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Entrevistas

Entrevista a Víctor Fowler Calzada

Alejandro Zamora Montes

Víctor Fowler Calzada es uno de nuestros intelectuales orgánicos más acuciosos e inquietos. Poeta, ensayista, promotor cultural. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén y Premio Alejo Carpentier de Ensayo, entre otros lauros. Autor de volúmenes como La Maldición, Historia del placer como conquista, Malecón Tao, El extraño tejido, Conversaciones con un cineasta incómodo, la cuestión del perdón, entre otros. Ha ofrecido charlas en universidades latinoamericanas, estadounidenses y europeas. En esta entrevista el equipo editorial de Librínsula intenta realizar un acercamiento a una faceta poco conocida de Fowler: la de conocedor profundo de la Bibliotecología y sus alcances.

Víctor ¿qué entiendes conceptualmente por una Biblioteca y sus alcances? 

‘Biblioteca’ es palabra derivada del griego “biblion” (libro) que, según nos enseña esa obra mayor que es el “Breve diccionario etimológico la lengua castellana”, de Joan Corominas, forma compuesto con “(`théke` (caja), la que a su vez deriva de “títhemi” (coloco). Entonces, una biblioteca es un lugar donde son colocados libros. Por su parte, si me atengo a la Vigésima primera edición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (v15.0), una biblioteca es, en su primera acepción, “la institución cuya finalidad consiste en la adquisición, conservación, estudio y exposición de libros y documentos. Al empaque, o seriedad, de estas dos definiciones, prefiero agregar la maravilla creativa de José Lezama Lima quien, en el ensayo “La biblioteca como dragón”, deja caer esta frase: “la biblioteca como una “sobrenaturaleza”. Como ves, si uno piensa o unifica la triada, entonces la biblioteca es la suma de la tradición que la constituye, sus extensiones presentes y un modo de soñar lo que se encuentra más allá del punto en que nos hallamos hoy, lo que se halla en el futuro o lo que nos trasciende.

La biblioteca es un depósito de cultura viva de la humanidad (préstese atención a que he suprimido el artículo). En el caso de la biblioteca pública, un espacio (real y fabular) en el cual conviven personas, personajes, historias, acontecimientos y creaciones de todas las épocas de la existencia humana y desde todas sus ramas. No por casualidad empleo el adverbio ‘desde’, sino porque deseo inducir la imagen de una confluencia de ríos, fuentes, corrientes, diversos aguaceros de cultura en un océano inmenso. Todo está allí: en la biblioteca, en los libros y demás documentos. El error, la limitación, es tratar esas cantidades apabullantes como si descansaran en congelación, muertas, pues -contrario a ello– en las bibliotecas todo dialoga y conduce en dirección a sorpresas inesperadas. Basta con llegar a las puertas, caminar dentro, solicitar libros y leer.

Ah, pero en el caso de las Bibliotecas Nacionales, el intercambio de las cosas vivas (su conversación, bullicio o escándalo) es todavía más intenso. La enorme masa de conocimientos y vida que habita en los estantes necesita encontrar lectores; tiene que salir, contaminar, confrontar, multiplicarse y eso sólo es posible cuando la institución manifiesta una voluntad, un activismo (que no es sino amor en estado máximo) respecto al conocimiento, la Historia, la cultura universal, los libros, los lectores, la sociedad y, en general, la humanidad.

Esto, que suena a poesía, se traduce (de manera básica) en que las bibliotecas combinan: tareas de búsqueda y adquisición de documentos; tareas de procesamiento técnico y colocación ordenada de estos; tareas de atención a usuarios y puesta en servicio de los documentos; tareas de preservación de documentos y estas otras tres que terminan de dibujar la vocación humanista de la institución: la educación de usuarios, la promoción cultural (de los fondos) y la extensión cultural. Así, la biblioteca, metafóricamente hablando, “toma” de la sociedad, resguarda, cuida, conserva, pero siempre devuelve. Es un pulmón de la sociedad a la misma vez que uno de sus interlocutores. Por cierto, y para concluir esta parte, en la misma medida en la que el conocimiento y, en general, la cultura humana ha encontrado otros portadores además del libro (grabaciones musicales, partituras, audiolibros, obras audiovisuales, Cd’s, DVD’s, discos duros, etc.), las bibliotecas han incrementado su capacidad de recepción e integrado a sus fondos todos estos documentos. O sea, que también para estos últimos vale lo dicho hasta aquí.

En un encuentro de amigos, compartiste miembros del equipo de Librínsula que en las grandes crisis y los momentos históricos complejos (guerras, epidemias, etc.) las únicas instituciones de producción de conocimiento que no deben cerrar sus puertas son las universidades y las bibliotecas. ¿Por qué tal aseveración?

