Cuando se adviene un aniversario más de la fundación de la antigua sala infantil-juvenil, no se deja de pensar en los que significó para muchos cubanos apasionados de las bibliotecas

Imaginarios

Escalando esperanzas para una nueva sala infantil-juvenil

Por: Patricia Hernández González

Cuando se adviene un aniversario más de la fundación de la antigua sala infantil-juvenil, no se deja de pensar en los que significó para muchos cubanos apasionados de las bibliotecas. Más de una vez alguien me ha preguntado cual fue su destino y han decepcionado con la respuesta. Porque los que la vieron pueden admitir que era un lugar al que se iba solo a leer. 

Para alguien que creció escalando libreros, la sala infantil-juvenil de la Biblioteca Nacional de Cuba era un patio de juego, algo especial e innovador. La alquimia de sus especialistas había generado un espacio preparado para el teatro, la computación, la música, los colores, la plastilina; sin tachar de irrelevante la razón principal por la que se iba a una biblioteca: los libros. Era un lugar repleto de estímulos que incitaban al niño a aprender de la forma más didáctica que ofrecían las épocas. 

Así que, en cuanto los testigos de aquella secta de lectores divertidos reconocemos la próxima inauguración de una nueva sala infantil-juvenil, se nos da la oportunidad de rememorar y escalar expectativas. Pero a la vez, los que hemos estudiado a las nuevas generaciones, somos concientes del escenario lleno de posibilidades y retos ante que renace con este nuevo emprendimiento. 

Para la nueva sala infantil-juvenil se despliega el reto de ser voluble, ajustada a los tiempos inocuos que viven los niños y jóvenes que serán sus usuarios. Esta, quizás, será la batalla más encarnizada de los nuevos especialistas: generar contenido perdurable contra lo insustancial; probablemente con las mismas herramientas de lo que prefigura como el antagonista. 

Con el avance del mundo digital, replicar viejas fórmulas sería el primer error a cometer; pero desecharlas sería aún peor. Este mismo mundo virtual que obliga a las bibliotecas a evolucionar ha generado nuevas formas y ha dado la posibilidad de reescribir prácticas de accesibilidad que convierten los espacio físicos y virtuales en zonas más gentiles y acomodadas a los distintos públicos que asisten a una biblioteca. Hace 30 años, por ejemplo, hubiera sido difícil de entender que una sala de lectura tuviera la organización de una zona de recreo en la que se permite el intercambio sin la negativa de hablar alto. 

La sala infantil-juvenil, como en el pasado, debe tener su zona de esparcimiento para el silencio que necesita la lectura profunda; pero debería contar, como en el pasado, con puestos reservados para la algarabía infantil que atraen los espectáculos. 

En cuanto a los sitios digitales se plantea el deber de construirlos como espacios virtuales; reconociendo que todas las personas que lo visitan son individuos con igualdad de derecho a un contenido personalizado que reconozca su singularidad. El nuevo sitio infantil-juvenil debe contener lugares de intercambio, zonas de intervención, recursos didácticos, y en la medida de los posible un sistema que beneficie a sus mejores visitantes.  

Así que imaginar una sala infantil-juvenil nueva es poner sobre la mesa nuevas paradigmas; porque queremos que los niños y los jóvenes que la visiten lean y aprendan. Ojalá no falten los cuentacuentos, los talleres, los colores, las crayolas, las plastilinas, las ruedas, las canciones. Ojalá tampoco falten los libros.