En esta casa de los libros que atesoran la cultura cubana y universal no podía pasar inadvertido un significativo aniversario del doctor José Antonio Portuondo

Desde adentro

Ilustres en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí: José Antonio Portuondo Valdor. Homenaje en el vigésimo quinto aniversario de su fallecimiento

Por: Mabiel Hidalgo Martínez

El 18 de marzo de 1996 falleció en La Habana José Antonio Portuondo Valdor. La Biblioteca Nacional José Martí (BNJM), institución que frecuentó desde principios de los sesenta, le dio la bienvenida en conferencias, exposiciones, homenajes a colegas, y en sus propios homenajes. Una gran exposición organizó la Biblioteca con motivo de su cumpleaños 75, en noviembre de 1986. En la conmemoración expresó el doctor Julio Le Riverend, su contemporáneo de batallas intelectuales:

"En esta casa de los libros que atesoran la cultura cubana y universal no podía pasar inadvertido un significativo aniversario del doctor José Antonio Portuondo, quien a lo largo de su duradero quehacer –una cincuentena de años- ha dejado por siempre huella en la historia literaria de nuestra patria. Lo importante, en todo caso, no es la edad, en sí y por sí, sino haberla aprovechado con sabiduría y recto juicio, con alegría y entusiasmo para proseguir". (1) 

Portuondo nació en Santiago de Cuba, el 10 de noviembre de 1911. En 1941 se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana y en los años siguientes su trayectoria profesional fue aumentando en calidad e intensidad. Anterior al triunfo de la Revolución Cubana ejerció como docente en la Universidad de Nuevo México y en la de Wisconsin (Estados Unidos). También en la Columbia University de New York, en la Universidad de Pennsylvania y la de los Andes, Venezuela.

Se desempeñó como Rector de la Universidad de Oriente, centro de altos estudios al que legó su sapiencia y magistral ejercicio de la docencia. También la Universidad de La Habana lo contempló en su claustro profesoral, y en 1981 le entregó el título de doctor en Ciencias Filológicas. De su talante como profesor sostiene Salvador Arias: 

"Portuondo sorprendía a su auditorio con alguna anécdota e incluso, sorpresivos chistes, que hacían reír […] Hay que pensar que no solo ha sido el profesor para los académicos […] sino que también ha sido el guía afectuoso que introdujo en el ámbito cultural al obrero, al campesino, al soldado o a la más sencilla ama de casa". (2)

Crítico literario, profesor y ensayista, su obra presenta profundos análisis histórico-sociales, con un enfoque filosófico marxista. Según la profesora e investigadora Ana Cairo Ballester, Portuondo fue quien primero aplicó a nuestra historia cultural el concepto de los intelectuales orgánicos de Gramsci. Refiere Cairo que en “Los intelectuales y la Revolución” aportó su propia definición de los grupos de intelectuales existentes en Cuba después de 1959: “políticos, clérigos, profesionales, técnicos, científicos, escritores, artistas, filósofos, entre otros”. (3)    

El Instituto de Literatura y Lingüística, institución que ayudó a fundar, la cual dirigió durante una década hasta 1975, y en una segunda etapa hasta su fallecimiento, se honra con su nombre. En su vasta obra publicada sobresalen las conferencias en Cuba y el extranjero, los estudios sobre poesía cubana, la crítica literaria, el análisis de la obra martiana, los estudios sobre la prensa obrera, entre otros temas de la cultura cubana y latinoamericana. 

La Revista de la BNJM contiene una decena de artículos suyos de un valor extraordinario, ya sean ensayos o prólogos de libros, además de la impronta que dejó en sus contemporáneos, revelada en dicha publicación. Un ejemplo es el exhaustivo análisis que publicó sobre el intelectual José Antonio Ramos bajo el título “El contenido político y social de las obras de José Antonio Ramos”, divulgado en el primer número de 1969.

Al cumplirse la primera década de su muerte, en 2006, la BNJM le rindió un homenaje. Para entonces, el investigador y ensayista Luis Toledo Sande reconoció en un artículo el heroísmo intelectual de Portuondo. Al respecto expresó:

"A él le tocó cargar con las consecuencias de orientaciones que, por ejemplo, provocaron en una obra como el Diccionario de la literatura cubana, a cargo del Instituto que hoy lleva su nombre, muchas más ausencias que las justificables por criterios que se quedaron sin que él pudiera dedicarles otra crítica de la época. Y cargó con esos déficits –muchos de ellos ajenos a su labor y a su sabiduría- con una entereza explicable únicamente por su honrado sentido de la disciplina". (4)    

Fue embajador en México y en el Vaticano. Recibió las órdenes nacionales “Félix Varela” y “Carlos J. Finlay”, esta última como científico en el campo de las Ciencias Sociales. Mereció el Premio Nacional de Literatura en 1986. 

El recientemente fallecido Historiador de la Ciudad de La Habana, doctor Eusebio Leal, nos entrega un hermoso testimonio sobre José Antonio Portuondo: “su manera de hablar, su prestancia impecable, su nívea cabellera, su voz suavemente modulada y sus acentos tan cubanos, hicieron de él maestro ideal de generaciones”.(5)    


Nota

Todas las imágenes pertenecen a la fototeca de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí.





  

Bibliografía consultada

1. Julio Le Riverend. “75 cumpleaños de José Antonio Portuondo”. En: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí.  Año 78, vol. XXlX, número 1, enero-abril 1987, p. 190.

2. Salvador Arias. “Ese septuagenario llamado José Antonio Portuondo”. En Revista de la Biblioteca Nacional José Martí.  Año 73, vol. XXlV, números 1-2, enero-agosto 1982, p. 258.

3. Ana Cairo. “Los intelectuales orgánicos en Cuba: algunas reflexiones” En: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, Año 91, Núm. 1-2, enero-junio 2000, p. 84.

4. Luis Toledo Sande. “A Berta, compañera”. En: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí.  Año 97, Cuarta época, números 3-4, julio-diciembre 2006, p.p. 27-28.

5. Eusebio Leal Spengler. “José Antonio Portuondo: un testimonio” En: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí.  Año 97, Cuarta época, números 3-4, julio-diciembre 2006, p. 30.



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