Nombrar las cosas

Esta hoja tiene anecdotario

Por: Argelio Santiesteban

El Almirante de la Mar Océana no cabe en sí mismo del alborozo. Ha valido la pena enfrentar tanto al piélago incógnito como al motín de una marinería ingobernable.

Sí, por bien pagado se tiene: ante él despliega sus galas la geografía de ensueño del litoral cubano. Su curiosidad de explorador se desata. Encarga a dos de sus más bragados hombres para que se adentren en la comarca recién entrevista: Rodrigo de Jerez y el judío converso Luis de Torres, intérprete de la expedición, quien habla hasta caldeo.

Al regresar los enviados, ya Colón puede anotar en su diario:  "…encontraron en su camino a muchos indios. Varones y hembras, con un pequeño tizón encendido compuesto de una especie de yerba cuyo perfume aspiraban…”.

Es el otoño de 1492. Y en la costa nororiental cubana se ha producido ese inolvidable topetazo: el hombre europeo traba conocimiento con la hoja de los sahumerios y las ensoñaciones, de la farmacopea y la liturgia, esa cohíba de los indios que se universalizaría bajo el nombre de tabaco.

Pero… vayamos al libro

El tabaco –fumado, aspirado, mascado--  ejercería su embrujo, gracias al alcaloide nicotínico, entre la multitud de sus adoradores. Pero hubo también otro encantamiento: es aplastantemente copiosa la bibliografía en torno al vegetal americano.

En esa avalancha, claro está, resulta imprescindible recordar al Contrapunteo… (1)  de Don Fernando, obra magna, como todas las surgidas del impar cerebro orticiano.

Pero, aun así, era necesaria otra mirada, que viese desde un ángulo diferente.

Me explico.

Los franceses defienden la existencia de una petite histoire. Sí, una historia menuda, de andar por casa, no sólo atenta a los hechos colosales, sino también a la anécdota. (O hasta al chisme). Y el anecdotario se desborda en la trayectoria del tabaco.

Para empezar, sépase que De Torres, el traductor en la primera expedición colombina, cuando regresa es apresado en una ergástula de la Inquisición, pues anda echando luciferinas fumaradas a lo largo de su aldea natal.

También ahí está Nicot de Villemain. (¿Les dice algo el nombre?). El diplomático francés anda zurciendo voluntades para una boda entre descendentes de ambas casas reales, los dos aún niñitos. Fracasa. Pero se lleva las semillas de ese tabaco que hará las delicias de los galos. Villemain, con rapé, curará las insoportables jaquecas de Catalina de Médisis. Por lo cual aquel producto iba a llamarse “los polvos de la reina”.

 O ahí está Sir Walter Raleigh --aquel aventurero navegante inglés que fue amante de una reina--, quien dejaba siempre tras sí una impenetrable barrera de humo.

O también García Lorca. Sus biógrafos se devanaron los sesos buscando quién era ese Fonseca, de rubia cabeza, que habría acompañado al poetazo hasta Santiago de Cuba. (Al final resultó que el susodicho, de seguro jamás existente, era un personaje en la litografía que adornaba las cajas de puros).

Y entonces llegó Reynaldo (2), quien nos iba a guiar mirando al asunto a través de la adecuada óptica, la chismográfica, la de veras, antes descrita.

A modo de coda necesaria, digo lo que sigue. Abundan en nuestra radio los conductores de programas radiales o televisivos en cuyos labios siempre está presente este cliché: “¡No se lo pierda!”.

Pero, queridas amigas, amigos dilectos, comadres y compadres todos, yo me apropio de la sobadísima frase para aplicársela al libro El bello habano.  (3). Sí, no prescindan de esta obra.

 Allí se dan convocatoria la investigación --ciclópea, aplastante--, con una prosa, finísimamente chivadora, que es una caricia para los ojos de nosotros, los a menudo martirizados lectores.

Bibliografía consultada

(1)  Fernando Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar…  Jesús Montero. La Habana, 1940.

(2)  Reynaldo González (Ciego de Ávila, 1940). Escritor y periodista. Entre sus libros se cuentan Miel sobre hojuelas (cuentos, 1964) y Siempre la muerte, su paso breve (novela, 1968). Ha sido repetidamente galardonado.

(3)  Reynaldo González: El bello habano. Biografía íntima del tabaco. Letras Cubanas. La Habana, 2005.


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