La Puntilla

Con un himno en la garganta o la actualización de una epopeya

Senén Alonso Alum

Ese cadáver que venciste mira,

Que murió con un himno en la garganta,

Que entre tus brazos mutilado expira

Y en brazos de la gloria se levanta!

A mis hermanos muertos el 27 de noviembre, José Martí

     El símbolo, pista semiótica que deviene sumario de sensaciones, nace señalado por su tiempo. Hay preñez de grandeza en el vientre de cada época. Cuba, progenitora de maternidad insular, ha engendrado vástagos ilustres que abrillantan nuestro linaje. La centuria decimonónica fue pródiga en la fabricación de tradiciones patrióticas, leyendas de biografía verificable. Así, los Héroes y la Historia (apoyados por el anecdotario popular que cada generación transmite) conformaron una cosmogonía nacional de manufactura mitológica. El inicio de nuestras luchas en pos de la independencia ―alternativa belicosa y necesaria―; Maceo y su obstinación broncínea de no ceder ante los proyectiles enemigos; o el genio ecuménico de Martí, candil apostólico de gesto y palabra, son solo algunos de los motivos que componen nuestra simbología fundacional. Otro tanto ocurre, sin duda alguna, con los sucesos del 27 de noviembre de 1871.

   Crimen despreciable, rubricado con la saña propia del tirano temeroso, el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina representó el cénit sangriento de la impotencia colonial. Surgió también, con el quiebre de estas vidas, una inspiración aglutinante en el alumnado cubano. Con el objetivo de rememorar investigaciones y ahondar en este hecho y sus consecuencias (políticas, simbólicas), la Editorial UH  aunó esfuerzos con Ediciones ICAIC y, bajo la coordinación de José Antonio Baujin y Mercy Ruiz, fue posible la aparición de un volumen presto a iluminar nuestras interrogantes.

   Con un himno en la garganta. El 27 de noviembre de 1871: investigación histórica, tradición universitaria e Inocencia, de Alejandro Gil resulta un texto (o un compendio de estos) digno de atesoramiento. El marcado interés de la Editorial UH (vicaria vivaz de toda la Universidad) rinde sus frutos con esta publicación.  El estudiantado cubano, ávido de tradición, tiene la oportunidad de aproximarse a la génesis del imaginario universitario. Asimismo, el gran público tendrá a su disposición un recuento minucioso y actualizado de un hecho histórico sustancial en la configuración de nuestro sentir patrio. 

   Por su parte, los profesores pertenecientes a otros niveles de enseñanza podrán descubrir en este volumen un complemento ideal para su labor pedagógica. La variedad genérica de los textos, así como el vistoso empaque editorial que los envuelve, pudieran conducir el interés infantil y adolescente ―tan limitado en los tiempos que corren― hacia los senderos de la Historia de Cuba.

   Superadas las frases preliminares a cargo de la Rectora de la Universidad de La Habana, la Dra. Miriam Nicado García, el célebre poema martiano A mis hermanos muertos el 27 de noviembre principia el contenido literario del libro. Enseguida, las palabras prologales de Baujin recorren someramente el acontecimiento y sistematizan, arropadas por el didactismo del buen maestro, la información incluida en el volumen. 

Tres serán los apartados temáticos al interior del texto. El primero, miscelánea de méritos históricos, congrega estudios de profesores de la casa de altos estudios en Cuba: Luis Fidel Acosta Machado, Leonardo M. Fernández Otaño y Francisca López Civeira. Acontecen comentarios en torno a la atención investigativa suscitada por el 27 de noviembre (escasa y escueta, con la feliz excepción de dos textos incluidos, precisamente, en esta pieza que reseño); son enumerados los principales monumentos habaneros que retratan el calvario y la posterior “ascensión” de los jóvenes: perpetuación pétrea de pieles, todavía impúberes, mas ya épicas; finalmente, presenciamos un escrutinio de la tradición de rebeldía universitaria iniciada por los adolescentes fusilados. Como bien lo recalca la especialista López Civeira, esta terquedad juvenil devenida en rebelión ha actualizado sus códigos, enriqueciendo el símbolo del estudiante mártir a partir de figuras como Rafael Trejo (1910–1930) o Rubén Batista (1921–1953).

   El segundo apartado comprende los trabajos de Fermín Valdés Domínguez y Luis Felipe Le Roy y Gálvez, canónicos en lo que respecta al suceso que nos ocupa. El primero, movido por su privilegio de testigo presencial e insuflado de arrebatos románticos, refiere los hechos con la viveza de la indignación tenaz; el segundo se apoya con mayor sosiego en la cientificidad de los datos que acumula y compara. 

   Por último, el tercer apartado versa sobre la película Inocencia, conmovedora pieza de Alejandro Gil. Comparten aquí sus escritos los también profesores universitarios Astrid Santana Fernández de Castro, Lázara Menéndez y el polifacético Francisco López Sacha (narrador, crítico, ensayista). Estos especialistas nos ofrecen sus observaciones acerca de la correspondencia Historia–Arte y la capacidad de esta para representar con eficacia los lances de aquella, además de comentar críticamente el episodio del rescate abakuá, escena que pretende poesía antes que relato histórico, entre otros temas. 

   La cinta exhibe decorados y vestuarios que ambientan eficazmente la época representada. Espacios interiores de factura artística hacen gala de su predominio, metaforizando sobre la arquitectura esa claustrofobia de libertades que nos extinguía. Aun así, no gravita en méritos técnicos la mayor celebración de Inocencia. La clave de su éxito viene dada por la plena identificación del público, catarsis caudalosa, extracto purificatorio de raigambre aristotélica. El espectador, como inducido por cierta influencia stanislavskiana, es columpiado por el vendaval emotivo que atraviesa el filme. Distingue en el argumento la injusticia; reconoce a sus hermanos en los mártires. El llanto supone, sin duda, complemento ideal para los aplausos.

   En resumen, este libro dignifica la tradición y entroniza la inocencia, resultando en recorrido variopinto por uno de los momentos capitales en la fundación de nuestra nacionalidad. Sea este un merecido homenaje para aquellos héroes que inauguraron la epopeya del estudiantado cubano.