Epidemias de fiebre amarilla

Imaginarios

Epidemias de Fiebre Amarilla en Matanzas durante el siglo XIX

Por: Johanset Orihuela León

La historia de Cuba contiene relevantes ejemplos de brotes epidémicos que resaltan por su singularidad – algunos propiciados por el clima, la higiene, la inmigración y el exiguo avance médico. A través del siglo XVI y XVIII se reportaron recurrentes brotes de viruela, varios tipos de “fiebres”, malaria, tifus, lepra, sífilis, tuberculosis y sarampión, que afectaron a miles de personas en todo el archipiélago. Entre las epidemias que más se destacaron por su contagio y mortandad se encuentran la de la fiebre amarilla, la cual ya se conocía desde la antigüedad, en las escrituras de Pausarías, Plinio y Aristóteles. Los primeros colonizadores la experimentaron, dejando recuentos de sus estragos – esta aparece mencionada en las Décadas de Herrera (1601) y la Nueva Historia de Bernal Diaz del Castillo (1632).

La fiebre amarilla fuertemente afectó a la población general de la isla a través de la época colonial, particularmente durante la segunda mitad del siglo XIX. Los documentos de esta época atestiguan a la periódica aflicción de los brotes de fiebre amarilla sobre todas las clases sociales, especialmente a los habitantes rurales y los esclavos. La fiebre amarilla, juntamente con la viruela fueron las de mayor incidencia, seguidas por lepra y la tuberculosis o “fiebre ética” y la malaria. El efecto de enfermedades impulsarían hacia un significativo avance en el cuidado y aseo público, limpieza de carnicerías, mataderos, de las zanjas y los hospitales. Además, llamaba a la necesidad de médicos especializados o una institución que permitiera la educación y formación de futuros galenos en la isla.

En esta breve nota se hace un acercamiento a las epidemias de fiebre amarilla que afectaron particularmente a la región matancera y habanera vista desde los documentos históricos. Con este fin se extrajeron datos de la historiografía nacional e internacional, nutridos por documentos inéditos del Archivo Histórico Nacional de España (AHN), Archivo General de Indias (AGI), Archivo Nacional de Cuba (ANC) y el Archivo Histórico Provincial de la ciudad de Matanzas (AHPM). Estos documentos nos abren una ventana por donde acceder a los efectos y respuestas de la población ante el dantesco prospecto de las epidemias.

Brotes de fiebre amarilla se registraron a través de todo el siglo XIX en Cuba. Esta se llegó a conocer por los nombres de “fiebres endémicas” o “vómito negro” que afectaron y se extendieron por todo el archipiélago. La fiebre amarilla es una infección de flaviovirus trasmitida por la picadura de un mosquito infectado. El principal vector es el mosquito Aedes aegypti, pero otros pueden también transmitir la enfermedad. La infección causa náuseas, fiebre y jaquecas. Al afectar al hígado, provoca una coloración amarilla en la piel, característica del contagio.

Estos brotes epidémicos afectaron todas las esferas de la vida social, el crecimiento demográfico, inmigración, los sectores de la salud y la economía; cobrando millares de víctimas que decimaban la población de la isla y los sectores laborales. Al respecto, el historiador Pezuela refirió, que la fiebre amarilla y otros achaques que afectaban a la población eran “…engendrados en los bosques e inmundos pavimentos de nuestras calles…”.

Aludiendo que su persistencia era auspiciada por la existencia de extensos bosques vírgenes y la poca higiene de las calles y en las ciudades. En un memorial a la Junta de Fomento en 1845, el gobernador O’Donnell refirió que Cuba – como los demás países tropicales – estaban en desventaja del clima y la atención higiénica del momento: “…la insalubridad del clima es cada día menos intensa a medida que el descuajo de los montes progresa (…) sin precauciones, ni protectora inspección de nadie…”; señalando los problemas de higiene e inmigración como importantes focos de trasmisión:

“…las enfermedades endémicas [refiriéndose a la fiebre amarilla] que aflige entre nosotros (…) y que en realidad puede, en la mayor parte de las vías – evitarse, bien por un método higiénico…”, entre los que sugirió la cuarentena y el aislamiento de barcos recién arribados hacia “…puertos distantes del litoral…”.

