Imaginarios

Prólogo

Por: Enrique Saínz

¿Qué significado tiene hoy la poesía de Elíseo Diego (1920-1994) en el devenir de la lírica cubana desde Manuel de Zequeira (1764-1846)? Posee en primer lugar un valor histórico, por cuanto se integra a una sucesión de movimientos y búsquedas que quieren interpretar la realidad, darle un sentido, hacerla habitable. Tiene además un valor espiritual de primer orden, un estilo del más alto linaje, modo de hacer y de sentir el poema, una manera muy suya de mirar, escritura de la convivencia del hombre con las enormes minucias de la cotidianidad, escritura de la muerte y de la memoria. Sus textos iniciales, recogidos en el volumen En la Calzada de Jesús del Monte (1949), nos entregan ante todo la profunda experiencia de un poeta que quiere edificar el sitio de la sobrevida, el sentido de su propia existencia frente a la desolada intemperie, el vacío histórico de una República desustanciada. Hay, pues, una doble historicidad en estos poemas: la de su lugar en el proceso de formación de la lírica cubana y la que le es connatural en su diálogo con el suceder inmediato y con el destino como configuración de una identidad. En el ensayo crítico que Cintio Vitier escribió para comentar aquel primer libro el propio año de su publicación, lo define en esa su honda interrelación con lo cubano, en esa su voluntad de edificación de un cosmos en el caos de una nación desestructurada. En las reveladoras reflexiones de ese comentario, en el que se nos muestra lo que podríamos considerar como el centro de la poética del autor, hallamos que el libro alcanza toda la dimensión de su fuerza y de su significado en la ontología de lo inmanente, el suceder inmediato, devenido acto trascendente en tanto las más entrañables costumbres cotidianas poseen la calidad de un hecho redentor. Estas páginas se van edificando para defendernos de la muerte y al mismo tiempo para decimos quiénes somos. El poeta enumera sus más ricos hallazgos en una detenida rememoración, sucesivas imágenes que se nos aparecen como un grave recuento de sitios, figuras, objetos, costumbres, todos solemnes e imperecederos en su inmutable ser, inmutable incluso en su fugaz historia, evocada por Diego precisamente como monumento deshecho, ya perdido por el arrasador transcurso del tiempo. En su antología Diez poetas cubanos. 1937-1947 (1948) observa Vitier lo siguiente a propósito de lo que acabamos de decir: "Lo irremediable de su pérdida, sin embargo, parece convertirse en otra cosa abrumadora e indestructible, como si el pasar del tiempo detenido en muralla inmóvil de lo que ya no puede ser, nos deslumbrase Son textos de un hondo diálogo en un sentido doble: el de su existencia misma, cuerpos de inexplicable misterio en su pura y limpia dimensión ontológica, y el de la configuración de la sustancia de la patria y el más profundo ser del poeta. Desde el primer instante hay un acercamiento íntimo al pasado y a las cosas todas que fueron y son la vida diaria, elementos diversos hasta lo incomprensible y sin embargo armónicos en su resistente presencia. Para definir ese primer libro podría decirse que es un canto nostálgico y minucioso al vasto mundo de la historia cotidiana, de la historia familiar, suceder silencioso y solemne de nuestra intimidad, en el que se va edificando la sustancia de la vida, a la que se aferra el poeta en su batalla contra la muerte.

El siguiente cuaderno, Por los extraños pueblos (1958), continúa en cierta medida ese cántico a la realidad, deleitable experiencia de una voluptuosa mirada que quiere aprehender el cuerpo real de las cosas. Volvemos a encontrar en estos poemas, de más reposadas maneras, el anhelante deseo de constatar, de saber, no en el sentido de develar el ente, sino en el de corroborar la simple existencia del paisaje pueblerino, aquellas presencias que nos dicen que el tiempo está detenido, que la vida permanece contra el vacío y la nada. Ahí están de nuevo, con su solemne existencia, las enormes o minúsculas presencias que conforman el ámbito del hombre, el paisaje por el que transitamos y en el que vamos haciendo nuestra vida. En las palabras de presentación que escribe para este su segundo cuaderno, define así la poesía: "es el acto de atender en toda su pureza”, y poco después añade: "A lo que Dios me dio en herencia he atendido tan intensamente como pude: a los colores y sombras de mi patria; a las costumbres de sus familias; a la manera en que se dicen las cosas; y a las cosas mismas —oscuras a veces y a veces leves.”