Desde que empecé a trabajar en la Biblioteca Nacional “José Martí”, y durante los años en los que permanecí en ella, fui un privilegiado. La biblioteca es el sueño de cualquier lector y en la casa de mis padres, en esa colección de fotografías que las familias conservan en el estante o maleta dedicada a las memorias, hay una imagen mía en la que estoy, con sólo cuatro años de edad y expresión centrada, sentado, con un libro en las manos, en la escalera que lleva a la azotea. La Biblioteca era mi sueño y más cuando se trataba de la Nacional, esa a la cual mi padre me llevaba de niño; debe haber pasado casi medio siglo y todavía recuerdo, por ejemplo, cuando leí allí “El país de las sombras largas” y “Las fieras de Kumaón”. O cuando, años más tarde, en la sala de música, escuché por primera vez (en un disco hecho en Rumania) música de la India y del Tibet. O el primer encuentro con la poesía surrealista francesa, más tarde todavía, equivalente a un golpe de martillo en el centro mismo de la cabeza.

Todo esto dice que estaba viviendo un sueño cuando me vi trabajando en la Biblioteca Nacional y, para colmo, en el muy recordado “Departamento para la Información de la Cultura y las Artes”, junto a un grupo de especialistas de primerísimo nivel al que dirigía Margarita León. De allí pasé a la Sub-dirección Metodológica, dirigida por Sara Escobar y donde compartí con profesionales del calibre de Emilio Setién, Miriam Bendamio, Dania Condi o Luisa Pedroso, quien entonces era mi jefa directa. De todos aprendí, pero la experiencia más enriquecedora la tuve gracias a la interacción directa con la Marta Terry, la Directora de la BNJM; esto sucedió cuando pasé a trabajar como especialista del Programa Nacional de la Lectura (al que llamaré, en lo adelante, PNL) que, en la estructura del MINCULT, se encontraba ubicado en la Biblioteca Nacional.

El Programa era un pálido reflejo, un recuerdo que apenas superaba el nombre, de lo que había sido la glamorosa Campaña Nacional por la Lectura, asociada al nombre mítico del poeta Raúl Ferrer, grande entre los promotores culturales cubanos y una leyenda cuya fama venía de haber sido Coordinador de la Campaña Nacional de Alfabetización. A mediados de los años 80 del pasado siglo, Ferrer había encabezado una Campaña Nacional de la Lectura que electrizó al país; pero, una década más tarde, el impulso (tal y como pasa con cualquier “campaña”) había decaído, el viejo equipo de especialistas se había deshecho y de la antigua marea de acciones apenas quedaba el archivo de fotos y recortes de periódico. En esas condiciones tuvo su inicio mi trabajo en el Programa que, al no tener como tal “equipo”, prácticamente componía sólo yo como especialista; de esta forma, me tocó trabajar directamente con la persona sobre quien recaía la responsabilidad sobre lo que el PNL pudiera hacer, la Dra. Marta Terry, Directora de la BNJM.

Mi escuela real fue el trabajo con ella y las infinitas horas de conversaciones que mantuvimos (a veces no tan dulces y en muchísimas ocasiones cuando el horario de trabajo había terminado). Marta sostenía que la biblioteca pública es, por esencia (junto con la Universidad) el lugar donde confluye la totalidad del saber universal, tanto de nuestro presente como desde los orígenes de las civilizaciones. La biblioteca asimila ese todo y todo está relacionado: la Química nos lleva a la Biología, la Biología a la Literatura y está a la Historia. La explicación para la victoria o derrota en una batalla está en la biblioteca, en los libros, pero también el conocimiento necesario para diseñar la próxima nave cósmica o para hallar la cura de una enfermedad terrible. El bibliotecario es un engarce entre semejante cosa enorme y la sociedad, y esa era mi función. Yo era el especialista del Programa Nacional de Lectura y a mí me tocaba acercar las personas al libro, entender qué intenciones de conocimiento tenían (latentes o expresadas), cuáles deseos, cómo leían y para qué, qué dificultaba el acercamiento a los fondos de la institución e imaginar los modos de superar tales barreras. Y hay siempre dos cosas que destaco para mi caso particular: prácticamente no tuve horario ni plan de trabajo rutinario, sino tareas que cumplir y estas no pocas veces fueron desafíos, en ocasiones cargados de ironía. Unas pocas líneas y un estímulo para pasar horas hurgando en páginas de revistas profesionales y libros, obsesionado con la idea encontrar respuestas sobre el acto de leer. Lo otro que gusto destacar es la enorme cantidad de oportunidades que me fueron ofrecidas para comprender y desarrollar, crear, desplegar acciones de promoción cultural de todo tipo; valga decir que -basados en la idea de que la clave de la promoción cultural en la biblioteca es que el programa de actividades redunde en un “consumo” de los fondos más amplio y profundo– organicé presentaciones de libros, lecturas de poesía, descargas de trovadores, exposiciones, coloquios, etc. O sea, fui un “promotor de la lectura” que actuaba como “promotor cultural” en su sentido más amplio. Entre los eventos que con más cariño recuerdo están: la Jornada de Jóvenes Trovadores que durante tres noches organicé en el Teatro de la BNJM; los dos Coloquios de Investigación sobre la obra de José Lezama Lima que allí también organicé; la Semana de Matanzas en la BNJM, proyecto que reunió escritores, poetas y pintores convocados y promovidos por la Biblioteca Provincial de aquella ciudad. Este último proyecto, en cuya raíz se encontraba la idea que teníamos de la unidad entre “promoción de la lectura” y “programa cultural”, fue concebido para que las bibliotecas provinciales fueran presentando, de modo paulatino, lo más destacado de la cultura en los territorios en los predios de la BNJM. 

