Imaginarios

Nostalgia de por la Noche

Por: Elíseo Alberto

A Bella
Porque quién vio jamás las cosas que yo amo.
E. D. ("Nostalgia de por la tarde") En medio de una rugiente avalancha de luz está, mi padre.
E. D. ("En el medio mismo del día")

I

José Lezama Lima presumía de su olfato crítico. Desde su avasalladora irrupción en el teatro de la literatura cubana, el autor de Enemigo rumor se echó sobre los hombros la responsabilidad de ser caudillo y promotor cultural de sus contemporáneos, entonces dispersos en pequeñas cofradías de poetas, pintores y músicos. Nadie se atrevió a cuestionarle ese rol, pues su liderazgo quedaba protegido por una voluntad a prueba de desengaños. Tampoco se lo envidiarían, supongo, pues en latitudes antillanas la cultura resulta una inversión dudosa, a plazos ciegos, y el propio Lezama debía ganarse el pan como abogado de oficio, defendiendo a delincuentes comunes en los tribunales del Castillo del Príncipe. Sin duda, pedía poco para vivir: apenas el pan de una ilusión. Allá por los comienzos de la década de los cuarenta, Lezama Lima leyó un texto en prosa de un muchacho llamado Eliseo Diego y tuvo la sospecha de que ese habanero taciturno, silencioso y demasiado educado para los estándares del cubano promedio debía estar destinado a ser "el novelista" que la isla merecía desde su nacimiento como república. En honor a la verdad, y puestos a meditar en el asunto, no le faltaban razones para emitir un juicio de semejante tamaño, aun a riesgo equivocarse en una corazonada prematura. Por esa época, el costumbrismo causaba estragos en los semanarios de moda, capitalinos y provincianos, y salvo honrosas excepciones (Carlos Loveira, Enrique Labrador Ruiz, Carlos Montenegro, los colaboradores de la revista "Avances") lo mejor se publicaba en la otra orilla del Atlántico, donde radicaban las dos promesas más confiables: Lino Novás Calvo y Alejo Carpentier, ambos dedicados a desenterrar nuestras raíces africanas, desde las vanguardias europeas, para sembrarlas de nueva cuenta en los jardines de una historia que aún necesitaba entender qué rayos había sucedido en la isla (Pedro Blanco, el negrero, de Novás Calvo, y Ecué-Yamba-O, de Carpentier). A los 22 años de edad, mi padre publica el adelanto de una posible novela, En las oscuras manos del olvido. El tiraje no sobrepasó los trescientos ejemplares. Uno de aquellos cuadernos de tapas acartonadas y formato de partitura debe haber caído en manos de Lezama, siempre atento a las novedades editoriales. Y lo habrá leído con creciente curiosidad, mortificado por el vocerío de sus vecinos de Trocadero, sofocado por el asma y deteniendo, página tras página, el balanceo de su sillón.

II

El escenario principal de En las oscuras manos del olvido era Arroyo Naranjo, un pueblo extraño de las afueras de La Habana con una iglesia pequeña, tres o cuatro calles polvorientas, un puente de hierro, un tejar, un cementerio y una docena de fincas de descanso, dispersas en cuatro kilómetros a la redonda. En lo alto de una colina cercana, sobrevolado por pájaros negros, estaba La Esperanza, un sanatorio para tuberculosos. Años después construirían una fábrica de cartón, un asilo masónico y una escuela. El pueblito se ensamblaba patio por patio a ambos lados del barranco por donde corría una línea de ferrocarril que a su vez iba uniendo caseríos hasta armar una cadena pintoresca. Arroyo Naranjo era un pueblo tan estirado en el mapa que cabían dos apeaderos de tren y una estación con venta de boletaje, pintada de azul y de amarillo. Para llegar en automóvil había que tomar la Calzada de Jesús del Monte y seguir por su afluente de asfalto, la Calzada de Bejucal, una vía que se iba estrechando hasta disfumarse en la virginidad del campo. Mi familia poseía tres propiedades robustas (Villa Berta, Villa María, Villa Margarita). Papá vivía en la primera con sus padres y la abuela materna, y fue allí donde sintió la mordida del desconsuelo "en las oscuras manos del olvido". La tristeza sería un veneno para el cual el niño Eliseo Julio de Jesús de Diego y Fernández Cuervo no encontraría antídoto, indefenso como estaba ante el trastorno brutal de la inocencia. Sólo el tiempo cura esas heridas. Y suele equivocarse si la cicatriz tiene que ver con la figura paterna. Una aclaración. Me detengo en estas verdades que la prudencia de "la sangre" esconde en la caja fuerte de nuestra historia chica, porque en buena medida ellas explican la obra de uno de los poetas más grandes de la literatura universal de cualquier tiempo, Eliseo Diego. Papá nunca quiso poner el dedo en esas llagas: modesto y discreto, suponía que a nadie le interesaría saber el origen de su imaginario creador, la fuente de una literatura que debía explicarse por sí sola, sin andar haciendo llover de nuevo aquellos borrosos aguaceros. Si hoy cuento lo que él me contó, es en su honor.

