Imaginarios

Homenaje al bibliotecario, bibliógrafo, investigador y escritor Tomás Fernández Robaina.

Por: Victor Fowler Calzada, Araceli García Carranza, Rafael Acosta de Arriba, Roberto Zurbano y Georgina Herrera

Palabras de Elogio a Tomás Fernández Robaina en ocasión de la entrega de la distinción por la Cultura Nacional, 5 de marzo de 2021, Biblioteca Nacional. Lo que Tomasito no sabe.

Por: Victor Fowler Calzada

  Lo conocía desde que, a inicios de los 80, fuimos compañeros en ese mundo especial que son los talleres literarios. Él participaba y concursaba por el municipio Habana Vieja y yo por Plaza de la Revolución, teníamos amigos comunes y soñábamos -como todos los que entonces girábamos en el mismo círculo– con ganar el Encuentro-Debate Municipal e ir más lejos. De hecho, el Catálogo General de la Biblioteca Nacional guarda varios de aquellos folletos que para la ocasión eran impresos y en más de uno aparecen las contribuciones de Tomás; de estas, hasta donde recuerdo, aún quedan varias por ser recogidas en libros o editadas para públicos más amplios.

Pocos años más tarde, esta vez como humilde lector, estuve entre los muchos que disfrutamos con las Memorias secretas de dos mujeres públicas (1984) de su autoría, pequeña joya de la literatura testimonial cubana al que han seguido en el tiempo títulos como Hablen paleros y santeros (1994) y Misa para un ángel (2010)

Sin embargo, no fue sino hasta que fuimos compañeros de trabajo en la Biblioteca Nacional (donde ya él era toda una leyenda) y a que también fuimos vecinos durante casi veinte años (por lo que hacerle la visita se convirtió en algo habitual) que empecé a conocer otras aristas de la persona; es decir, a la persona misma.

Aquellos que no poseen el entrenamiento práctico o la cantidad suficiente de conocimiento teórico como para entender el mundo de las bibliotecas, apenas caen en se percatan de la enorme distinción que merecen (igual a los miembros de alguna comunidad suprema dentro de la profesión) los especialistas en Bibliografía. Ellos rastrean, seleccionan y organizan la producción literaria de todo un período, autor, editorial u órgano de prensa, región determinada o temática exacta. Los años de ejercicio equivalen a muchos miles de páginas leídas, exploraciones en las vidas de autores, desplazamientos (reales o no) a través de mapas, diversas pruebas o maneras de organizar la enorme montaña del conocimiento producido. Al final, de tanto explorar el contenido de que se trate, el bibliógrafo “entiende” como nadie la arquitectura interna del pensamiento que produjo la masa de documentos con los que hace su trabajo. Es por esto que los grandes bibliógrafos -como han sido entre nosotros Antonio Bachiller y Morales, Carlos M. Trelles, Fermín Peraza, Araceli García Carranza y el propio Tomás Fernández Robaina– son organizadores de conocimiento con elevado manejo de información y un fino juicio crítico, intelectuales de sus tiempos.

En este, su campo como profesional de alto nivel, Fernández Robaina es hacedor de obras tan relevantes como las Bibliografía de José María Heredia (1970), Bibliografía de bibliografías cubanas (1974), Bibliografía de la mujer cubana (1985), Bibliografía de temas afrocubanos (1986) y esa gran contribución que fue haber creado el Índice general de publicaciones periódicas, repertorio de importancia enorme para el estudio de la cultura cubana en el período revolucionario. 

En años recientes, tal esfuerzo se ha visto complementado por textos en los cuales él analiza u homenajea la obra de colegas, como se ve en sus Apuntes para la historia de la Biblioteca Nacional José Martí (2001) y en Crítica bibliográfica y sociedad (2011). Además de ello, Fernández Robaina es autor de títulos imprescindibles de la investigación histórica entre nosotros como lo son: El negro en Cuba El negro en Cuba (1902-1958) (1990), Cuba: personalidades en el debate racial (2008) e Identidad afrocubana: cultura y nacionalidad (2009). En estos, Tomás ahonda -desde ángulos distintos– en  el estudio de la identidad cultural y la historia social del negro cubano, esfuerzo con el recoge y desarrolla la obra de dos de sus mayores maestros: Walterio Carbpnel y Pedro Deschamps Chapeux. 

