Blasón de la ciudad de Balmaseda, Vizcaya, País Vasco, España.

Nombrar las cosas

Un blasón para Matanzas: antecedentes de 1816

Por: Johanset Orihuela León

El uso de escudo de armas o blasones para representar ciudades y provincias se remonta a la primera mitad del siglo XIII. En la península ibérica, los blasones regionales fueron utilizados por monarcas durante la Reconquista para identificar regiones bajo el dominio unificador que les rendían lealtad.  A su vez, las ciudades adquirían una distinción simbólica dentro de la jerarquía de la nación. Estos escudos representaban al reino y algunos de ellos portarían luego divisas que profesaban de “muy leal”, “muy noble” o “muy heroica”.  

Después de 1492, ciudades de la América hispana también gestionaron por ostentar sus propios blasones que las identificaran como parte integral del imperio; otros fueron provistos por sus gobernantes como actos de fundación. Este fue el caso de la Ciudad de San Carlos de Matanzas – Cuba, fundada en octubre de 1693 por el gobernador Severino de Manzaneda, bajo orden real de Carlos II. El 3 de noviembre de 1694, Manzaneda había remitido al Rey la primera proposición de un escudo de armas para la ciudad.  Este blasón Manzaneda lo ideó como complemento al de la ciudad de La Habana – con la cual Matanzas guardaba estrecha relación geográfica y militar -, pero cuyo diseño se asemejaba al de su ciudad natal, Balmaseda (país vasco)    Fig. 1):

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“…titulada ciudad de San Carlos insinuando a Vuestra Majestad la jurisdicción…Me he proveído darle por armas dos puertas que corresponden a las dos llaves que tiene por armas esta ciudad [se refiere a La Habana]  que miran por antonomasia ser las llaves de ambos reinos…”. 

Este blasón fue aprobado en febrero de 1698, pero olvidado. No fue hasta comienzos del siglo XIX que se presentara una nueva solicitud de blasón para la ciudad de Matanzas.  

Hasta hace poco, la historia de los escudos de Matanzas se extendía solo hasta diciembre de 1828, cuando Fernando VII, aprobó por real cédula un escudo de armas representativo de la corona para la creciente ciudad.  Esta petición venía con la gracia de que los ciudadanos colocarían su estatua en una alameda de la ciudad. Esta galanura fue instituida por el cabildo de la ciudad el 13 de febrero de 1829 – dando origen al blasón colonial reconocido por historiadores (fig. 2).  

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No obstante, era desconocido que ya desde 1816 se había presentado una propuesta anterior que resultó en varias gestiones oficiales recogidas en documentos inéditos. La divulgación de estos y la historia que recogen son la intención de esta breve nota. Por lo general, la heráldica cubana ha sido un tema de poca investigación y exigua divulgación.  Los detalles que en estos nuevos documentos se registra nos permiten rescatar una parte de la historia heráldica de la ciudad de Matanzas. 

La fuente documental aquí seguida se titula “Expediente de Juan Dios Lucas de Morejón e Ignacio González “, localizada en el Archivo General de Indias (AGI).  En ellos se registra que hacía principios de junio de 1816, actuando como comisarios del Ayuntamiento Juan de Dios Lucas de Morejón - regidor alférez real - e Ignacio González - alcalde mayor provincial, enviaron varias solicitudes al Rey para obtener ciertos reconocimientos para la ciudad de Matanzas. Entre estos, estaba la proposición para un escudo de armas para la ciudad y un nuevo uniforme para los oficiales del Cabildo. Los comisarios suplicaban que

“… humildemente se digne S. M. dispensar a la ciudad de Matanzas el escudo de armas que se indica en el modelo que acompaña y otros semejantes, con el tratamiento correspondiente, y así mismo la gracia del uso de un uniforme propio de un cuerpo político…”  

La petición venía auspiciada por las peculiares cualidades de la ciudad, entre las que se encontraba su ventajosa posición geográfica y su potencial agrícola. Estas circunstancias fueron consideradas por el presidente del Consejo de Indias, como 

“…dignas del aprecio de V. M. ponen a Matanzas en el rango y considerado de las otras ciudades principales de la isla de Cuba (…) todas ellas por lo mismo tiene escudo de armas propio, concedido por la autoridad soberana como un testimonio de sus preeminencias y de su constante lealtad y amor a V. M…”

