Desde adentro

Salitas, un fotógrafo muy audaz

Por: Vilma N Ponce Suárez

El campesino sujetado con un arnés de paracaídas pinta sobre la roca para dar vida a figuras de aborígenes, reptiles marinos, mamíferos, moluscos y otras especies de un pasado remoto. Luego desciende con ayuda de sus compañeros, quienes desde el suelo maniobran las bandas del andamio. El lente de la cámara de Roberto Salas Merino capta estos dos instantes del nacimiento de una monumental obra en el valle “Dos hermanas”, en Pinar del Río. Las imágenes ilustrarían después el artículo “El Mural de la Prehistoria”, del capitán Antonio Núñez Jiménez, publicado en la revista INRA de diciembre de 1960. Este resultó su primer fotorreportaje realizado para la publicación. Sobre aquella experiencia Roberto Salas recordaría años más tarde: 

“Yo hice un trabajo de fotografía en colores de los guajiros encaramados y amarrados de una soga. Entonces Raúl Corrales, que era el Jefe de Fotografía del INRA [Instituto Nacional de Reforma Agraria], me mandó para allá, porque sabía que yo estaba medio loco también. Yo me encaramé en la soga con los tipos pintando el mural y tiré una fotografía colgado, yo allá arriba como los locos”.  

Su dedicación a la fotografía comenzó siendo muy joven en los Estados Unidos, país donde nació en 1940. A los 17 años trabajaba ya como fotógrafo en El Imparcial de Puerto Rico, en New York. En esa época tuvo la idea de crear una fotografía que captara la insignia del Movimiento 26 de Julio colocada en la corona de la Estatua de la Libertad. Junto a varios miembros del Club Patriótico 26 de Julio de New York preparó el escenario, sin pensar en las posibles consecuencias políticas que esta acción podría reportarle. Su propósito era provocar a la prensa y a la opinión pública estadounidense para que incluyeran en sus agendas noticiosas los temas relacionados con la difícil situación económica y sociopolítica existente en Cuba en 1957, y los éxitos del Ejército Rebelde liderado por Fidel Castro. La instantánea impactó en los medios y logró su objetivo, pues salió publicada en importantes periódicos y revistas del momento, como New York Tribune, El Herald, Times y LIFE . Roberto seguía desde entonces el ejemplo de su padre Osvaldo Salas, tanto en la profesión, como en la afiliación política.

                                                                                      La señora y la bandera. Foto de Roberto Salas. Tomada de Cubadebate

Llegó a La Habana el 2 de enero de 1959 atraído por la vorágine revolucionaria. Poco tiempo después lo haría su familia. En esa etapa se unió al equipo de fotógrafos del periódico Revolución, quienes cubrieron la visita de Fidel Castro a Estados Unidos, con el fin de intervenir en la XV Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), en septiembre de 1960. Sobre aquellos sucesos la revista INRA publicó el reportaje “La voz de Cuba en la ONU”, donde fotos suyas y de sus colegas mostraron el jubiloso recibimiento popular al líder cubano y la represión policial de la que fueron objeto los manifestantes . 

Esos días que Roberto Salas pasó en New York se tornaron para él muy riesgosos. El director de Revolución, Carlos Franqui, le había solicitado que se quedara en esa ciudad una vez que la delegación cubana retornara a la Isla, para cubrir algún acontecimiento relevante que se produjera después. Esta decisión ocasionó que fuera preso, pues debía haber regresado con el resto de la comitiva, en correspondencia con el estatus de la credencial que le autorizaba a permanecer en los Estados Unidos.Por otra parte, tenía en su contra no aparecer inscrito como agente de prensa extranjero en el Departamento de Estado. También el joven de diecinueve años adquirió una credencial transitoria de fotógrafo de la agencia de noticias soviética Tass en medio de esta compleja situación. De aquellas azarosas jornadas Salas evocó: 

“Nunca estuve en una celda, me tiran en una oficina, y luego me saca de allí un abogado de la embajada de nosotros, de la misión en New York. Estoy pendiente a una audición frente al juez federal. (…) Ahí aprovecho la oportunidad (…) y voy a parar a Miami, y me escondo dentro de un avión y vengo a parar a La Habana. Está de más decirte que cuando llegué a La Habana no me querían dejar entrar (…). Conclusión, para salir yo del aeropuerto eso fue terrible, pero bueno, por fin pude salir”.  

La proximidad de las Redacciones del periódico Revolución e INRA, situadas en las calles General Suárez y Territorial, propiciaba que los fotógrafos, entre ellos: Alberto Korda, Raúl Corrales, Liborio Noval, Osvaldo y Roberto Salas, colaboraran en ambos medios de prensa. La cobertura informativa era tan amplia y variada en aquella época, que las hojas de Revolución resultaban insuficientes para ofrecer toda la información gráfica que generaban los fotógrafos. Por eso, la revista INRA era para ellos el medio ideal donde exponer sus obras, pues esta le otorgaba preponderancia a la imagen, en un contexto donde existía el interés político de divulgar las transformaciones que se producían en el país y el apoyo popular que recibían las nuevas leyes. 

