Imaginarios: Revista Enigma, evocación y nostalgia

 

 

 

 

Las revistas literarias dedicadas al género policiaco suelen escasear en el revistero cubano. Esto resulta paradójico, ya que el policiaco y sus múltiples derivaciones tienen muchísimos seguidores en Cuba, ya sea en su versión literaria o audiovisual. Por ello Librínsula le dedica su dossier a Enigma* una de las pocas revistas literarias dedicadas al género en nuestro país.

En este dossier decidimos que Enigma hablara por sí misma, tras una selección de sus mejores entrevistas, artículos y reseñas  

 ¡Esperamos que lo disfruten!


Sueño y realidad

El ser humano se alimenta también de sueños. Pero sólo es libre cuando tiene la posibilidad de luchar por convertir ese sueño en algo real. Para la mujer y el hombre revolucionarios siempre hay esa opción. En Cuba está garantizada por la existencia misma de ese inmenso sueño hecho realidad que es la Revolución.

Hay sueños y sueños. Los sueños de los revoluciona­rios son renovadores, honestos y arriesgados, por lo que, para algunos escépticos, pueden parecer descabella­dos e irrealizables.

Hace años, pensar en una literatura policiaca cubana ^ era sólo un sueño. Arnaldo Correa en 1966 con los cuentos de Asesinato por anticipado e Ignacio Cárde­nas Acuña en 1969 con su novela Enigma para un do­mingo demostraron que, al menos excepcionalmente, podía haber en Cuba narradores policiacos. La revista Moneada, desde sus inicios, se ocupó de testimoniar lo policiaco, por lo que fue y sigue siendo muy estima­da por los interesados en el género. La televisión y la radio cubanas trabajaban también lo testimonial po­liciaco. Pero el sueño seguía siendo sueño. Y una par­te de la muy rica realidad cubana se estaba dejando de reflejar literariamente: la del enfrentamiento con el ele­mento antisocial y con el enemigo interno y externo, desde el punto de vista de la investigación policial y el contraespionaje.

En la década del 70 sucedió en nuestro país un he­cho que parecería insólito en otras latitudes: el Minis­terio del Interior auspiciaba un concurso literario nacional para todos los ciudadanos. Con la convicción de los soñadores, el MININT creó el Concurso Aniversario del Triunfo de la Revolución, para la literatura policiaca. Ese fue el motor impulsor y todos sabemos el resto de la historia, que hoy continúa escribiéndose.

De 1973 a marzo de 1986 han surgido treinta y cinco novelas, tres libros de cuentos, catorce de testimonios, dos noveletas juveniles y cinco obras de teatro. La li­teratura policiaca cubana, que ha trabajado las varian­tes del delito común, el contraespionaje, la narración humorística y la ciencia ficción, cuenta con más de se­tenta obras, y casi la mitad de ellas proviene del Con­curso Aniversario del Triunfo de la Revolución.

Algunos de estos libros han sido editados también en Berlín, Bratislava, Bucarest, Budapest, Buenos Aires, Copenhague, Estocolmo, Kiev, Moscú, Lisboa. Luanda, Oslo, Praga, Sofía y otras capitales del mundo.

Descripción: D:\Trabajo\Dpto. Publicaciones\Revista Librínsula\Calendario Editorial\2020\393\Imaginarios\DOCUMENTOS ESCANEADOS\Gun.jpgEntre los autores policiacos se encuentran ganadores de concursos como el Casa de las Américas, UNEAC, Edad de Oro, 26 de Julio, David y otros. Sendas nove­las policiacas ganaron el Premio Nacional de Novela 1977, Cirilo Villaverde de la UNEAC, y el Premio de la Crítica 1985.

El tiempo demostró que el de la literatura policiaca era un sueño de revolucionarios. Y los revolucionarios siguen soñando y creando.

Uno de nuestros sueños más preciados se hizo rea­lidad el 27 de diciembre pasado, cuando se constituyó la Subsección de Literatura Policiaca de la UNEAC. En­tre sus principales objetivos están realizar eventos, se­minarios y conferencias que nos permitan intercambiar opiniones e ideas y coadyuven a la solidificación y el aumento de la calidad de nuestras obras; buscar una relación directa con los lectores a través de firmas de libros, lanzamientos y conversatorios y promover la lite­ratura policiaca cubana en el extranjero.

Teniendo en cuenta estos objetivos, en 1981 presen­tamos un proyecto en la UNEAC y ahora se hace rea­lidad: el Encuentro de Escritores Policiacos-Cuba‘86. Este evento, además de propiciar el trabajo entre espe­cialistas, puede convertirse también en una fiesta lite­raria popular. Para eso hemos trabajado con denuedo.

Por su función social, por el grado de recreación que significa para el lector, por la no totalmente explotada potencialidad cultural y artística del género, todos los planes y empeños de la Subsección van encaminados a consolidar la idea de que con este tipo de literatura se hace arte.

La Subsección compromete así ética y estéticamen­te a todos los actuales y futuros autores del género en Cuba. Los buenos propósitos y los esfuerzos no bastan. Es necesaria la calidad.

Pensando así, es que soñamos con esta revista. Enigma proporcionará a los lectores cuentos, testimo­nios. fragmentos de novelas, además de información so­bre literatura policiaca, dada a través de entrevistas, reseñas de libros, comentarios y críticas. Nos propone­mos editar materiales de autores extranjeros, especial­mente latinoamericanos, para conocimiento nuestro y por supuesto, trabajos de autores cubanos a fin de pro­moverlos en el extranjero, especialmente en América Latina.

Enigma es un sueño, pero usted está leyendo el pri­mer número. Será porque es de revolucionarios soñar.

Y hacer realidad los sueños.

La Habana, Junio de 1986

 

*Todos los textos e imágenes de este dossier pertenecen a la revista Enigma pertenecientes a los Fondos Bibliográficos de la Biblioteca Nacional

 

Dentro de los Interrogatorios (entrevistas) a escritores extranjeros de renombre que realizó el quipo editorial de Enigma, estuvieron las de dos escritores del género, cuyas novelas cautivaron a miles de lectores, e inspiraron a los cultores del género en nuestro país: Yulian Semionov y Bogomil Rainov.

Nuestro Hombre en La Habana

Interrogó Luis Adrián Betancourt

  

SIN DESHACER aún sus maletas en el lobby de| hotel Habana Libre, Yulian Maxim Isaiev Semionov Stirlitz concedió esta entrevista exclu­siva para Enigma.

La pregunta que se impone es si tuvo buen viaje desde Nicaragua.

—Maravilloso. Esa es la mejor pa­labra para calificarlo. Allí conversé con Sergio Ramírez, Dora María y Ornar Cabezas. Es interesante cómo la .guerra no les impide el acto de crear una obra trascendente. Habrá quien se pregunte como pueden tra­bajar.

También la gente se pregunta có­mo puedes trabajar si viajas cons­tantemente.

—Trabajo hasta veinte horas al día circunstancialmente. También ten­go que salir a buscar fuentes de in­formación, documentos, hacer entre­vistas. Todo eso me lleva muchísi­mo trabajo. Voy a ponerte el ejemplo de Combustión, una novela cuyo per­sonaje principal es Félix Derzhinski. Antes tuve que hacer muchas investi­gaciones previas en Moscú y en la República Democrática Alemana. Y todo eso resultó muy trabajoso. Imagínate que solamente el período entre 1902 y 1905 se llevó mil cuartillas, y 600 el año 1906. Es que la vida de Derzhinski es increíble. Luego que lo tengo todo escribo muy rápido, largas jornadas, pero antes debo invertir muchas horas buscando, recopilando, analizando.

¿Combustión es una novela his­tórica?

—Siempre que se escribe sobre un personaje así el resultado es ne­cesariamente histórico, pero yo es­cribí Combustión con un claro sen­tido detectivesco. Y no tuve miedo al hacerlo. Luego recibí algunas cartas en las que me preguntaban: a ver, ¿dónde está el tema? ¿Dónde está la intriga de esta novela? Pero eso no me preocupa demasiado. Lo principal para mí es que los jóvenes en las escuelas leen mi obra y ella les sir­ve para prepararse antes de los exá­menes de Historia de la URSS.

¿Participas con ellos en experien­cias directas acerca de la relación escritor-lector?

—Esta es una pregunta compleja y hay que responderla con honesti­dad. Yo recibo muchas cartas que no sólo me solicitan sino que me exi­gen que debo estar en un lugar o en otro para este tipo de actividades. Si les hiciera caso a todas estas in­vitaciones ya no me quedaría tiem­po para escribir. Considero que lo más importante para el escritor es sentarse frente a su máquina y co­menzar un libro, luego terminarlo y comenzar el otro. Para el poeta es importante esta comunicación direc­ta y continua con su auditorio para experimentar cómo se revelan sus emociones. Pero el escritor de na­rrativa debe más bien estar sentado en su casa trabajando, como dije, un libro detrás del otro, como mínimo uno o dos por año. Esa es la natura­leza de su práctica profesional. Si el escritor se duerme en los laureles..., y nosotros sabemos comer bastante cascarita en ese sentido... puede que nos liquidemos como escritor. El escritor tiene que ser un trabajador como otro cualquiera. La única diferencia es que vive un poco más difícil que el trabajador de otras esferas. Nunca podrás precisar claramente cuándo el escritor ha terminado de trabajar y está descansando. Claro, mucha gente no cree tal cosa y nos considera unos privilegiados. Y si lo somos no será en ese sentido.