Es una atenta búsqueda de lo desconocido en la inabarcable totalidad de los interiores y del afuera, una gustosa evocación de los sitios y costumbres que ya no alegran nuestros días. Y decimos que busca lo desconocido porque en la poesía de Diego accedemos a la realidad en una dimensión trascendente, percepciones de una extraña luz o de sonoridades que nos develan espacios y rostros, costumbres y objetos, desde esos instantes poseedores de una plenitud dignísima, más nuestros entonces. Estos dos poemarios nos conducen hacia un centro íntimo mientras caminamos entre tanta riqueza de esplendores y alegrías cotidianas, hallazgos de esta poesía. Son páginas elaboradas con fruición, de un extraño sosiego tocado de leve angustia, de una sobreabundancia sobrecogedora como la realidad que siempre ha deslumbrado al poeta. Poesía de palabras y silencios, de imágenes y cuerpos inconmovibles al paso del tiempo y que sin embargo nos dicen que la pérdida es ya irreparable. Es entonces perceptible también cierta tristeza honda que nos llega de la rememoración y el recuento, y de esos gestos que el poeta hace en soledad en medio del vacío metafísico que pesa tanto a pesar de la cercanía de las cosas, como si no fuesen suficientes la contemplación atenta y las evocaciones de las cálidas costumbres. Voluntad de sobrevida que busca los orígenes, la génesis, la historia: Roma, España, Dante, “mi año mejor, el noventa”, la República, aquellos abuelos poderosos en su estirpe como si fuesen ajenos a la muerte.

Desde El oscuro esplendor (1966) hasta Poemas al margen (2000) observamos un creciente proceso de interiorización de la proble¬mática del poeta, obsesionado por la fugacidad y el desamparo, siempre angustiado por el encuentro consigo mismo. En esas entregas sucesivas vuelven las enumeraciones, los inventarios de la realidad, con finísima imaginería de sueños y terror, esas presencias inquietantes que deslumbran y sobrecogen al poeta como figuraciones de un irremediable destino. Así, por ejemplo, en “La pausa”, del cuaderno de 1966, leemos: Van apagándose los admirables ornamentos / de las altas sillas, del reloj cuidadoso / y pardo. Y la madre, que dobla / el fino pañuelo en la penumbra, lenta mirada de un antiguo linaje, de cierto señorío muy cubano, detenida en los familiares objetos interiores de un sitio dichoso que ahora entra en la penumbra, disolución indete- rtible en el tiempo del que nos habla ese pardo reloj, según Vitier “el color místico de la materia” en la poesía de Diego. En “Una visita a Iván Serguevich”, de Los días de tu vida (1977), hay asimismo una deleitable rememoración de una estancia y de un hombre que atiende a sus papeles con una indescifrable fruición, como si fuese el mismo Elíseo Diego mirando los suyos, ajeno al decursar de todo lo demás, sólo salvándose a sí mismo en ese hacer interminable que no quiere escuchar más que la voz entrañable, íntima. Escenas similares nutren esos cuadernos en diversos poemas, imágenes atemporales, sustraídas en su ámbito, ornamentos de la sobrevida. Los objetos han ido diluyéndose en los libros posteriores a Por los extraños pueblos, los sitios son é ahora estancias silenciosas, remotas, ausentes, pero al mismo tiempo jntocadas, ya eternas. En el poema que da título al libro de 1966, con el que se abre la colección, reaparece el tema de la angustia, ahora desnuda de gestualidades, de ese aire suntuoso de las costumbres familiares —tan felizmente cantadas en el primer cuaderno—, desnuda de objetos que el poeta ha nombrado con júbilo como testimonios de una belleza que nos salva. Esa vuelta hacia sí no es más que la constatación de la profunda soledad del poeta, soledad metafísica, desamparo ante tantas preguntas que él sabe sin respuesta. En esta página se inicia ese largo camino de interiorización que llega hasta la desasosegada búsqueda de la propia identidad en “En esta extraña calle” (de Inventario de asombros, 1982), título que comporta un diálogo con su entorno radicalmente opuesto al que sostuvo en el primer poemario, En la Calzada de Jesús del Monte, transformada ahora la mirada por su abrumadora obsesión de la muerte. Se cuestiona entonces el poeta su sitio, pasados los años de aquella pregunta que se hizo en “El oscuro esplendor” (qué irremediable catástrofe separa / sus manos de mi frente de arena, / su boca de mis ojos impasibles), y nos dice:

En esta extraña calle donde vivo, esta increíble calle de otra parte, quién habita esa casa que es la mía y entrando por la puerta grande y ocre me deja fuera a mí, que soy él mismo, temblando como un niño ante la entrada.

Me deja a la intemperie de este mundo como en ciudad ajena donde debo inventarme un quehacer igual al mío y con palabras que jamás se amigan ni sé qué son ni nunca lo he sabido explicar a empellones que no entiendo qué hago yo entre estas rocas bien medidas con geométricas grutas donde moran los que vanse y regrésanse sin prisa y a lo sumo me miran de reojo como si sólo fuese el que hubo entrado apenas no sé cuándo allá en sí mismo hacia el infierno que naturalmente será saberme siempre el que está fuera temblando ante la entrada como un niño.

Se han ido los espacios, las cosas y sus ornamentos, las luces y penumbras, los gestos y costumbres, las múltiples sonoridades del diario vivir, y el poeta se ha quedado solo en soledad radical consigo mismo, inquieto por la intemperie en donde ha sido abandonado, mirando una inexplicable perfección que ya no lo deslumbra, sino lo aterroriza. El miedo ontològico, presente siempre de incontables maneras en la poesía de Diego (las polvorientas estancias, la mancha en la pared, “esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano”, aquel “cocinero de frente de buey ” que ya no está, las “noticias del atroz invierno”, la joven del daguerrotipo, la vasta noche de “Entre la dicha y la tiniebla ”, “la hospitalaria ” de “pradera enorme”, las numerosas tercas ancianas que pueblan estas páginas y cosen o esperan silenciosas e impasibles y que son ya la eternidad), posee en Inventario de asombros (1982) una fuerza descomunal, como si estuviésemos en los límites de cualquier resistencia posible. Lo lejano, aquel rumor que tantas veces hemos oído en la poesía de Diego como signo de una realidad que se nos va entre las manos y a la que ya nunca podremos tener delante en toda su plenitud, pierde consistencia en tanto presencia vital al fin, conciencia de la vida de los otros y de nosotros mismos en el tiempo, en la memoria. El terror irrumpe en ámbitos cerrados, el profundo drama tiene su sitio ahora en la súbita extrañeza de lo inmediato, entorno que el poeta percibió antes de otro modo, con el júbilo de contemplar la grave pesantez de las cosas, su segura presencia, su compañía para salvaguardarnos de la fugacidad del tiempo. Ahora el poeta confiesa, sin poder atender a nada más que al objeto de su angustia: Me da terror este papel en blanco / tendido frente a mí como el vacío. Con el paso de los años se fue despojando esta poesía de los dones de la realidad y entró en un desesperado diálogo con el que siempre fue el centro generador de su escritura, aquel horror al vacío que al fin la generosa sobreabundancia de este mundo no pudo disolver.

