Imagen tomada de https://burlingtonwritersworkshop.com

Nombrar las cosas

Tres lecciones que aprendí sobre ser escritor con Charles Bukwoski

Por: Johan Moya Ramis

Es difícil recordar cuándo fue que Charles Bukwoski (1920-2020) entró en mi vida. Creo pensar que fue por el año 2003 o 2004, cuando yo daba mis primeros pasos –torpes- por los talleres literarios. Bukwoski y yo comenzamos con “el pie izquierdo”. La sensación tras las primeras lecturas de sus cuentos fue de rechazo –su poesía llegaría más tarde a mis manos. La abyección y crudeza de sus historias hería mi bitonga sensibilidad de cristiano recién salido del nido eclesial protestante, al cual le había dedicado parte de los mejores años de mi juventud. 

Pero la vida y el tiempo son un encanto y le callan la boca a cualquiera. Mi convicción impertérrita de querer ser escritor me llevó a vivir durante la veintena, unos años que no puedo calificar de otra cosa que Bukwoskianos: novias, enredos sentimentales, un trabajo que no quería, alcohol, reproches familiares, un par de broncas que no llegaron a mayores, lágrimas en la soledad, un primer matrimonio fracasado, la lista continúa… También hubo buenos momentos, y un poco de luz al final del túnel. 

Uno de esos rayos luminosos de luz, fue el encuentro con la poesía de Bukwoski lo que me hizo poner patas arribas aquella sensación de rechazo inicial, y comprender que sus cuentos y novelas constituían el poderoso contorno del núcleo duro de su obra: la poesía. En este sentido agradezco el libro El estudiante del infierno –que se sepa, el único del autor editado en Cuba- bajo la curaduría editorial de Víctor Fowler Calzada, en cuyas páginas  leí ese espectacular poema titulado “Cómo ser un gran escritor”, que muchos de mi generación veneran. 

“Cómo ser un gran escritor” marcó mi vida más allá de la literatura, al mismo tiempo, redimensionó mi visión de Charles Bukwoski, porque encontré –y esto me sucedería con muchos poemas suyos- a un hombre de una autentica y profunda dimensión escatológica de la existencia, provisto de una sensibilidad casi infantil, depurada por el sufrimiento y el dolor de un luchador que no admitía la posibilidad de la derrota. 

Esa fue la primera gran lección de mis lecturas de Bukwoski: no hay garantías de que tengas éxito como escritor, y mucho menos fama. El mismo Bukwoski reconoció en una entrevista que su opción de pasar hambre por dedicarse al trabajo literario fue “un disparo en la oscuridad”. Por eso el escritor debe hacer de su trabajo “una pelea de pesos pesados”, pero sin asumirlo con el halo trágico del fracasado llorón que tanto etiquetan en las películas. Lo cual significa que ser un escritor, es también vivir con las pequeñas cosas de la vida con intensidad y libertad: el sexo a tu manera, evitar aquellos lugares repletos de falsas promesas de redención, disfrutar del pelaje de tu mascota, el sabor de la cerveza y la música de preferencia, y al mismo tiempo, saber que el aislamiento, las notas de rechazo y el éxito ajeno de los coterráneos no es otra cosa que la gasolina para mantenerte en pie en el ring sin tirar la toalla.

La segunda lección es que un escritor es un demiurgo de su propia obra ante el desafío de la cuartilla en blanco. Su mayor incertidumbre como creador es intentar reescribir con efectividad aquel verso inigualable con que arranca la Biblia y que tanto perturbaba a William Faulkner: “En el principio, creo Dios los cielos y La tierra”. 

Además, asumirse un creador literario –o de cualquier otra manifestación artística- es tener conciencia de que para crear universos hay que romper con los pequeños mundos de mediocridad que tratan de lastrar al creador. En especial, el primer mundo que tiene que cuestionar el creador es el suyo propio y eso tiene un precio que no todos los mortales están dispuestos a pagar. Porque en el precio pueden ser la perdida –temporal o definitiva- de personas y cosas a las que les habíamos conferido una importancia especial, incluyendo nuestra propia familia. Bukwoski lo hizo. Lo apostó todo a la literatura y ganó, no con luces ni candilejas, sino desde la humildad de quien sabe que al final del camino nos espera un espejo velado con una pregunta, quizás la última y definitiva. 

La tercera lección: tu vida es tu vida, como dijera el autor de Pulp y Mujeres en ese otro poema espectacular titulado “The Laughing Heart” No importa cuántas fuerzas adversas existan; incluso puedes sentir que eres un zombie por el mundo, pero si aún tienes la energía suficiente para creer en ti, y crear desde el fondo del abismo, los dioses, cualesquiera que estos sean, te esperan para deleitarse en ti. No se trata de que seas un genio, sino de que mientras más trabajes en lo que crees, más luz tendrás en el camino, y no existe una fuerza en este mundo que pueda con la perseverancia de un creador, aunque esté muy seguro de sus errores. Lo que hagas con los resultados, dependerá de lo que esté hecha tu alma. Porque ese es el legado de  “los perros viejos, que pelearon tan bien: Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun. –y el propio Bukwsoki- si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas como te está pasando ahora, sin mujeres, sin comida, sin esperanza… entonces no estás listo”.