Nombrar las cosas

Homicidios durante el período colonial en Matanzas: dos casos tempranos

Por: Johanset Orihuela León

Los documentos históricos recogen una amplia gama de asuntos referentes a la condición humana y la complejidad de la sociedad. En diversos casos, un solo documento puede tratar sobre múltiples temáticas, desde religión a piratería, economía hasta homicidio; pero todos permiten rescatar, aunque sea un efímero matiz de la complejidad social y aspectos de la vida en el pasado. En esta breve nota se discuten dos casos inéditos de homicidio en el entorno matancero. Estos anteceden al “primer caso de homicidio” documentado en la historia de la región.1 La información de estos documentos inéditos contribuyen al estudio del homicidio, la violencia y la justicia penal de la región matancera en los siglos XVII y XVIII.

Según la historiografía clásica local, el primer registro de homicidio de la ciudad fue el caso de José Quintana, en enero de 1778 —un caso calificado de pasional. El trinitario de “tierra-adentro”, José Jiménez de cuarenta años, había establecido una relación ilícita con la esposa de Quintana— Antonia de Usiga y Gálvez de veinticinco años. Jiménez, con planes de darle una mejor vida y llevársela “vuelta arriba”, asesinó brutalmente a Quintana.

El cuerpo de Quintana fue encontrado en el paso de Barroso, cerca de la hacienda del Conde de Gibacoa, en un espeso cañaveral al margen del río Cañas, en las afueras de la ciudad. José Antonio Martínez, hacendado local, descubrió el cadáver de Quintana parcialmente vestido en el agua. En la cabeza observó una fuerte contusión, una herida que le atravesaba el tórax y una roca muy pesada atada al cuello del cadáver que impedía que el cuerpo flotara en el río. Su pene había sido mutilado. El cuerpo aún preservaba un rosario de Jesús María al cuello. El cadáver fue examinado en la ciudad por el cirujano de batallón de milicias José Montoro, quien determinó que la herida del torso había sido realizada con un instrumento afilado y punzante.

Los amantes, Usiga y Jiménez, fueron capturados e interrogados. La pareja fue aprisionada en calabozos separados, en la batería de costa de San José de la Vigía; ambos con grilletes y al cepo. Sin experiencia de jurisprudencia, los caballeros Rodríguez y Castillo intentaron defender a los reos en los meses venideros. Sobre el proceso judicial procedió como juez Juan Gómez, alcalde ordinario de la ciudad. El proceso de interrogación llamó a testificar a varios vecinos y conocidos, todos cuyos testimonios fueron recogidos en las actas capitulares de la ciudad, luego extensamente relatado en la obra del Pedro A. Alfonso aquí citada.

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