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Imaginarios

Las palabras del Moro

Por: Orlando Castellanos

En los inicios de la ya lejana década de los sesenta, los jóvenes cubanos de entonces comenzamos a conocer y admirar por medio de revistas, suplementos culturales y sobre todo por sus libros, al poeta y pintor Fayad Jamís.

Vagabundo del alba, La pedrada, Los puentes, fueron vías de comunicación de Fayad con los ávidos lectores a los que dijo lo que sentía y quería expresar con la belleza de la buena poesía.

En 1951 la revista Orígenes a la que tanto debe la cultura cubana, publicó algunos poemas del entonces joven desconocido cuyo nombre aparecería, por primera vez un año después; en una antología, gracias al trabajo de ordenación, selección y notas de Cintio Vitier Cincuenta años de poesía cubana (1902-1952).

En edición de trescientos ejemplares Fayad da a conocer en 1954 el poemario Los párpados y el polvo. En ese mismo año, "...debido a la situación que predominaba en nuestro país” parte para París. ABA, mientras trabaja entre otras cosas como pintor de brocha gorda, para mal sostenerse, escribe y guarda poemas que se convertirán en aquellos libros de los setenta, cuando "...pasaron miles de cosas y todas importantes”.

Una tarde de marzo de 1981 ¡o visité en su apartamento de 27y O, en El Vedada Le propuse grabar una entrevista para el programa radial "Formalmente Informal” y aceptó.

Rodeados de cuadros, unos comenzados, otros terminados, caballetes, pinturas, libros en los estantes, en las mesas y en cajas (recién venía Segando de una larga ausencia en labor diplomática y cultural en México), en medio del regreso ordenado, al estilo de quien siempre vivió diseñando algo, se produjo la entrevista que unos días después fue difundida en dos programas de 28 minutos por Radio Habana Cuba.

Publico ahora, en las páginas de La gaceta de Cuba un amplio resumen de aquella conversación de hace once años con el poeta y pintor de hablar y andar pausado, gustador de la música y el habla de nuestros campesinos, con el “moro” Fayad, cuyo rostro reflejaba tristeza aun cuando reía.

— ¿Cuándo y dónde naciste?

—Nací en México el 27 de octubre de 1930. Tuve durante muchos años un gran complejo de extranjero. Mi familia me trajo a Cuba —a La Habana— cuando contaba cinco años y medio de edad, en 1936. 

— ¿tus padres eran mexicanos? 

—Mi padre es un árabe procedente del sur del Líbano, que en su país había sido pastor y luego comerciante. Mi mamá era mexicana. Cuando se casó con mi padre estudiaba en un colegio religioso muy famoso —el Colegio Guadalupe— enclavado en la ciudad de Guadalupe, en el Estado de Zacatecas, donde yo nací.

—Hablemos de tus primeros estudios.

—Mi familia vivió en La Habana, en varias casas. La primera de ellas estaba en la calle Prado. Una de ellas fue en Cepero y Moreno, cerca del actual Estadio Latinoamericano. Uno de mis recuerdos —tal vez el único recuerdo de mi infancia— es de cuando veía pasar a Kid Chocolate por la esquina.

Mi familia vivió en una gran pobreza. Mi padre, con su espíritu aventurero, siempre andaba detrás del espejismo de la fortuna. Se imaginaba que en tal o cual pueblo —como él decía— “había mucho movimiento”.

Así fue como nos fuimos a vivir a Florida, provincia de Camagüey, por espacio de un año. Luego nos trasladamos a Contramaestre, en la provincia de Oriente, donde vivimos un año, en dos casas. Después fuimos a Palma Soriano, también en Oriente. Ahí vivimos otro año. Más tarde nos mudamos a una finca que mi padre arrendó. Yo tenía poco más de diez años. Los únicos trabajadores éramos mi padre, yo y mi hermano, que tenía en aquel tiempo siete años. Trabajábamos de sol a sol.

