Desde adentro

Cuando un amigo se va

Por: Hilda Pérez Sousa

En la mañana del 23 de junio supimos de la penosa noticia de la partida física de Silvio Sánchez Rouco. Nos tomó por sorpresa en medio de este confinamiento social que llevamos producto de la Covid-19.

Silvito, es de aquellas personas que llegan a nuestras vidas para enriquecerla, aquellas que nos aportan optimismo y ganas de vivir. Le bastaba con conocer el nombre de una persona e inmediatamente le preguntaba en qué mes había nacido para saber su signo zodiacal, pues tenía determinados conocimientos sobre el manejo de la carta astral. Este excelente ser humano y servidor de las buenas causas gozaba de determinadas habilidades manuales y creo que casi todos sus amigos tenemos en nuestro poder algo realizado por él.

Su Hobby: la fotografía y la música. Se la agenciaba para estar a tono con los nuevos tiempos, sabía de los artistas famosos, aunque era un amante de la música instrumental y de la década prodigiosa. Mientras realizaba su trabajo habitual en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí como encuadernador, confeccionando los protectores de las publicaciones seriadas escuchaba mucha radio. Después de llegar a sus manos, por azares del destino, algunos de los últimos adelantos tecnológicos (un móvil y un Tablet) estos eran sus preferidos. A pesar de que ya era un hombre maduro, no tuvo temor de enfrentarse a la tecnología, la cual explotó al máximo para apoyar su obra plástica.

Recuerdo en mi época de jefa del Departamento de Procesos Técnicos de Publicaciones Seriadas su preocupación cuando faltaban la cartulina libre de ácido o la goma de pegar para poder realizar su trabajo, su constante apoyo al sindicato de la institución que lo reconoció varias veces por su entrega en la realización de carteles alegóricos a determinada fecha y en la actualización de los murales con su linda letra de rotulador. Tuve que lidiar con sus llegadas tardes, por la lejanía de la institución, la necesidad que saliera de vacaciones porque no quería dejar de trabajar nunca y los buenos consejos para la mejora de su aspecto personal, pero siempre me escuchó con respeto, el mismo que le profesé.

He dejado para último su gran pasión: la pintura. Había trabajado en el Departamento Infantil - Juvenil e impartió clases de pintura. Fue profesor de muchos de los hijos de trabajadores de la Biblioteca Nacional de Cuba, pero también de los niños de la comunidad. En sus últimos años se encontró con un ángel guardián, otro de los buenos: Eddy Rodríguez Garcés. Los dos conformaron un dúo que les sirvió para hacer cosas de los cuales disfrutaron ambos, este último se había convertido en su mentor. Realizó las gestiones para que varias de las exposiciones de pinturas de Silvio fueran expuestas en la Biblioteca Nacional Médica, en la galería del tercer piso de la BNCJM y otros tantos proyectos que quedaron truncos. Pienso en todas las cosas que dejó por hacer, porque como siempre se consideró un hombre joven su mente nunca dejó de hacer planes sobre nuevas exposiciones, proyectos y hasta sacó de sus gavetas viejos poemas que alguna vez en la vida había escrito con la intención de ser publicados.

He querido hacer mi pequeño reconocimiento a esta persona que pasó por nuestra institución, que no era bibliotecario, pero que dejó una grata huella en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí y en aquellos privilegiados que lo conocimos.

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