Hacia el final de su obra, el poeta percibe con mayor fuerza y nitidez la presencia de su muerte, pero no parece inquietarse como en sus libros anteriores. Ahora, con el decursar de los años, su palabra ha alcanzado un sosiego de sustancia diferente del que observamos en aquella mirada tranquila de sus primeras páginas, aquellos poemas inolvidables en los que canta despaciosamente "el oscuro esplendor” de las cosas, su grave existencia, una manera en perfecta consonancia con el ser de las realidades contempladas. Era un mundo que Diego había edificado contra la angustia, escritura de la memoria, de alabanzas, de cánticos a los pequeños, enormes e inquietantes cuerpos que integran nuestro paisaje íntimo, el afuera y el adentro de la convivencia; de ese cosmos emergía, no obstante, un desasosiego que volvía una y otra vez, de diversas formas, centro generador de los poemas. En varios de los textos reunidos bajo el título En otro reino frágil (1999), con esa su música tranquila como la de todos sus libros, creo ver una calma interior que antes no veía, presente ahora de un modo explícito en los poemas "Conversación ” y "A qué sabrá” e implícitamente en algunos temas de la vida familiar del poeta. Ello no significa, sin embargo, que hayan cesado los insondables terrores de este hombre que se pasó la vida queriendo consolarse de lo incomprensible, de esas preguntas que no lo dejaban existir en paz y de la conciencia de la fugacidad que tanto entristeció sus días. En ese cuaderno de 1999 encontramos un testimonio desgarrador en los límites mismos de lo intolerable, vivencia ya desnuda de todo ornamento, puro clamor de quien ha llegado al fondo de sí y no puede continuar su diálogo con los otros ni con los objetos, con la memoria, las imágenes soñadas ni las deleitables imágenes que siempre vio con tanta fruición. En “Apuntes más o menos desesperados” nos dice, en el primer verso: Señor, estoy clamando por Tu ayuda desde lo más hondo de mi cuerpo, y más adelante añade: desde hace tiempo vivo yo en tinieblas que no hay quien las aguante. Es el final de aquella vuelta hacia sí mismo de la que hablábamos en líneas anteriores, una senda cuyo término no podía ser otro en este nuestro poeta, a quien escuchamos clamar porque no puede ya seguir viendo las bellezas que antes lo deslumbraban. El poetd de la luz está ahora en medio de las espesas tinieblas que lo envuelven. Esas tinieblas son un signo de lucidez en quien tanto se ha empeñado en mirar la realidad y en buscar el sentido de su propia existencia. Aquella penumbra de los interiores, en la que estaba a salvo de la intemperie desolada y fría, se fue transformando en la densa y asfixiante oscuridad que lo hizo llamar desde muy adentro, como alguien que no tiene ya hacia dónde volverse, en busca de una totalidad que sólo podía vislumbrar desde este incomprensible acá que era su vida. Es la angustia como (absoluto, la imposibilidad del conocimiento último, la conciencia de que el diálogo con la realidad es ilusorio en la medida en que todo ha de pasar de la luz a las tinieblas, esas que colman su existencia y lo hacen volverse a la resurrección.

Quiero ver la obra poética de Elíseo Diego como una forma de la dicha y más allá de escuelas literarias y del sitio que tiene en la historia del género entre nosotros, más allá de las búsquedas y de los aportes del Grupo Orígenes, al que perteneció desde muy joven. Esta compilación que ahora les presento me acompañará siempre y siempre volveré a sus páginas con aquella inolvidable alegría de hace tantos años, aquella jubilosa avidez de leer pausadamente sus textos, ya definitivamente míos, como los libros de los clásicos que prefiero. No pretendo demostrar que Elíseo Diego es un gran poeta. No creo que eso tenga ni la menor importancia, pues al fin es nada más que una frase que no significa nada. No quisiera que este libro se quedase sólo como una triste referencia en las historias literarias ni como objeto de estudio de filólogos y eruditos, pues eso significaría que se ha convertido en un cadáver y ha dejado de ser una fuente viva del más alto linaje. Más allá de cualquier circunstancia histórica que esté en la raíz de su escritura, esta obra ha de quedar como el testimonio de un poeta extraordinario a quien el tiempo no habrá de poner en las oscuras manos del olvido, verso de Quevedo con el que Diego tituló su primer cuaderno de prosas, de 1942. A estos poemas vendrán una y otra vez sucesivos lectores. Serán elogiados o no por críticos más o menos sagaces, quizás durante muchos años permanezcan cerradas estas páginas, pero ciertamente volverán a abrirse de nuevo para llegar a otros que habrán de encontrar aquí su propia existencia. Creo que podemos afirmarle al poeta que con cada lectura de este tomo es para él el verso final de su poema “A una joven romana”, de En otro reino frágil, donde le dice a la remota muchacha: Y en ese instante está tu eternidad a salvo. Contra el vacío, el sinsentido, la muerte, volveremos siempre alta poesía espléndida, nuestra y universal.

Eliseo Diego, Obra poética, Ediciones Unión, Editorial Letras Cubanas, 2005

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