Nombrar las cosas

Francisco Chofre: un mago de la parodia

Por: Argelio Santiesteban

Entre nosotros el asunto no es nuevo, ni mucho menos. (1)

Qué va. Bien recuerdo que en mi ya remota adolescencia –o sea, cuando todavía merodeaban los dinosaurios-- era aquí habitual que en la noche víspera de los Fieles Difuntos se representase Don Juan Tenorio, de Zorrilla.

Y suspirábamos solidarios, conmovidos ante el cínico (que va a ser salvado por el amor), cuando declamaba:

¿No es verdad, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más clara la luna brilla
y se respira mejor?

Lo cual no nos impedía, concluida esa primera función, irnos a desternillarnos de risa con otra puesta en escena donde parodiaban la obra del poeta vallisoletano:

¿No es verdad, ángel amor,
que en esta apartada orilla
están friendo morcilla
y hasta aquí llega el olor?

Un fraterno asesor, el infaliblemente erudito Carlos Padrón, me recuerda que en fecha tan remota como 1814 ya Francisco Covarrubias presenta Las tertulias de La Habana –con personajes como el curdita criollo Perico Láguer-- , donde parodia a Las tertulias de Madrid, obra del sainetero Ramón de la Cruz, escrita cuarenta años antes. El teatro bufo convertirá a Medea en Matea, lavandera. Y agrega Padrón que José Soler Puig no sintió sonrojo al tomar una farsa de un autor francés anónimo del siglo XV para pergeñar El macho y el guanajo.

Antonio María Romeu Marrero, en el año 1909, no vaciló en cubanizar El barbero de Sevilla, con un danzón donde utilizó fragmentos de la ópera homónima de Rossini.

En 1934 sería victimizado el tango Cuesta abajo, de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, cuando algún anónimo compatriota bromista lo transformó en una versión cuya irrespetuosidad nos impide, en nombre de la decencia periodística, aquí reproducirla.

Y ésa, nuestra vocación desaforada por el choteo concretado en parodia, recibiría un refuerzo foráneo cuando aquí llegase Chofre.

El súmmum del aplatanamiento (2)

Recién inaugurado aquel desastre que se llamó el priato, llega a tierra cubana un joven español nacido 25 años atrás.

En Francisco Chofre (Cullera, Valencia, 4 de noviembre de 1924) no tenemos a un inmigrante que se dedica a las bellas artes, sino que es otro su cultivo: dobla el lomo sobre la tierra en la inmisericorde labor del trabajador agrícola, en una finca de la camagüeyana comarca de Nuevitas. (Más tarde se vería cuánto lo iba a engrandecer esa cercanía al rus cubano y a su gente).

Más de un lustro permanecería pegado al surco hasta que, en 1955, se mueve hacia La Habana. En la capital, publica la revista Presencia, y colabora en periódicos como La Calle y Prensa Libre. El narrador que lleva dentro recibe en dos ocasiones el acicate de un preciado galardón de la época: el Premio Federico de Ibarzábal, concedido por la Federación Provincial de Escritores de La Habana.

En los años revolucionarios inaugurales se desempeña en un insignificante cargo oficinesco, pero pronto irá colaborando en órganos como Lunes de Revolución, Islas, El Sable, Palante, Unión. A partir de 1965 será una presencia dentro de la radio y la televisión, en calidad de guionista.

Pero lo mejor estaba por llegar.

Dos joyitas sin desperdicio

En 1966 el Concurso Casa de las Américas recibe una obra con el indescifrable título de La Odilea (3) , que recibiría mención. Era una acabada caricatura de La Odisea, donde el protagonista Odileo no vaga por islas mediterráneas sino que anda perdido en la cayería cubana, ansioso por llegar a su casa, donde su esposa, La Pena, es asediada por un atajo de machangos (4) que pretenden yacer con ella, ante la mirada afligida e impotente del hijo, Telesforo, quien se declara medio cundango (5).

Supongo que los jurados comenzaron a retorcerse de la risa con sólo dar una ojeada al índice, donde se enumeran “cantos” como “Donde a Odileo no lo destimbala (6) un tiburón de milagro”, “De cuando Odileo pega a fumarse el tabaco por la candela” o “Cuando Odileo le da a su mujer por donde le duele”.