III

Mi abuelo Constante De Diego y González, emigrante asturiano, autor de una novela pastoril, Gesto de hidalgo, había contraído matrimonio con Berta Fernández Cuervo y Giberga, una muchacha veinte años más joven, de abolengo autonomista, y las normas de la aristocracia insular jamás le perdonaron la osadía de haberla conquistado sin los dones requeridos, aunque sí los modales, pues era un caballero de intachable conducta. Papá recordaba que pocas veces le oyó mencionar a la parentela de Infiesto, el pueblo natal de abuelo. Aquel pasado no necesariamente turbio (sino quizás modesto) quedó envuelto en una nebulosa. Sabemos que desembarcó en La Habana un día cualquiera de 1915, en plenitud de fuerza pero ya viudo y con un hijo mozalbete, y que pronto consiguió empleo en la Casa Borbolla, una mueblería que ensamblaba armarios, comadritas, escribanías y juegos de comedor tan sólidos que algunas de esas piezas aún desafían la eternidad en el departamento de mi madre en La Habana, entrado ya el Siglo XXI. Escaparate tras escaparate, el voluntarioso buscavidas comenzó a escalar puestos de mayor relevancia, hasta llegar al mostrador de ventas la precisa tarde que una señora con sombrero y sombrilla entró en la tienda para encargar unos sillones de caoba. Era mi temida bisabuela Amalia Giberga. La acompañaba su hija Berta. Relámpago: fue un amor fulminante. Una boda de sueños. Y una experiencia complicada. Sus manos de carpintero lo delatarían. Estaba en la mira. No bastó que demostrara ser un batallador incansable ni que publicase aquella novela donde contaba los romances de un pastor de la montaña, más un cuadernillo de poemas (La casa del marino), tampoco que ofreciera las paredes de su negocio para que pintores de la talla de Amelia Peláez y Víctor Manuel expusieran sus cuadros modernistas, ni que llegara a ser dueño del almacén al adquirir con sus ahorros una opípara tajada de acciones, ni que banqueros, embajadores y millonarios compraran allí el mobiliario de sus palacetes, tras la bonanza económica que significó para América los desbarajustes de la Primera Guerra Mundial; lo preocupante era que la niña mimada de los Fernández Cuervo y los Giberga, educada en el Colegio del Sagrado Corazón de Nueva York y destinada a vivir a cuerpo de rey donde quisiera, había elegido de pareja a un hombre sin raíces. Luego de que la reputada Casa Borbolla quebrara en el crack mundial de 1929, a la par de incontables comercios que habían confiado en su clientela, abuelo quedó sin el amparo de un trabajo decoroso, sin retaguardia donde refugiarse, al descubierto. Solo. Trato de ponerme en el lugar de mis consanguíneos, de entenderlos a partir de los prejuicios de aquella época intransigente, pero no consigo comprender por qué prefirieron pagar un precio tan caro si hubiera sido más sencillo darse un abrazo, tomarse una postrera copa de vino y pasar el temporal bajo una roca, mientras abuelo y abuela se replanteaban la vida a su antojo, beso a beso, pobres pero contentos. Desplazado del núcleo principal de la familia por la inflexible Amalia, incómodo y quién quita que desesperanzado, mi padre vio a su padre convertido en una sombra que podaba los rosales del jardín y barría la hojarasca de los pinos canadienses, en el cuadrante norte del patio. Poco a poco se fue alejando. Reducía su espacio. Se apagaba. Inventaba una Asturias emergente. Jamás permitía que ninguna de las criadas le planchara sus dos o tres pantalones gasta¬ dos: mudo, digno, desdeñoso, se remangaba los puños de la camisa, comprobaba con un dedazo de saliva la temperatura del hierro y le sacaba filo al casimir. Los vapores del almidón saturaban la estancia. Prefería cenar su "tortilla de patatas" con los peones de la servidumbre, de espaldas al caserón que él levantó piedra a piedra, allá por los días en que lo encandilaba el nacimiento de su hijo. Bebía agua del pozo. Su pozo, ese de brocal redondo que él y cuatro o cinco jornaleros habían abierto a pico y pala. Desde la rendija de la puerta, papá los escuchaba cuchichear. A la tarde, los brazos a la cintura, abuelo recorrería sus antiguas posesiones, el establo vacío del caballo, los cimientos del granero, el área de los frutales frondosos -y se iba echando al bolsillo los mangos de Toledo que el viento maltrató. Su hijo lo espiaba a buen resguardo, asomadito a las persianas del cuarto de los juguetes, en la segunda planta de la mansión, hasta que su Dios se perdía de vista entre los matorrales del fondo, abducido por una avalancha de luz. Por la barranca del tren se oía tronar una locomotora invisible, serpiente en fuga. Estoy seguro que, tarde en la noche, papá bajaba a la cocina y, en cuclillas, ratón, a la luz de la luna que se filtraba por la claraboya del techo, pelaba con la boca los mangos de oro. ¿Sonreiría? El verdugo del cáncer minó al abuelo. Murió sin rendirse, dando vueltas por ahí. Recuerdo el domingo que, muchos años después, siendo yo un niño, llegó a casa uno de aquellos empleados de Villa Berta, también asturiano, de nombre Severo o Severino, y todavía puedo encontrar en mi memoria los ecos de la incontenible carcajada de papá, doblado de gozo ante los picaros cuentos del visitante. "Tu abuelo fue un hombre tremendo, Lichi, tremendo", me dijo con visible satisfacción, pero no supe mucho más de lo que hablaron.