Cuando digo “basados”, con uso del número plural, es porque absolutamente todo cuanto hice en la institución fue en consulta y diálogo permanente con Marta. Digamos que no sólo las “actividades”, sino el libro La lectura, ese poliedro, el manual de promoción de lectura que escribí hace veinte años, con el deseo de compartirlo (en primer lugar) con mis compañeros del Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas; el diseño que hice para una investigación que, dedicada a los hábitos de lectura, debía de ser aplicada en todas las bibliotecas del Sistema; y el diseño que hice para un Diplomado sobre Promoción de la Lectura que, se suponía, debía luego ser “replicado” como un Curso y así los contenidos llegarían hasta el nivel de los municipios. La idea de estimular la existencia simultánea de un Manual, una investigación nacional, un Diplomado y un programa de actividades ilustra la forma en la que opera el pensar estratégico. De hecho, debo agregar algo más, una acción que -aunque desarrollada en los momentos en los que el nuevo Director de la BNJM era ya Eliades Acosta– corresponde a los proyectos que pensé junto con Marta; me refiero al Primer Encuentro de Jóvenes Bibliotecarios, evento que es la verdadera clave de todo cuanto intentamos impulsar. Lo simpático es que organicé aquello y creo que nadie se preguntó (o, al menos, no me dijeron) por qué un simple especialista en promoción de la lectura organizaba y conducía todo un encuentro de bibliotecarios jóvenes que no estaba centrado en la promoción. La respuesta es tan simple como que el especialista en promoción estaba pensando, diseñando y actuando con la intención de identificar a quienes iban a poder ser desarrollados como los futuros líderes del Sistema Nacional de Bibliotecas; o sea, asumiendo que la amplitud del contenido que abarca y la vocación prospectiva que hay en el diseño de los programas de acción para la promoción de la lectura (y, en general, cultural), nos permite emplearla como una herramienta política en la transformación de la institución. Repito que, aunque efectuado en el período del nuevo director, aquel fue mi homenaje, después de que ella ya no estaba allí, al diálogo sostenido con Marta. Y lo otro, mi historia personal importa menos que debatir el concepto que animaba todas aquellas acciones que -a nombre de la promoción de la lectura– realizamos y pensamos. Eso es lo que puede producir beneficios.

A lo antes dicho es importante añadir que los proyectos de promoción de la lectura – no importa el sistema político o país del cual estemos  tratando-  son acciones de modelación social; elegimos los documentos, extraemos lo que queremos destacar de ellos, elogiamos determinadas actitudes ý rechazamos otras, solicitamos la opinión de lectores o, en general, públicos: construimos subjetividad y pensamiento crítico. Desde este punto de vista, la promoción de la lectura y, en general, cultural deben ser entendidas como un conjunto de gestos  cuidadosamente diseñados para intervenir en la sociedad y orientar el desarrollo."

Las nuevas tecnologías de la informática y las comunicaciones reconfiguran la vida de las sociedades modernas y se emplean para expandir la creatividad humana. Hoy escuchamos términos como Homo Digitalis, Bitcoin, Streaming, Videojuegos, Web Semántica, Big Data, Bibliotecas Hibridas y Digitales, Humanidades Digitales, Internet de las Cosas, entre otros. En medio de una memoria histórica que oscila de modo frágil entre soportes y programas informáticos que se tornan obsoletos a velocidades alucinantes, pérdidas de grandes volúmenes de información y sectores generacionales que sufren de analfabetismo informacional, tecnológico o funcional… ¿Cómo desarrollar un pensamiento dialéctico que arroje luz acerca de qué información es efímera o perdurable, y cuáles podrían ser las políticas inteligentes aplicadas por nuestras bibliotecas en tal sentido.  