¿Haces algún plan cuando vas a escribir?

En lo absoluto. No puedo darme el lujo de perder esa libertad que tie­nen mis personajes para convertirse en seres vivos y que hagan lo que mejor les parezca. Entonces lo único que sé de ellos es lo que ellos mis­mos me han dicho, así que nada po­dré planificarles. Tampoco puedo res­ponder a preguntas como a cuál quie­ro más, porque eso también resulta circunstancial como en la vida mis­ma.

Entonces no puedes salvar a tu pro­tagonista si el enemigo lo sigue.

—¿Sabes lo que me sucedió en España? Fue por los años 70. Noté que me seguían dos tipos, indudable­mente de la policía secreta. Pero en­tonces me recogió el auto de unos aristócratas y les echó polvo en las narices. Me sentí como Maigret.

Allá te compararon con Le Carre y a Stirlitz, tu personaje, con James Bond.

Y cosas peores inventan en occi­dente. Tratan de enemistarme con los míos. Me quieren presentar como un disidente, “...la voz de un escri­tor ruso honesto que atravesó la cor­tina de hierro.” Y en la RFA especu­laron porque Semionov no utiliza a un comisario bolchevique como hé­roe, sino al fiscal general de Berlín Occidental. Entonces dicen "¡Pobre Semionov, lo espera el Gulag!” Pe­ro yo siempre vuelvo a casa, tranqui­lo y contento, voy a mi máquina de escribir, coloco la primera cuartilla en el rodillo y comienzo a reírme de ellos.

 

Misión en Sofía

Interrogó Rodolfo Pérez Valero

UNA MAÑANA de abril de 1983, mientras e| funcionario de la Unión de Escritores Búlgaros nos comunicaba que harían todas las gestiones, su sonriente rostro expresó que serían infructuosas: ese escritor no acostumbraba a conceder entrevistas, tenía mucho trabajo, últimamente se sentía enfermo, etcétera. Claro» el funcionario fue incapaz de captar la mirada de inteligencia que intercambiamos Sam y yo. Samuel, amigo e intérprete, es, además, periodista genuino, de esos que saben más de cuatro cosas. Y yo, bajo mi fachada de escritor de libros para niños y jóvenes, ocultaba mi otra identidad de "agente" de la literatura policial cubana con una "misión" en Sofía: entrevistar a Bogomil Rainov y buscar su apoyo para realizar, en Cuba o en Europa, un Encuentro Internacional de Escritores Policiacos.

Una semana más tarde, Samuel y yo dejábamos atrás fuentes y tulipanes, abandonábamos la Plaza 9 de Septiembre y llegábamos al número 10 de la calle Ruski. Cuando Bogo- mil Rainov nos abrió la puerta, culminaba así una serie de pesquisas y gestiones nada oficiales, y comenzaba |a aventura de reconocer, en este hombre con apariencia de abuelo tolerante, al creador del valiente Emil Boev, personaje que no salía de un apuro para entrar en otro, siempre en defensa de su patria. Como quiera que nos había concedido media hora de su tiempo, en cuanto nos Instalamos en la sala |e expusimos nuestro proyecto de Encuentro. He aquí sus opiniones:

RAINOV: "En muchos países se impone cada vez más la tendencia a favor de esta literatura y contra los prejuicios. Por eso considero que tal Encuentro es muy oportuno. Tanto en Cuba como en Bulgaria y los demás países socialistas, en esta literatura, junto a obras buenas puede haber otras débiles de artesanía; pero obras así las hay también en los demás géneros, no sólo en el policiaco. Así que eso no puede ser un pretexto en contra. Encuentros de este tipo confirmarían el prestigio del género, algo muy importante porque es un género político por excelencia, independientemente de si se trata de crímenes políticos o comunes. Sobre todo ahora, cuando la lucha ideológica entre los dos mundos es más fuerte, esta literatura adquiere una importancia cada vez mayor, ya que influye en un auditorio más amplio que la llamada literatura seria."

—Al final de su ensayo La novela negra usted afirma que el futuro de la novela policial está en e| socialismo entre otras cosas, debido a la necesidad de lucha en la inteligencia, o sea, del contraespionaje defensivo. Esto ha sido interpretado por algunos como que usted afirma que el futuro de la novela policial está en la novela de contraespionaje. ¿Qué puede decir de eso?

RAINOV: "Mientras existan crímenes en nuestros países siempre habrá lugar para las novelas de crímenes. En ellas se revelan contradicciones de la realidad actual: relaciones humanas, morales, etcétera, que se manifiestan en la historia de un crimen. Yo no considero que a la novela de crímenes le haya pasado su tiempo."

—¿Cómo ve las novelas de espionaje y contraespionaje actuales?

RAINOV: “En la producción occidental más reciente hay novelas donde sus protagonistas (espías occidentales) laboran en la URSS y otros países socialistas y cometen toda clase de crímenes, que ellos presentan como heroicidades. Considero que si ellos escriben abiertamente contra nosotros, nosotros podemos decir cómo estamos en contra, cómo nos defendemos. Mis héroes van a países capitalistas a frustrar sus planes contra nosotros: es autodefensa. No creo que esté mal que se vea en literatura que no nos cruzamos de brazos ante ellos."

—¿Cómo cree usted que se debe escribir literatura policiaca?

RAINOV: "Considero que Santuario, de Faulkner, es una típica novela policiaca. Le voy a explicar: no tomo en consideración ninguna ley del género, pues yo no las inventé. Autores diferentes han formulado leyes muy distintas del género. Chandler escribe muy hondamente sobre esto y dice que no se trata de bajar el nivel de la literatura para llegar al público, sino de aprovechar una literatura popular para decir al público lo que el escritor quiere. Nosotros aprovechamos una forma para decir algo importante y serio.

"La literatura policial tiene algo específico. Dostoievski está relacionado con crímenes, pero en sus obras el asesinato es algo episódico o un motivo para que continúe la acción, mientras que en la literatura policial es el tema central. Por lo tanto, ¿cómo escribir? ¿cómo Conan Doyle o como Agatha Christie? ¿Y si se trata de una novela de suspenso? ¿O es que debemos buscar la caracterización de los héroes a| estilo de Simenon? Eso lo decide el escritor. Nadie tiene el derecho de dictar al /autor cómo escribir el libro. Esto no impide que exista un género, como existe la novela de amor, la histórica y otras.”

Bogomil Rainov nos había concedido media hora de su tiempo y, entre sus comentarios, nuestras preguntas, el café que nos brindó y el improvisado intercambio de libros del cual salí enriquecido con un ejemplar suyo autografiado, habíamos consumido más de hora y media. No queríamos abusar de su simpatía por los escritores y lectores cubanos. Pero faltaba una pregunta ineludible. Y la hicimos: Si lográramos realizar el Encuentro, ¿asistiría usted?

RAINOV: "Yo saludo este encuentro y, en lo que pueda, lo voy a apoyar. Si se realiza en Cuba no podría ir porque no viajo distancias largas. Pero expresaría mi participación enviando una intervención por escrito. En caso de ser en Europa, haría lo posible por participar. Pueden contar con que haré todo lo que esté a mi alcance para ayudar a la realización de ese Encuentro de Escritores Policiacos."

 

Enigma también tuvo en cuenta a los estudiosos de la literatura cubana que dieron relevancia al  género policiaco en Cuba cuando pocos académicos de las letras cubanas lo hacían.

Un modesto homenaje

Don Félix y el Dr. Portuondo nuestros fundadores

      

HUBO UN TIEMPO, hace mucho, en que se hablaba de novelitas de detectives. Y hubo un tiempo después, pero mucho todavía, en que los quioscos de venta exhi­bían la sangre, el sexo y el terror como cosa de broma aunque eran tiempos muy serios. Y hubo todavía un tiempo luminoso más tarde, ya no tan lejano, donde las novelitas de detectives y la sangre, el terror y el sexo como cosa de broma ya no eran posibles porque todo era distinto. Y se pensó por muchos que nunca más habría literatura, con tales temas. Y unos se la­mentaron. Y otros se alegraron. Y casi todos olvida­ron que existía Poe y Dostoievsky y Walch y Conan Doyle y Hammett y Chandler y Simenón. Y casi nadie conocía a Semionov y a Bogomil, ni a los que vendrían después. Por supuesto, menos podía recordarse a “Fan­toches" de la década del 30.

Pero ya en los 40, José Antonio batía lanzas por la novela detectivesca entre nosotros. Y en el 50 hablaba de la novela policial en Hispanoamérica. Y decía que la trascendencia del género sólo podría apreciarse "en un futuro más o menos lejano... en el tiempo en que el ordenamiento social no conspire contra el indivi­duo... cuando libres ya de las dañadas raíces socia­les del crimen, no será la muerte, sino la vida quien nos revele en su plenitud la estatura del hombre".