La abuela Berta se echó encima la economía de la casa, y resultó una empresaria tan exitosa que en un abrir y cerrar de ojos logró incrementar el patrimonio de sus descendientes directos. En sus últimos años, anciana, sorda y casi ciega, se emocionaba como una novia al evocar a su marido. Nunca dejó de amarlo -a su manera, que es la única que vale. Llevó su viudez con gran altura. Regresó a él, a pedirle perdón, que la volviera a amar. La única preocupación que tenía, mientras esperaba su boleto a la Gloria en una cama del Hospital Calixto García, era con qué imagen y figura iba pasar la eternidad, pues le asustaba la idea de que quedara para "pieza de museo, octogenaria y en semejante estado de deterioro". Le dije por decir que seguramente la Virgen le daría a escoger entre sus muchas edades, y ella enseguida pidió en voz alta los mismos años, los mismos días y los mismos minutos que tenía cuando entró en la Casa Borbolla porque su madre deseaba encargar unos sillones de caoba. "Y de paso le solicito unas pulgadas para las pantorrillas porque siempre me avergonzaron mis piernas flacas. María entenderá. Así le presumiré al enamoradizo Constante". Mamá aprobó la idea, risueña. Ella alcanzó a conocer al abuelo, y reconoce que, aun enfermo, hacía uso de un pomposo repertorio de piropos. Dice que era un ser adorable, de fino porte y eterna pulcritud. Mi hermano mayor lleva su nombre, y ha heredado su hidalguía. Mi hermana gemela acompañaría a papá durante su viaje a Infiesto, en 1991, y al regreso nos relataría con qué fervor el poeta emprendió la tarea de reencontrar a los suyos, tocando de puerta en puerta y preguntando en cada taberna por un hombre que siete décadas atrás había partido hacia Cuba en busca de fortuna: para su decepción, en aquel caserío vivían tantos De Diego, tantos Constantes (por no mencionar a los González) que el único trofeo que trajo consigo fue la fotografía de un aviso de tránsito donde aparece el nombre de pintoresco pueblito, Inhestó, y la recompensa de haber conocido un minúsculo escenario de la vida del hombre que más amó entre cielo y tierra, el indiferente paisaje de su ya indescifrable desventura.

