Imaginarios

La claridad hechizada de Eliseo Diego

Por: Antonio Fernández Ferrer

En la inagotable literatura de Hispanoamérica, la poesía cu¬bana traza con trascendental aportación, desde principios del siglo pasado, una imaginaria línea prodigiosa, cuyos ex¬tremos son José María Heredia (1803-1839) y José Lezama Lima (1910-1976). En el centro, único e incomparablemente cenital, José Martí (1851-1893). Y, junto a estos tres máximos Josés, otros muchos poetas que, a lo largo de dos centurias, completan una nómina asombrosa de ininterrumpida sucesión en la que, hacia 1940, se suele diferenciar el surgimiento de un nuevo periodo que los estudiosos han rotulado “postvanguardismo” o “trascendentalismo”, aunque, como siempre ocurre, la complejidad de la literatura estimable desborda toda pretensión clasificadora.

De cualquier modo, las décadas poéticas cubanas a partir de los treinta transcurren, en buena parte, bajo la advocación de Lezama Lima, quien publica un poema ultragongorino de trascendencia ejemplar para las nuevas promociones: Muerte de Narciso, aparecido en 1937, año en el que también vieron la luz los tres números de Verbum, revista de la que Lezama era secretario y que muchos coinciden en seña¬lar como un inicial latido colectivo de la nueva sensibilidad poética. Sabido es, por lo demás, que el magisterio lezamiano no se redujo a la escritura, radicalmente inimitable, sino que su capacidad de seducción intelectual se prodigó a partir de aquella desbordante personalidad que, siempre desde el domicilio familiar de la habanera calle Trocadero, constituyó todo un núcleo irradiador de la cultura latinoamericana contemporánea. Lezama, con sus devotos amigos y admi¬radores, propició la fundación de publicaciones entre las que destaca Orígenes (La Habana, 1944-1956), revista y editorial con significativo nombre que serviría posteriormente para designar al grupo de creadores que, aun dentro de su más irrenunciable heterogeneidad, estuvieron vinculados, de una u otra forma, con el autor de Paradiso. En este sentido, los manualistas e historiadores de la literatura suelen referirse al grupo “Orígenes” en el que la ya consagrada costumbre de la crítica encuadra, sin excesivas sutilezas diferenciadoras, junto a músicos (Julián Orbón, José Ardévol) o pintores (Mariano, René Portocarrero), a escritores como Virgilio Piñera (Cárdenas, 1912- La Habana, 1979), Ángel Gaztelu (Puente la Reina, Navarra, 1914), Gastón Baquero (Banes, 1918), Eliseo Diego (La Habana, 1920), Octavio Smith (Caibarién, Las Villas, 1921-1987), Cintio Vitier (Cayo Hueso, 1921) y Fina García Marruz (La Habana, 1923).

Eliseo Diego se inicia y madura gozosamente inmerso en la amistad de tan destacado grupo de creadores con la publi¬cación de un librito juvenil de prosas poéticas cuya veintena de páginas encabezaba el impresionante verso de Quevedo: En las oscuras manos del olvido (1942). Aunque podemos ras¬trear en estas prosas primerizas motivos ampliamente desa¬rrollados más tarde, será su segunda obra, Divertimentos.

Prólogo del libro de Eliseo Diego La sed de lo perdido. Ediciones Siruela, 1993.

  • Librínsula: Centenario de Eliseo Diego (1920-2020)
    Por: Librínsula

  • Introducción al silencio
    Por: Juan Nicolás Padrón Barquín

  • Pórtico
    Por: Redys Puebla Borrero

  • Nostalgia de por la Noche
    Por: Elíseo Alberto

  • Prólogo
    Por: Enrique Saínz

  • Palabras por los veinte años de la muerte de mi padre, Elíseo Diego
    Por: Josefina de Diego