A 50 años de su muerte. Amelia Peláez y el poder del artista de organizar sus emociones

Por Leonardo Depestre Catony

“En una mañana como hecha por sus pinceles −transparente de aire fino, viciada de luz– murió la mariposa de los colores cubanos. De niña la llamaron Amelia, de joven era Amelia Peláez, de adulta volvió al Amelia, singular e inconfundible como su obra, porque los cuadros también se nombran amelias”(1). Así escribió en 1968 Fernando G. Campoamor, un gran olvidado del periodismo y la cultura cubana.

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