Además de lo anterior, el trabajo como docente universitario y como especialista de la Biblioteca Nacional le ha permitido a Tomás compartir sus ideas a lo largo del país; así, ha desarrollado una larga y sostenida labor en el trabajo de formación de nuevos bibliógrafos, pero también de nuevos investigadores de la historia social del negro cubano. En este punto, su trabajo como bibliógrafo incluye las numerosas tesis y trabajos de investigación en los que figura como tutor o asesor; de estos me permito señalar dos, que me parecen de importancia mayor: una Bibliografía de la crítica sobre poesía cubana (1959-1979) y una Bibliografía de literatura cubana (siglos XIX y XX) que, de modo tan desprendido, me facilitó.

A esto hay que sumar su defensa de la cultura nacional en los escenarios académicos internacionales a los que ha sido invitado, su generosidad para establecer puentes entre investigadores de diversos países y para promover la obra de sus colegas cubanos y algo que muy pocos conocen, porque apenas lo menciona, su sentido de pertenencia a la institución en la que lleva ya más de medio siglo. Sea esto dando impulso y trayendo consigo, de algún viaje, donativos para la Biblioteca o propiciando contactos, intercambios y, en general, proyectos de gran valor.

Mencionar esto me ayuda a destacar la tremenda humildad de Tomás y su generosidad para con quienes se le acercan, sean estos encumbrados investigadores o simples estudiantes; por tal razón, son innumerables los trabajos de tesis o libros que llevan su nombre entre los agradecimientos o para los cuales, a veces con un sencillo comentario, ha servido de inspiración. Tal dato, además de señalarlo como una buena persona, lo identifica como un defensor inapagable de los valores identitarios de la cultura nacional desde los que son sus dos más grandes campos de trabajo: la investigación y realización de bibliografías, junto con la historia social de los negros cubanos.

A este intelectual orgánico de las causas populares lo mismo lo hemos visto dirigir una asamblea de sindicato (fue durante años su Secretario General en la Biblioteca Nacional) que allí mismo animar una buena rumba, ya no recuerdo en cual actividad festiva; bailar como ningún otro en una fiesta cederista frente a la panadería del barrio (en un domingo a la tarde) que subir al escenario de un teatro y bailar con una compañía caribeña, cosa esta última que hizo en uno de los más recientes eventos del Carifesta, en Santiago de Cuba. Es abarcador y profundo en las investigaciones del archivo, pero también en las maneras de expresar al mundo su alegría y su profunda savia popular.

Lo que Tomás no sabe es que esa impulsividad y alegría, a lo largo de los años, ha sido para mí una clave de lectura, un ejemplo vivo de goce y deseos de vida proveniente de lo más auténticamente popular que emana del corazón del país. 

Lo que Tomás no sabe es que esa vida extraordinaria que ha vivido - desde su procedencia de familia humilde hasta el escritor, investigador reconocido y activista en las luchas antirracistas y contra la homofobia que es hoy- las vi siempre como un ejemplo vivo, casi único, de la complejidad y grandeza de la Revolución cubana y de los sectores que apoyan el sueño de construir en el país una sociedad inclusiva.

Es un luchador y se ha sobrepuesto a dificultades numerosas, de tipo personal o de esas otras que mejor se ponen a un lado porque provienen de almas pequeñas. Tomás, siempre con esa voluntad de superación y perseverancia -que él identifica, doblemente, con su animal favorito (el elefante)- y su modo de asumir y proyectar un espíritu guerrero, nos regala una lección. Así, con cada nuevo ejemplo de su capacidad resistente y espíritu de lucha, entendí que asistía al diálogo entre el origen y la posibilidad, entre la memoria del mundo pasado y lo diferente y nuevo que sólo es posible hacer en las batallas de cada día.

Felicidades de tus colegas y amigos, de mi familia (esposa e hijos). Ella, que fue tu compañera de trabajo, me ha pedido transmitirte que lamenta, de manera muy especial, no haber podido estar hoy aquí. Felicidades de mí mismo para ti que nos enseñas, con honestidad, fidelidad, generosidad, trabajo incansable y alegría el significado de varias de las palabras más bellas que existen para definir lo que somos los cubanos: pasión, entrega, vocación de servicio, entusiasmo, capacidad de soñar y cimarronaje.

Muchas gracias.


