Imaginarios

Introducción al silencio

Por: Juan Nicolás Padrón Barquín

Siempre he admirado cómo el arte —y la literatura, por supuesto— tiene el mágico don de revelar una realidad grandiosa y trascendente a partir de los actos cotidianos, de lo que vemos y hacemos cada día sin que advirtamos nada. Cuando Elíseo Diego (Premio Nacional de Literatura en 1986 y Premio Internacional Juan Rulfo en 1993) en un poema dedicado a Ernesto Che Guevara aseveraba: «No volveremos otra vez a vede / jugar con el aliento de los hados / al escribir como al desgano: che, / sobre el dinero», estaba proponiendo una lectura poética de amplias resonancias semánticas, de lo que comúnmente nos habíamos acostumbrado a ver, apenas sin mirar, día a día en los billetes de nuestra moneda de entonces, donde el Presidente del Banco Nacional de Cuba firmaba con una letra alargada e ilegible: che.

La obra poética de Elíseo (Premio de la Crítica en 1982 por Inventario de asombros y en 1989 por Libro de quizás y de quién sabe) desde 1942 (En las oscuras manos del olvido) y 1949 (En la Calzada de Jesús del Monte) ha representado el hallazgo y la conquista del silencio mediante su relación con la realidad más inmediata. Si bien tal búsqueda estuvo presente siempre, hay poemas y libros (Versiones, 1970) dedicados a este propósito con una ligazón indisoluble al tema de la batalla por la vida y su fugacidad en la nostalgia, la fuerza destructiva del tiempo, el gesto de la muerte y su mueca (Los días de tu vida, 1977; y A través de mi espejo, 1981).

Para demostrar la asombrosa coherencia de quien lleva más de medio siglo escribiendo y publicando, baste leer como un largo poema esta recopilación de diversos cuadernos en la que se podrá apreciar la belleza, descubierta por siempre para la poesía, del ambiente urbano de una conocidísima avenida de La Habana, con sus columnas, balcones e iglesia; la sugerente atmósfera de los pueblos humildes y sus trenes, casas de madera, el liceo o el circo; el haz de asociaciones que despierta la observación culta y profunda de la simple presencia de animales domésticos como la vaca, el gallo, el perro, el gato...; la imagen detenida y la percepción poética de objetos y lugares cercanos al enlomo del poeta en la casa: el jardín, la sala, los muebles, la cortina, el espejo, la cocina, la mesa, el sótano...; y sobre lodo, la comunión entrañable del recuerdo y las costumbres con la familia y el ser humano, principio y fin de su poética. Como bien ha expresado Diego en un libro clave de 1966 (El oscuro esplendor), «un poema no es más / que una conversación en la penumbra», y tal definición circunstancial encuentra su plenitud cuando concluye que es «Todo / cuanto se ha ido, y ya / es silencio.»

Imitando al poeta, que en un prólogo de 1958 (Por los extraños pueblos) afirmaba que «teniendo ganas de leerlo, y no hallándolo, así completo, por más que lo busqué en muchos sitios diferentes, decidí por fin» ordenar esta compilación que intenta transmitir la esencia de su unidad poética: la con vivencia íntima y cómplice entre ser y conciencia, entre la existencia y su memoria desde las cosas más elementales y pequeñas. Porque insisto en que Eliseo Diego solo ha escrito un inconcluso poema inmenso que viene desde adentro y hacia afuera después de aprehender el mundo real con la sutil y acabada factura de sus impresiones. En su sencilla poesía, que no simple, cohabitan casi inexplicablemente la gracia y el misterio, la angustia con la serenidad y la sabiduría junto a la inocencia. Su poética, descriptiva o sugerente, retadora del tiempo, existencial y ontológica, devela el silencio de las pequeñas cosas.

Prólogo del libro de Eliseo Diego El silencio de las pequeñas cosas, premio Juan Rulfo 1993.

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