Revista Caimán Barbudo No. julio 1968 (cortesía de la autora)

Desde adentro

El Caimán Barbudo en el Centenario

Por: Vilma N. Ponce Suárez

Cien años después del inicio de las luchas por la independencia de Cuba, el 10 de octubre de 1868, el pueblo cubano fue convocado por su Gobierno a homenajear profusamente aquel hecho. La concepción de un proceso emancipador único, desde el despertar en el ingenio Demajagua, la continuación durante la república neocolonial, hasta la victoria el 1ero. de enero de 1959, afirmaba su carácter autóctono, y por lo tanto, distinto de otras revoluciones socialistas. A este llamamiento respondieron el Instituto del Libro, los medios de comunicación, centros docentes y organismos de la cultura, quienes desplegaron una amplia campaña promocional en torno a sucesos relevantes y personalidades destacadas de la historia patria.

Al Centenario, “El Caimán Barbudo” dedicó el número de julio de 1968. Con la dirección de Alberto R. Arufe esta edición tuvo la particularidad de preponderar la ilustración gráfica y se elaboró íntegramente por alumnos de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de Cubanacán (ENA). Fundada en 1962 para el desarrollo de la enseñanza artística en Cuba, dicha institución ofrecía la oportunidad de estudiar a los jóvenes de cualquier región del país, que tuvieran aptitudes y capacidades en las especialidades de Ballet, Música, Arte Dramático, Artes Plásticas, Danza Moderna y Folklórica. 

Precisamente, la procedencia de los dieciocho artistas que participaron en “El Caimán Barbudo” era muy diversa, pues habían nacido en distintas zonas y provincias de la Isla, como Manzanillo, Pinar del Río, Las Villas, La Habana, Holguín, Sagua la Grande, Guáimaro, Sancti Spíritus y Matanzas. Cursaban además en ese momento diferentes años de la carrera de Artes Plásticas. En el último estudiaban: Alberto Jorge Carol, Osvaldo García, César Leal Jiménez, Roberto Pandolfi, Eva González y Mirtha Santana; en el cuarto: Manuel López Oliva, Idania Labrador, Jesse de los Ríos y Luis Miguel Valdés; asistían al tercero: Manuel Castellanos, Pedro Pablo Oliva, Ceferino Herrera, René García, Isabel Jimeno y Ernesto García; mientras que, Lázaro Enríquez acudía al segundo nivel y Roberto Fabelo al primero. Estas disparidades, y otras, entre las que estaban sus disímiles tendencias estéticas, no constituyeron óbices para lograr la coherencia que distinguió a este número dedicado a los cien años de lucha independentista. 

Para esa fecha, algunos de estos estudiantes ostentaban en su currículo reconocimientos y la participación en exposiciones colectivas. Así, por ejemplo, Alberto Jorge Carol y Osvaldo García habían asistido al Salón Nacional de Dibujos 1967, en la Galería La Habana. Mientras que César Leal Jiménez fue merecedor en 1966 del Premio Pintores Jóvenes Latinoamericanos que otorgaba el Instituto Juvenil de México, D.F.

Una excelente noticia para varios de los autores fue dada a conocer en el editorial de este “Caimán”: habían recibido el “Premio Adam Montparnasse a la Joven Pintura”, concedido por el Salón de Mayo de París (1968) . Para otorgarle más solemnidad se publicó la carta que el Canciller Raúl Roa dirigió al Ministro de Educación José Llanusa Gobel, donde le comunicaba que por primera vez este galardón se entregaba de manera colectiva. Ante tal novedad, el Comité del Salón de Mayo decidió aumentar la cantidad de dinero destinada al premio, la cual se invertiría en la compra de materiales de pintura . Las obras de los jóvenes expuestas en el Museo de Arte Moderno de París contribuyeron a que en el ámbito europeo se conociera a una avanzada de la reciente promoción de artistas cubanos . 

En “El Caimán Barbudo” no se precisaron los nombres de los jóvenes galardonados. De ellos, siete colaboraron en esta edición: Alberto Jorge Carol, César Leal Jiménez, Roberto Pandolfi, Mirtha Santana, Manuel López Oliva, Jesse de los Ríos y Luis Miguel Valdés.    

Con el número del Centenario los artistas noveles se plantearon “(…) contribuir a la conmemoración de un siglo de lucha histórica abordándolo como objeto estético y con la mayor altura posible (…)”. Y precisaron: “Nos hemos propuesto expresar, no ilustrar”. En sus dibujos, algunos a página completa, predominaron el rojo y el negro, colores que evocaban la bandera del 26 de Julio. En la contraportada, una representación de dicha insignia se mostró enlazada a otra que hacía alusión a la enarbolada por Carlos Manuel de Céspedes en 1868. La ilustración correspondió conceptualmente a la idea de que en Cuba había existido un solo proceso revolucionario. El simbolismo gráfico presente en las obras que conformaron la edición se complementó con breves textos de personalidades emblemáticas de nuestra historia: José Martí, Ernesto Che Guevara y Nicolás Guillén. 

La portada, a cargo de Manuel López Oliva, mostró rostros incompletos de próceres de la patria desde la asunción de códigos visuales que distinguieron a la cartelística nacional en los años sesenta. Sus distintos dibujos en el cuerpo del número eran “retratos” de mártires cubanos de diferentes épocas, serie que desarrolló el artista en ese periodo de su vida profesional.  

En el mismo mes de julio de 1968 en que circuló “El Caimán” del Centenario, López Oliva publicó su primera crítica de arte en la revista “Cuba” . El artista relató en “Once vistos por uno” cómo en el contexto de la celebración del Salón de Mayo (1967) en La Habana, su Comité Director tuvo la oportunidad de apreciar las obras de estudiantes de la ENA y de miembros de la Brigada Hermanos Saíz, expuestas en el Centro de Arte de la calle San Rafael. Luego de una selección por dicho Comité, varios jóvenes creadores fueron invitados a la muestra del siguiente año en París. Según manifestó López Oliva, con las pinturas enviadas tuvieron la intención de ofrecer “(…) un contenido político con calidad artística. (…)” .

Un detalle singular de “El Caimán Barbudo” en esta entrega resultó la reproducción de dos grabados de la serie “Los desastres de la guerra”, del pintor español Francisco de Goya. Con gran fuerza expresiva, las estampas evocaban la crueldad y aberración que se generó durante la lucha por la independencia española (1808-1814). Las obras seleccionadas para la revista fueron “Esto es peor” y “Grande hazaña!, con muertos!”. Al pie de las imágenes aparecía escrito: “Homenaje a los héroes sin nombre”, “Cortesía de Don Francisco de Goya y Lucientes”.  

Un tiempo después, Manuel López Oliva escribió sobre el artista español para “El Caimán Barbudo” (octubre 1969). En “Un pacto con Goya el endemoniado” el crítico-pintor afirmaba que: “El verdadero genio siempre generaliza, sin olvidar los tratos locales” . Resulta que toda guerra, incluso la que es por una causa justa, carga con un componente de barbarie. Se entiende entonces por qué en un número dedicado a las luchas libertarias en Cuba sus autores revivían las imágenes de quien ha sido considerado uno de los precursores del arte moderno. 

Esta edición especial de “El Caimán Barbudo” contribuyó desde las artes plásticas a la defensa de la identidad nacional. Su valor histórico-cultural se multiplica al constituir una obra creada por jóvenes pertenecientes a la primera generación de artistas formados con la Revolución.   


Otros artículos