Nombrar las cosas

Un genio niño, con muchos sueños

Por: M.Sc. Vilma N. Ponce Suárez

(Al periodista Guillermo Cabrera Álvarez)

Una tarde se asomó a la puerta de nuestra oficina y nos saludó sonriendo. Por su piel muy blanca y los ojos azules que se descubrían tras sus espejuelos me pareció extranjero. Era el periodista Guillermo Cabrera Álvarez, quien asumía a partir de ese momento la dirección del Instituto Internacional de Periodismo “José Martí”. Muy pronto se ganó la confianza de los trabajadores, con quienes conversaba amigablemente durante algunos minutos del día. En esas pláticas disfrutamos de su capacidad para combinar las ideas de manera ingeniosa, a veces salpicadas de humor y refranes. A menudo lo visitaban sus amigos, muchos de ellos jóvenes, y percibíamos que compartía con ellos de igual a igual. Guillermo tenía el don de desvanecer los distanciamientos generaciones y profesionales.

En el rol de periodista se manifestaba su interés especial por el diálogo directo con los lectores. Nos hablaba con complacencia de la revista Somos Jóvenes, que fundó en 1977, y donde incluyó la sección “Mi carta”, mediante la cual intercambió por varios años con jóvenes de todo el país. Tiempo después creó la columna de correspondencia “Abrecartas”, en el Granma; y en Juventud Rebelde “La tecla ocurrente”. En ocasiones, Guillermo nos comentaba sobre los próximos temas que abordaría en estas dos últimas secciones. “Abrecartas” era un espacio de significativa responsabilidad, porque recibía las misivas que la población enviaba a la Redacción, exponiéndole sus inquietudes relacionadas con la vida socioeconómica del país. Apoyado por un equipo de investigadores del diario, Guillermo indagaba sobre esas problemáticas, y les ofrecía después respuesta en las páginas del periódico, o personalmente.

En la etapa que comenzó a trabajar en el Instituto, la Unión de Periodistas de Cuba tenía el propósito de transformar este centro en una escuela de superación profesional de excelencia para los periodistas nacionales y de Latinoamérica. Con ese objetivo, Guillermo abrigaba entre sus planes la restauración y remodelación del inmueble, una vieja casona de la Avenida de los Presidentes ubicada en el Vedado habanero. En sus proyectos incluía la creación de laboratorios de idioma inglés y computación; así como, el acondicionamiento de un hueco existente en el jardín, para convertirlo en un lugar agradable, donde los estudiantes, amigos y lectores pudieran disfrutar de la buena música y la lectura de poemas. Parecían sueños irrealizables en un contexto difícil, en el que se intensificaban los efectos del Período Especial. Sin embargo, no solo se materializaron esas ilusiones, sino que también logró fundar un hostal, para hospedar a los periodistas extranjeros que asistirían a los cursos de postgrados, talleres y eventos convocados por el Instituto. Le nombró “El costillar de Rocinante”, aludiendo a la frase que el Che Guevara escribiera en la carta de despedida a sus padres en 1965. Ante mi incredulidad inicial al escuchar sus aspiraciones, Guillermo me instaba a imitarlo. “¡Prende tus sueños de la estrella más alta!”, me dijo en una ocasión.

Varias veces subió al Pico Turquino desatendiendo sus problemas de salud. En una de esas aventuras estuvo al borde de la muerte. Una vez recuperado y de regreso al trabajo, nos recibió con su sonrisa habitual, y aseguró que de nuevo volvería a las lomas. “Sonríe siempre, para que tu sonrisa contagie a los demás y sea para todos”, escribió en una postal que me regaló por mi cumpleaños. Sin embargo, hubo días que llegaba taciturno, y sus compañeros respetábamos su silencio.

Tenía mil anécdotas interesantes para contar relacionadas con sus experiencias personales o con la historia de Cuba. Le apasionaban las personalidades de Camilo Cienfuegos, Pablo de la Torriente Brau y Ernesto Che Guevara. Incluso sobre el primero publicó los libros “Hablar de Camilo” y “El hombre de las mil anécdotas”. Uno de sus últimos proyectos era escribir sobre Vilma Espín, a quien admiraba por su labor a favor de los derechos de la mujer cubana.

Poco tiempo antes de su fallecimiento, Guillermo le dedicó al Che “La tecla ocurrente”. La inició con una hermosa expresión: “Los grandes hombres – y las grandes mujeres-, deben tener solo fecha de nacimiento, porque nunca cierran el ciclo de su vida”. En esos días hablaba con entusiasmo sobre un concurso que convocó desde Juventud Rebelde, en el que los lectores debían dar respuesta a la pregunta ¿En qué te acompaña Che en tu vida cotidiana? El pensamiento que regaló ese jueves en su sección era de Mark Twain: “Nunca dejes que los que no sueñen te hagan cambiar”.

“¡Los niños somos criaturas mágicas!” fue la frase con la que Guillermo finalizó la tarjeta de felicitación. Y así lo recuerdo, como un niño genio, que con su magia hizo realidad muchos de sus sueños y los de sus incontables amigos.

  • Estados Unidos de América visto a través de tres intelectuales cubanos. Una síntesis
    Por: Alejandro Zamora Montes

  • La crítica en José Martí
    Por: Astrid Barnet

  • Un libro que todo amante de la enología debe poseer
    Por: Alejandro Zamora Montes

  • Un libro para una Revolución
    Por: Nuriem de Armas