Antes de esas fechas ya se tienen noticias de fiebre amarilla en La Habana, como el severo brote de 1794, que cobró 900 de 1700 foráneos recién llegados a la isla. Entre los infectados que perecieron había militares y marineros de la Armada de Varela Ulloa que llegaron desde Cádiz. El mismo capitán Ulloa falleció a causa de la enfermedad.

Otro terrible brote ocurrió en 1819, convirtiendo a la ciudad de La Habana en un temible foco de dispersión. El erudito doctor Tomás Romay, informó a la Junta de Fomento que a causa de un desproporcionado aumento poblacional en la ciudad había propiciado “…los estragos que hacen las enfermedades en los forasteros…”, apuntando a la población inmigrante como la más afectada a las enfermedades del trópico por no estar acostumbrada a ellas. Entre los inmigrantes afectados estaban los canarios e irlandeses, lo cual afectó a su vez, las construcciones de líneas férreas – en las que se empleaban estos inmigrantes junto a los chinos “coolies” y los esclavos de descendencia africana. De igual manera, las epidemias afectaron más a la población esclava y pobre que a la blanca pudiente.

El Dr. Romay fue un gran impulsor de la salud pública y el tratado de epidemias. A comienzos del siglo XIX impulsó la vacuna contra la viruela – descubierta en 1798 -, inoculando a sus pequeños hijos primero, como ejemplo a la población. Sus esfuerzos en los sectores de la medicina y salud ayudaron a reducir la infección de viruelas en la isla para 1804. Como alivio a la epidemia de fiebre amarilla en ciudad de La Habana, Romay instruía que se debía “…orientar a la conducción directa de los colonos blancos [no infectados] a los puertos de Matanzas, Nuevitas, Santiago y Trinidad…” y así aislarlos de las condiciones en la capital. La villa de Guanabacoa, que había servido de asilo, ya no se consideraba segura contra la epidemia. Si embargo, esto no haría más que extender la epidemia extramuros, como en efectivo ocurrió.

Pero los esfuerzos de Romay no se hicieron sentir por igual en toda la isla. Las zonas rurales y más apartadas fueron las más afectadas. Por lo general, los hospitales ofrecían mucho mejor cuidado, y en muchos de los casos, las personas no sufrían los efectos de la enfermedad dos veces. De los 1221 casos que se trataron en el Hospital de la Marina de La Habana, entre 1829 y 1831, solo 57 fallecieron – lo que correspondió a un 4.7 % de la población en esos años. En cambio, los hospitales civiles presentaron niveles de mortalidad que oscilaron entre el 9 y 56%. Los mayores grados de mortandad se registraron en la ciudad de Villaclara, Isla de Pinos, Sagua la Grande, y Santiago de las Vegas, las cuales presentaron entre 41 y 56 % de mortalidad.

La fiebre amarilla tuvo efectos devastadores en las poblaciones de la ciudad de Matanzas, al igual que en sus zonas rurales, causando en ambos calamidad y miseria. A pesar de que Matanzas durante el siglo XIX se consideró una zona saludable - y en muchos casos recomendada como retiro de recuperación para pacientes de enfermedades respiratorias y otras aflicciones - la presencia de sus bosques y cuerpos de agua creaban el hábitat ideal para los mosquitos trasmisores de la fiebre amarilla. Su proximidad a ciénagas y pantanos que circundaban la ciudad la hacia vulnerable, y por ello, la población padecía en ocasiones de “…asmas y fiebres intermitentes…”. Algunos viajeros visitantes a la isla y a la región matancera, como Abiel Abbott en 1828, notaron la importancia de los lugares insalubres que atraían, como la fiebre, el dengue y el cólera. En ese sentido, la gobernatura matancera, desde el arribo de Juan de Tirry y Lacy, se disponía en reducir los “…terrenos cenagosos que yacen infectos a orilla de los ríos (…) y cuyas desecaciones interesan tanto a la salud de sus vecinos…”. El clima fue igualmente un factor determinante. En ocasiones, los brotes seguían momentos de severa sequía o torrenciales aguaceros, como fue un caso en marzo de 1850.