— ¿Cuándo termina ese vagabundeo?

—Termina realmente cuando en 1949 leo en un periódico una convocatoria para ingresar en la Escuela de Artes Plásticas San Alejandro y decido irme. Se lo digo a mi padre, quien no me hizo el menor caso. Ni me contestó. Me imagino que no sospechaba que eso fuera posible. El 4 de octubre de 1949 empecé a preparar la maleta.

Mi madre le dijo al viejo: “Mi hijo está haciendo la maleta. Parece que hay algo”. Entonces mi padre me dice: “Estás loco”; Le contesté que no estaba loco. “¿De qué vas a vivir?”, me preguntó; y le respondí que de mi trabajo. “Pero si no sabes trabajar en nada” —me replicó—. “De algo voy a vivir” —dije de manera concluyente— y me fui.

— ¿Quién nadó primero en ti, el pintor o el poeta?

—Creo que nacieron juntos. Te contaré: por toda esa vida que te he narrado no pude ir a las escuelas en la fecha debida. Pero mi padre me enseñó a leer y escribir cuando ya tenía nueve años. Esto ocurrió en Contramaestre, Oriente. Antes de aprender a leer y escribir, componía poemas y les ponía música. A los 8 ó 9 años ya yo hacía mis canciones. Me las imaginaba, las trataba de memorizar. Así empecé. A los doce años escribí unas cuartetas campesinas y las ilustré. Una hermana las conservó.

— ¿Cómo transcurre tu vida en la Escuela de San Alejandro?

—Normalmente, en apariencia. En realidad me dedico a estudiar con gran tesón, porque me interesaba aprender a pintar cosas, que de paso te digo que no aprendí. Allí no se aprendía a pintar, aunque a mí me interesaba mucho aprender todo lo que se impartía allí y por otro lado me interesaba obtener una beca. Eran unas becas mal pagadas. Los pocos privilegiados que las obtenían —si aquello era privilegio— ganaban en total 17 pesos. Se dice fácil ahora, pero recuerdo muchos compañeros que andaban en alpargatas, y tomaban una sopa de pescado en el barrio chino como único alimento diario.

Yo no tenía ningún tipo de ingreso. Pero me dediqué al estudio con mucho tesón. Y así viví más de dos años sin recibir un solo centavo. Recuerdo que habitualmente me desmayaba por el hambre.

—Háblame de tus primeros trabajos como artista plástico.

—Empecé a enviar mis dibujos a la prensa capitalina, concretamente a El País Gráfico. Mis dibujos se publicaron, e incluso se usaron en portadas de esa revista donde también se publicaron artículos sobre mi trabajo cómo dibujante.

Simultáneamente, estaba publicando poemas en revistas que tomaban cosas mías bastante cursis. Lo que yo hacía en aquella etapa era así, pero tenía éxito entre la cursilería.

También en El País Gráfico me publicaron un poema con muchos elogios, con mucho afecto. Más o menos por ese camino fui dándome a conocer en algunos periódicos de esa época.

En el año 1949 o a fines del 48, publiqué, en el poblado de Guayos, antigua provincia de Las Villas, donde yo pasé mi adolescencia —tal vez la época más importante de mi vida— un libro: el único que se publicó en toda la historia de ese Pueblito, fue editado por la única imprenta que ha existido en ese lugar, que era propiedad de Wilfredo Rodríguez. Allí publiqué mi poemario Brújula, que luego excluí de mi pobre bibliografía.

—¿Nunca se te ocurrió hacer una exposición de tu trabajo?

—Sí. Presenté una exposición en la Feria Ganadera de Sancti Spíritus en 1946 ó 1947. Fue mi primera exposición. Había allí dibujos a plumilla en blanco y negro. Temas creados por mí utilizando modelos, trabajando sobre monumentos coloniales de Sancti Spíritus. La exposición se hizo en unos paneles dentro del recinto de la Feria Ganadera.