Para Tomás Fernández Robaina, mis Felicidades en su 80 Aniversario

Por: Araceli García Carranza 

Tomás Fernández Robaina ha sido y es un trabajador incansable.--distinguiéndose por  su afán de superación desde su llegada a la Biblioteca Nacional  en la ya lejana década de los 60.  --de su extensa obra bibliográfica quiero referirme a su bibliografía de bibliografías,  investigación  que en los años 70 marcó un hito en la recuperación de la información con vistas a la futura creación de múltiples repertorios de consulta  relacionados con la cultura cubana. Esta obra abrió puertas a nuestra profesión bibliotecaria e impulsó la investigación bibliográfica. --también por esos años y desde el Departamento de Hemeroteca e Información de Humanidades proyectó e hizo posible la publicación del Índice de Publicaciones Periódicas Cubanas, inspirado en el índice de revistas latinoamericanas. Este repertorio fue y es complemento de primer orden de la bibliografía nacional. Otras bibliografías de carácter personal como la de José María Heredia, Salvador Bueno y Lisandro Otero, así como sus índices de revistas afrocubanas y su bibliografía de estudios afrocubanos constituyen un aporte a nuestra bibliografía cubana.  

Además de esta labor no es posible olvidar al profesor por su intensa labor docente, y apreciar sus servicios a investigadores, profesores y usuarios en general. 

 Actualmente ya convertido en    investigador titular enfrenta su proyecto de vigencia del pensamiento antirracista cubano, del cual desprende interesantes acciones. Entre otras: cursos, y conferencias en Cuba y en el extranjero.

Han pasado más de 50 años desde que nos conocimos en la Biblioteca Nacional y ahora lo felicito por su obra y por sus 80 años de vida. Felicidades 

Tomasito

Rafael Acosta de Arriba

Tomás Fernández Robaina o, sencillamente, Tomasito, era uno de los personajes más relevantes y conocidos de la Biblioteca Nacional en 1990 cuando entré a trabajar por primear vez en ese templo del saber. Allí estaba él, desandando los pasillos y estancias con su caminar lento, conversando con este o con aquel, relacionándose siempre con trabajadores y usuarios. Comunicándose siempre.

No demoré en conocerle personalmente y con el tiempo hicimos amistad. Conversamos mucho de diversos temas y, en particular, hice varias indagaciones sobre Reinaldo Arenas, quien había sido su amigo. Creo que afiné mi visión sobre Arenas en aquellas charlas, en las que aprecié que Tomasito no guardaba ningún resentimiento hacia el viejo amigo, a pesar de que este no lo había tratado en los mejores términos en algunos de sus libros. Arenas también había trabajado en la Biblioteca Nacional, gracias a los buenos oficios de Eliseo Diego, de quien también renegó en su momento. 

En mis primeros tres años en la Biblioteca, Tomasito siempre fue cercano, al igual que Araceli García Carranza, Víctor Fowler, Nancy Machado y otros colegas de la institución. Alterné también con Walterio Carbonel en cuanto a temas afines con Tomasito, pero ya en esa etapa habían mermado las facultades mentales de Walterio y no era sencillo sostener un buen diálogo con él. Sin embargo, con Tomasito la charla era mucho más diáfana y salpicada con anécdotas personales de su intensa vivencialidad. Era, es, ciertamente un investigador respetado y escuchado alrededor de algunos temas de su especialidad; y además, un activista por la eliminación de las manifestaciones de discriminación racial que aún mostraba (muestra) la sociedad cubana y que muchos no querían reconocer. Tomasito también era y es un hereje permanente, un francotirador, pero a cielo descubierto, es decir, sin ocultarse.

Cuando salió publicada mi Biobibliografía de Carlos Manuel de Céspedes, en 1994, uno de los frutos más visibles de mi estancia en la BNJM, Tomasito le hizo una reseña crítica que después incluyó en su libro Crítica bibliográfica y sociedad (2011). Hablamos de su texto y discutimos fraternalmente. Toda crítica, a menos que sea hecha desde la mala entraña y este no era el caso, siempre es bienvenida por mí. Como no soy bibliógrafo (aunque estuve todo el tiempo de elaboración de mi libro asesorado por Lourdes Castillo, graduada de la especialidad de bibliotecología -mi compañera entonces-, y con consultas a Araceli García Carranza, la principal bibliógrafa cubana), estaba seguro de que ese libro, uno de los primeros de mi obra escrita, podía contener algunos errores estructurales o de método. Sin embargo, el cuestionamiento de Tomasito fue más bien de orden metodológico.