IV

"En las oscuras manos..." permaneció, como pronosticaba el verso de Francisco de Quevedo, en el fondo sin fondo del olvido. Papá debió haber interrumpido la hechura de un proyecto tan personal por dos razones que vienen a ensamblarse como fragmentos terminales de un rompecabezas: por una parte, sabía que de lanzarse a fondo en un alegato en contra de sus inmerecidas penas se habría visto obligado a dar fe de una temporada que había jurado sepultar, como un náufrago que tumbado en la orilla, ahogado, bocabajo, se niega a recordar la tormenta de la noche anterior; y, por otra, porque una tarde de esas, habaneras, anaranjadas, perdidas en los laberintos salitrosos del Caribe, conoció a las "hermanitas" Bella y Fina García Marruz y Badía. Las vio en una sala de conferencias donde un sofocado Juan Ramón Jiménez embrujaba a la concurrencia con la desnudez de sus madrigales. Las dos llevaban boinas. A Elíseo le volvió el alma al cuerpo: Bella, la mayor de las muchachas, la bellísima Bella Esther, Yita, sería su dueña. Eso necesitaba: alguien que le arrasara el corazón. Ella le cerraría los ojos. Durante el noviazgo, papá terminaría junto a mamá uno de sus libros más misteriosos, Divertimentos, conjunto de cuentos breves, sutiles, tan nocturnos que siempre he tenido la impresión de que, si se le suprimen los títulos de cabecera, puede leerse como una noveleta, así de recia es su estructura interna. Con los años, y los cuadernos sucesivos, la crítica entendería este segundo libro como un puente entre su narrativa pasada y la poesía por venir. Sus páginas guardan algunos de los textos más perfectos de nuestro idioma. En América Latina, nadie ha vuelto a intentar una hazaña semejante -salvo Augusto Tito Monterroso, que guardaba muchos encantos en su guatemalteco corazón, como mostraría en público algunos años después, o el mexicano Juan José Arreola, en su centrífuga (¿centrípeta?) novela La Feria, ejemplo de contención y vehemencia. Ni siquiera papá se lo propondría. Divertimentos es un Ave Rara. Convencido y orgulloso de su olfato precursor, Lezama publicó en la revista "Orígenes" una nota admirativa, sin escatimar adjetivos. Aquel elogio pudiera leerse como las revelaciones de un arqueólogo que decide hacer público la noticia de un hallazgo insólito. En 1965, dedicaría a papá un ejemplar de la edición príncipe de Paradiso (Colección Contemporáneos, UNEAC, portada de Fayad Jamís, 727 erratas), y muy en su estilo irónico y grandilocuente confiesa (cito de memoria) que él había decidido publicar su novela cuando ya no le quedaron dudas que mi padre nunca escribiría la suya. Hoy siguen estando cerca: la tumba de uno se ubica a escasos quince metros de la del otro, aceras contrarias, en una callejuela arbolada del cementerio de Colón.

Divertimentos fue, creo no equivocarme, la tabla de salvación que permitió a mi padre desentenderse sin rencores del infante solitario que había sido, al tiempo que le brindó la oportunidad de rendir tributo a sus lecturas y homenaje a sus maestros: por sus páginas sobrevuelan los fantasmas del anticuario Charles Dickens, la audaz Selma Lagerlóf, el eterno adolescente Alain Fournier, el tímido Aloysius Bertrand, el pirata Robert Louis Stevenson, el fantástico Hans Christian Andersen, el viejo lobo de mar Joseph Conrad, el malencarado Charles Perrault, la febril Virginia Woolf, ídolos a los que sería fiel la vida entera. Siempre los llamó "sus amigos". Lo eran. Ellos lo acompañarían en el adiós definitivo: papá falleció en su dormitorio, mientras leía Orlando entre los ahogos de una deficiencia pulmonar. El libro quedó abierto sobre su pecho, en un capítulo cualquiera. Me ilusiona pensar que Virginia acudió a la cita y lo enganchó con el garfio de un dedo, cielo arriba. ¡Ah!, ligero humo.

