¿Cree Ud. que perdura todavía en Cuba aquella "crisis de la alta cultura" con cuyo diagnóstico se estrenó el Dr. Mañach en la vida literaria del país?

Aquella tesis, aunque sincera, fue parte de una política, revolucionaria que entonces resultaba indispensable. Había que empezar por agitar el ambiente conformista cubano, denunciando rutinas y desmedros, sembrando exigencias de creación, de rigor de autenticidad. Era necesario, repito, y creo que aún lo sigue siendo. Pero ya mi enfoque no es tan simple. Creo que hay muchas razones, aparte de la “apatía” o del “poco más o menos”, para que Cuba no esté haciendo valer en su vida cultural todo el talento de que dispone. ¿Por ejemplo? La más profunda es la falta general de organicidad en la vida del país... Aquí todo, desde la economía hasta la educación, pasando por la política, está como en el aire, sin raíces, sin estructura, en una perenne provisionalidad. Esto infecta la vida de todos. El que más y el que menos vive "defendiéndose", tratando de resolver "su problema"... La cultura necesita cierto mínimo de sosiego y de perspectiva. Añada Ud. las causas más concretas: la falta de protección al libro y, en general, a toda labor creadora. Sin editores ni público, ¿cómo va a haber abundancia de novelas o de ensayos? Sin coliseos, ¿cómo vamos a tener teatro? Sin museo (el edificio que acabamos de construir ya está, me dicen, lleno de polvo y de ratones), ¿cómo va a haber arte…? Y así sucesivamente. Bastante hacemos para los estímulos que tenemos. Pero eso que hacemos no es ni la mitad de lo pudiéramos hacer.

Si Ud. fuera director de Cultura, cuyo departamento creó, o Ministro de Educación, que ya lo fue, o presidente de la República, que ojalá lo sea, ¿qué medidas fundamentales implantaría para darle a la cultura esos estímulos?

La respuesta va implícita con lo que acabo de decir. Aquí los gobiernos ponen el acento en lo material: economía, obras públicas, orden físico... Está bien. Pero necesitamos otro acento, no menos enérgico, en lo espiritual: cultura, afinamiento de las costumbres, libertad "con responsabilidad", como esa de que hablábamos hace unas semanas en el Congreso de la Universidad de Columbia. Una nación no se hace sólo de tierra y de cosas construidas sobre ella, sino también de atmósfera, de aire y luz.

¿Qué piensa Ud. de esa proliferación de universidades que le ha salido a Cuba?

He escrito bastante sobre el asunto. A pesar de los esfuerzos que algunas instituciones nuevas están haciendo por situar su enseñanza a un alto nivel, creo que hay un peligro de "poco más o menos", de burocratismo docente y de superproducción profesional. Con tres universidades genuinas, bien organizadas y equipadas, tendríamos bastante para las profesiones y la alta cultura.

¿Cómo se evitaría ese peligro que Ud. señala?

Desde luego, el problema de darle un máximum de seriedad a la enseñanza superior no puede resolverse sólo en el nivel universitario. La renovación tiene que venir de abajo, del bachillerato. Hay muchas cosas que no podemos hacer en la Universidad de La Habana porque tenemos el pie forzado de una segunda enseñanza llena de defectos... y de excesos. Por lo demás, creo que el problema inmediato de las universidades presentaría una perspectiva menos alarmante si funcionase el Consejo Superior de Cultura que estableció la Constitución del 40 y estableciera una pauta rigurosa en cuanto a capacitación profesoral, planes de estudio, equipos, etc.

Dr. Mañach: antes le pregunté si creía haber realizado su destino de escritor. Ahora le pregunto: ¿y su destino público? ¿No le hubiera gustado ser presidente de la República?

Querido Costa: ¡no me haga Ud. preguntas que me obliguen a elegir entre la hipocresía y el impudor!

Tomado de: Diario de la Marina, 5 de diciembre de 1954, p. 1 c.