Hay que entender las bibliotecas como algo, sea esto espacios o unas estructuras, infinitamente más complejo que lugares donde se guardan y preservan libros. Para empezar porque, como ya dijimos, acogen los más diversos “portadores” de información y de cultura; diversos porque, además de los que antes mencionamos, podríamos sumar esos documentos particulares que son manuscritos, incunables, mapas, colecciones de recortes, afiches, anuncios, tarjetas de presentación, etc. Para entender esa amplitud, ayuda la segunda acepción de la palabra ‘documento’ en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (en su Vigésima Primera edición); allí se expresa que el documento es el: “Escrito en que constan datos fidedignos o susceptibles de ser empleados como tales para probar algo”. Por ello, en la misma medida en la que el tiempo ha pasado, se han ido diversificando eso que llamé “portadores de información y de cultura”, y la propia pregunta sobre qué tiene valor documental se ha profundizado, las bibliotecas han incrementado el alcance de sus colecciones. 

La maravillosa complejidad del trabajo bibliotecario, que hace de la profesión -más allá de aburrimientos y rutinas– un paraíso de encantamientos, está en la combinación de tres verdaderos mundos o niveles; cada uno de ellos con prácticas, exigencias y leyes propias. En el primero de tales mundos son albergados las operaciones que van desde la selección y adquisición del documento, hasta su colocación en estantes o gavetas después de haber sido clasificado, indizado, entrado en base de datos y marbeteado. Los libros necesitan ser procesados según normas técnicas (procesos técnicos) que permitan, más tarde, localizarlos, ponerlos en manos del usuario y devolverlos al lugar exacto de donde fueron tomados para garantizar la posibilidad de un próximo ciclo (servicios al público). Un ciclo que, numerosas veces, tiene -en el papel de usuario– a personas que desconocen las posibilidades de la institución, los procedimientos de búsqueda de información e incluso equivocan lo que piden; entonces, la institución necesita de un bibliotecario con amplia cultura, capaz de establecer conexiones entre los más diversos campos del saber, con profundo conocimiento del contenido de los fondos del lugar y sus potencialidades, al tanto de los eventos más significativos de la vida social en el país y en el mundo, y con un conocimiento total de las interrelaciones entre las diversas áreas de la biblioteca. Es decir, hay que sentir la biblioteca como un organismo vivo y cada una de sus áreas o departamentos en conexión vital con el resto.

Un segundo mundo o nivel aparece cuando recordamos el catálogo, esa estructura básica, el corazón de las búsquedas de información. Aquí, como en una enciclopedia, palabras y conceptos nos llevan a otras palabras y conceptos en un viaje infinito. El catálogo se hace más rico en tanto más refinado y extenso sea el sistema de referencias cruzadas que es dable establecer a partir de cada documento; así, cada vez más, nos enfrentamos a un fascinante tejido que hace de la búsqueda y recuperación de información una suerte de viaje maravilloso o paseo de detective por un reino de encantamientos. Por cierto que nada de esto es posible si antes no ha habido un trabajo de procesamiento de alta calidad profesional; es decir, que aquí, tanto entre quienes procesan como en quienes brindan servicios al público, se necesita de bibliotecarios con alto conocimientos técnicos, elevado nivel cultural y -en el caso de los últimos- de altas habilidades comunicativas.

Pero nuestro tercer mundo o nivel aparece cuando nos preguntamos si nuestra función social, como bibliotecarios, se limita a esperar a que las personas se acerquen a la institución solicitando información; es decir, si la institución es un organismo donde se pasa el tiempo recolectando y procesando información, girando así sobre sí misma hasta que un actor externo (el usuario) llega y la “activa”, o es ella misma un sujeto participante en el diálogo social de su lugar y tiempo, aportando de manera continua ideas y apoyando procesos. Entonces, nuestro tercer nivel es todo lo que corresponde, la enorme cantidad de formas, en las que la Biblioteca digamos que “envía” información y cultura hacia el medio que la rodea, la sociedad concreta en la que se encuentra inserta; esto se obtiene gracias a ese otro enorme abanico de acciones que forman la política de publicaciones de la institución (página web, ediciones y otros acciones de comunicación pública), su programa cultural y su trabajo de extensión cultural hacia la comunidad que la rodea. Y aquí, por tercera vez, se necesita ese tipo de profesional del cual hablamos: un intelectual, un humanista.