V

La contagiosa felicidad de Bella, su juventud y cubanía, hizo poeta a Eliseo Diego. Poeta convencido, quiero decir, poeta de sangre. El doble descubrimiento del amor y la amistad lo salvó de la melancolía, ese enemigo contra el cual se vio obligado a batallar durante el resto de su tranquila existencia, a la sombra, sin quejarse ni pedir socorro, sólo que ahora podría defenderse tras el escudo de un hogar lo suficientemente armónico como para irle ganando la pelea al habilidoso contendiente, metro a metro. Su mejor amigo, Cintio Vitier, se casó con Fina, la hermanita de la boina, y entre los cuatro fundaron una familia divertida e indivisible que, hoy por hoy, significa una de las columnas principales de la cultura cubana, dentro y fuera de la isla. La cicatriz de la niñez quedó cerrada después del nacimiento de sus hijos Constante Alejandro (Rapi), María Josefina (Fefé) y quien esto escribe, Eliseo Alberto (Lichi). Al final de su vida, papá comenzó a hablar de su infancia con alegría. Arriesgo una opinión: sinceramente, creo que la estaba confundiendo con la nuestra. ¿O no, Rapi? ¿Dime qué piensas, Fefé? A medida que nos acompañaba a crecer, "el viejo" pudo revivir las batallas indonesias que había fantaseado en las novelas de Emilio Salgari, imaginadas una y otra noche bajo el mosquitero de su cama, ahora que sus tres retoños aceptábamos jugar con él a los soldaditos en un tablero de cartón. Y pudimos comprobar lo que mamá y tía Fina nos juraban y perjuraban, que papá fue de joven un notable ciclista, ahora que había comprado en la juguetería "Los Reyes Magos" cuatro bicicletas de veintiocho pulgadas para irnos pedaleando hasta La Víbora. Y pudo leemos en voz alta los cuentos de los Hermanos Grimm que de adolescente había masticado en soledad, ahora que él mismo los acababa de traducir para nosotros. Y pudo ocultarse en los recovecos de Arroyo Naranjo, detrás del pozo, entre los cimientos del granero o las minas del establo, en el cuarto de los juguetes, sin temor a que se olvidarán de él, sin terror a sentirse abandonado, ahora que mamá lo había convencido que los seis (la abuela Berta nos acompañaba en la expedición) debíamos irnos a vivir a aquella misma casona, construida por su suegro, la queridísima Villa Berta, El Reino del abuelo , donde él tendría una nueva oportunidad para descabezar de una vez a sus demonios. En fin, papá pudo ser un hermano mayor, el primogénito, el favorito, ahora que había des-cubierto que un niño risueño, en verdad malcriado, con vicios de "hijo único", seguía comiendo mangos en sus entrañas. Cuando hablaba de abuelo, le temblaba el mentón. Ningún hijo ha extrañado tanto a su padre como mi padre. Ni yo.

VI

A finales de los cuarenta, Elíseo había publicado un libro de tapas color vino y sobrio diseño que habría de cambiar el perfil de nuestra literatura: En la Calzada de Jesús del Monte. En aquellas páginas maestras, poesía y prosa se funden en un discurso de novedoso aliento. La mirada del poeta define aquí su interés en "atender" los actos o sucesos de la vida cotidiana, esa realidad suspendida que nos rodea y que a veces, muchas veces, demasiadas quizás, pasa inadvertida. Una mancha en el muro, un gato por el patio, una vasija rota, una página en blanco, un vecino. En la Calzada... se hace evidente una obsesión que luego sería regla de oro en el quehacer literario de papá: conseguir una entereza final más propia de un libro de narrativa que de uno de poesía. Celoso de la forma, amante de la perfección, armaba varios cuadernos a la vez, con meticulosidad de relojero que guarda en cajas de fósforo las meditas dentadas del tiempo, los diamantes específicos que hacen andar los cronómetros. Los poemas debían leerse en orden consecutivo, como si cada uno fuese antecedente del otro y consecuencia del anterior, y por suma acumulativa aportaran misterios al homo de la creación, hasta alcanzar la totalidad del prodigio imaginario, la unidad suprema que anuncia el título: un viaje por la Calzada de Jesús del Monte, un recorrido por esos "extraños pueblos" (Arroyo Naranjo) donde a papá le gustaba vivir, lejos de las calderas de la modernidad, entre "oscuros esplendores". Desde el hallazgo de esa convivencia de prosa y verso, mérito de En la Calzada..., sus pulcros poemas tendrán un tono confesional, testimonial, y sus relatos, ensayos o conferencias darán cabida a los fulgores de la poesía, todo dicho por una misma garganta, una misma e inconfundible voz —expresada, modulada, acorde a los requerimientos de los "géneros", sin traicionarlos. Mi padre fue mejor lector de novelas que de poemas (narraciones del sabio Gilbert K. Chesterton, el huraño William Faulkner, el humilde C. S. Lewis, la antipática Agatha Christie). En una noche de lluvia, por ejemplo, papá era capaz de olvidar quién traicionó a quién, y por qué motivo Fulano le enterró a Mengano un cuchillo carnicero por la espalda, con tal de volver a disfrutar una buena novela de suspense. Leía hasta bien entrada la madrugada, enredado entre sábanas sudorosas. Los espejuelos rodaban por el lomo de la nariz. Sus hijos sabíamos que había suspendido la lectura cuando lo escuchábamos roncar: el libro, sin embargo, quedaba a notable altura, preso en su mano derecha como un estandarte. El resuello del ronquido seguía batiendo las páginas.