Después, al pasar a trabajar a otras instituciones culturales, dejé de verlo con la misma frecuencia, pero mantuvimos la amistad y nos encontrábamos en eventos sobre la cuestión racial o cuando regresaba a la Biblioteca a trabajar. Un día de 1995, ya estando en el ICAIC, pero de visita de investigación en Sala Cubana, Tomasito me obsequió su excelente libro sobre la religión afrocubana, publicado el año anterior, Hablen paleros y santeros, con una sentida dedicatoria: “Con todo el afecto y el aprecio de una amistad surgida al calor de las letras, fotocopias, microfilms y todo lo demás de esa jungla bibliotecaria. Siempre tu deudor, Tomasito (11-10-95)”.

Apenas regresé a la Biblioteca Nacional, tres décadas más tarde de mi primera estancia, ahora para hacerme cargo de su Revista, le pedí un texto evocativo de sus años de trabajo en la institución, pues se aproximaba el aniversario 120 de la misma, texto testimonial que saldrá publicado en el número 2 del presente año.

Tomasito es un intelectual que se hizo a sí mismo, de inicio a fin. Alguien podrá objetar que todos los intelectuales lo hacen de esa manera, pero en su favor quisiera argumentar que su caso fue diferente y para lograr lo que ha logrado, los libros que ha publicado, los eventos a los que ha asistido, el nombre y prestigio que con justeza ha cosechado, Tomás Fernández Robaina tuvo que vencer muchos obstáculos, dificultades e incomprensiones de todo tipo. Hoy es una persona reconocida dentro y fuera de nuestras fronteras geográficas y académicas, es un nombre en el universo de los estudios raciales y afrocubanos, también en los bibliotecológicos, y una persona solicitada en eventos internacionales de relieve. Su obra publicada es de obligada referencia en temas bibliográficos y afrocubanos.

Estuve en el acto reciente en el que el ministro de Cultura le impuso la Distinción por la Cultura Nacional y sentí la genuina alegría por ese reconocimiento, tardío, pero merecido, creo que todos lo sentimos así.

Mis respetos y que Tomasito siga aportando a nuestra cultura, es mi mayor deseo.

Tomasito Fernández Robaina o el retrato de un historiador del presente

Por Roberto Zurbano

Los archivos de Cuba parecen huérfanos de actualidad, no sólo me refiero a la actualización  de técnicas y métodos o de un almacenamiento más eficiente o tecnologizado en función de clientes multiplicados por el cambio digital; sino digo que están faltos de la sustancia del presente, de señales que den cuenta sobre la historia de nosotros mismos, aquí y ahora. Pensarnos mejor entre lo que algunos llaman la Historia con H mayúscula, deslizando con una argucia ortográfica el poco calado con que miramos a lo que nos pasa, nos está pasando, a quiénes somos hoy o queremos ser a nivel de imagen y pensamiento, mañana mismo: eso que quedará entre libros y documentos, como flores secas entre sus mejores páginas, si no le interrogamos con la mirada y las necesidades del presente. 

La historia reciente es quizás una de las tendencias más controversiales de la historiografía que cerró el siglo XX, en tanto expresa una urgencia veladamente científica de destilar la cotidianidad, la densidad posible de los días que corren hacia postverdades cada más implacables. Hablo de cómo desafiar la distancia que existe entre lo que decimos, lo que hacemos y lo que pensamos hoy, esa suerte de falsa trinidad que el tiempo resuelve. La historia reciente es la densidad con que aprehendemos una lectura de lo actual sin renunciar a corregir, o autocorregir, determinadas visiones, tendencias y controversias de las cuales somos parte y extraños jueces, pero jueces en fin.

