Foto de la revista INRA

Desde adentro

Remembranzas de la Biblioteca Nacional de Cuba en las páginas de INRA

Por: Vilma N. Ponce Suárez

Suscita asombro conocer la intensa labor de difusión cultural y los servicios que brindaba la Biblioteca Nacional de Cuba durante 1960-1962, bajo la dirección de la Dra. María Teresa Freire de Andrade. Testigo de ese quehacer fue la revista de generalidades INRA, cuyas páginas revelan en la actualidad muchas de las actividades que realizaba esta institución para promover la lectura y enriquecer la cultura del pueblo. El contexto era propicio para la innovación, pues el país se hallaba inmerso en un proceso revolucionario que asumió el camino a la libertad mediante la elevación del nivel cultural de todos los ciudadanos.

En este empeño resultó esencial la Campaña de Alfabetización, en 1961, donde las bibliotecas públicas, orientadas por la Biblioteca Nacional, desarrollaron un amplio programa con el propósito de estimular en la población “la costumbre de leer”.

La Biblioteca Nacional realizó importantes cambios a partir de 1959. Incorporó por primera vez en Cuba varios servicios, en correspondencia con las demandas de instrucción que emergían en la sociedad. Un nuevo tipo de usuario (obreros, campesinos, amas de casa, entre otros) llegaba a sus salas, con muchas ansias de aprender, pero con limitaciones en su formación docente. Para ello, el Departamento de Consulta y Referencia elaboraba listas de libros personalizadas sobre las materias de interés, a las que añadían comentarios y propuestas de diccionarios, enciclopedias y catálogos que complementaban la información. Por su parte, el Departamento de Arte inició el préstamo de reproducciones de pinturas de reconocidos artistas nacionales y extranjeros.

Sin precedentes fue la labor del Departamento de Servicio de Extensión Bibliotecaria, cuyos especialistas contactaban con los directivos de las industrias y organizaciones sindicales para ofrecerles a sus trabajadores préstamos de libros, lecturas comentadas, charlas, conferencias y cursos sobre determinados temas . De esta manera, no solo se atendían a los usuarios en las salas de la Biblioteca, sino que además, se iba a los centros de trabajo en busca de ellos.

Conjuntamente con la función de preservar la bibliografía nacional y facilitarles a los investigadores documentos para el desarrollo de sus estudios históricos, artísticos y literarios, la Biblioteca Nacional asumió responsabilidades correspondientes a una biblioteca pública desde 1959. Así, su dirección creó las salas Circulantes para poner libros y reproducciones de arte al alcance de niños y adultos. En especial se potenció el trabajo con los pequeños, por ser “(…) la etapa más propicia para inculcar y arraigar el hábito de leer (…)” . La existencia de una biblioteca pública dentro de una Biblioteca Nacional constituyó algo inusual en el ámbito bibliotecológico nacional e internacional; y resultó un ejemplo de cómo, ante nuevas condiciones sociopolíticas y exigencias culturales e ideológicas, una institución bibliotecaria podía ser capaz de responder a esas necesidades con efectividad, quebrando algunos esquemas de trabajo tradicionales.

Luego de su fundación, la Sala Circulante Juvenil atrajo a un gran número de jóvenes y niños que asistían con sus padres en busca de libros atractivos e instructivos en correspondencia con su edad. Con el préstamo de libros por 15 días para llevarlos a sus casas, prorrogable por 15 más, se pretendía estimular el hábito de lectura en los niños y otros miembros de la familia. Se produjo una alta demanda frente a un fondo bibliográfico limitado. Asimismo, esa área creó un Club Musical, donde se impartían charlas acerca de la vida y obra de músicos que se destacaron en esa manifestación artística desde su niñez. Otra iniciativa encomiable fue la organización de un coro de voces infantiles.