—Volvamos al libro publicado en Guayos. ¿Se vendió o lo regalaste?

—Sería tema para un cuento muy simpático. Se creó un comité para la venta y promoción del libro. El comité estaba integrado por un Presidente, un secretario y un tesorero. Los miembros de este comité eran Tomás Álvarez de los Ríos, conocido y publicado novelista de Sancti Spíritus; Rafael Garriga, escritor; y Abelardo Piñeiro, un periodista ya fallecido. Imprimieron recibos muy bien hechos, pero creo que entre los tres no vendieron tres libros. El precio era de un peso. Hubo un momento en que no me quedó más remedio que tratar de vender el libro —para pagarle a la imprenta o, al menos intentarlo— y para comer. Creo que vendí en total unos 35 libros al cabo de mucho tiempo. Me fui comiendo el dinero y el pobre Wilfredo no cobró ni la mitad del costo de la edición, que de por sí era un regalo.

—Luego vienes a La Habana. Aquí te publican en la revista Orígenes.

—Un gran amigo —Agustín Pí, quien fue un verdadero mecenas para muchos— entregó unos poemas míos a Orígenes, y en uno de los números del año 1951 aparecieron publicados.

Yo había evolucionado en la poesía y alguna gente empeza¬ba a conocerme. También se vendían de tiempo en tiempo cuadros míos, muy baratos por cierto, pero se vendían. Diga¬mos uno por trimestre. Se vendían a unos veinte pesos, con lo que se comía unos días. Digo se comía porque no era yo sólo: comían otros compañeros, otros poetas que vendían mis cua¬dros y les pagaba una pequeña comisión.

—¿Cuándo y por qué viajas a París?

—En 1954 me fui a Francia. Las cosas terribles de aquellos años crearon en mí, en lo personal y en todos los cubanos, o en la mayoría de los cubanos, un verdadero asco.

—¿Cómo viviste en Parte?

—Viví pintando paredes. Los extranjeros de muchos países, incluyéndonos los cubanos, no teníamos derecho a trabajar.

—¿Y escribías?

—En ese tiempo escribí el libro Los puentes. Lo escribí entre los años 50 y 57. Una buena parte de esta experiencia y de las vivencias de aquellos años —casi cinco años— creo que están bastante bien reflejadas en ese poemario.

Cuando llegué a París empecé a descubrir algo nuevo en mí. Comencé a ver libros de política en las vidrieras, libros que nunca en Cuba había visto. Sabía de la existencia de El Manifiesto Comunista, de las obras de Marx, en fin, los libros principales sobre la ideología revolucionaria y del proletariado. Pero esos libros nunca habían estado en mis manos. Allí los encontré en una librería, y la mayoría de los que coincidimos en París hablábamos de política. Incluso llegamos a tener círculos de estudios después del 55. Entonces estalló la guerra por la liberación de Argelia. Se produjeron una serie de acontecimientos que nos van haciendo tomar no sólo conciencia sino también posición a favor de lo que se estaba desarrollando. Empiezo entonces a tener información, aunque fragmentaria, sobre lo que acontecía en Cuba. A fines del 58 empezamos a formar nuestros grupos en París, ^diciendo o imaginándonos que apoyábamos la lucha insurreccional. Te digo “imaginándonos”, porque eran cosas poco concretas, eran más sueños que otra cosa, más buenas intenciones que acciones.

—¿El primero de enero de 1959 estabas aún en Parte?

—El día que triunfó la Revolución Cubana estaba durmiendo en la La Casa Cuba, en París, donde vivía gradas a los queridos amigos Arturo Barber y Jaime Sarusky, que me refugiaron allí para que no me muriera de hambre y de filo. Me despiertan ese día unos gritos por el pasillo: “¡Se cayó Batista! ¡Se cayó j Batista!” Salgo del sótano donde dormía. Me encuentro con el poeta Baragaño durmiendo en un sofá. Lo despierto. Conectamos el radio y el noticiero estaba dando la información. Recuerdo que Baragaño, con el que estaba peleado como tantas veces en la vida, me decía que sí con movimientos de cabeza, en lugar de hablarme. Con gestos me decía que sí, que era cierto.

