Desde adentro

Aporte de Manuel F. García a la historiografía de Matanzas: perspectiva de la ciudad en la primera mitad del XIX desde un manuscrito inédito

Por: Johanset Orihuela León & Ramón Cotarelo Crego

Los años entre 1808 y 1833 marcaron un período crítico en la historia de España y sus colonias. No solo estuvo la Corona envuelta en una cruente guerra civil y reformista, sino que a la vez comenzaba a perder parte de su vasto imperio americano. En 1808 Napoleón derrocó el gobierno español de Fernando VII, quien fue exiliado. Cuba, como colonia del vasto imperio, profesó lealtad a Fernando VII, aceptando a la vez, la promulgación de la Constitución de 1812. Fernando retomó la Corona en 1814 y regresó del exilio, pero la revolución interna y las reformas sociales colmaron la atención que el gobierno español podía rendir a sus colonias americanas. A pesar de ello, este fue un momento de máximo avance socioeconómico y cultural en Cuba, y especialmente en la ciudad de Matanzas. En 1819, finalmente se abrió el puerto matancero al comercio global (y también esclavista) con la puja del gobernador Juan de Tirry y Lacy. Con el crecimiento económico que siguió, se crearon el primer teatro de la ciudad (1822), la Diputación Patriótica (1827), los periódicos y La Aurora (1828, aunque ya en 1813 se había creado el Diario de Matanzas), la Sociedad Filarmónica (1829) y la primera biblioteca pública (1833) entre otras (Alfonso, 1854; Quintero, 1878); todas con un significativo impacto en la vida social, económica, y cultural de la ciudad. 

La creación de estas instituciones reflejaba el espíritu fomentalista, que, como influencia ideológica, apoyaban el descubrimiento y explotación de los recursos naturales de manera inteligente (Marrero, 1980). Esta corriente, a la vez, eran síntomas de un crecimiento que venía gestándose desde la segunda mitad del siglo XVIII (ej. Comisión del Conde de Mopox y Jaruco; véase Orihuela y Cotarelo, 2020). Al morir Fernando VII a finales de septiembre de 1833, su hija, la infanta María Isabel (1830-1904), heredó el trono como Isabel II. Su madre María Cristina (1806-1878), actuó como reina regente sosteniendo una política mucho más liberal hacia las colonias americanas. En este contexto floreció un interés dirigido a rescatar y preservar la memoria histórica de la ciudad y su acontecer diario en forma de breves compilaciones. Entre estas surgieron los escritos de José M. O’Farrill y el doctor presbítero Manuel Francisco García que abren una ventana hacia Matanzas en las primeras décadas del seminal siglo XIX. 

El manuscrito inédito de Manuel Francisco García que se encuentra en la colección de J. A. Escoto, de la biblioteca de Houghton, Universidad de Harvard (EE. UU.), está compuesto de 18 folios en cuarto y fechado en Matanzas, el primero de mayo de 1832 (MS Span 52, 746). En sus primeras líneas García explica su destinatario y objetivo: “…al doctor secretario de la Sección de Historia…” de la “Junta” pero no se explica cual. A este se remitía el “…cuaderno que abraza, además de las noticias concernientes al ministerio (…) las tradiciones de más autoridad sobre la raza indígena que poblaba este suelo…”, y cuya intención era que la “Junta” se encargara de su publicación, la cual atendería a su “…ardiente deseo de ser útil al público…” (fol. 1r). Se disculpaba García diciendo

“Quisiera haber podido despachar este pequeño trabajo con mayor anticipación, y de un modo más completo…” pidiendo que la sección de la Junta, a la que remitía el trabajo, disimulara lo que considerara inapropiado: “Espero que disimule que no le haya dado toda la latitud que la sección desearía, así porque las graves ocupaciones de un ministro apenas me dejan el tiempo necesario…” (fol. 1r, figura 4). 

Al parecer el cuadernillo no llegó a publicarse y arribó con los papeles de Escoto a la colección de Harvard. Estos documentos llegaron a dicha institución en 1929 como obsequio del naturalista Tomás Barbour, investigador del museo de Zoología Comparativa de aquella universidad, quien los compró en una visita a Cuba en 1917 (Orihuela y Hernández de Lara, 2018). 