En la década del sesenta Roberto Salas realizó uno de sus fotorreportajes más encomiables, cuyo objeto artístico fueron las minas de Matahambre, en Pinar del Río. Sobre cómo surgió la idea de esta serie, comentó: 

“Yo hice el trabajo de la mina porque yo paso por Matahambre un día. Había hecho un trabajo en la fábrica de sulfometales , que el Che Guevara la acababa de inaugurar. Paso por Matahambre y me llama la atención aquello, y descubro que el pueblo estaba entre comillas “dividido”: los que trabajaban en la mina y los que no trabajaban en la mina. Los que trabajaban en la mina se miraban como una especie de superhombres, porque bajaban a las profundidades de la tierra. Tenían un comedor aparte, ese tipo de ambiente. Y yo me pongo a averiguar, y la cuestión era que para trabajar en la mina había que tener bien puestos los pantalones. En aquella época la mina tenía de profundidad, hazte la idea de dieciocho hoteles Habana Libre, uno arriba de otro para abajo. Tú te montabas en el guinche y estabas seis minutos o seis minutos y pico bajando. Y entonces yo hablo en la revista para hacer el trabajo y me pasé casi un mes allí tirando fotografías”. 

En la mina de cobre más importante del país, Salitas, como lo llamaban sus compañeros para diferenciarlo de su padre, convivió con los mineros y laboró con ellos paleando el preciado mineral. En este lugar estuvo en tres ocasiones. Llevaba siempre consigo sus cámaras fotográficas de las marcas Nikon y Leica para atrapar los instantes más sugerentes. Resultó un trabajo muy ambicioso, pues llegó a utilizar 73 rollos de 35 milímetros en blanco y negro, lo que significó más de dos mil fotografías . 

Un grupo de instantáneas tomadas en las minas de Matahambre se publicaron en INRA (enero 1962), y otras, en Cuba (junio 1966) . En el reportaje “A 4, 127 pies bajo tierra”, el periodista Santiago Cardosa Arias relató para los lectores de INRA aquella experiencia inolvidable que vivió junto al joven fotógrafo al bajar en las “jaulas” hacia las profundidades de la tierra: “Allí abajo todo es humedad… y calor. Salitas se valió de un nylon para cargar una sola cámara. Pero ello no evitó que el lente, en algunas galerías, se  empañara. Si las fotos han salido bien, hay que felicitar al muchacho”. 

Las fotografías de Roberto Salas seleccionadas para INRA mostraron los rostros serenos y a veces sonrientes de varios mineros durante el descenso, o mientras trabajaban en el interior de la mina. En Cuba, con el título “Matahambre, oro rojo”, el despliegue fotográfico resultó más profuso y variado. Dos de sus instantáneas se seleccionaron para ilustrar a toda página la portada y su reverso en ese número de junio de 1966. En esta ocasión fueron menos las imágenes tomadas en las entrañas de la tierra, pues ahora se incluyeron también escenas de la vida cotidiana de los mineros. Sus mujeres posaron para la cámara, mientras los hijos fueron sorprendidos por el pertinaz fotógrafo cuando jugaban o asistían a la escuela. También, a pesar del cansancio por la dura faena realizada durante el día, el artista descubría a los hombres en las aulas, cuando recibían clases de superación obrera en la noche. Primerísimos primeros planos de rostros de los mineros se incluyeron en este fotorreportaje. También hubo planos detalles de sus manos y de algunos objetos imprescindibles para realizar la riesgosa labor de extracción del cobre. Esta obra constituyó un merecido y hermoso homenaje tributado por Roberto Salas a los mineros cubanos; pero además, con sus fotografías mostró al mundo que una nueva realidad, más humana, se estaba cimentando para este sector después de 1959.

La audacia juvenil de Roberto Salas se manifestó también durante la realización de varios fotorreportajes que tuvieron como tema central las Fuerzas Armadas Revolucionarias. En los sesenta, ante los constantes ataques aéreos y marítimos a la Isla organizados por el Gobierno estadounidense, constituyó una prioridad del país el fortalecimiento de su capacidad defensiva. La dirección política de la nación le interesaba que el mundo conociera la fuerza combativa existente, a manera de advertencia para los que intentaran una agresión. Para ello, el Gobierno Revolucionario solicitó a la Redacción de la revista Cuba que hiciera algunos trabajos en los que se reflejara el desarrollo militar alcanzado hasta esa fecha. 

Para cumplir dicha misión, la Redacción designó a Salitas y al periodista Norberto Fuentes, quienes entregaron una serie de cuatro reportajes. En febrero de 1964 se publicó el primero, titulado “Más rápido y más alto”, dedicado a la Fuerzas Aéreas Revolucionarias. El pie de una fotografía destacaba: “Los pilotos conducen con orgullo los velocísimos Migs 21, vanguardia de los aviones interceptores. Por primera vez se publica en Cuba un reportaje fotográfico sobre ellos”.  Otra de las instantáneas mostraba a un joven piloto montado en la moderna aeronave soviética, que miraba sonriente a la cámara. En realidad no era un miembro de la aviación revolucionaria, sino Roberto Salas, quien “(…) vivió personalmente la experiencia de los Migs para hacer este reportaje”.