— ¿Cuándo regresas a Cuba?

—A mediados de febrero de 1959 me enteré de que los aviones de Cubana que viajan de Madrid a La Habana traían gratis a los cubanos que quisieran regresar, e inmediatamente me dije: “Me voy”. Otros cubanos que estaban en París, que tenían una mejor situación económica que la mía, me preguntaban por qué lo hacía, “¿En qué vas a trabajar? ¿De qué vas a vivir?", y les respondí que no sabía pero que iba a vivir, que tenía que irme. Uno de ellos, Martínez Polanco, me dijo: “Me voy contigo”. Y regresamos. Los otros también vinieron: Orlando Yánez, el pintor, Saúl Yelín, hombre del cine, ya fallecido; Jaime Sarusky, el escritor... Todos regresamos a la Patria. El dos de marzo de 1959 llegué a La Habana.

— ¿Qué pasó entonces?

—Pasaron miles de cosas y todas importantes.

Lo primero que ocurrió, además de que el país empezó a vivir un cambio total es que por primera vez obtuve un trabaje fijo y digno. Empecé a trabajar en el Museo Nacional. A los dos días de llegar a La Habana estaba restaurando el Mosaico Románico. Poco tiempo después empecé a colaborar como articulista en el periódico Revolución. Más adelante trabajé en Hoy, y allí me quedé cinco años como responsable del suplemento cultural. Simultáneamente trabajé como profesor en la Escuda Nacional de Arte. Fui responsable de la revista Unión y de Ediciones Unión, y trabajé también como director de Artes Plásticas en la Comisión de Extensión Universitaria de la Universidad de La Habana.

— ¿Y la publicación de tus libros?

—En el año 54, sé publicó Los párpados y el polvo. Fue una dura tarea porque lo escribí en la peor etapa: en la más hambrienta, más triste y más solitaria de mi vida. Lo debo de haber terminado en 1954, cuando lo publiqué. Se tiraron 300 ejemplares. Ese fue mi primer libro conocido, mi primer libro que se cita y del que siguen reproduciendo textos.

Cuando regresé, comenzaba nuestro gran movimiento editorial Logré publicar tres libros en un año, tres de los libros más reveladores dentro de mi modesto trabajo. Eso fue en 1962. Uno obtuvo el Premio Casa de Las Américas de ese año: Por esta libertad. Otro es Los puentes y La pedrada que terminé en La Habana en 1954.

—¿Y continuaste pintando?

—Seguí haciendo una vida muy activa en la pintura. Déjame explicarte algo que pasé por alto. En París presenté en 1956 una exposición personal, seria, importante, de pinturas y tintas, en la Galería que dirigía y auspiciaban el poeta André Bretón y el Grupo Surrealista en Francia. Y ya a mi regreso a Cuba expuse en la Galería de Matanzas y luego en otros lugares de Cuba y d exterior.

—Regresaste a la tierra donde naciste, México, pero como Agregado Cultural de la Embajada de Cuba en ese país. ¿Escribiste algo allí?

—Escribí, pero en realidad escribí poco y sobre todo no terminé nada. Tomaba notas. Cuando no me queda más remedio, cuando la presión interna es mucha y cuando la memoria trabaja aceleradamente y te golpea, no te queda más remedio que tomar un papel, una libreta. Eso he hecho.

— ¿Cuántos libros has publicado?

—No son tantos. Creo que tampoco importa el número de libros. A mí, al menos, no me importa. Los libros son reveladores de una etapa vital y de una etapa en la que de alguna forma uno ha logrado alguna manera de decir o cíe expresar las cosas relativamente nuevas u originales, creo que eso es lo que más importa. Son cuatro o cinco libros en total. Los demás son repeticiones, son remodelaciones de libros anteriores. 