Que no otra cosa señalaba Félix durante el Primer Concurso Aniversario de la Revolución del MININT en los 70, cuando recordaba que, "para los que habían de­fendido la tesis de que una literatura policial cubana era posible”, —contraponiéndola al curioso, singular tabú, de recia estirpe malinchista, que proclamaba sin aducir razones valederas que tal cosa era simplemen­te absurda— su aparición no era sorpresa.

Félix y José Antonio fueron los primeros Jurados de aquel histórico Primer Concurso. .Félix, no hay que decirlo, es Don Pita Rodríguez, el de "Tobías", el del "Elogio de Marco Polo", e| de los hermosos poemas de Viet Nam. José Antonio, es desde luego, el brillante profesor de teoría literaria, el de "Concepto de la Poe­sía" y "Bosquejo histórico de las letras cubanas"; es decir, el Dr. Portuondo.

Pero para todos los amantes del género y para los que en Cuba han pretendido cultivarlo en nuestro aquí y ahora, serán siempre Félix y José Antonio; los ver­daderos iniciadores de la literatura policial cubana.

Armando Cristóbal Pérez

Habana, junio de 1986 "Año del XXX Aniversario del desembarco del Granma

 

Los grandes de la época dorada del policíaco negro, Raymond Chandler y Dashiel Hammet también tuvieron un lugar en las páginas de Enigma.

 

TODO o NADA

Por Leonardo Padura Fuentes

EN REALIDAD TODO COMENZÓ en Dulwich, Inglaterra, un domingo aburrido de 1906. Aquel joven, ya inconforme y desesperante, que entonces tenía 19 años y soñaba con ser escritor, se encerró aquel mediodía pastoso en un cuarto de baño y, sentado sobre un prosaico inodoro, desgranó, verso a verso, su primer poema. Algo premonitorio había en aquella relación escatológica arte- hombre, pero eso vino a saberse mucho tiempo después, porque aquel domingo sin gloria escribió: “Cuando el sol de la tarde se inclina/Cuando los grillos sus cantos inician...”, hasta completar 50 versos, insípidos y notablemente vacíos. Tituló la obra El amor desconocido y, días más tarde, la vio aparecer en el Chamber's Journal de Londres, firmada con su nombre completo: Raymond Thorton Chandler. Y el joven fue feliz.

Sin embargo, aquel aprendiz de escritor, nacido en Chicago y educado en Inglaterra, necesitó casi diez años para comprender que había equivocado el camino (“aquellos poemas eran una maldita pose”, reconoció) y precisó otros 15 años para encontrar un nuevo sendero. Cuando esto al fin sucedió, Raymond Thorton Chandler tenía más de 40 años, una esposa (Cissy) de 60, la experiencia de una guerra mundial y la necesidad imperiosa de ganarse la vida.

Por aquellos días de 1932, recién expulsado por incapaz de su último oficio estable —ejecutivo de una compañía petrolera—, aquel hombre cada vez más inconforme y desesperado halló, quizás otro domingo de abulia, una revista barata y fea, donde se contaban historias de crímenes. Y cuenta: “Se me ocurrió de repente que tal vez podía escribir este género y ganar dinero mientras aprendía”. Para aprender, entonces, escribió en 1933 un relato, Los chantajistas no disparan y apareció en Black Mask, la revista que espacio a Dashiell Hammett para la publicación por entregas de sus novelas realistas y descarnadas y realizó, así, la primera gran revolución de la literatura detectivesca...

El aprendizaje de Raymond Thorton Chandler fue, sin embargo, tan lento, que debió escribir otros veinte cuentos, siete novelas y gastar los 27 años que le restaban por vivir, para aprender, al fin, que de alumno sin historia se había convertido en maestro e, incluso, en clásico de la literatura moderna.

AL BORDE DEL ABISMO

Nacido en Chicago el 26 de julio de 1988 y muerto en La Jolla, California, el 23 de marzo de 1959, Raymond Chandler pasó su vida al borde de la nada y, sin embargo, tocó el fondo de todo. Por eso un día afirmó que la vida es “una palmada en el hombro hoy, un puñetazo en los dientes mañana” y escribió de sí mismo: “Soy estrictamente el tipo de todo o nada, y mi carácter es una desagradable mezcla de timidez externa y arrogancia interior”. El hecho mismo de que su verdadero debut literario se remontara a 1933, cumplidos los 45 años, y que su primera novela, la que lo haría famoso y lanzaría su nombre, apareciera en 1939 —El sueño eterno— demuestra hasta qué punto Chandler estuvo coqueteando con la nada. Porque su vida anterior no es más que una suma de fracasos y frustraciones, de nadas sucesivas que fueron vanos intentos de ¡abarcarlo todo: desde sus empeños poéticos juveniles, hasta sus frecuentes expulsiones de los más disímiles trabajos, pasando por la experiencia de la guerra de las trincheras francesas. Incluso, la única relación amorosa estable de su vida fue un boleto sin retorno que te concretó en 1924, cuando Cissy andaba por los 53 y él por los 35 años.

No es raro, entonces, la vertiginosa sensación de vacío que provocan sus novelas y algunos de sus cuentos más notables, CO¬DO aquel Viento rojo que adelantaría la actitud fundamental de sus protagonistas: establecer la justicia no es siempre una victoria. Gracias a esto Raymond Chandler encontró un resquicio hacia la cumbre pie había coronado y conquistado su adorable maestro Dashiell Hammett, autor de las novelas que le cambiaron para siempre el destino a la literatura policial.

Llegado con retraso también a este terreno abonado por Hammett, Chandler consiguió, no obstante, teñir con colores más variados la violencia esencial del autor de Cosecha roja, y sus obras lograron una definición más profunda del mundo del crimen gracias a esa frustración aplastante que otorgó a sus personajes, encabezados por el cínico y amable Philip Marlowe.

La visión cáustica y atormentada de vida propuesta en esta obra literaria resulta, entonces, el todo de Raymond Chandler, su carta de triunfo, y para ella trabajó con la furia de los inconformes y la fe de un aprendiz que aprendió —y ahora sí rápidamente—que la novela criminal era un género apto y dúctil cuando se le trataba artísticamente. Así, Chandler lanzó a este mundo a Philip Marlowe, mezcla insólita de policía, gánster y Quijote moderno, para convertirlo en testigo de la degradación y la violencia, mientras su mirada de escéptico irremediable va registrando la temperatura de un medio donde un asesinato es uno más de los acontecimientos posibles y cotidianos. Para ello, Marlowe debe atravesar —como el Jesús bíblico en su día— este mar oleaginoso sin hundir los pies, y avanzar, buscando el todo.

Sin embargo, también en su día, Marlowe cayó al mar: en 1953, cuando Chandler termina su sexta y más notable novela El largo adiós su personaje se ve atrapado por un enigma que deja de ser un misterioso asesinato para convertirse en una indagación sentimental. Y es que El largo adiós fue la prueba superior de Raymond Chandler como novelista, más allá del epíteto de policial o como diría Frank Mac Shane, el biógrafo de Chandler, era “su intento de llevar la novela policial hacia los derroteros de la novela tradicional”.

Y hace unos días leí por tercera vez El largo adiós. A diferencia de un largo 90 por ciento de las obras de este género, el libro me resistió tranquilamente este tercer round e incluso, me propinó un par de golpes que exigieron cuenta de protección. Y aunque el segundo de estos encontronazos ya lo esperaba, pues a pesar de mi mala memoria —y por tratarse del viejo Chandler— recordaba con precisión el desenlace del libro, la verdad es que cuando rebasé la penúltima página y asistí a la despedida de Marlowe y Terry Lennox, el amigo extraviado e inconsistente, Chandler logró estremecerme como sólo saben hacerlo los muy buenos escritores (Salinger, por ejemplo): con un melodramatismo tan parecido a la vida, de tan buena ley, que llega a confundirse con la vida misma y uno puede comprender, entonces, por qué algo (o alguien) puede ser, a un tiempo, “triste, solitario y final”... El arte capaz de lograr eso —como en cierta ocasión dijera Chandler de Hammett—, es capaz de cualquier cosa: en manos de Chandler la novela policial maduró hasta el extremo de exigir una nueva revolución, la revolución que apunta El largo adiós, es decir, la de la ruptura de todos los cánones.

EL MAS LARGO ADIOS

Hacia la segunda mitad de los años 50, después de la muerte de Cissy y del gato Taki, después de la amarga experiencia en el mundo de Hollywood y después incluso de la publicación de El largo adiós, el escritor John Manchib White lo conoció en el hotel Connaught, de Londres, donde Chandler estaba alojado por esos días. Tras una larga charla, el muy observador Manchib White comprendió que aquel hombre viejo y cansado, desilusionado y tan escéptico como Marlowe era “un hombre extraordinariamente completo y profundamente desdichado. En su carácter no había resignación, y era incapaz de aceptar el hecho de que ninguno de nosotros, y menos aún los artistas, encuentra jamás lo que busca y ha de conformarse al final con lo que tiene y es”.