Cuando hablé de tarea como especialista del Programa Nacional de la Lectura me refería a que -tanto Marta como yo– entendíamos que mi trabajo tenía que ser: comprender toda esta multiplicidad de niveles y sus interrelaciones; develar la complejidad del acto de leer, de las actividades de promoción y -sobre todo– las particularidades del pensamiento estratégico que se demanda para diseñar programas de promoción de la lectura a largo plazo. Por eso, en mi caso, tuve aún otras dos ventajas: crear mis propios planes de trabajo (que muchas veces eran saber todo, averiguar todo, conversar mucho y leer, de manera incansable, sobre la profesión y sus cambios: en Cuba y en el mundo) y el estímulo/desafío increíble que Marta me lanzó: “¿Sabes por qué eres el único que no tienes plan de trabajo? Porque yo necesito que tú pienses con veinticinco años de anticipación…” O sea, conocer lo que pasa, lo que está sucediendo en el mundo, lo que se supone que vaya a ocurrir y -sobre esta base– trazar proyecciones y proponer cambios. La idea, completamente revolucionaria, de esta manera de pensar y trabajar, es que la promoción de la lectura es el área prospectiva del trabajo bibliotecario y la que articula (en atención a la sociedad) el trabajo técnico, el de servicios y la promoción misma. Además de ello, a medida que la profesión fue creciendo en el tiempo y las sociedades, los usos de la tecnología en las bibliotecas y las posibilidades para la comunicación humana se han hecho más complejas y diversas, con mayor claridad la promoción de la lectura ha quedado perfilada como el lugar donde descansa la vocación filosófica humanista que anima a la profesión bibliotecaria, desde donde se hacen las preguntas que engloban la totalidad. Esto, sin lugar a dudas, hace de la promoción de la lectura una zona de saber nueva e interdisciplinaria por esencia.

Cualquier día puedes leer una noticia en la cual una persona u obra es canonizado; de hecho, si piensas en las actuales redes sociales, es algo que sucede a diario. También se ha tornado común que muchas de las canonizaciones obedezcan a intereses mezquinos o efectivos, que carezcan de contenido creativo y cultural que las respalde. Sin embargo, en cualquier sociedad hay dos espacios que ponen en otra categoría los procedimientos y consecuencias de la legitimación; estas instituciones son la Universidad y la Biblioteca (en especial, las nacionales). Cuando un autor u obra entra al currículo de estudios (no de manera episódica, sino permanente), podemos decir que es parte del canon en la disciplina que sea; ninguna legitimación tiene mayor peso que esta, ni una condecoración, ni un artículo en la prensa, ni un programa televisivo. Nada es superior a la obligación, para un conjunto de estudiantes (quienes encarnan el desarrollo futuro de una nación) de “pensar” una obra o figura; y resalto el verbo “pensar”, en sus sentidos más hondos, porque la Universidad es un espacio de y para el pensamiento. En este sentido, lo otro que se encuentra a este nivel (y, tal vez, hasta algo más elevado, si se le considera de forma metafórica) es el tipo de legitimación que otorga el sistema de bibliotecas públicas de un país, en especial su Biblioteca Nacional; aquí debemos convenir en que, cuando una institución bibliotecaria homenajea, reconoce, distingue una determinada personalidad, obra creativa o acontecimiento la resonancia de la propuesta es proporcional al territorio (local, municipal, provincial o nacional) que constituye su ámbito natural. La biblioteca “habla”, propone, tiene una voz y cuando quien lo hace es la cabeza del sistema, entonces se dirige tanto al país como al mundo. Como mismo ocurre con el paso de obras, figuras o eventos a los currículum de estudios, estas son ofrecidas para ser disfrutadas, analizadas, conectadas con el resto del canon y para ser “pensadas”; sin embargo, la legitimación en el espacio bibliotecario es particularmente “fuerte” porque se realiza en contraste y articulación con los decenas de miles de documentos que forman los fondos de la institución. En términos pragmáticos, esto significa que el contraste y la articulación, comparación, oposición o diálogo, es realizado con o contra el resto de la cultura humana desde sus orígenes; esa es la grandeza simbólica del acto.