A comienzos del siglo XIX, Manuel Francisco García había sido presbítero de Corral Nuevo. De su pluma nació un expediente sobre la construcción de un nuevo cementerio general de la ciudad de Matanzas, el cual ayudó a promover con su publicación en 1840 en la Imprenta del Gobierno y Marina (La Aurora de Matanzas, jueves 8 de octubre de 1840, p. 2). Como venerable sacerdote luego de la iglesia de Matanzas, e íntimo amigo del bardo Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), permitió que se sepultara a este, a pesar de haber sido fusilado, “…al pie del quinto pino o casuarina que se ostentaba a la izquierda de la entrada…” de aquel nuevo camposanto (Morales, 1901: 174). García fue discípulo del padre Félix Varela, e impartió clases de filosofía en el colegio La Empresa (Morales, 1901) e integró la Asamblea Suprema y comitiva bajo cuyo cuidado se construyó la iglesia de San Juan Bautista en el barrio de Pueblo Nuevo (Pettway, 2020). 

Los apuntes históricos del padre García comienzan con la posición cosmológica de la bahía – como era usanza de la época, véase también en la publicación de O’Farrill – y de ella pasa a su etimología toponímica. Sobre el origen de esta última registra que “…se cuestiona entre los anticuarios de la isla, unos defienden que proviene de la matanza de indios…” y otros de la matanza de ganado al comienzo del siglo XVI (fol. 1r). Para esta época, recordemos que García redactó el manuscrito en 1832, fue que se comenzó a superponer sobre la ciudad el sitio de la matanza de Caonao (originalmente en Camagüey), interpretada por algunos intelectuales de la época como la supuestamente ocurrida en la bahía de Matanzas que dio firmamento al nombre de la rada y a la leyenda de Yucayo (Orihuela y Viera, 2020). 

Continuó el padre García que algunos consideraban que “Yumurí” provenía del lamento de un aborigen en “mal castellano” [yo morí], como es común creencia. Otros sostenían una hipótesis contraria, “…que el referido nombre trae su origen de la crueldad alerosa [sic] que el principio de la conquista practicase ciertos indios…” (fol. 1r). Todas las variaciones sobre el origen toponímico de la bahía carecen de veracidad histórica, pero ha sido asimilado en la identidad cultural de la región. Como tema, el origen del nombre de la región matancera sufrió un proceso revisionista en la segunda mitad del siglo XIX que contribuyó a adquirir su estatus legendario actual (Orihuela y Viera, 2020). Pero los escritos de García anteceden a las publicaciones de José María de la Torre y Francisco Javier de la Cruz, dos autores que influyeron en plasmar la leyenda del mítico Yucayo de la bahía de Guanima sobre Matanzas (siguiendo las distorsiones de algunos cronistas del siglo XVI, Orihuela y Viera, 2019, 2020), por lo que es improbable que dichos autores hayan nutrido los apuntes del padre García. Para la época no existían las publicaciones en esta temática como el Álbum de Yucayo (1847), o los artículos de periódico de Francisco Ximeno, Juan Ignacio de Armas, José María de la Torre y Javier de la Cruz (véase bibliografía). Como fuentes, García cita la obra de Antonio José Valdés (1813).

Sobre los aborígenes de la región comentó:

“Los indios de esta comarca fueron extinguiéndose desde el descubrimiento, pero desde el año de 1539, en que llego a gobernar la isla Hernando de Soto, al de 1564 (…) se fueron casi todos en sus piraguas a la Florida; creyendo, según antiguas tradiciones, volver al país de sus antepasados…” (fol. 2-3). 

García otorgó amplio espacio a comentar sobre los aborígenes, su extinción, y sus casas de madera y guano, sus muebles, instrumentos líticos (ej. “piedras de rayo’) y otras aplicaciones, citando en varias ocasiones al Barón Alejandro de Humboldt. En gran parte, los apuntes de García sobre los nativos cubanos son limitados y poco informados. Visto a la luz del conocimiento actual, muchos son incorrectos. Al parecer, García plasmó lo que era quizás conocimiento común de la época. En otras instancias, curiosamente, hace referencia a conocimiento que no se estableció hasta años después, como la división territorial o las provincias aborígenes de la isla (fol. 4). En este tema, antecede la publicación de José María de la Torre (1839-1847). 