Chandler nunca se conformó y a eso debe su grandeza. Buscando el todo de su vida, un domingo llegó a la literatura policial y, aceptando sus reglas, la enriqueció, la transformó, trascendió —y ni aun así quedó satisfecho. Por eso siguió buscando hasta el agotamiento, porque en realidad se buscaba a sí mismo — yi esto tampoco lo consiguió

Al borde de la nada, como siempre vivió, murió Raymond Thorton Chandler, repentinamente enfermo después de su última gran borrachera. Tal vez quería olvidarse del todo, cesar en la búsqueda, callar al inconforme. Sólo con la muerte podía apagar el fuego de su eterna tragedia.

 

Hammett y Hemingway, dos leyendas

Por Rodolfo Pérez Valero

         Dashiell Hammett                Ernest Hemingay

Ernest Hemingway se suicidó en Idaho, el 21 de julio de 1961 y Dashiell Hammett murió el 25 de septiembre del mismo año en Nueva York, y nunca hasta ahora me percaté de la cercanía de las fechas.

Un cuarto de siglo nos separa del fallecimiento de estos dos grandes autores en los que las coincidencias van más allá de comenzar sus apellidos con "H", ser norteamericanos y haber fallecido apenas con dos meses de diferencia. Ambos nacieron muy a únales del siglo pasado. Hammett, el 27 de mayo de 1894, en Maryland; Hemingway, sólo cinco años después, el 21 de julio de 1899 en Illinois.

Ernest, a los dieciocho, entra en el Kansas City Star como reportero.

Dashiell, a los diecinueve, ingresa en la Agencia de Detectives Pinkerton. Tanto uno como el otro participan en la Primera Guerra Mundial. Hammett es licenciado por enfermedad, Hemingway al ser herido por metralla de mortero.

Hemingway publicó su primera novela, El sol también sale (Fiesta), en 1926. Hammett, la suya. Dinero sangriento, al año siguiente. En 1929, Hammett publica Cosecha roja y La maldición de los Dain y Hemingway Adiós a las armas.

El halcón maltés, de Hammett consagra a Humphrey Bogart en el papel de “duro”, y sólo unos años después se filma Tener o no tener, de Hemingway, con el mismo duro Bogart de protagonista.

Ernest participa en la Segunda Guerra Mundial como corresponsal de guerra, y Dashiell como miembro de la reserva, en el Cuerpo de Señales del Ejército.

Hammett y Hemingway escribieron para todos, fueron autores de best sellers, muy populares, a la vez que grandes conocedores de la técnica de la novela y poseedores de depurados estilos personales. Ambos escribieron de una forma nueva, con un crudo realismo que a veces, sobre todo en Hammett, nos embarra de sangre los dedos con que sostenemos el libro.

Los personajes de Hammett poseen una filosofía que el lector debe intuir. Estos héroes parecen actuar sin analizar o como si todo lo que valía la pena pensar ya hubiera sido razonado antes. La no necesidad de “pensar a la vista del lector" confiere a los personajes de Hammett una dureza implacable. Son hombres que no le temen a nada, y si le temen, no les va en gana que el lector comparta esos temores con ellos.

Sin embargo, Hemingway es explícito en la sicología de sus personajes. Todos sienten la necesidad de conocerse a sí mismos y a veces esa ansia los lleva a la muerte, siempre en aras de nobles causas. Sus personajes "piensan a la vista del lector", temen ser fusilados o a tener que suicidarse y esto los humaniza tremendamente y hace que nos identifiquemos con ellos más que con un tipo así que no parece importarle mucho que le pateen el rostro. Esa diferencia encuentra su coincidencia en que los personajes de uno y otro autor sólo se realizan a través de la acción.

Al igual que existe la imagen de un Ernest Hemingway honesto, valiente y aventurero, como sus héroes, también ciertas anécdotas nos muestran que Hammett era un "duro”, como sus personajes. Como esa, contada por John Huston, según la cual Hammett se desembarazó de un molesto borracho con un seco e inesperado bastonazo, o aquella, más enaltecedora y digna de cuando Hammett fue citado a declarar en contra de sus amigos de izquierda ante la Comisión de Actividades Antinorteamericanas y al preguntársele si era un comunista, contestó que a un tribunal burgués no hay que responderle esa pregunta.

Hamhnett es ahora una leyenda alimentada por sus libros y su propia vida. Hemingway siempre fue una leyenda, una leyenda de selvas y mares, de fieras y grandes peces, de guerras mundiales y guerras ci viles: una leyenda de lo extraordinario de la sociedad o de la vida de un hombre. Por eso quizás logró ser leyenda aún estando vivo.

Hammett, en cambio, escribe sobre la cotidianidad criminal que conoció. Sus obras reflejan a seres humanos llevados a situaciones extremas de violencia, odio, sed de venganza y, sobre todo, ambición. Pero, a diferencia de Hemingway, todo esto se da como si fuera el pan nuestro de cada día, como si al concluir la novela, la vida continuara igual de violenta, con tantos cadáveres apareciendo por ahí, con tantos revólveres a punto de ser sacados de la sobaquera.

Hemingway escribió Quinta Columna; una obra de teatro con un argumento que tiene mucho de espionaje, y Los asesinos, cuento que ha devenido un clásico de la mejor literatura policial.

Hammett es una leyenda amada, sobre todo, por los autores y lectores de obras policíacas: es uno de nuestros “escritores serios", el ejemplo a mano para demostrar que en este género se puede hacer tan buena literatura como en cualquiera.

Hammett y Hemingway tuvieron mucho en común porque escribieron honestamente sobre lo que habían vivido y conocían muy bien. Por eso, a veinticinco años de sus muertes, los recordamos. A Hammett, nuestro Dashiell. Y a Hemingway, un poco también, nuestro Ernest.

 

VARIACIONES EN NEGRO

Osvaldo Soriano

Cena de escritores de la revista Black Mask, enero de 1936. Chandler, de pie, el segando de izquierda a derecha. Hammett, también de pie, último a la derecha. Horace McCoy, sentado, segando de derecha a iz­quierda.
          Esta fue la única vez que Chandler y Hammett coincidieron.

 

RAYMOND CHANDLER y DASHIELL HAMMETT se encontraron una sola vez, durante una comida de camaradería de los ex miembros de Black Mask. Se sabe lo que Chandler pensaba de su maestro, pero no hay indicios sobre la opinión que éste tenía del autor de La da­ma del lago. Poco importa. El propio Chandler se juzgaría a sí mismo sin sober­bia ni modestia. “¿Qué otro honor puede esperar un hombre simple como yo, que el de haber tomado un género bastardo, des­preciado y haberlo convertido en algo dig­no de la atención de los críticos que hoy se pelean a muerte por él?”                                                             

Había escrito su primer cuento Los chantajistas no matan para Black Mask en 1933, el año en que Hammett publicara la que sería su última obra. Chandler tenía 45 años. Su primera novela, El sueño eterno, apareció al cumplir los 50. Continuador de Hammett, era seis años mayor que él (Chandler nace en 1888 en Chicago; Ham­mett en 1894 en Saint Mary, Maryland) y antes de dedicarse al género policiaco sólo había escrito poemas y textos periodísticos en Inglaterra, durante su juventud. Sobre el itinerario del narrador casi todo ha sido dicho por Frank Mac Shane en su minu­cioso libro La vida de Raymond Chandler y sería redundante trazar aquí una semblan­za biográfica del escritor. Más importante es saber que cuando se incorpora al equipo de Black Mask, donde publicará la mayoría de sus cuentos, es un hombre maduro, ta­citurno, solitario, casado con una mujer dieciocho años mayor que él. Ha vivido en Londres, ha conocido París y Zurich y se ha dedicado a los negocios en un pool de pequeñas agencias petroleras de Califor­nia, que quiebra con la depresión de 1929. Chandler recordará luego que al co­menzar la década del 30 había quedado fascinado por los cuentos publicados en la revista del capitán Shaw, que leía en sus in-terminables horas de desocupado, a orillas del mar. Le impresionaba, sobre todo, el seco estilo de Hammett; y sin embargo nunca lo copiará, nunca intentará acercarse a su vertiginosa escritura. En Chandler son los diálogos veloces como un relámpago, las melancólicas descripciones de los barrios de Los Ángeles, sus reflexiones sobre el acto de vivir, lo que importa. Nadie se atreverá a afirmar que Chandler construía a la perfección una historia: la mayoría de sus novelas (a excepción, quizá, de El largo adiós) son argumentos descalabrados de los que el lector prescinde rápidamente para dejarse llevar por una escritura que crea personajes inolvidables.

Philip Marlowe, el detective de Chandler, es hoy un personaje del folklore americano. Moralista, puritano, Marlowe será (al contrario de Sam Spade, o del detective de la Continental, de Hammett) un ejemplo de vida, un cruzado de la dignidad personal contra la corrupción social, un producto de la sociedad liberal de la costa Este de los Estados Unidos de los años 30/40.