Los documentos amontonados del Registro Civil del Juzgado Municipal de Matanzas, el Hospital de Caridad San Nicolás, Santa Isabel, Secretaría de la Junta Subalterna de Sanidad de Matanzas, y las oficinas de doctores privados proveen extenso registro de las defunciones acaecidas en la ciudad. Entre los médicos que aparecen registrados en las actas se encuentran Francisco R. Ansorana (¿?), Francisco Casals, José Carbonell y Manuel Zambrana y Navia.

Uno de los brotes que figura pronunciadamente en la documentación fue el de la década de los 1870s y 1880s. Las actas de defunciones registraron el fallecimiento de personas de todas las edades. Entre los difuntos se encontraron también extranjeros e inmigrantes. El 24 de julio de 1878, el galeno Casals registró la defunción de Franklin Shute de 48 años, quien era capitán del buque norteamericano “J. H. Lane”.

Su cuerpo fue inhumado en la ciudad con un barril de ron – según había deseado el fallecido -, para después ser trasladado a los Estados Unidos

Foto de la BNCJM

Acta de defunción de Franklin Shute, norteamericano fallecido en Matanzas por fiebre amarilla. Acta firmada por el Dr. Juan Casals en 1878. (cortesía del autor).

Otro sería Josefa Reyes y Rodríguez, viuda de 96 años, procedente de Canarias – registrada por el Doctor Zambrana el 9 de diciembre de 1886

Foto de la BNCJM

Acta de defunción de Josefa Reyes y Rodríguez, viuda de 96 años, fallecida en Matanzas por fiebre amarilla. Acta firmada por el Dr. Manuel Zambrana, en 1886 (cortesía del autor).

Entre el 31 de marzo de 1859 y el 30 de junio de ese mismo año, el Hospital de Caridad de San Nicolás reportó 21 y 62 enfermos de fiebre amarilla y solo cinco muertos, en esos años respectivamente. Entre el primero de mayo de 1861 y el primero de septiembre de 1862, el Hospital Militar de Matanzas reconoció un total de 262 pacientes recuperados de fiebre amarilla, 242 fallecidos, y 20 aún enfermos. El año anterior se habían tratado un total de 148 pacientes.

No fue hasta 1881 que el eminente científico cubano Carlos J. Finlay identificó al mosquito como el principal vector de la fiebre amarilla – siendo el primero en hacerlo ante la Academia de Ciencias de Cuba el 14 de agosto de ese año. Finlay se interesó por la fiebre amarilla desde 1858. Su sabiduría lo llevo a realizar importantes descubrimientos bacteriológicos sobre el cólera morbo asiático en 1865, que precedieron los del mismo Koch y otros científicos importantes de su época.

En 1884 expuso y defendió su trabajo titulado “Fiebre amarilla experimental comparada…” a la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana. Sus investigaciones en los campos de la bacteriología y la epidemiología se extendieron hasta su muerte en 1915. Su importante descubrimiento sobre la trasmisión de la fiebre amarilla ayudaría a Ronald Ross identificar al mosquito como el vector de la malaria – en 1898 – y en 1906, a Bancroft, de que también lo era del dengue. De esta manera, sus esfuerzos científicos llevaron a la erradicación casi total de la enfermedad en la isla en las primeras décadas del siglo XX, y luego en otras partes del mundo. Según los propios informes de C. J. Finlay, la fiebre amarilla fue erradicada de Cuba como enfermedad mortal desde 1907 – siendo Matanzas entre las primeras de la isla que quedó libre de ella.

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  • Revistas cubanas de medicina
    Revistas cubanas de Medicina del siglo XIX. Contribución desde la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí
    Por: Jorge Luis Montesino Grandías

  • Breve testimonio fotográfico de epidemias, médicos y sanatorios en la Cuba colonial y republicana
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