Tomás Fernández Robaina, más conocido por Tomasito en las cuatro esquinas del mundo, es un historiador del presente. A pesar de su vasta obra bibliográfica, frecuentemente subestimada y sus indagaciones testimoniales sobre la historia de mucha gente sin historia, ha hecho de su trabajo intelectual una arqueología del presente, entrando a la historiografía cubana por una puerta trasera, como si mirase por la ventana de nuestras casas, husmeando entre aquello que aun no se comparte o teme hacerse público por el qué dirán de la política y el pudor de sus contemporáneos. Sus libros sobre la prostitución, la santería, la homosexualidad y el racismo fueron como esos relámpagos que anuncian el trueno: un anticipo de los grandes ríos discursivos en que después otros navegan cómodamente, en medio de una cultura que todavía se muestra pacata ante la marginalia que generan sus frecuentes exclusiones y silencios. Esto ha hecho de Tomasito un riguroso profesional de la indiscreción, iluminando esas verdades y procesos que el periodismo, la literatura adocenada y lo políticamente correcto ha sacado de nuestros periódicos; para dejarlos, como un ruego del pasado o un bocadillo del presente, ante la mesa del lector.

La obra de Tomas Fernández Robaina expresa una callada historización del presente en todo el proceso de su investigación y escritura. Buen ejemplo es su abordaje sobre la prostitución en Cuba, esto puede comprobarse desde la primera edición de Recuerdo secreto de dos mujeres públicas hasta la cuarta edición del propio libro, retitulado Historias de mujeres públicas, al cual agregó unas cuarenta páginas que comienza con esta pequeña nota: “Estimado lector, en este secondo tempo, otras voces le hablaran de sus épocas y existencias, no como recuerdos secretos, sino como vivencias actuales”. Dicha nota revela el proceso con que su autor maneja voces, sucesos y archivos que convierte en campos abiertos a otras posibilidades de recepción y evaluaciones múltiples. Es una marca del estilo de Tomasito en testimonios, repertorios bibliográficos y en su abordaje de figuras, al dotarlas de nuevos sentidos, y abrirlas a nuevas rescrituras y relecturas (tal como Umberto Eco describió las estructuras que llamó obras abiertas, verificadas en más de un ciclo de producción y resignificación).

En su zona más literaria, me refiero al discurso testimonial, que Tomas asume desde los inicios de su carrera se unen oralidad, memoria y resignificación de la historia a partir de una voz que narra una experiencia marcada por el desdén o el prejuicio social. Difícilmente encontramos en sus páginas sujetos épicos, que integran una masa redentora; sino confesiones de negros, mujeres, religiosos y homosexuales, sujetos marginalizados o desclasados, que viven una historia menor, extraviados o rechazados por la dimensión utópica de esa vida pública que les niega pertenecer o les obliga a estar de la manera en que no son. Entonces, la mirada de Tomasito descubre esa identidad lastimada, menoscabada por el dogma o la injusticia y dialoga con estos sujetos de voces entrecortadas y miradas esquivas, mostrando una complicidad que ellos conocen y ofreciéndoles el respeto que desconocen.

 Tomás registra con atinada cercanía historias que se resistían a ser contadas; y luego, en su veloz prosa de emergencia, a veces descuidada, dilucida las razones de cómo tres mujeres asumen la prostitución o como una persona relata la experiencia de “pasar” los muertos y reconoce el espiritismo como una dimensión cotidiana en su vida; así también logra historizar un proceso cultural desde dentro del espacio institucional o político del país, donde nuestro autor crece como bibliotecario o, en otro sentido, al revelar los conflictos de un sujeto homosexual dentro de una revolución machista que lo margina, maltrata y reduce a vivir una subalternidad impuesta por un discurso patriarcal y homofóbico que se renueva perversamente. Sin embargo, no asistimos a la memoria histórica del sujeto homosexual en la revolución, sino a la memoria de un sujeto histórico actuante que expresa los avatares de su condición gay en dicho contexto. Por ejemplo, Tomas no cuenta la terrible experiencia de las UMAP porque nunca estuvo allí y por tanto su perspectiva no es la misma que han contado quienes sí vivieron esta experiencia; pero nos cuenta, desde su mirada conciliadora, la historia del desdén, la marginalización y la redención de un modo que nos impulsa a leerlo con más atención de lo que ha merecido su propia historia de vida. Hay en su trabajo la búsqueda de una causalidad histórica sobre el dolor propio y ajeno que va arrojando luces sobre la larga duración de los temas y espacios marginalizados en la nación.

Así, también el Tomasito historiador legitima al Partido Independiente de Color, desde la primera edición de su clásico El negro en Cuba, pasando por cursos que ofrece sobre esta maltratada agrupación y sus desestimados próceres, hasta  textos  recientes que desafían esos historiadores que insisten en cerrar este capítulo ignominioso de nuestra historia criminalizando, otra vez, a sus víctimas y convirtiendo a los victimarios en intachables figuras históricas, triunfantes en sus mármoles recién restaurados. Son páginas abiertas, deseosas de diálogo, comprensión y justicia públicas.