Según el crítico francés Francis Lacas- sin, “la evolución seguida por Chandler al pasar del cuento a la novela se traduce en una complicación de efectos, un enriquecimiento de la técnica. Y lo que es más importante aún, una toma de distancia respecto de la estética de la novela negra”. Agrega Lacassin: “La explicación sucede al laconismo. La crónica deja su paso al análisis. La crítica social ya no se expresa solamente en los hechos, sino por el discurso. La agresividad y la brutalidad dejan lugar a la emoción y a la simpatía. La acción disminuye, las armas se calman, la muerte recula, la poesía, aparece”.

Es cierto, entre su primer cuento y la última de sus novelas hay una diferencia que a otro escritor le habría costado normal-mente una vida. Chandler lo hace entre los 45 y los 65 años.

La mayoría de los narradores alcanzan la madurez a la edad en que Chandler iba a probar suerte en Black Mask: este signo de grandeza lo opone nuevamente a su maestro: la proeza de Hammett consiste en haber compuesto toda su saga en plena juventud.

En sus Cartas, Chandler revela hasta qué punto, el hombre que escribía esas líneas se mezcla y se funde con su personaje, Philip Marlowe. Una de las buenas tareas de Frank Mac Shane ha sido la de demitificar la imagen de un Chandler intachable, Fiel a su anciana esposa, ajeno a las miserias de este mundo, y mostrarlo a veces antipático, ambicioso, colérico, enamoradizo, ridículo y casi siempre genial.

El escepticismo de Marlowe es el de Chandler, asqueado de un mundo al que está obligado a pertenecer, un mundo que él se empeña en volver más terrible aún: “Sólo conozco a mis mejores amigos por carta”, escribe, y esta patética confesión lo delata: tímido, huidizo, rechazaba a los demás para no herirlos. Y, sin embargo, toda su correspondencia es un estudio de seducción. Sometía a sus destinatarios a largas disquisiciones sobre la vida, la literatura, los gatos, la utilidad de los agentes literarios, la vida de Hollywood y otros temas que trataba con una lucidez asombrosa, criticándose y despreciándose mientras (¿en broma?) se declaraba uno de los “dos mejores escritores de los Estados Unidos” (el otro, por lo que se desprende de sus referencias, sería Hemingway) para, otra vez, observar: “Siempre fui el mejor de segunda categoría en todo lo que hice”. Su vida de escritor es la búsqueda incesante de un reconocimiento que los críticos de la época le negaron. Aún hoy, cuando algunos lo sitúan junto a Scott Fitzgerald y Faulkner, otros siguen considerándolo excelente “escritor de segundo orden”. Él hubiera sido feliz con sólo saber que sus libros le sobreviven y gozan de buena salud, como La dama del lago, reeditado y bestsetter en Argentina, 44 años después de su primera edición en Estados Unidos y Gran Bretaña.

Personalmente no puedo ocultar mi entusiasmo por Chandler, aun cuando debo decir que el Hammett de Cosecha roja me parece lo mejor que haya leído en el género. Podría agregar, claro, el McCoy de ¿Acaso no matan caballos?, o el James Caín de El cartero llama dos veces, o el David Goodis de Disparen sobre el pianista o el Henderson Clarke de Un hombre llamado Louis Beretti; o el James Hadley Chase de El secuestro de Miss Blandisch. Pero ¿quién será indiferente al encanto, a la maravillosa maestría del Chandler de El largo adiós?

Esta cumbre del género policial (de la literatura a secas), publicada en Estados Unidos en 1953, será su penúltima novela (Playback, 1958, y un magnífico cuento titulado Una pareja de escritores -a veces traducido como El lápiz cierran el ciclo), y marcará para siempre la mayoría de edad del género. Como la novela de caballería necesitó del Quijote, el policial, opuesto y complementario en la Gran Historia, necesitó de El largo adiós.

Género del capitalismo por excelencia, el policial describirá con modestia los ava- tares de la sociedad burguesa. Comienza con Poe glorificando la reflexión y la inteligencia y continúa -desde Hammett- ocupándose de la violencia y la corrupción.

Chandler muere en La Jolla, California, el 26 de marzo de 1959. Nunca pudo sobreponerse a la muerte de Cissy, su mujer: desde 1954 era raro encontrarlo sobrio y sólo el enorme esfuerzo de Helga Green, su agente inglesa, logró que convirtiera en novela un guión cinematográfico escrito en 1947 titulado Play Back.

El último año de su vida había comenzado una nueva novela en la que Marlowe aparecía casado con Linda Loring, la heroína de El largo adiós que se proponía titular The Poodle Spring Story, y de la que sólo se conocen 16 páginas.

Esos originales no agregan nada a la ¡obra del maestro. Una parte de su talento! puede verse en La dama del lago y en sus otras seis novelas. Pero es El largo adiós, ese monumento de ternura y soledad, el libro que incorporó a Raymond Chandler a la lista de clásicos del siglo veinte.

 

Las mujeres también tuvieron un lugar

en la literatura policiaca de los años 80,

y fueron especialmente prolíficas

 Masako Togawa

La señora del crimen

Interrogó ALBERTO MOLINA

Masako es una mujer que a cualquier hora del día está lista para salir a escena. Al mirarla estaba seguro de que me ha­bían dado gato por liebre y que se tra­taba de la representante de una impor­tante firma de cosméticos o alta costura japonesa.

Toda femineidad y cortesía. Posee­dora de una coqueta pero elegante son­risa. De ademanes suaves y deliciosa voz, cada gesto suyo, cada detalle de su aspecto personal están cuidados al máxi­mo.

Repito, a primera vista ella no parece ser lo que es. . . pero algo la delata. En el dedo índice de su mano derecha lleva un anillo de oro con una piedra Onix, y en el centro de ésta, a relieve, la imagen de Edgar Alian Poe.

Masako no es sólo una mujer que ad­mirar, sino también una que leer.

Estábamos en un hotel de la costa del Mar Negro, en la última reunión ordina­ria del Comité Ejecutivo de nuestra Aso­ciación. Nos habíamos cruzado saludos y muestras de simpatía, pero no pude avanzar mucho en mi “acercamiento” por dos razones de peso: su secretario, que no le perdía pies ni pisada (venía armado hasta los dientes de cámaras fo­tográficas y de video), y el idioma, pues ella no hablaba español, y mi japonés no va más allá de tres o cuatro palabras, y eso, gracias al Sbogún de James Clavell.

Asi es que le pedí a través de tres len­guas que me respondiera en su idioma pues en La Habana tenía un amigo que me sacaría de ‘apuros.

Ya con mis preguntas en la mano se despidió con un musical “sayonara” Yo cogí aire y me atreví a un “domo arigato gozaymasu” que no dejo de sorprenderle.

Teníamos prevista nuestra partida para el día siguiente por la tarde. Un par de horas antes de salir para el aero­puerto nos encontramos en el lobby del hotel.                Konnichíwa, Masako sama”.

Se rió alegremente, “Kunnichiwa, Moli­na san”, dijo y me entregó un manojito de cuartillas llenas de esos dibujitos que todos conocemos pero no entendemos, o sea, mi entrevista. Y aquí les va:

Amiga mía, ¿la literatura policiaca japo­nesa está en un buen momento?

Yo diría que sí. Como se sabe, toda obra policíaca contiene un elemento sa­ludable. Ahora bien, como resultado de una producción en masa del género, el lector japonés se encuentra en un estado de saciedad tal que casi le impide selec­cionar lo que va a ingerir.

¿Podrá mencionar sus características o tendencias en la actualidad?

Invariablemente la violencia y el sexo baratos. Por supuesto, no en todos los casos. Hay dos corrientes principales: algunos gustan de las obras al estilo de Jiro Akagawa, con su ligero toque de humorismo, y otros las que plantean genuinos problemas sociales, del género de Seicho Matsumoto, que cuenta con un numeroso público lector.1

¿Dentro del cual se encuentra usted?

Pertenezco a este último.

Usted es miembro de la presidencia de la Asociación de Escritores Policiacos Japoneses, ¿podría hablarnos de ello?, ¿cómo funciona, cantidad de miembros, etcétera. . .?'

Es una organización de autores de prestigio. Anualmente selecciona y pre­mia la Mejor Obra del Año. Publica una revista mensual que es nuestro “seguro de salud”. En la actualidad tiene 330 miembros, 30 de ellos mujeres.

Hábleme un poco de usted. Su vida, su obra.

Durante la Segunda Guerra Mundial perdí a mi padre y a mi hermano mayor en los bombardeos aéreos a Tokio y sobreviví penosamente con mi madre. En aquellos tiempos trabajé cinco años como mecanógrafa en inglés y me hice cantante. Cinco años más tarde comencé a escribir cuentos cortos que cosecharon premios. Este fue mi debut en el mundo de la literatura policiaca.