Sobre la fundación de la ciudad y la extensión territorial

Según García: “…las primeras líneas de esta ciudad fueron trazadas el sábado 10 de octubre de 1693…” en presencia de “…36 personas muy distinguidas…” Sumó García que fue el obispo de la isla, Diego Evelino de Compostela quien nombró la ciudad “San Carlos Alcázar de Matanzas” (fol. 1v). Este pasaje presenta varios errores, algunos arrastrados sin verificación de la documentación primaria hasta recientemente. La ciudad de Matanzas fue oficialmente nombrada “San Carlos y San Severino de Matanzas” por el gobernador, Capitán General de la isla, don Severino de Manzaneda en octubre 12 de 1693. Los presentes fueron mucho más que 36, y los vecinos fundadores oficiales entre 19 y 20, como ha quedado demostrado de fuentes documentales y demográficas de la época (Orihuela et al., 2019a, 2020). Sumó el padre García: “…Desde el año de 1693 en que tuvo principio la fundación de Matanzas hasta el corriente siglo, muy pocas son las ocurrencias notables que ofrece su historia…” Afirmación que está muy lejos de realidad histórica. De estos pequeños errores es evidente que García no extrajo su información de las Actas Capitulares en el archivo del ayuntamiento u otras fuentes primarias. 

Continuó el padre García que, ya desde 1607 – según una cédula real expedida el 8 de octubre – Matanzas se consideró un poblado sometido al gobierno de La Habana, dentro de su distrito. En este dato siguió la obra de Valdés (1813); el dato es verosímil y apoyado en documentación primaria. 

Arquitectura, demografía y riqueza local

El aporte más significativo de la obra de García se encuentra en este acápite, especialmente su aporte a las estadísticas locales, datos sobre las fortificaciones e iglesia. En estos temas los apuntes de García constituyen una fuente primaria, dado que de esto fue testigo de primera mano durante su estancia en la ciudad. Resulta particularmente novedosa para 1832 su recopilación de los curas párrocos de la ciudad entre 1693 y 1809, ya que anteceden los provistos por Alfonso (1854) y Quintero (1878). 

Sobre la arquitectura local apuntó:

“Hace 14 o 15 años [o sea 1814-1815] que era tan rara una casa de teja y mampostería como lo es actualmente en la parte principal de la ciudad, una de las llamadas comúnmente de ‘guano’ que tocan a ser total extinción. (fol. 4-5). 

García proveyó un breve censo, que puede compararse con el de Tirry ya publicado (Orihuela, 2020a) y el O’Farrill en la figura 2 en la primera parte de este aporte (Orihuela y Cotarelo, 2021). Según las tabulaciones del cura había 1800 casas en la ciudad, cada una con un promedio de ocho habitantes por familia. Sobre el capital disponible para el crecimiento urbano sumó que:

“El capital que consideramos hay destinados a la fabricación pasa de 650,000 pesos. Se levantan fabricas cuyos impuestos ascienden de 40 a 70,000; de 6 a 12 se ven por todas partes los vecinos de 12 a 15 años se encuentran transportados como por ensalmo [sic] a una hermosa población…” (fol. 5). 

La población había crecido desde 4887 habitantes (contando blancos, esclavos y libertos) en 1816 a 9333 una década después (~44%), y en julio de 1828 a 11154. En total, constituyen una tasa de crecimiento de ~83 % que reflejan la inmigración y el crecimiento socioeconómico que experimento la ciudad desde la apertura de su puerto.  Sobre este punto que:

“El puerto tiene un embarcadero a 5 leguas de distancia, que, aunque insalubre en localidad se ha hecho importante, oyes en el año 16 [1816] había tres lanchas destinadas a la conducción de frutas que allí depositan hacendados para traer a los almacenes de la ciudad…” (fol. 5). 

Ya en 1828, el pastor norteamericano Abiel Abbot, de paso por la ciudad, advertía que 

“Matanzas, a causa de su súbito desarrollo, se ha convertido en una ciudad de considerable importancia y está destinada a ser una gran urbe. Hace dieciocho años era sólo algo mayor que Cárdenas, pero gran parte de este crecimiento ha ocurrido en los últimos diez años…” (Abbot, 1829: 126). 