En las buenas y en las malas, papá jamás abandonó la prosa. Entre libro y libro (Por los extraños pueblos, El oscuro esplendor, Muestrario del mundo o Libro de las maravillas de Boloña, Los días de tu vida, Cuaderno de Bella sola) iba cosechando cuentos en la penumbra de su estudio habanero, entre ellos dos que acabaron siendo sus consentidos: El hombre de los dientes de oro y "Jugando". A mediados de los sesenta, da a conocer un libro sencillamente mágico, Versiones, joya de prosa poética (papá odiaba el concepto prosa poética pero no se me ocurre otro menos académico) que había escrito a lo largo de muchos años, y permitió la resurrección de su primer cuaderno, aquella "partitura" de tapas acartonadas, algo a lo que se había negado i en múltiples ocasiones, como explica en el prólogo a esa edición, porque no quería manosear viejos costurones de su adolescencia. No me canso de volver a Versiones. Cada lectura borra la anterior: el libro se reescribe en su reposo. Es un mapa, un mapa que uno debe deletrear para descubrir realmente lo que esconde. Y lo que esconde es su propia sabiduría -o dicho de otro modo: su bondad. Tiempo después de la aparición de Versiones (tuvo una edición en Uruguay), y cediendo a la solicitud de jóvenes devotos, por fin agruparía sus cuentos dispersos bajo el título de Noticias de la quimera. Aceptó con una condición: que su hijo Rapi dibujara la portada. Si bien los temas que preocuparon al poeta Eliseo Diego abarcaron un amplio espectro de obsesiones (la muerte, las cosas, lo eterno, lo innombrable), tengo la impresión de que su narrativa nace invariablemente de una experiencia íntima, una vivencia, un azoro. El niño que descubre a La Muerte subida a un árbol, en "Jugando", sin dudas es mi padre, como también debe serlo la niña a la que acosa "el hombre del diente de oro" durante una travesía marítima. La Muerte, El Diablo, La Señora, Su Excelencia, El Negro, son las barajas de un personalísimo Tarot, y la interpretación de esas cartas podrían revelamos claves para entender las angustias y ansiedades que lo acosaban cuando, encerrado en su estudio, tomaba en la mano su estilográfica, traqueaba el esqueleto y se disponía a exorcizar sus pesadillas. Como lo pienso lo digo: si mi padre dejó de escribir cuentos fue porque dejó de sentir miedo.

