Dulce María Loynaz, la poesía infinita


En el aniversario 105 de su natalicio

 El Jardín infinito

  Por Alberto Edel Morales Fuentes
   

106 años pueden ser un tiempo largo, más si son años que transcurren en un pueblo nuevo, como es el cubano, cuya historia visible sobrepasa apenas el medio milenio. En los modos en que esa identidad se conforma y en el lugar que en ella ocupan sus escritores pesan mucho entonces esos 106 años. Tal el caso de Dulce María Loynaz, una autora de culto a la cual el siglo XX cubano vio llegar, permanecer y crecer  en medio de todo tipo de vaivenes, siempre desde una personalidad y una obra singular.

Hija de una familia de abolengo, cubana de raíz, y rodeada de hermanos a cual más creativo, Dulce María supo ser ella misma y hacer que su voz perdurara en el tiempo y la memoria, asociada a las grandezas de sus íntimos, pero siendo ella misma y proponiendo el filo de su mirada en cada cosa que hizo o escribió. Eso la hizo permanecer y la hace crecer hoy día en el ánimo de los lectores, ese fiel en la balanza de todas las escrituras, allí donde otros autores tienen problemas para mantener intensidad con el paso de los años.

Me ha tocado inaugurar y dirigir, desde el 5 de febrero de 2005, el Centro Cultural que lleva su nombre en La Habana, en esa esquina de 19 y E, que es referencia para tantos. Casa que habitó en los últimos 50 años de vida, hasta su desaparición física en 1997. Tal destino me ha permitido adentrarme en algunas de sus maneras y tratar a algunas personas que la conocieron de cerca o fueron sus confidentes en algún momento. Me ha permitido, sobre todo, entrar poco a poco a ese estilo de transparencia envidiable, con el cual su obra alcanza a dialogar con todos los lectores posibles para una sensibilidad afinada y avisada.

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