“Pueblo con tanques” (junio 1964) trató sobre las fuerzas blindadas y motorizadas. El dossier fotográfico reveló instantes de una maniobra, en la que tanques anfibios y soldados con trajes antiquímicos y de enmascaramiento atravesaban un río y sorteaban los obstáculos. Otras fotografías captaron a los cadetes mientras recibían su preparación combativa. El siguiente reportaje, “Trincheras en el mar” (marzo 1965), tuvo como tema la Marina de Guerra Revolucionaria. Veintiséis páginas con cuarenta y tres fotografías tomadas por Salitas se ubicaron como preámbulo del texto de Norberto Fuentes. Mediante diferentes planos, principalmente generales, y formatos verticales u horizontales, el fotógrafo expuso el desarrollo de un ejercicio de combate en el mar. Las imágenes enfatizaban en el moderno equipamiento armamentístico defensivo, así como, la seguridad y destreza que demostraban los oficiales y soldados durante la maniobra.

El último trabajo publicado se tituló “TCAA cielo limpio” (julio 1966) y se dedicó a las Tropas Coheteriles Anti-Aéreas. El nacimiento de este cuerpo se produjo en 1964, gracias al equipamiento militar recibido del Gobierno soviético . La imagen de la portada mostraba los cohetes ubicado en la rampa, preparados para el despegue, en caso de detectarse un artefacto enemigo. Varias fotografías del reportaje acentuaron la majestuosidad de las armas mediante planos contrapicados.

Esta serie de ensayos fotográficos de Roberto Salas sobre las fuerzas defensivas del país se distinguieron por su gran impacto visual. Las instantáneas a color y en blanco y negro, algunas a toda página, resultaron muy atractivas. Acerca de estos trabajos Salitas apuntó en la entrevista: 

“Empezamos con los Mig. El primer civil que vuela en los aviones de chorro soy yo. ¡Yo he hecho cada barbaridad! Después hicimos ‘Trinchera en el mar”, que eran los barcos, luego, los tanques, hice la fuerza blindada. Otro trabajo fue sobre la cohetería, y uno que no se publicó, que era sobre las tropas de paracaidismo (…). Eso me costó a mí cuatro saltos en paracaídas que después no vi las fotos. (…) así se hicieron varios trabajos”. 

Otro de sus fotorreportajes en los años sesenta tuvo como centro la guerra en Viet Nam. La agresión del Gobierno de los Estados Unidos a ese país y la heroica resistencia de su pueblo conmovieron a numerosas personas del orbe. La solidaridad de Cuba con esa nación estaba a flor de piel. El 2 de enero de 1966 Fidel Castro aseguraba que “(…) al pueblo de Viet Nam estamos dispuestos a darle no ya nuestro azúcar, sino nuestra sangre, ¡que vale mucho más que el azúcar!”.  En la prensa nacional se publicaban casi a diario noticias y comentarios sobre los sucesos que ocurrían en ese país asiático. Roberto Salas ansiaba captar con su lente instantes de esta epopeya, a pesar de los peligros que significaba la visita a una nación en pie de guerra. Sobre cómo logró hacer el viaje, relató:  

“El problema es que yo voy a Viet Nam por cuenta propia. Yo no voy representando a nadie. Yo no voy a hacer un trabajo que me pidieron que hiciera. En el 66, Celia Sánchez me pregunta qué otra cosa quería hacer. Y yo le dije que tenía ganas de ir a Vietnam. Nadie había ido. Entonces ella me dice que vaya, y que coordine todo, porque en el 67 Fidel Castro tenía la idea de ponerle el nombre al año de Vietnam. Ella quería que yo hiciera después una exposición central - la que se hizo en Santiago de Cuba -, dedicada a este pueblo. Ese fue mi objetivo fundamental”. 

Sus fotografías salieron publicadas en el número especial de la revista Cuba, dedicado a Vietnam (junio de 1967) . Una nota introductoria al reportaje indicaba: “Un pueblo convencido hasta la obsesión de que expulsará de su tierra a las fuerzas de agresión más violentas de la era actual. Esto es lo que Roberto Salas captó con su cámara y relató a Norberto Fuentes después de cuatro meses de estancia en el norte de Vietnam”.   

Salas visitó todos los pueblos y ciudades de Vietnam del Norte, la mayoría totalmente destruidos por las bombas. Durante el trayecto salió en una ocasión de las trincheras para tomar algunas fotos, cuando “(…) oímos un gran silbido que se acercaba con rapidez. Un compañero dijo: “may bay” (avión), pero otro gritó que no, que era bomba, y saltamos de nuevo a las trincheras. No era una bomba, fueron 24 de fragmentación de 50 kilos cada una. Bombas antipersonales. Cayeron a unos 80 o 100 metros de nosotros”.  La experiencia debió ser traumática. Comprobó en carne propia como los aviones enemigos no tenían la misión de destruir un objetivo militar, sino la de asesinar a personas.