Sobre la Biblioteca Circulante Juvenil la revista INRA publicó los reportajes: ¡Qué los libros entren en la casa! (marzo 1960) y Las bibliotecas del pueblo (julio 1961), ilustrados con fotografías, que abarcaban casi toda la página, mostraron a niños y niñas, tanto blancos como negros, absortos en su lectura. Todos tenían el mismo derecho a inscribirse en la Biblioteca. Ante la afluencia de público, dicha Sala contó en esos años con la colaboración voluntaria de varias alumnas de la Escuela Normal.

A pesar de la ardua labor que enfrentaban las bibliotecarias de la Sala Juvenil, ellas manifestaron a los periodistas de INRA el deseo de hacer realidad otros proyectos, como: clases de pintura a los niños; la publicación de una revista realizada y dirigida por los infantes, e impresa en el mimeógrafo de la Biblioteca; y la creación del espacio La hora del Cuento, donde se les leería y dramatizaría obras literarias infantiles. Varias generaciones de habaneros recuerdan hoy con placer esos momentos, en los que la bibliotecaria provocaba su imaginación con historias divertidas e interesantes.

Entre las áreas que desarrollaron en esos años una gestión meritoria estuvo el Departamento de Música, dirigido por Argeliers León, reconocido musicólogo, compositor, etnólogo y profesor. Distintas acciones culturales generadas por él y sus colegas fueron divulgadas en la sección de INRA, La música y la danza en la Revolución. Responsable de este espacio en la revista era su antiguo compañero de estudios José Ardévol, compositor y pianista español, nacionalizado en Cuba. Dicha sección apareció por primera vez en el número de junio de 1960. En esta, con el subtítulo “Concierto en la Biblioteca Nacional”, se anunciaba: “Argeliers León, Jefe del Departamento de Música de la Biblioteca Nacional, ha organizado, a partir del mes de marzo, un concierto mensual de música cubana comentada analíticamente” . De manera que el público no solo disfrutaba de las obras, sino que al mismo tiempo, recibía información sobre los autores, las peculiaridades de las composiciones, la época en que fueron creadas, entre otras especificidades que enriquecían sus conocimientos sobre esta manifestación artística. Diversas novedades prestigiaron esos encuentros, como el estreno en Cuba de las Rítmicas No. 5 y 6, de Amadeo Roldán; y la interpretación de Preludio, de Alejandro García Caturla, “(…) del que nadie había oído nunca hablar, y cuyo manuscrito ha sido hallado por Argeliers León en la BN” . De esa forma se enfatizaba en el artículo el valor histórico - cultural de la colección que atesoraba la Biblioteca Nacional, donde incluso podían hallarse documentos inéditos.

Por otra parte, el Departamento de Música organizaba charlas mensuales dedicadas a comentar audiciones discográficas. Una de ellas fue divulgada en la edición de agosto de 1960 de INRA, la cual estuvo a cargo de Antonieta Henríquez, profesora de apreciación musical en el Conservatorio Amadeo Roldán. En esa ocasión la disertación giró en torno al músico húngaro Bela Bartok, investigador de la música folklórica de Europa oriental y uno de los mejores compositores del siglo XX.

Este Departamento realizó, además, ediciones musicales impresas, las que fueron elogiadas por Ardévol, hasta el punto de considerarlas “(…) uno de los logros musicales de que tanto la Revolución como los músicos debemos enorgullecernos” . En la selección de las obras se tuvo en cuenta a compositores poco conocidos del siglo XIX; y a otros, más jóvenes, de gran aceptación por los músicos del presente. La dirección de Argeliers León fue significativa, no sólo para el desarrollo de la Biblioteca, sino también, para la investigación y divulgación de la música cubana. En este empeño uno de los aciertos más importantes fue la fundación de la Revista de Música, la cual permitió conocer en todo el país y en el extranjero el movimiento musical cubano.

En esos primeros años de la década del 60 el teatro de la Biblioteca Nacional fue escenario de presentaciones artísticas y reuniones que trascendieron por su incidencia en el devenir de la cultura nacional. De ellas, INRA destacó el primer concierto ofrecido por la Orquesta de Cámara Nacional, bajo la dirección de Roberto Sánchez Ferrer. En este se interpretó el Concierto en Sol menor, para violín y orquesta de Vivaldi, que tuvo como solista a Carlos Agostini . Sin embargo, llama la atención la ausencia de una reseña en la revista sobre el histórico encuentro en este lugar del comandante Fidel Castro con un grupo de escritores y artistas, en junio de 1961, donde quedaron definidos los principios de la política cultural que regirían en el país.

