Nombrar las cosas

El hombre que podía casi todo

Por: Astrid Barnet

El hombre que podía casi todo, libro de la autoría del teólogo y antropólogo brasileño Frei Betto (Belo Horizonte, 1944) narra con fina ironía el mundo de las drogas en América Latina y, en específico, cómo éste se desenvuelve y nutre a partir de la labor de un sinnúmero de individuos inescrupulosos dentro del llamado "gigante suramericano", y de su extensa telaraña de contactos en otros países fuera de este continente.

Mediante una escritura amena y a la vez escalofriante, el también periodista brasileño, pone en conocimiento del lector las enormes y secretas redes del negocio de la droga -en este caso y en lo esencial, la cocaína-, la participación desenfrenada de no sólo delincuentes o ex presidiarios, motivados en su mayoría por ajustes de cuentas, sino también de empresarios, miembros de la policía y políticos quienes apoyan y emprenden las riendas de dicho negocio.

Aunque El hombre que podía casi todo, se cataloga dentro del género de ficción, ésta trasgrede esa fisonomía para adentrarnos en un mundo real, el verdadero que desafortunadamente mueve la imagen social de hoy, desprovista de cualquier tipo de subterfugio y en el que la juventud es su víctima principal y más directa.

Personajes como el ambicioso tesorero general de una transnacional de ingenierí, a Salvador Lucania; el empresario Mario Alonso Freitas de Oliveira; su amante, Anabella y su esposa, Mónica, al igual que los jóvenes Verónica y en especial, su hermano Pedro, transitan dentro de un contexto donde reina una conjunción de tiempo que no es pasado ni futuro, sino presente eterno aunque dure treinta segundos.

Vidas tempestuosas todas, repletas de riqueza, o escorias que se lucran y venden a cualquier precio (Frank Castello y Homero Popó) -donde imperen y ordenen el mercado y la tortura física y mental-, y que se van identificando capítulo a capítulo en esta magnífica obra que el talento de Frei Betto aprisiona, haciendo coincidir junto a elementos sociales (!hasta adolescentes casi niños!) de la más baja calaña, junto a otros que, pese a ser discriminados racialmente (Paulón), en ellos supervive cierta belleza humana.

Así, riqueza y pobreza llegan a pernoctar y a deambular en el execrable contexto de las drogas hasta lograr captar lo imberbe, a esa juventud que necesita y aspira a vivir con amor e integridad.

“(…) --Lucania, ¡te has vuelto loco! ¡La plata se te subió a la cabeza! ¿Crees que si la cocaína fuese liberada, el gobierno dejaría su comercialización a la iniciativa privada?

--De eso no tengo la menor duda. Estamos en la era de desmantelamiento de los estados modernos ¡Viva la privatización! Se privatizan siderúrgicas y autopistas, la seguridad social y la asistencia médico-hospitalaria, los correos y las playas. Las fuerzas armadas y la policía están prácticamente privatizadas, basta ver el número de agencias de seguridad particular y los vínculos que unen lo que queda en manos del poder público a la iniciativa privada. Ahora, no tenemos un rey, sino un conglomerado transnacional; no hay un linaje familiar noble, sino accionistas de grandes empresas; no se ataca al reino vecino, se soborna a sus gobernantes; no se utilizan caballos ni brazos, sino capital; no se recurre a las bendiciones religiosas, se especula en las bolsas; no se venera al Santo, basta el fetiche de la mercancía, y el cielo está al alcance de la nariz…La siembra, la cosecha, la refinación y la distribución de la cocaína son artes que el Estado jamás podrá dominar”.

(Capítulo final: Diálogo entre Lucania y Mario).

El Hombre que podía casi todo—Editorial Gente Nueva. La Habana, 2018.

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