En cuanto al hecho de que la Biblioteca, según su esencia, nunca cierra, es algo que deriva de la producción y circulación del conocimiento. Puesto que no hay desarrollo sin conocimiento, conocimiento sin investigación e investigación sin consulta de documentos, es por completo elemental que reunir los documentos, clasificarlos, conservarlos y ponerlos luego a disposición de aquellos que necesiten su consulta es una prioridad social. Y la Biblioteca no cierra nunca porque es en la consulta e investigación de fuentes documentales que se produce la renovación de las ideas y son encontradas las nuevas soluciones a problemas; la inmensa mayoría de los descubrimientos e invenciones va precedido de años de lectura en bibliotecas y archivos, no importa si mediante accesos presenciales o virtuales. Es casi como si se tratara de una ecuación para situaciones de crisis: “mientras más adentrados nos encontramos en la crisis más necesario es el conocimiento para encontrar salidas; mientras más conocimiento precisamos más urgente es utilizar la biblioteca”. Si alguien interviene y dice que hoy día, gracias a las nuevas tecnologías, la biblioteca es menos visitada, responderé que no hablo específicamente de la edificación, sino de “lo bibliotecario”; es decir, la aplicación a la masa de documentos de todo el saber proveniente de la información científico-bibliotecológica sin importar si nuestra consulta es presencial o virtual.

Has mencionado tres fenómenos que toca ubicar bajo el manto de la actual revolución digital, la pérdida de cantidades masivas de información, el analfabetismo digital y las decisiones sobre qué conservar o no; entonces, siguiendo tal línea de exposición, les podemos oponer: la recuperación de cantidades masivas de información, las campañas de alfabetización digital y las decisiones de Estado sobre políticas de conservación. Los Estados pesquisan el presente e intentan comprenderlo hasta en sus detalles mínimos para, con esa masa de información, calcular, proponerse pronósticos, intentar adelantarse a los escenarios venideros, diseñar los mundos del futuro, así como los caminos para adentrarnos en estos y las alternativas que luego tendremos allí. La información es algo tan complejo que, luego de la entrada en la Revolución digital, no podemos retornar al tiempo de la cultura analógica, pero tampoco olvidar las debilidades de los soportes digitales que hoy conocemos. La acumulación de documentos “únicos” en un solo lugar (por ejemplo, los fondos de una biblioteca) trae aparejado, junto con su excepcionalidad, el riesgo de que los documentos desaparezcan por causas tan diversas como incendios o plagas. Es claro que esto fortalece las propuestas de “salvación” (y garantía de supervivencia para los materiales) mediante digitalización y son más que numerosos los ejemplos contemporáneos de documentos que han sido salvados gracias a tales procesos, ya sea mecanuscritos, libros, partituras, mapas, grabaciones musicales o películas. Al mismo tiempo, la fragilidad de los portadores digitales obliga a instalar grandes y costosos sistemas de protección, al mantenimiento de copias de respaldo actualizadas para la información que en tal formato se procesa y guarda, así como a la existencia de grandes masas de información distribuidas en copias en diversos puntos de la geografía. Aquí también son grandes enemigos el fuego y las plagas biológicas, pero también la debilidad de los componentes (de los discos duros, por ejemplo), los fallos eléctricos o los eventos que provoquen magnetización. Por tal razón, esto a lo cual llamamos el homo digitalis también implica un salto en el cuidado de la información.

En cuanto al “analfabetismo digital”, es evidente que la respuesta está en acrecentar (y acelerar) los procesos de “alfabetización digital” en todos los escalones de la sociedad, pero sobre todo en las escuelas; una alfabetización que, a las alturas de las posibilidades de hoy, no sólo incluya (como hace un cuarto de siglo) habilidades básicas en el manejo de ordenadores y un rango estrecho de programas (esencialmente, los del paquete Office), sino que extienda la formación –cuando menos– hasta el manejo del teléfono móvil y el empleo de las redes sociales, la realización de búsquedas en Internet, así como los programas necesarios para interaccionar con los contenidos transmitidos por estas o allí colocados: editores de sonido, editores de imagen, elementos de programación, etc. Una biblioteca volcada hacia la comunidad también puede proponerse ser ella misma parte de la “alfabetización digital” en su entorno próximo (por ejemplo, a través de Círculos de Interés); no se olvide que un precepto del trabajo con lectores es que la biblioteca “forma” a sus lectores.

La última parte de la pregunta depende de las políticas de Estado establecidas para jerarquizar la preservación de documentos, ya que no puede ser salvado absolutamente toda la producción de documentos producidos por la civilización humana, ni tampoco todo cuanto a diario es producido a nuestro alrededor. Aquí, en atención a los recursos de que se pueda disponer, es lógica la toma de decisiones muy difíciles, que exigen el concurso de profesionales de gran conocimiento sobre los problemas de preservación, elevada cultura y gran sensibilidad. ¿Qué debe ser salvado a cualquier precio y qué no va a serlo? Son encrucijadas tremendas, responsabilidades que deben asumirse de forma compartida entre expertos.