Mi segunda obra, Ryojin nikki (Diario de un cazador) me convirtió ya en una escritora de best sellers. Fui la estrella principal cuando se llevó al cine. En lo sucesivo, además de mi actividad | como escritora, mi campo de acción se ha extendido a la radio y la televisión,] soy conferencista y otras muchas cosas, j Soy lo que se llama una representativa i mujer profesional japonesa. Dirijo un “Club de la canción” y cultivo a jóvenes cantantes.

También en mi vida oficial soy miembro del Consejo Consultivo Central] de Planificación Urbana.

Tengo un hijo de diez años.

Algunas de sus obras han sido traducidas. A nuestros lectores les gustaría conocer más de su obra en general.

Han sido traducidas al inglés norteamericano Oinaru genei (Master Key) (La gran fantasmagoría), que recibió el premio Edgar de Japón, y Ryojin nikki (Lady Killer).

He escrito más de quince cuentos. Entre estos Shinkirono obi (El cinturón de espejismos), cuento de espionaje que se desarrolla en Africa, ha recibido una excelente crítica. Tengo una obra de ciencia-ficción detectivesca llamada Tomei onna (La mujer transparente). Aoi hebi (La serpiente azul) fue seleccionada entre las tres mejores obras policiacas ^ de entretenimiento por el voto de los lectores. Kiiro no kyuketsuki (El vampiro amarillo), que basa su trama en tomo al negocio de las transfusiones de sangre, fue escogido para la Antología de los diez mejores (Japón) del Ellery Queen Magazine. Ha sido traducido en la Unión Soviética y otros países socialistas europeos.

Este año, mi obra más reciente, Hi no seppun (El beso del fuego), está siendo traducida al inglés. Su argumento se inspira en un caso de delincuencia juvenil colectiva. En Japón ha tenido una buena acogida.

¿Qué experiencia ha recibido de este encuentro en Yalta?

Reunidos alrededor de una mesa, superando las barreras del idioma, escritores de todo el mundo discuten... Y me emociona ver que al final todos estamos de acuerdo. Estupendo. Ha sido un gran evento.

La viva discusión entre creadores contribuyó a la comprensión mutua entre Este y Oeste, Norte y Sur, y en definitiva, a la paz.

Me alegro mucho de haber participado, además, ha sido una experiencia inolvidable conocer a colegas de otras partes del mundo y unirme a ellos en los objetivos de la AIEP.

 

Los escritores negros estadounidenses cultores del género policiaco
no pasaron desapercibidos en las páginas de
Enigma

 

Descripción: C:\Users\JOHAN~1.BNJ\AppData\Local\Temp\FineReader12.00\media\image2.jpegLA NOCHE ESTA HECHA PARA LLORAR

Chester Himes

CHESTER HlMES (1909-1984), NOVELISTA Y CUENTISTA NORTE­AMERICANO, AUTOR DE OBRAS COMO UN CIEGO CON UNA PISTOLA Y ALGODON EN IIARLEM, COMENZO A ESCRIBIR A PRIN­CIPIOS DE LA DECADA DEL TREINTA SOBRE LA CRUDA COTIDIA- NEIDAD DE LA CARCEL DONDE CUMPLIA CONDENA, PARA DERI­VAR, POSTERIORMENTE, HACIA LA LITERATURA POLICIACA.

DEUDOR DE HAMMETT Y CHANDLER EN EL TRATAMIENTO DE LA PROSA Y LA SUGERENCIA DEL DIALOGO, ESTE ESCRITOR PONE AL DESNUDO EN SUS LIBROS LA SORDIDEZ, LA INJUSTICIA Y LA VIOLENCIA DEL GHETTO DEL HARLEM NEOYORKINO.

SUS PERSONAJES -A VECES CRIMINALES, OTROS DELIN­CUENTES-, ENVUELTOS SIEMPRE EN UNA DESENFRENADA ACCION DONDE EL SEXO OCUPA PLANOS SINGULARES, DEVIE­NEN, CON FRECUENCIA, SERES DERROTADOS POR LA CRUEL REALIDAD.

Algo irritado, Piel de ébano dejó caer su vaso de Whisky sobre la barra del bar y se volvió hacia Gigilo. Éste, de piel más clara, y gordo como un cerdo bien alimentado, trataba de contar con voz aletargada por el alcohol: “Después, sacó un cuchillo y me cortó la espalda. Lo miré, un instante nada más. Entonces él tiró el cuchillo y me golpeó en la boca con su portafolio. Lo miré, siempre sin moverme. Pero cuando ella levan-tó el pie y me tumbó a tierra, la empujé y la hice caer.”

“Mierda de negro", le soltó Piel de ébano, “si es a mí a quien hablas, ni siquiera te escucho.”

A Piel de ébano no le caían bien los negros claros. No quería en ese momento que un negro pálido le hablara, ya que esperaba a María, su amor, también pálida, para llevarla a su trabajo regular.

Gigilo bebió un trago de whisky y optó por guardar silencio. Había ruido alrededor de Piel de ébano: una risa estridente por aquí, una obscenidad por allá... Una mujer, con entonaciones duras y vulgares, decía: “Cal, me gustaría mucho que impidieras a Fofo beber tanto.” Más allá se escuchaba el ronroneo monótono de un hombre que se lamentaba: “Aposté al 632 y es el 642 el que sale." Había repetido estas palabras un centenar de veces. “Oh, ella no da nada a este ticket”, gritaba una voz joven y fuerte, queriendo atraer la atención. Una rocola en el fondo de la pieza berreaba una canción ronca, típicamente negra: “¿No hay nadie que quiera comprar...?”

El espejo de detrás de la barra repetía el rostro turbio de Piel de ébano y ese rostro era el más negro entre la ristra de figuras morenas o pálidas que se alineaban a lo largo del bar.

Los adornos extendían una luz dulce sobre la “élite” sentada. El humo de cigarros subía en volutas azules hacia el techo a través de la luz tamizada, mezclándose a los efluvios del whisky, de perfume de ocasión y sudor de negros. Los cuerpos se rozaban, haciendo subir vestidos de color violeta sobre piernas bien formadas. Uñas con lacas escarlatas relucían como brillantes gotas de sangre sobre los vasos de whisky, y los rostros claros de mujeres con los cabellos lacios parecían máscaras polvosas, salteadas de bocas rojas como heridas, le dijo; luego se detuvo delante de su “negro” y se inclinó sobre él, como un regalo, disfrutando de la ropa ajustada sobre la curva voluptuosa de sus caderas.

Los ojos saltones y llenos de manchas de Piel de ébano recorrieron la fachada salitrosa del hotel Majestic, del otro lado de la calle. Su mirada se detuvo por un instante sobre cada mujer de piel clara. En la esquina de la siguiente calle, allí, en la avenida central, entrevió a una muchacha de piel clara que se introducía en un auto verde; pero un tranvía ruidoso le interrumpió su visión. Se pellizcó los labios rojos y los humedeció con la lengua. Y echó a correr, a pesar de sus pies planos. Un coche pitó y, rechinando los frenos, evitó golpearlo; pero él no se volteó siquiera. Un Chofer de taxi lo insultó al pasar. Él cerró los dientes enseñando un poco las encías, pero la expresión irreal de su rostro no cambió.

De vuelta a la derecha, en el Majestic, pasó ante un dandy de piel morena que acompañaba a dos mujeres ya viejas y pintarrajeadas, y, trastabillando, se detuvo en la esquina de la calle. El coche verde se olvidó del rojo del semáforo y arrancó en un gemido de caja de velocidades, dejando atrás un olor de caucho quemado.

El auto arrancó tarde. Piel de ébano alcanzó a ver la alegre inquietud de María y el perfil de un chofer nervioso encorvado sobre el volante, un negro pálido. Por sobre su espalda, Piel de ébano vio las luces del coche ir desapareciendo a lo lejos, fundiéndose con la noche. Se quedó allí, balanceándose en la oscuridad sobre sus pies planos. El blanco de sus protuberantes ojos se había cubierto de una red de venillas rojas. El sudor perlaba su cráneo brillante y su rostro demudado, haciendo relucir su negra piel.

Se dio vuelta y, sin dudar, buscó un taxi. Ya había visto antes a María con esa rata pálida. Detuvo un taxi, entro" al auto y mostrándole qué dirección seguir, le ordenó al chofer: “A fondo el acelerador, cabrón.”

El chofer obvió el sobrenombre que le acababan de adjudicar, y el automóvil cimbró hacia adelante, ganando toda la fuerza de sus ocho cilindros. Piel de ébano se inclinó nervioso hacia el conductor y esperó a que el velocímetro llegara a 80 antes de hablar. “Hay una limusina verde allá alante, a la que hay que alcanzar”, dijo, y añadió; “Si lo consigues, te ganas una buena recompensa.”

El chofer, un minúsculo muchacho moreno de cuerpo desarticulado, le devolvió una sonrisa de puros dientes y se aferró al volante. El taxi aceleró hacia el semáforo en rojo de Cedar Avenue a 110 por hora, sin ni siquiera frenar un poco, rebasó a los coches detenidos y se abalanzó justo en el momento en que el semáforo cambiaba a verde. En Camegie, brillaba la roja y el taxi, con el valor del ruido de su bocina, cruzó temerariamente.