Son capítulos cuya acción en buena parte transcurren en la finca de cierto Zeulorio cascarrabias, padre de Atenata, su bastante marimacho descendiente. En medio de aquel revoltijo se desarrolla lo que Mario Benedetti calificó como “la apoteosis de la mejor gracia dialectal cubana”.

Ah, pero a Chofre aquello no lo fue suficiente. Y la emprendió con un texto venerado en medio planeta, el más traducido en la literatura mundial. Y tuvimos El Evangelio según San Paco (7), con un “evangelista” –vaya casualidad, tocayo de Chofre-- que “no resucitó de entre los muertos. Y nunca subió al cielo ni bajó al infierno, por aquello de que quien no sube ni baja, se queda a la mitad”.

Por las páginas de aquel insólito portador de la buena nueva desfila toda una galería de personajes bíblicos, del Antiguo Testamento. Desde el capítulo inicial, que en lugar de llamarse “Génesis” se nombra “Adán, Eva y El Majá”. (8)

El autor se muestra bastante despiadado con los historiógrafos que lo antecedieron en la narración de lo ocurrido en el Edén, de lo cual “se han escrito horrores y ha costado más sangre que agua tiene el mar … y como fue escrito por una gente que no sabían ni dónde estaban parados, vamos a seguirle dando, por sabrosura, en la misma sotana”, pues “todavía sigue sonando por ahí eso de la corrupción, el amor por la libre, la igualdad social, la fornicación, el meterse con la mujer de otro… y mil porquerías más que ni siquiera debe hablarse de ellas, porque todo es producto de frustraciones, malentendidos, impotencias, excesos, subordinaciones y moralerías baratas, que tanto el hombre como la mujer deben hacer lo suyo para que el mundo coja su camino y todo lo malo se vuelva bueno”.

Y uno resiste esos sermoneos del “evangelista” pues, como resarcimiento, a lo largo de aquellas líneas vamos trabando conocimiento con la singular fauna primigenia: Matusalén, “o Matu, como lo llamaban en la familia cuando ya no podía ni con sus patas”; Lot, “que había nacido un lunes y de nalgas”; Isaac, “quien se hizo notable cuando conoció a su mujer halando soga al lado de un pozo y la enamoró por aquello de que el agua de pozo amarra”; los constructores de la Torre de Babel, preocupadísimos porque los comejenes podían dar al traste con lo edificado.

Un homenaje post mortem

A no dudar, hallamos en Chofre una sabiduría que consigue un difícil equilibrio, capaz de provocar la carcajada sin incursionar en la descompostura, una contención rara entre quienes se mueven en las tembladeras de la parodia.

Ya lo dijimos: los cubiches (9) somos asiduos cultivadores de la parodia. De manera que alguien podría cuestionarnos: “¿A qué viene tanto honor para Chofre, el gallego (10) ése?”.

Y yo le respondería que el gusto por lo caricaturesco quizás nos vino de nuestros tátara-tarabuelos ibéricos. Sí, porque bien miradas las cosas, ¿qué fue –si no una parodia-- lo que escribió el manco genial, la cúspide de las letras castellanas?

NOTAS:

  • (1) Tampoco es una novedad a nivel mundial. Ya los griegos tenían su παρώδïα, “oda en contra de” u “oda al lado de”.
  • (2) Aplatanarse. Cubanismo. Adoptar un extranjero nuestras costumbres.
  • (3) La Habana, UNEAC, 1968.
  • (4) Machango. Cubanismo. Hombre robusto que no se dedica a nada útil.
  • (5) Cundango. Cubanismo. Hombre homosexual.
  • (6) Destimbalar. Cubanismo. Destrozar.
  • (7) La Habana, UNEAC, 1990.
  • (8) Majá. Cubanismo. La inofensiva boa de nuestros campos (Epicrates angulifer).
  • (9) Cubiche. Cubanismo. Cubano.
  • (10) Como suelen hacer también los argentinos, denominamos gallego a todo español, aunque haya nacido en Sevilla, Madrid o Valencia.
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