Para 1832 este número de embarcaciones se había multiplicado a 32 lanchas “…exclusivamente en este tráfico, matriculadas (…) provechosamente a 225 hombres…” Estas lanchas fueron fuente de empleo y un componente ilustrativo del crecimiento económico substancial que experimento la ciudad a través de su puerto durante las primeras tres décadas del siglo XIX. Otras 58 lanchas más 400 esclavos “…facilitaban los embarques y desembarques para más de 300 buques de diferentes puntos y naciones que anualmente vienen a nuestras bahías…”, que, en los últimos 14 años habían alcanzado los 5 millones. Las fotografías tomadas en la ciudad por el norteamericano George N. Barnard en 1859 reflejan los trajines diarios del puerto y las lanchas del río (Orihuela y Viera, 2016). 

Según el padre García, fue durante el siglo XIX que se conoció la riqueza de sus suelos y la “importancia topográfica” de la región. Apuntó, evidentemente siguiendo el censo de Tirry, aunque sin citarlo, que en 1813 existían en los campos matanceros 37 ingenios y 73 cafetales, con una extracción que equivalió en 1816, a 21,876 cajas de azúcar y 18700 de café. Para 1826 se había más que duplicado a 115 ingenios y 228 cafetales; toda una taza de crecimiento de 30%. 

García además comentó sobre la calidad de las aguas de la región. Entre estas resaltó las de Cuanavaco, a cuatro leguas al oeste de la ciudad – hoy sumergidas bajo la presa del Valle Elena; las de San Miguel y las de San Pedro; todas ellas descritas en detalle, sumando las aguas de igual importancia en los baños de Pila, Ocújal [sic], Madruga y Cupey. 

Sobre las fortificaciones de la ciudad comentó García que: “…defienden a Matanzas los cuatro fuertes de San Severino, el Morrillo, Penas Altas y la Vigía, cuya importancia graduada en el orden que se denominan, reducen la nulidad de la última…” (fol. 8). Este último pasaje directamente refiriéndose a la ya considerada entonces obsoleta batería de San José de la Vigía, que, en conjunto a otros proyectos de la rada, condujeron a su demolición en agosto de 1862 (Orihuela y Viera, 2016; Orihuela et al., 2019b). Continuó García, que otras construcciones importaban una placentera confianza, resaltando “…la posesión del más hermoso cuartel de la isla, en cuyo costo ha contribuido este vecindario…” (fol. 5), refiriéndose al cuartel de Santa Cristina (López 2016, 2019, Orihuela et al., 2021). 

Dado su posición como miembro de la Iglesia, el cura García ofrece algunos datos novedosos sobre la arquitectura y funcionamiento de esta instrucción en la ciudad. Sobra la actual Catedral San Carlos Borromeo complementó que se le había construido “…la torre de bella arquitectura a los 133 años [de su construcción inicial], siendo obispo (…) don Juan José Días de Espada y Landa…” y bajo la capitanía de Dionisio Vives, la gobernación de Cecilio Ayllón y su propio (el de García) envolvimiento en la supervisión de la obra. Este apunte antecede la obra inédita de José Jacinto M. Martínez “Crónica de la iglesia parroquial de San Carlos de Matanzas extractadas de los Archivos de esta y otras noticias” fechada en 1857 (Pérez, 1992; Orihuela et al., en prensa). Sobre su interior mencionó tener “…hermosos altares de caoba, adornado lo posible con (…) aseo...” (fol. 8). Contenía establecidas dos cofradías, una con el Santísimo Sacramento y otro de la Soledad de María Santísima. 

Según el padre García, la parroquia matancera contaba con cuatro iglesias: una en Nueva Florida (Ceiba Mocha), Santa Ana, Santa María del Rosario del Corral (Corral Nuevo) y San Juan Bautista de Pueblo Nuevo. De esta última “…se ha logrado su conclusión o fabrica con la piedad del vecindario…” (fol. 8). Su primera piedra había sido asentada, a vista de un público espectador “…júbilo y alborozo…” el 21 de diciembre de 1828.  Aquella primera piedra llevaba la siguiente inscripción en latín:

Ferdinando 7º Rege. Pio, Semper arrquisto, Franco. Dionisio Vives, Insulam Cubae, Joanne Josepho Días Espada, Diececium habanerum, Cecilio Ayllon Matantiae civitatem, Emmanuele Francisco Garcia, Paraeciatem ecclesiam, feliciter gubernantubus, Templum Hoc Pecunia Collectitia, Coditum, Divo Joanni Baptistae, D. O. C. Anno Domini MDCCC XXVII (fol. 9).