Muchos conocemos tu carrera como poeta, ensayista y promotor. Pero tal vez muy pocos conocen tu dimensión en los predios bibliotecológicos. Ejemplo de ello es la elaboración de tu libro La lectura, ese poliedro. Su impacto a nivel global ha sido alto, pero en nuestro país es poco conocido ¿Podrías argumentarnos al respecto?

Escribí La lectura, ese poliedro con la ilusión de presentar, a mis compañeros del sistema de bibliotecas, una visión compleja y, sobre todo, diferente del acto de lectura y, en general, la promoción. La diferencia de la que hablo provenía de mi formación y trayectoria: soy graduado de Licenciatura en Pedagogía, por la Especialidad de Lengua y Literatura Española; la crítica literaria y cultural era uno de mis intereses principales; traía experiencia como promotor, gracias al trabajo de promoción que había hecho durante los años en los que ocupé posiciones directivas dentro de la Asociación “Hermanos Saíz” de Escritores y Artistas Jóvenes.

Sobre la base de estos tres “orígenes”, cada vez que pensaba en “promoción de la lectura” en mi cabeza chocaban los contenidos que había estudiado de pedagogía, psicología, psicopedagogía de las edades, teoría literaria, etc., con otros muchos nuevos que estaba asimilando de teoría de la comunicación, semiótica, mercadotecnia, psicología cognitiva, dinámica de grupos, estética de la recepción, bibliotecología, etc. El impulso definitivo me lo dieron las conversaciones con mi compañera del Departamento Metodológico, Luisa Pedroso. Me sentaba detrás de ella, en el que había sido su buró, abrí una gaveta y había un grupo de papeles enrollados, escritos en idioma ruso (ella estudió en la antigua URSS); le pregunté y me dijo que era la fotocopia de la asignatura Teoría del Trabajo con los lectores y aunque no entendí una línea -por razón de mi desconocimiento del idioma– la sola enunciación de la asignatura, más la manera en la que ella me explicó, aclaró mi mente y supe que debía escribir un libro. La mayor parte de lo que, hasta entonces, era manejado en el Sistema de Bibliotecas Públicas como “promoción de la lectura”, se refería a las distintas formas de organizar actividades (los métodos y procedimientos) y sentí que era imprescindible complementar tal contenido con valoraciones de orden teórico sobre el proceso de lectura como tal, la promoción, el diseño de programas de lectura, el lector-usuario y otras cuestiones (incluyendo el desafío que, para los promotores, implica vivir en la era digital). Recuérdese que yo venía de la Pedagogía y estudiando esta ciencia aprendí que la Didáctica (esa zona donde aprendes sobre métodos y procedimientos para impartir la clase) carece de sentido sin la Psicología, la Psicopedagogía de las Edades, la Organización Escolar y la Historia de la Educación. En este 2020 se cumplen veinte años de aquella apuesta interdisciplinaria que, lastimosamente, sólo pudo ser impresa en la pequeña cantidad de 300 ejemplares (cosa que tal vez sea el motivo de que haya quedado “ahí”, sin casi difusión y sin discusión). Johan Moya, Director de Publicaciones de la BNJM, me pidió aprovechar la celebración de cumpleaños para reeditar el libro; la idea me gusta y puesto que desde entonces he escrito algunos textos sobre el universo de las bibliotecas y la promoción de la lectura, me gustaría agregarlos.

Resulta interesante la idea de un “Socialismo 5G” o superior que siga apostando con sus luces y sus sombras por la búsqueda de alegría y posibilidades de plenitud humanas en una época signada por odios programáticos y posverdades. Un ejemplo es la creación del robot cubano Palmiche Galeno Plus utilizado para ayudar en hospitales en estos complejísimos tiempos de la Covid-19. En este sentido… ¿están creadas las bases para el diseño de políticas que permitan articular: talento, NTIC, estructuras de desarrollo para nuestro sector cultural?  