“A la derecha, al hotel Euclides”, ordenó Piel de ébano. Sus labios le colgaban de tal manera que se podría creer que estuvieran vueltos del revés. Piel de ébano hizo una apuesta, se arriesgó a su intuición: esperó que su mulato buscara la protección de sus patrones blancos. Era ya la única oportunidad de encontrarlos, pues el auto verde había desaparecido.

El chofer frenó y se asomó, buscando de reojo un policía eventual. No lo había, y tomó la curva a discretos 80. No sabía siquiera si el semáforo estaba en verde, amarillo o rojo. La aguja del velocímetro parecía seguir la numeración de las calles: 150 en la avenida 50, 170 en la 70... Ya iba a 180 cuando el pasajero le ordenó: “Da la vuelta ahora.”

María descendía del auto verde frente al Regis, donde trabajaba como sirvienta. Apenas escuchó el rechinar de los neumáticos sobre el asfalto y echó a correr como loca.

Piel de ébano avanzó rápidamente a pesar de sus pies planos y la atrapó justo en el momento en que estaba a punto de saltar hacia la escalera que conducía al hall del hotel. Sin decir una palabra, y tomando impulso, le dio una bofetada con toda la mano derecha. Después le golpeó el pecho con la izquierda, y con el balance del cuerpo, le regaló tres derechazos en el rostro. Golpeaba como un loco.

Ella cayó de bruces y él le rompió la boca con su rodilla y la acabó de tres patadas rápidas y viciosas. Piel de ébano se ahogaba; la saliva escurría de su boca trémula, y su rostro, enrojecido por el neón del alumbrado, parecía una roja pelota.

Sus ojos vagos ya nada veían. Como de milagro, el panamá seguía sobre su redonda cabeza, más blanco que nunca. La boca del hombre, en medio de su cara negra, era como una herida sangrante.

María estaba pidiendo socorro. Lloraba y suplicaba: “No me mates, Piel de ébano, mi amor, mi nido de amor, mi hombre, mi amor. María te quiere, mi amor. No me mates, te lo suplico, no mates a *» pequeño amor, María...”

El hombre de piel pálida había salido del auto y los seguía con lentitud. Se había detenido indeciso, sin saber si volver al auto y huir. No podía soportar la visión de Piel de ébano golpeando a María a patadas. Bruscamente, recordó que había trabajado allí como portero y pensó que los blancos tomarían partido por él contra un maldito negro, extraño en el lugar. Avanzó sobre Piel de ébano y, con voz educada y perentoria, le exigió: “Para ya de golpear a esa mujer, maldito negro.”

Piel de ébano, el rostro descompuesto, giró hacia él. De una fría mirada juzgó a su adversario. “No te mezcles en esto, estúpido negro mal blanqueado”, le previno. “Esta es mi mujer y a ti no te importa.”

El mulato, estimulado por la aparición de dos blancos en la entrada del hotel, dio un paso adelante y golpeó a Piel de ébano en la boca. Este sacó su navaja de un bolsillo y, a cuchilladas, dejó como un alfiletero al mulato, quien no tardó en caer. Los dos blancos no tuvieron tiempo ni de bajar la escalera. Intercambiaron una mirada y avanzaron sobre Piel de ébano, pero él se deshizo de ellos y, corriendo siempre a pesar de sus malditos pies planos, consiguió llegar hasta la esquina, justo antes del arribo del coche de la policía.

Oyó la voz histérica de María que gritaba: “Amenazó a Piel de ébano con su revólver, lo disparó. Lo vi hacerlo.”

El estalló en risas, satisfecho. Ella todavía le pertenecía.

Tres disparos de pistola sonaron detrás suyo, rompiendo limpiamente su risa. Los policías empezaron a tirar sin más. Sabía que para ellos él era el enemigo y lo querían matar. Se detuvo en medio de la luz de un restaurante Clark, inmóvil, con las manos en el aire, sin siquiera darse la vuelta.

Los policías lo llevaron a la garita y lo golpearon hasta que su cráneo no fue ya sino una herida sangrante, de la nuca j a sus ojos saltones.

“Piensas que puedes venir a jugar con tu navaja hasta en Euclides, ¿no es cierto, maldito negro?”

Más tarde, los jueces lo condenarían a la silla eléctrica.

Si esto lo afectó, no lo mostró durante su estancia en la pequeña celda de los condenados a muerte. Sabía que esa muchacha de piel clara y bonitas piernas era suya, de cuerpo, corazón y alma. A lo largo del día se podía escuchar su fuerte voz hablando con otros prisioneros, burlándose de los guardias, contando chistes. También hablaba de cosas bonitas dé vez en cuando: “Saben, María y yo estuvimos juntos en Nueva York ! este invierno. Gané once mil dólares en un juego de dados y le compré un abrigo de foca.”   

Todo el día relucía su risa triunfal.

María venía a verlo tan seguido como se lo permitían. Le llevaba pollo frito y sus labios cálidos y rojos. Ella le ofrecía una larga sonrisa, y unas pequeñas manchas amarillas aparecían en sus grandes ojos café llenos de amor. Se podían escuchar de lejos las propuestas amorosas de Piel de ébano, seguro de sí mismo. La llamaba su “pequeño amor”, y su risa triunfal resonaba. Todo el día...

En la noche, empero, cuando ella se iba, cuando las celdas estaban oscuras y el lugar de los condenados a muerte silencioso, se veía a Piel de ébano acurrucado en el fondo de su cubículo. Pensaba en ella, que estaría tal vez en los brazos de otro negro. Lloraba dulcemente. Y sus lágrimas saladas dejaban surcos brillantes sobre el negro de su rostro.

 

Y qué decir de la ciencia ficción policiaca, hibridación de ambos géneros que ha dado obras literarias y cinematográficas espectaculares.

El sencillo arte de matar… en el futuro

por RICARDO POTTS

“Tengo una definición muy personal
para el género de ciencia-ficción:
El hombre sumido en el laberinto
de sus creaciones debe salir a la luz del día.
Adivinar los futuros posibles,
basados en las posibles máquinas que asumirán
las filosofías de la humanidad en formas concretas,
es el cometido ele la ciencia-ficción.
Y preferirla mejor adivinar las reacciones del hombre
ante las máquinas del futuro,
 que adivinar las máquinas mismas ”

Ray Bradbury

Según afirma José Antonio Portuondo, la novela policial es “la novela de nuestra edad”, porque reúne características esenciales que gustan al lector contemporáneo: Plantea un enigma, ofrece elementos de información para solucionarlo y lo resuelve por medio de la lógica. En cierto sentido, esta descripción podría ajustarse a muchas obras de ciencia-ficción. Primero, porque en esta época del átomo, la electrónica y la cosmonáutica, la ciencia-ficción es precisamente la narrativa de nuestra edad, la que “pretende dar una respuesta literaria a los cambios científicos, respuesta que puede abarcar la escala completa de la experiencia humana”. Segundo, porque en esta narrativa se plantean con frecuencia enigmas concretos, relacionados con problemas científicos o seudocientíficos, y a menudo el investigador —profesional o aficionado casual— es una especie de detective que debe recolectar y procesar diversos elementos de, información para esclarecer el problema. Estoy hablando, desde luego, de la ciencia-ficción clásica, pues algunas tendencias en esta literatura se apartan bastante de esa definición, como k opereta espacial y la espada y brujería, que requerirían por sí solas vanos ensayos.

Pero volviendo a k novela policíaca, y puestos a buscar puntos de contacto entre él y la ciencia-ficción, puedo mencionar otros significativos: Ambas surgen a finales del siglo XIX, sufren un proceso de desconocimiento y rechazo por los literatos tradicionalistas, y se les negó insistentemente un lugar entre k literatura “seria”, llamándoseles despectivamente “géneros marginales”, “subgéneros” o “subliteraturas”. Ambas han sido acusadas con mayor o menor frecuencia de ser “evasionistas”, y alrededor de tal criterio se han tejido innumerables polémicas y controversias que no podrían reseñarse en este espacio. Pero lo más importante es que, a pesar de todo esto, los aristócratas de la cultura no han tenido más remedio que admitir una realidad: Los libros de ambas narrativas se mantienen en los estantes de las librerías mucho menos que un merengue a la puerta de un colegio cuyos alumnos estuvieran a dieta forzada sin carbohidratos.

Descripción: C:\Users\JOHAN~1.BNJ\AppData\Local\Temp\FineReader12.00\media\image3.jpegHasta aquí las similitudes que recuerdo. No voy a señalar las diferencias porque seguramente quienes no estén de acuerdo con esta tesis podrán encontrar bastantes. Sin embargo, con lo ya señalado puede perfilarse otro criterio que también puede prestarse a polémicas: ¿Era inevitable que tarde o temprano k ciencia-ficción y la literatura policíaca se fundiesen en un género híbrido? Dejo el problema de la inevitabilidad para quienes tengan tiempo de dilucidarlo, pero lo cierto es que el hecho viene ocurriendo con frecuencia desde hace años, y este número de la revista Enigma lo confirma plenamente.