Al Rey consideró que resultaría en un “…poderoso estímulo…” para el fomento regional, con el anhelo de que algún día Matanzas se convirtiera en “…una de las más florecientes ciudades de aquella isla…”. En los años venideros Matanzas crecería exponencialmente, en población, diversidad y riqueza económica – convirtiéndose en 1860 en la reconocida “Atenas de Cuba”. Pero este crecimiento – este cambio - venía gestándose desde la segunda mitad del siglo XVIII.  La primera habilitación de su puerto ocurrió intermitentemente entre 1793 y 1794. Su población fue nutrida por la inmigración haitiana-francesa, e influyó al despegue económico en aras de la industria azucarera. Para 1815 se había reorganizado el Gobierno Político y Civil de su jurisdicción, culminando en la total habilitación de su puerto al comercio global en 1818.  El memorial adjunto a la petición del blasón sumaba los números de haciendas, ingenios, cafetales y vegas de tabaco. Estos datos apoyaban el auge que comenzaba a experimentar la ciudad. 

En cuanto la petición del blasón, para el 23 de junio de 1816, había llegado a la corte. Por orden real, la petición había sido aprobada por el Rey y remitida al Consejo de Indias para que consultara su proceder, el memorial y dibujos acompañándolos.  Todo fue convenido con el fiscal de campo del Consejo Real tres días después. El Consejo respondió que convertiría en “apoderados” o encargados de los trámites a los comisarios del Ayuntamiento – Morejón y González –. Tanto ellos como el Consejo informarían a la Capitanía General y gobernador de Cuba. Se reiteraba la aprobación de la petición por orden real, con todo convenido el 29 de julio “…como lo propone el fiscal…”. Para el 21 de octubre de ese año, el fiscal del Consejo había pedido se le devolviera el testimonio y los dibujos: “…que se remita copia de la representación y testimonios presentados por los referidos…” Pero de su devolución no quedó constancia en los legajos aquí estudiados.

Los trámites para el blasón de Matanzas, como toda gestión gubernamental de la época, se extendería por varios años. En 1817, el alcalde del Ayuntamiento de Matanzas, Juan de Tirry y Lacy devuelve a manos del Capitán General de Cuba, Juan Cienfuegos, copias de las solicitudes hechas por los apoderados, para que estos fueran remitidos una vez más a corte “…con el fin de conseguir el escudo de armas…” y el consentimiento al uso del uniforme para el cabildo que se solicitaba. Esta petición, según Tirry, era “…muy justa, especialmente si se funda en la debida comparación del rango e importancia política de esta ciudad con los demás pueblos de la isla, que disfrutan de ella…”. Según Tirry, Matanzas merecía “…la más alta y provisora atención como posición cardinal para su innovación y defensa y como llave maestra del mar tan frecuentado que la baña…”.  Estos expresos deseos demuestran una visión excepcional del futuro del puerto y la ciudad. El informe documentaba para entonces, una creciente población de 6000 almas “sin contar los niños”, en toda la urbe.  Un par de años más tarde, Tirry diría de Matanzas que su “…pública utilidad y comodidad, que en cuatro años ha hecho de Matanzas un lugar floreciente, aumentado su riqueza y la concurrencia de forasteros…” 

El gobernador de la Isla respondió al alcalde de Matanzas haber recibido los documentos para impulsar el trámite. Además, se daba por enterado del oficio expedido el 21 de octubre de 1816 “…sobre haber acordado el Consejo de Indias que informase (…) acerca de la solicitud de los comisarios del Ayuntamiento de Matanzas…”  Para esta fecha, Cienfuegos había remitido toda la documentación, con copias y diseños, nuevamente a la metrópoli. Estos documentos no acompañan el dossier que aquí se da a conocer, ni hay otra documentación adjunta de esos años. 

Al parecer, un estancamiento de las gestiones fue incitado por la pérdida del memorial original, que incluía el diseño del escudo original y la otra importante documentación.  El Consejo había convenido el 10 de marzo de 1819, donde se precisó que el asunto sea devuelto al fiscal de Nueva España. La documentación de estos trámites está ausente en este legajo. Para el 14 de abril de 1819, los fiscales de Madrid registraron haber recibido los documentos solicitados del gobernador de La Habana y los pedidos al Ayuntamiento de Matanzas. No obstante, el asunto fue cuestionado, como quedó recogido en un pasaje:

“Mas que así sea, lo que no justifica, ni resulta del expediente, no aparen ni se alegan mas méritos de Matanzas que haberse mantenido pacifica en el tiempo pasado de las revoluciones y haber hecho algunos donativos que tampoco se especifican…”  