VII

A finales de los ochenta, papá escribió un par de cuartillas de lo que sería una novela de aventuras, según me confesó trago en ristre, bajo la enredadera de picualas que cubría la pérgola de nuestra casa en el Vedado. Encabezaba el boceto, escrito a máquina, la cita de una tonada que a él le gustaba tararear sólo cuando se sentía entre amigos, motivado por los roñes, pues no era especialmente bueno para el canto, menos para seguir el ritmo del montuno con que finalizaba la versión cubana: "¿Cómo quieren que una luz/ alumbre dos aposentos?/ ¿Cómo quieren que yo quiera/ dos corazones a un tiempo? ¡Así no, papacito, así no!". Esos dos folios demuestran que la trama comenzaba a tejerse por los días de la batalla naval de Santiago de Cuba, cuando los cañones yanquis hicieron tiro al blanco contra la flota del almirante Pascual Cervera y Topete, uno de los héroes inmaculados de papá, quizás porque pasó a la historia como un ilustre perdedor. Por lo que me dijo, sé que los hilos dramáticos habrían de anudarse treinta años más tarde, en el agujero de una trinchera española, durante un combate de la Guerra Civil donde coincidirían un negro de Nueva Orleans, combatiente de las brigadas internacionales, hijo de uno de los fogoneros de la armada norteamericana del 98, y un gallego que había sido grumete del destronado Cervera. Sólo existen esas cuarenta líneas. Hace poco, mi hermana Fefé (amorosa tesorera de su papelería) encontró el manuscrito de una novela que papá comenzó a redactar a los dieciséis o diecisiete años. Por aquellos abriles, el joven Eliseo tenía una caligrafía casi medieval, adornada con vistosas capitulares que dificultan su decodificación. La tinta se transparenta en el papel, borrada por el relente -que, en Cuba, es una de las perversidades más socorridas del diablo cuando el muy canalla intenta dejar sin documentación a la memoria: no hay Dios que resista 95 grados de humedad a medianoche. Cintio, Fina y mamá ni siquiera recuerdan el proyecto, lo que nos dice que papá tampoco confiaba demasiado en él. Hoy leo esas páginas juveniles con cierta aprehensión. Hasta donde mi hermana ha podido descifrar (al repensar el episodio, temo incrementarlo, mas espero que la pasión explique mis desórdenes), papá propone la historia de un hombre que muere dormido y, claro, no puede regresar de su eterno viaje, entrampado en un callejón sin escapatoria, por lo que comienza a deambular "despierto" por los sueños de sus parientes y allegados, alucinaciones ajenas que flotan en el limbo onírico de la imaginación. A saltos, sueño tras sueño, de extrañeza en extrañeza, el personaje (o lo que perdura de él) se va enterando de sus mustios funerales y de cómo lo aman u odian sus seres queridos, un conocimiento que no le sirve ni de consuelo pues no tiene forma de pedir perdón ni posibilidad alguna de concederlo. El mortífero descubrimiento lo abruma. Para colmo de males, el autor no incluye el desenlace, así que el durmiente vuelve a quedar descolgado, errante, dantesco, abriéndose paso a aletazos entre la niebla de una novela inconclusa.

Eliseo Julio de Jesús de Diego y Fernández Cuervo murió dormido el martes 1 de marzo de 1994, cerca de las nueve de la noche, en un pequeño departamento de la calle Amores, Ciudad México, Distrito Federal. Ojalá espíe los sueños de mamá, de sus tres hijos, de sus dos nietos, de su ejército de sobrinos, de sus leales amigos y de sus incontables lectores. Así confirmará lo que debió suponer que sucedería al ausentarse sin despedirse de nosotros, al menos sin despedirse con esa cortesía tan de Diego: cuánto lo seguimos necesitando acá abajo, en este mundo insensato, sí, insensato pero glorioso, y con qué cariño, respeto, admiración, se le nombra en su pequeña isla atolondrada por las turbulencias de la cuaresma y los vendavales bucaneros del verano, sí, una isla atolondrada, mareada, de efímeros inviernos, sin derecho a otoño pero altanera e irresponsable como Dios manda. Entonces papá tendrá pruebas de cuánto se le extraña aún en aquella casona de Arroyo Naranjo, la suya, mía, nuestra, de La Habana, de Cuba, una posesión de la memoria que comienza a derrumbarse ladrillo a ladrillo, dejando una montañita de polvo en la palma de unas oscuras manos -las del olvido. Sí, su vida se desmorona en medio de una rugiente avalancha de luz, sí, se esfuma, sí, se transparenta, pero sólo para reedificarse verso a verso en la monumental literatura que él, al huir ahogado, nos testó en herencia. Rueda por el piso un mango mordido. Y escucho reír a un niño tras mi puerta.

Prólogo del libro Cuentos de Eliseo Diego, Cádiz, 2003. Ayuntamiento de Cádiz. Colección "Calembé"

  • Librínsula: Centenario de Eliseo Diego (1920-2020)
    Por: Librínsula

  • La claridad hechizada de Eliseo Diego
    Por: Antonio Fernández Ferrer

  • Introducción al silencio
    Por: Juan Nicolás Padrón Barquín

  • Pórtico
    Por: Redys Puebla Borrero

  • Prólogo
    Por: Enrique Saínz

  • Palabras por los veinte años de la muerte de mi padre, Elíseo Diego
    Por: Josefina de Diego