En su análisis sobre el racismo, Tomasito lanzó una antología del pensamiento antirracista cubano con múltiples voces que ofrecen el itinerario crítico de este tema en el desarrollo de la nación; ofreciendo marcas temporales, clasistas y de género que iluminan un asunto poco atendido y entendido en la historia de Cuba y la ausente o accidentada práctica de una política racial: en dichas páginas sistematiza el saber sociológico, la lucha ciudadana y el profundo significado  político con que el antirracismo marca la historia cubana de ayer, hoy y mañana. Aquí Tomasito muestra una sustancia crítica que no ha sido abordada en su real dimensión y se repite, apenas virgen, en cada ciclo de la historia cubana: colonia, república y revolución. Una mirada actualizadora y activa de sucesivos discursos antirracistas que ofrece la historia cubana, a la espera de que sean útiles.

Pocos bibliotecarios en Cuba conocen las bibliotecas privadas más importantes del país, pues ha sido Tomasito quien las ha ordenado y recomendado donar algunas de sus joyas a importantes instituciones. Ha atravesado la isla dando clases y talleres en bibliotecas, centros culturales y eventos que también agradecen su sapiencia y generosidad. Incluso, en Estados Unidos organizó algunas colecciones importantes como la de de libros cubanos de temas afrodescendientes en el Schomburg Center de nueva York, donde también mostró su experticia como consultor sobre temas cubanos y caribeños. Sus conocimientos sobre África le llevaron a trabajar en universidades y comunidades negras de Brasil, México, Colombia, Venezuela, Guadalupe y Nigeria, de cuyas experiencias posee textos y libros inéditos, más otros proyectos valiosos en los que sigue trabajando por la comprensión de ese universo afro que nos define como cubanos, a pesar de la insistencia en marginalizar o folklorizar una de las raíces más vitales de nuestra cultura.

La ética funciona en Tomasito no desde una dimensión moralizante, sino desde el diálogo, el perdón y la colaboración desinteresada. Acerca al lector a la comprensión del acontecimiento, reconoce e ilumina otras razones del suceso, sujeto o proceso que aborda. Nos ayuda a comprender, no a elegir; para  que sepamos cuantos caminos del hombre se abren o cierran sólo con el ejercicio de la comunión y el respeto a todo lo que somos. Y, finalmente, en su novela no sobre su gran amigo Reinaldo Arenas, sino sobre el espíritu irredento del contestatario narrador, Tomasito ofrece una misa para elevar su espíritu, borrando heridas,  persecuciones y rabias. Esta extraña novela requiere un estudio más acucioso que desmonte su estructura fabular y sus pulsaciones oníricas, para llegar a la definitiva recuperación de un autor que aun no descansa en paz ni en su lecho ni en el sitio que, sin dudas, le pertenece en la historia literaria cubana e hispanoamericana.

 La historia reciente como método también expresa esta lucha personal que hace del texto un espacio donde leer deseos y sueños personales, grupales y políticos. Es, también, autorreflexión donde lo simbólico, lo político y lo cívico se funden, confunden y aclaran. Su heterodoxo enfoque historiográfico permite ver cómo Tomasito ha estado ordenando lo que estuvo en el margen de otros enfoques y él  reubica, sin aspavientos teóricos en un espacio histórico flexible que podemos llamar, también, el presente. 

Vale insistir que el legado de Tomasito no solo reside en sus libros, sino en otros libros ajenos, en muchas visiones y actitudes de gente que él ayudó, formó y respetó desde sus inicios. Su vocación pedagógica ha fundado líneas de trabajo muy singulares y en decenas de libros sobre historia, política, antropología, literatura u otros abordajes sobre Cuba, se pueden leer sinceros agradecimientos a la obra de Tomasito, pero también a su cultura de bibliotecario e investigador acucioso sobre muchos tópicos del devenir cubano. Quiero destacar el agradecimiento con que lo distinguen muchos raperos cubanos a quien ofreció en el año 2000 un curso sobre la Historia social del negro en Cuba sólo para ellos, aunque allí también estuvieron otros como el pintor Roberto Diago, la antropóloga Silvina Testa y los entonces jóvenes académicos Pedro Cubas, Yesenia Sellier y Marc Perry. Tomasito es un maestro de generaciones que ha desplegado sus banderas por los excluidos de ayer y hoy, definiendo un espacio mejor para el mañana; en eso ha sido un adelantado en su lucha contra la homofobia y en los estudios queer en Cuba, aunque sus textos sobre este tema apenas sean publicados y divulgados dentro de la isla.