Cuando esta pregunta es hecha desde una biblioteca merece ser respondida desde los parámetros con los que opera la misma institución. Ahora bien, dado que ya no me encuentro vinculado laboralmente a la institución, sólo opino sobre lo que una biblioteca debería ser en lo que toca al talento. En primer lugar, por esencia, la biblioteca es uno de los lugares fundamentales para la identificación, estímulo continuado y, a fin de cuentas, desarrollo del talento; una institución de bibliotecarios perspicaces, cultos, dotados de herramientas comunicacionales y psicopedagógicas, con grandes capacidades para convocar y reunir. Una biblioteca que se propone, como línea de desarrollo, interaccionar con su comunidad cercana y conocer y ofrecer espacio a la intelectualidad científica, técnica y artístico-literaria de su entorno y del país. Un lugar que tiene, entre sus proyectos centrales, el estímulo al conocimiento e investigación de la ciencia, la técnica, el arte, la literatura y demás ramas del saber. Un espacio en el cual alternan, sin pausa, exposiciones, conferencias, presentaciones de libros, charlas, debates, círculos de interés y otros fórmulas promocionales para expandir el conocimiento de las ramas del saber señaladas y para resaltar sus valores más destacados dentro del país y el mundo. Un territorio en el cual, para todo lo anterior, las nuevas tecnologías informáticas y de telecomunicaciones son explotadas al máximo: redes wi-fi internas, sitio Web, clubes de lectura en línea, comunidades de usuarios interconectadas, programas diseñados para el teléfono móvil, mensajería, boletines vía correo electrónico, canales en YouTube o plataformas similares, etc, etc. Y vale la pena precisar que la explotación “al máximo” de las nuevas tecnologías de la informática y las telecomunicaciones, no es sólo “acomodar” o “facilitar” el empeño de los usuarios a la hora de encontrar una determinada información, sino que es algo que conduce a ir mucho más allá; o sea, a estimular a esos usuarios a crecer, a desarrollar sus habilidades investigativas, a abrir para ellos campos en los que puede que ni siquiera hayan pensado, a convertir la Biblioteca en laboratorio de producción de ideas. De este modo, la institución debe de ser un área de intermediación con el mundo, de modo que allí sea posible siempre recibir información de todo lo nuevo y transformador a nivel mundial; no hay que insistir en que la única posibilidad de que esto suceda es habiendo antes formado al tipo de bibliotecario modélico que previamente hemos descrito.

Además de lo señalado, respecto a cuanto es ofrecido a los usuarios, esta biblioteca aplica principios, prácticas, procedimientos y metodologías propias de la mercadotecnia para promover su contenido, servicios y potencialidades entre la población de usuarios (cotidianos o potenciales) para los cuales trabaja. Y, para concluir esta parte, junto a lo dicho hasta ahora, mantiene una vigilancia permanente sobre las transformaciones que, a nivel mundial, regional o nacional, están experimentando los universos del libro, la lectura y las bibliotecas mismas, además de que establece un auto-monitoreo constante sobre el propio sistema para corregir a tiempo errores, tardanzas, conflictos o desviaciones. Realizar todo esto, de forma simultánea, y obedecer a la convicción de que el estímulo, protección y desarrollo del talento es, según creo, la forma de dar respuesta a tu pregunta.

¿Algún consejo para estudiantes de carreras bibliotecológicas o de procesamiento de la información en sentido general? Comunicación Social, Periodismo, Informática, etc.

No sé si estoy en condiciones de dar “consejos”, palabra de una severidad a la que temo, de forma que me acomodo mejor si estimo estar transmitiendo pequeñas normas o principios personales. He creído, casi con desesperación, que el libro es una de las creaciones humanas más bellas, desgarradora, necesaria e insustituible. Nadie lo ha dicho con mayor combinación de elegancia y profundidad; entre todas las creaciones humanas, el libro es la única que es “una extensión de la imaginación”(Jorge Luis Borges). Al ser concebido para dejar una inscripción que nos sobreviva, también es una apuesta por la memoria y, de manera implícita, la búsqueda de una comunicación -que pasa sobre el tiempo– con alguien que no sabemos dónde ni cuándo responderá. He debido aceptar, de modo muy evidente cuando conocí la interioridad de la biblioteca, que esa comunicación puede ser rota, las páginas del libro destruidas como también películas, viejos discos de placa o rollos de películas. He debido asimilar que el libro no es sólo ese conjunto de páginas presilladas, encuadernadas y pobladas de signos lingüísticos y/ o gráficos. He aprendido a amar la aplicación de la revolución digital a los universos del libro, la lectura y la producción-transmisión-consumo de cultura. Con sus beneficios inmensos y males que arruinan, he aprendido a desplazarme en las redes. He comprendido que la Biblioteca -depositaria de los documentos– es un bosque maravilloso, donde cada paso significa atravesar redes de encantamiento; el sitio de la gran magia que es el conocimiento. Allí coexisten y se alimentan entre sí, todos los tiempos, lugares y culturas; todos los dolores, realizaciones, esperanzas y sueños de la humanidad. Cada libro, cada página, cada conexión entre ellos. Lean, lean, lean. He disfrutado la magia de recibir, alimentarme y ser transformado por todo esto, pero también la oportunidad de contribuir, aportar ideas o emociones propias y ponerlas a dialogar. Es conmovedor, es hermoso: siéntanlo.