*tomado Revista La Gaceta de Cuba, mayo-junio 1992.



  • Foto de “Hueso de preguntar, de contemplar,/ de huir, de sacudir el tiempo (…)”. (Fayad Jamís: Los párpados y el polvo, 1954). Foto: Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana. “Hueso de preguntar, de contemplar,/ de huir, de sacudir el tiempo (…)”. (Fayad Jamís: Los párpados y el polvo, 1954). Foto: Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana.
  • Foto de Más conocido como Libro de amigos, cuenta con al menos dos ediciones facsimilares y de la digital, correspondiente a 2010, son tomadas ahora las agradecidas líneas de Fayad. Más conocido como Libro de amigos, cuenta con al menos dos ediciones facsimilares y de la digital, correspondiente a 2010, son tomadas ahora las agradecidas líneas de Fayad.
  • Foto de Carta de Fayad a Lezama (colección manuscrito BNCJM) Carta de Fayad a Lezama (colección manuscrito BNCJM)
  • Foto de Fayad  en el extremo de la izquierda, junto a otros colegas –Baragaño, Luis Alonso, De Oraá, Agustín Cárdenas, Marré o Antonio Vidal– en el contexto de una exposición correspondiente, tal vez, a 1954. (Foto: cortesía de José Veigas). Fayad en el extremo de la izquierda, junto a otros colegas –Baragaño, Luis Alonso, De Oraá, Agustín Cárdenas, Marré o Antonio Vidal– en el contexto de una exposición correspondiente, tal vez, a 1954. (Foto: cortesía de José Veigas).
  • Foto de Carta de Ricardo Vigón a Lezama Lima (colección manuscrito BNCJM) Carta de Ricardo Vigón a Lezama Lima (colección manuscrito BNCJM)
  • Foto de (Reproducida en el libro Fayad Jamís. Tintas. PREMIA editora, México, 1980). (Reproducida en el libro Fayad Jamís. Tintas. PREMIA editora, México, 1980).
  • Foto de Tinta sobre papel, 43.8 x 25.5 cm.  (Reproducida en el libro Fayad Jamís. Tintas. PREMIA editora, México, 1980). Tinta sobre papel, 43.8 x 25.5 cm. (Reproducida en el libro Fayad Jamís. Tintas. PREMIA editora, México, 1980).
  • Foto de Tinta sobre papel, 43.5 x 31 cm.  (Reproducido en el libro Fayad Jamís. Tintas. PREMIA editora, México, 1980). Tinta sobre papel, 43.5 x 31 cm. (Reproducido en el libro Fayad Jamís. Tintas. PREMIA editora, México, 1980).
  • Foto de Cubierta del libro Fayad Jamís. Tintas. PREMIA editora, México, 1980. Ilustrada con la obra Paisaje con gato y estatua (1959). Cubierta del libro Fayad Jamís. Tintas. PREMIA editora, México, 1980. Ilustrada con la obra Paisaje con gato y estatua (1959).
  • Foto de Fondos Bibliográficos BNCJM Fondos Bibliográficos BNCJM
  • Foto de Folleto de la exposición de Fayad Jamis en 1967 (fondos Bibliográficos Sala de Arte, BNCJM) Folleto de la exposición de Fayad Jamis en 1967 (fondos Bibliográficos Sala de Arte, BNCJM)
  • Foto de Fondos Bibliográficos BNCJM Fondos Bibliográficos BNCJM
  • Foto de “(…) ¿quién soy? ¿cómo me llamo?/ ¿en dónde está mi río de piedras azules (…)?”. (Los párpados y el polvo, 1954). Foto: Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana “(…) ¿quién soy? ¿cómo me llamo?/ ¿en dónde está mi río de piedras azules (…)?”. (Los párpados y el polvo, 1954). Foto: Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana

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