El legado de Tomasito va dibujando un autorretrato que recuerda aquellos collages de Raúl Martínez, que terminaron siendo imagen de los sesenta cubanos; esa imagen que revela una familia o comunidad epistémica sobre la afrodescendencia, en la cual él ha tenido un rol determinante. Sólo intento explicar cómo un legado tan diverso logra dibujar una sociedad también diversa y ansiosa por liberarse de viejas estructuras mentales, sociales y políticas, donde pulsa una nueva cultura. Tomas afirma e interroga sobre el destino de esos sujetos que visibiliza a través de repertorios bibliográficos, voces testimoniales y antologías de autores, temas y reclamos cada vez más actuales. 

Sólo me queda recordar a Tomasito como un defensor de la cultura popular en su vida intelectual y en su incorregible travesía por la ciudad. Es también un gran bailador; no por sus técnicas, sino por su sentido del ritmo y la gozadera, de la cual hace espacio de catarsis, comunión y alegría común. Agradezco a este amigo pequeño y gigante, su infinito deseo de bailar y sacudir toda la gravedad con que los dogmas le persiguieron y el logró evadir con cada pasillo de una rumba infinita que no ha dejado de bailar, incluso con bastón, para recordarnos que la historia es esa vida que otros vivieron y que hoy nos toca seguir viviendo y defendiendo con nuestras mejores armas –el rigor, la crítica profunda y la mirada honesta- develando aquello que podría enorgullecernos siempre. Ojala tengas la calidad de vida que mereces, para que termines proyectos recién abiertos. ¡Gracias, amadísimo  maestro, por permanecer, pertenecer y hacer crecer a tanta gente que hoy te agradece en muchas esquinas del mundo tus 80 años de resistencia, generosidad y alegría!    

Tomás Fernández Robaina

Por Georgina Herrera

Cimarrón y palenquero a un tiempo, llevando desde la médula hasta el corazón, que late como un tambor en tiempo de guerra interminable, está aquí con nosotros Tomás Fernández Robaina. Porque estamos celebrando sus ochenta años de estancia en este mundo una vez más, y digo bien, se lo que digo. Nuestro agasajado de hoy se ha nutrido con la sabiduría de quien ya ha andado estos caminos en otras ocasiones y sabe lo que busca y cómo encontrarlo. Solo que eso, lleva tiempo, mucho, y a la vez compañía, porque su bandera (bandera y todo agita) urge de relevos temporales.

De Tomasito se han dicho muchas cosas y no hay que repetirlas. Su empecinada devoción por lo que es justo, plasmada en los libros publicados, esa destreza personal con la que busca, remueve sucesos como piedras en las calles viejísimas, abriendo y cerrando a su manera puertas que el polvo de los siglos disimula, ocultando llantos, maldiciones, puños cerrados, gritos…

Busca, no descansa, encuentre o no, ese es su destino y va cumpliendo con esa pasión de quien no sabe por qué precisamente él, pero vive, sufre y disfruta esta lucha en la que está envuelto y a la vez nos involucra con esa magia elaborada con verdades  a medias y las quiere, las necesita a plenitud.

Tomasito anda con sus manos húmedas, buscando entre antiguas paredes y entre el polvo y la humedad forman un lodo y siguen. No se lava las manos. Mal discípulo del gran maestro Poncio Pilatos, Tomasito insiste en su búsqueda, porque desde que cruz y espada se juntaron en nombre de Dios y del rey, ha transcurrido mucho tiempo y lo que construyeron a mansalva no se desmorona con promesas y juramentos.

Por eso Tomasito, mi amigo, mi maestro, el que reencarna cada vez que se sacude el polvo de una muerte, se prepara para otra vida y otro regreso, mientras le decimos: !Felicidades Tomasito! Aguanta un poco más. Demora en irte y regresar. Mira que cada vez me parece que somos menos.