En fragmento arriba citado, quedó insinuado que lo expresado sobre la ciudad no había sido suficiente para adquirir los solicitados reconocimientos de la Corona. Al parecer, el censo realizado por Tirry en 1815, y cuyas estadísticas se incluyeron en el memorial remitido en este dossier, había sido realizado “…con motivo de una pretensión del Ayuntamiento sobre escudo de armas…”, como recogió la prensa local varios años después.  El fiscal no solo señalaba de no haberse proporcionado detalles sobre los donativos que hacían los feligreses matanceros, sino también “…que no se ha verificado porque no está en el expediente ni el modelo del escudo de armas, ni los dibujos del uniforme que se cita…”. Según la carta del fiscal, los documentos ausentes se consideraron “…extraviado todo con el principal del informe del gobernador de La Habana, por ser el duplicado el que se tiene…”

Tanto el Consejo como la fiscalía acordó conceder “…a aquel ayuntamiento la [petición] del escudo de armas…”, aunque “…cuyo modelo (…) ha desaparecido el remitido…”. Para darse proseguimiento, se ordenaba a un “rey de armas” – oficial de la heráldica colonial - para que investigase sobre el asunto. Este debía poner en claro las “… noticias de la situación y demás circunstancias (…) y se presente a la aprobación del Consejo…” para finalmente dar cumplimiento a la real orden que ya había otorgado el Rey el 21 de junio de 1816.  El 23 de octubre de 1819 se acordó que “…hágase saber al apoderado que presente un diseño el escudo de armas…”. Este quedó informado el 27 de ese mismo mes. Es de suponer que esto no se cumplió a tiempo, dado que dichas gracias reales no se consumó hasta 1828 - cuando por otra real orden se le concede el escudo oficial de la ciudad de Matanzas. 

En la mencionada real cédula de 1828 se concede a la ciudad, otra vez oficialmente, pero esta vez decisivamente “…el uso de uniforme a sus individuos, en particular el escudo de armas y la estatua de S. M. en el centro de la alameda.”   Con esta gracia, Fernando VII había tenido “…bien aprobar con el escudo de armas de la ciudad que así mismo concedo…” como testimonio de aprecio y gratitud. Copias del diseño aprobado del blasón se encuentran en el Archivo General de Indias (AGI/MP-Escudos,165) y el Archivo Histórico Provincial de Matanzas (AHPM). Estas copias, sin embargo, no son idénticas y contienen discrepancias.

La copia en el AHPM se encuentra en la segunda página del Libro Becerro, a todo color (Fig. 2). Esta versión diferencia de la copia del AGI en el color de las joyas a la base de la corona, el color y disposición de las hojas de café y caña de azúcar, a los lados, en la forma y reflexión del Pan de Matanzas. El decorado del motivo central, más los bordes del blasón son también diferentes. En la versión archivada en Matanzas, la cinta en la base del blasón no contiene inscrita divisa, mientras que en la del AGI lee “Siempre Fiel” (Fig. 2). Una versión de 1831, que apareció en el órgano central de la prensa local, La Aurora de Matanzas, es una amalgama de ambas versiones del blasón (Fig. 3). 

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Estas diferencias resultan curiosas, dado que las dos versiones debían ser idénticas, si fueron creadas por un mismo autor y con un mismo destino. Ambas versiones, aunque disímiles, se asocian a la misma concesión de 1828. No hay evidencia de que alguno de estos represente la versión perdida de 1816.  

Lamentablemente, el blasón para Matanzas quedó trabado en la malla burocrática, extendiéndose los trámites hasta realizarse una nueva solicitud en 1828. Esta venía acompañada con un favor quizás más contundente que los presentados anteriormente: el de colocar una estatua del Rey en una plaza o alameda de la ciudad. Al parecer se había olvidado para ese entonces, tanto la versión aceptada de Manzaneda como la de 1816. Esta constituye entonces la segunda proposición de blasón para la ciudad hasta ahora conocida. 

El escudo de armas concedido por la autoridad soberana de Fernando VII, ha quedado como un testimonio de las preminencias y profesada lealtad de la ciudad y sus oficiales. A la vez, como un símbolo del poder monárquico sobre sus sujetos – el blasón de la ciudad fue una insignia de la extensión de la Corona en la isla: la “…gloria y esplendor de la monarquía”. Hoy es un recuerdo de nuestro pasado colonial y de nuestra hispanidad – adornado con símbolos de nuestra geografía e identidad criolla.

Bibliografía consultada

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