Acerca de la labor promotora de las artes plásticas cubanas en la Biblioteca Nacional escribió el pintor, dibujante y periodista, Leonel López Nussa, en De Las Villas vienen las maravillas. Este autor se refirió a la presentación de tres exposiciones curadas en la institución en diferentes meses del año 1961, dedicadas a artistas villaclareños. La primera, en julio, mostró dibujos, acuarelas y aguafuertes del consagrado artista y escritor Samuel Feijóo. En agosto, con motivo del Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba, “pintores populares” de esa provincia expusieron sus obras en la Biblioteca, lugar que López Nussa caracterizó como (…) seno maternal, amoroso, donde se acoge tanto bello empeño (…)” . Ellos fueron los creadores: Benjamín Duarte, Ñika, Isabel Castellanos, José Seoane, Horacio Leyva, Ángel H. Duarte y Juan Vada. Y en octubre, el espacio fue cedido a las pinturas y dibujos de Ernesto González Puig.

No solo cubanos tuvieron la posibilidad de exponer sus obras en la Biblioteca Nacional. Lo advertimos al leer Apuntes sobre José Venturelli, donde Juan Marinello hizo alusión a la exposición en el recinto bibliotecario de este artista chileno, hasta ese momento poco conocido en Cuba . Valorado por Marinello como “extraordinario historiador de su tiempo”, Venturelli se acercó a la isla en esa etapa, invitado para realizar dos murales en la capital del país. En ese periodo participó además en la fundación del Taller Experimental de Gráfica de La Habana.

La ubicación de la Biblioteca Nacional en la Plaza de la Revolución la convirtió a partir de 1959 en testigo de importantes eventos históricos. La imagen del edificio, rodeado de miles de personas, quedó perpetuada en fotografías publicadas en las páginas de INRA. Estas se tomaron en momentos, como: la marcha popular del 1ero. de mayo de 1960; el acto del 22 de diciembre de 1961, que culminó la Campaña de Alfabetización; y la concentración del pueblo en la Plaza de la Revolución, donde se aprobó la Segunda Declaración de La Habana, el 4 de febrero de 1962. Su fachada mostró diferentes textos visuales en cada ocasión: el Día de los Trabajadores, una bandera cubana; mientras que las letras “Cuba territorio libre de analfabetismo” se ubicaron en lo alto del edificio, cuando se alcanzó esa victoria cultural. En la tercera concentración popular, la Biblioteca fue soporte de gigantografías con los rostros de Antonio Maceo y José Martí . Más allá del significado histórico, esas instantáneas devenían en símbolo de una institución que por primera vez abría sus puertas a todos los cubanos, sin distinción de sexo, clases sociales, o color de la piel.

Debemos comenzar pronto una nueva etapa en la Biblioteca Nacional, después que el país logre vencer el contagio de la covid-19, enfermedad pandémica que nos deja el dolor por la pérdida de aquellas personas que no pudieron rebasarla. El momento es propicio para que cada área del centro reorganice la proyección de sus servicios, teniendo en cuenta las dificultades económicas que existirán como consecuencia de del azote de la epidemia. Volver la mirada al pasado de la Biblioteca puede ofrecernos algunas ideas.

En particular, la recuperación de la Sala Infantil y Juvenil Eliseo Diego, ahora en un nuevo espacio que se construye, nos permitirá marcar la diferencia respecto a otras instituciones de su tipo en el mundo. Sería muy oportuno retomar algunas de las actividades que se realizaban con los niños y jóvenes en los sesenta, e incorporar otras nuevas, en consonancia con el actual contexto, donde las tecnologías nos ofrecen más posibilidades para promover la buena lectura y enriquecer el acervo cultural de la población.

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