El padre de esta criatura se llama Isaac Asímov, conocido del público por su novela El Sol Demudo. En esta obra y en otra anterior (Las Cavernas de Acero), Asímov logra conjugar un elemento clásico de la ciencia-ficción —el robot humanoide— con la trama de la novela policíaca. Curiosamente, él mismo relata que escribió la primera novela en 1953 precisamente para demostrar que era factible crear un híbrido de ambos géneros, y la segunda sólo rompa con las reglas de la trama policial. A tal sospecha podría responderse que los escritores policíacos pudieran hacer lo mismo, pero en su lugar emplean una técnica confirmada e incluida entre las reglas del juego escritor-lector: Echan mano con gran elegancia a hechos que plantearon antes con cierto descuido y luego resultan vitales para la solución del problema, incluyen pistas falsas para desorientar... y sin embargo, no engañan al lector. Todos los elementos de la solución están presentes en el relato, y son las pequeñas células grises del lector las encargadas de armar el rompecabezas.

Desde ese punto de vista, Asímov no sólo se atiene a las reglas, sino que también coloca a sus protagonistas en situaciones muy difíciles. En El Sol Desnudo, el detective trabaja en el medio más hostil que pueda haber enfrentado policía alguno en la historia: Un planeta en el que no se puede interrogar personalmente a los testigos, sino por televisión. No hay huellas digitales, ni médico forense, ni inspección del cadáver o la escena del crimen. El mismísimo Sherlock Holmes se las hubiera visto negras para salir del paso, pero Elias Bailey resuelve el problema con el recurso -más tradicional del género: su razonamiento lógico, y hasta Hércules Poirot hubiera quedado satisfecho al saber cómo el policía del futuro empleó sus células grises.

Pero la mejor creación de Asímov ha sido la contrapartida del detective aficionado actual:                El doctor Wendell Urth, extraterrólogo, un “especialista en asuntos extraterrestres” que, además de encubrir un discreto homenaje a John Dickson Carr (Dr. Fell-Dr. Wen¬dell) tiene todas las características de las mejores obras del género: El estudioso a quien suelen acudir los policías cuando sus pobres células grises no. dan con la solución de asesinatos misteriosos, y que además resuelve el enigma —como el Dr. Fell y Ñero Wolfe— sin salir de su casa. Por cierto el Dr. Urth está colocado en una posición más difícil que el obeso investigador de Rex Stout, pues si bien ambos comparten la fobia a los medios de transporte, el Dr.' Urth investiga y resuelve crímenes ocurridos dentro y fuera de la tierra, cuando él mismo jamás ha abandonado el planeta, por temor al viaje espacial.

Otro de los recursos que Asímov aplica con éxito es la trampa final que se tiende al asesino contra el cual no hay pruebas concretas, como en Las Campanas Armoniosas y Estoy en Puerto Marte sin Hilda. En esta última narración, especialmente, logra mezclar el clásico problema del contrabando con una trama deliciosamente picaresca —el detective debe resolver rápidamente el enigma para poder reunirse con su amante— una chica que “maneja muy bien la gravedad menos cuatro” —antes de que llegue su esposa de la tierra.

El propio Asímov ha enumerado los principios generales de novela policíaca de ciencia-ficción: No hacer surgir aparatos nuevos ante el lector para resolver con ellos el enigma: no tomar ventaja de la historia futura para introducir fenómenos explicativos al final: y aplicar .cuidadosamente todas las facetas del ambiente futuro con la suficiente antelación para que el lector tenga oportunidad razonable de ver la solución. En otras palabras, el uso de los recursos tradicionales de la narrativa policial en un ambiente de ciencia-ficción sin el abuso de elementos seudocientíficos que vulneren la lógica interna del relato.

El único punto negativo en la obra de Asímov —como en la de muchos escritores norteamericanos— es que su concepción del futuro se plantea dentro de estructuras sociales y económicas muy similares a las del capitalismo actual, e inclusive exacerbadas. Desde mi punto de vista, tal reflejo del mundo del mañana lejano un mundo con gigantescos avances científico-técnicos —no se corresponde con las leyes científicas del desarrollo de las sociedades. No puedo creer en un futuro donde el viaje interestelar sea algo cotidiano, pero los hombres continúen padeciendo los mismos males que en la actualidad. En tal sentido, la visión de Asímov puede interpretarse como pesimista, si bien algunos la consideran alertadora de los posibles peligros a que puede conducir el uso desmedido de la ciencia y la técnica en manos de gente sin escrúpulos.

Tras los pasos de Asímov han continuado otros muchos narradores, más numerosos de lo que piensa el público, que a veces no recibe suficiente información sobre toda la ciencia-ficción contemporánea, omisión que deberá subsanarse algún día. Por ahora, en este número de Enigma encontrarán varios botones de muestras, algunos prácticamente desconocidos. En cuanto a la producción del área socialista, se ha publicado poco en español —con excepción de ediciones como las de Antologías Acervo—.

En Hispanoamérica los narradores cubanos han realizado incursiones muy ‘breves y escasas en este híbrido, siendo la más conocida la novela Confrontación, de Juan Carlos Reloba y Rodolfo Pérez Valero. Puede mencionarse también Un instante de sol, incluido en este número, de Chely Lima y Alberto Serret, cuento que considero una verdadera obrita de arte por su original manejo de la distorsión espacio-temporal (traslado en el tiempo) para contribuir a la solución de un crimen. Recientemente, hemos podido leer la novela Amor más acá de las estrellas de Rafael Morante (Premio David 1984), quien nos ofrece el suculento plato de un crimen extraterrestre en plena Habana, con todas las reglas de arte policíaco tradicional y en un ambiente que mezcla la ciencia-ficción con elementos criollos de la cotidianidad cubana. Esperemos que los narradores latinoamericanos continúen por este camino tan poco explorado en la literatura hispanoamericana, donde sin duda podrán seguir aportando —como en la novela policial— su visión e idiosincrasias nacionales.

Para terminar, unas palabras sobre el cuento de Asímov que figura en esta breve antología. Se trata de una verdadera joya inédita en español, cuya traducción terminé a la carrera para poder incluirla en este número:             Evidencia,

escrito con anterioridad a todas las demás obras policíacas del autor. En éste cuento, Asímov emplea magistralmente sus famosas Tres Leyes de la Robótica, introduciendo un elemento nuevo en esta narrativa; el robot humanoide en el papel de fiscal ¿Podrá realizar esa delicada función con mayor eficiencia que un ser humano? El autor soluciona muy bien el dilema, pero nos queda en el fondo cierto regusto amargo al pensar en los problemas actuales (ambición, egoísmo, politiquería) que se extrapolan al futuro. Sin embargo, esta sólo es una faceta de las muchas que ofrece la ciencia-ficción.. El cosmonauta Vitali Sevastianov opina que esta narrativa es “una investigación profunda del hombre y no de la técnica, el estudio literario de cómo será el hombre del futuro”.5 ¿Será un juguete en manos de la suerte ciega, un apéndice de la máquina, un salvaje pertrechado de tecnología moderna? ¿O será una criatura sabia y generosa, dueña del tiempo y el espacio, capaz de construir un mundo armónico y salir de los límites de nuestro Sistema Solar para conquistar las estrellas, creando un universo donde podríamos decir definitivamente adiós a las armas y la violencia? Deseo fervientemente que ésta última sea la respuesta del mañana, porque por ese futuro luchamos hoy en día, y de nosotros mismos depende que sea más sabio y más justo. Porque como dijese Konstantín Tsiol- kovski, “Cada ser racional es un combatiente por un porvenir más luminoso, por el dominio de la razón en el universo”.

Notas:

1. En tomo a la novela detectivesca —Juan Atonio Portuondo, La Habana, 19S1.
2. Prólogo a Estoy en Puerto Mane Ma IfBde, Arte y Literatura, La Habana, 1974.
3. Idem.
* Idem.
5. Nuevas órbitas de la ficción Revista Sputnik, Mario 1981.

 

El cine policiaco no necesita presentación. El séptimo arte ha legado obras antológicas de referencia obligatoria. En sus reversos de portada, Enigma tuvo un lugar para las mejores películas del Cine Negro.

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El comic nunca ha dejado de ser uno de los medios donde el policiaco ha tenido un lugar privilegiado, aquí les dejamos El corazón delator, de quien es considerado uno de los padres de policíaco moderno, Edgar Allan Poe en una espectacular versión en historieta publicada por Enigma

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Portadas de los números de Enigma disponibles en la Sala Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí

Imágenes de la 1-9

      
     
     

Enigma, como todo sueño, tuvo que despertar a la realidad de su cierre editorial a finales de la década del 80 del siglo pasado. Sin embargo, un cierre editorial no significa el fin de un sueño, no perdemos la esperanza que los nuevos cultores del género, un día no muy lejano, retomen la iniciativa de crear una nueva revista literaria dedicada a ese género fascinante que es el policiaco en todas sus múltiples variantes.