Las gestiones para la construcción de la iglesia San Juan Bautista de Pueblo Nuevo habían comenzado desde junio de 1827 con la donación del espacio por tres vecinos: Norberto García, Manuel de Sotolongo y Juan Dulzaides quien fuera luego su maestro de carpintería; a estas sumada otra de los herederos de Rita de Sotolongo (Domínguez, 1963). En 1828 fue aprobado el proyecto y finalmente culminado en mayo de 1832(Quintero, 1878; Treserra, 1941; Domínguez, 1963; López y Marrero, 2012). Es notable en la inscripción la participación del padre García – la cual, según Domínguez (1963: 8) le fue encargada por el obispo Espada el 22 de febrero de 1828. El albañil de la obra fue el maestro José Hernández (op. cit.) Al fondo del altar mayor llevó colocada una “…hermosa imagen de San Juan Bautista, titular de dicha iglesia, hecha por el célebre profesor D. Juan Bautista Vermay…” (Domínguez, 1963: 8). 

Sobre el nuevo cementerio, con el cual también sostuvo una conexión directa, el padre García escribió: 

“El 24 de agosto de 1825 se erigió la capilla del Cementerio General de esta ciudad y se dijo la primera misa en ella, habiendo concedido el actual Excelentísimo e Ilustrísimo Sor. Obispo diocesano…” (fol. 9). 

García ofrece además un largo listado sobre las ermitas, capillas, y otras obras dedicadas a múltiples santos en varias haciendas del interior matancero. Por ejemplo, una ermita dedicada a San Francisco de Paula en el partido de Laguna Larga de Manuel Martínez; un “oratorio legítimamente construido” en La Cumbre por “don Joaquín”; y la señora marquesa de Prado Ameno tenía otra dedicada a Nuestra Señora de la Candelaria en su hacienda de Los Molinos. Finaliza sus apuntes con otra larga lista de curas párrocos, tenientes de curas y sacristanes mayores de la parroquial matancera entre 1693 y 1809. 

Conclusiones 

Si de la historia de la Atenas de Cuba se trata, nadie mejor que el historiador y militar ateniense Tucídides para recordar que “la historia es un incesante volver a empezar”, quizás porque como expresara Mario Benedetti “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron las preguntas” y es tarea del historiador honesto rastrear hasta la saciedad todas las posibles fuentes que ayuden a la realidad histórica. Los aportes de José M. O’Farril y Manuel Francisco García, con sus verdades, errores e imprecisiones, son una prueba de cuanto todavía queda por desempolvar y sumar acerca de algunos pasajes de la historia matancera y son, además, testimonios de la riqueza que atesoran las bibliotecas y los archivos para apoyar estas búsquedas. En el caso de O’Farrill se conservan en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí algunos de los números de prensa donde quedaron sus ideas y con respecto a Manuel Francisco García, cuya obra contiene múltiples incongruencias históricas, algunas refutadas recientemente con evidencia documental y otras que son artefacto de la memoria de la población, lo respalda la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard donde se conserva la inestimable colección de José Augusto Escoto. Con estas páginas se pretende divulgar aspectos menos conocidos de la historiografía local, sin temor al dato que pueda hacer cambiar “verdades establecidas” pues como decía el gran Miguel de Unamuno “...el progreso consiste en renovarse...”    

Bibliografía consultada

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Pie de y Figuras

Figura 4. Fragmento del manuscrito y autógrafo del padre Manuel Francisco García en la colección de J. A. Escoto, de la biblioteca de Houghton, Universidad de Harvard (EE. UU.), Matanzas, el primero de mayo de 1832 (MS Span 52, 746).

Figura 5. Estereovistas de la ciudad y puerto de Matanzas por George N. Barnard, tomadas en 1859 y publicadas por Harold E. Anthony (New York) desde 1860. Arriba: vista del fondeadero desde el muelle. Nótese los botes o lanchas del puerto (arriba) cargadas de carbón. Abajo: vista hacia la batería de La Vigía y el río San Juan (colección privada de J. Orihuela).