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Nombrar las cosas

HANK

Por: Víctor Fowler Calzada

“La poesía dice demasiado en demasiado poco tiempo; la prosa dice demasiado poco y se toma demasiado tiempo”. La frase es pronunciada por un personaje, que no es sino el mismo Bukowski, en el relato Nacimiento, vida y muerte de un periódico underground. Es todo un acertijo literario, un desafío conceptual, una verdad contundente, un problema y, también, una broma. 


Si la poesía dice demasiado poco en demasiado poco tiempo, entonces ello implica que la relación entre un poeta, los lectores y la poesía misma no sólo desborda (anega, inunda hasta trastornar el sentido) el acto o instante mínimo de leer, sino que la transmisión de algún contenido dentro del poema es acontecimiento prácticamente imposible. 


Creo que lo anterior se torna más claro cuando analizamos la siguiente idea, tomada de la carta que Bukowski dirigió a Felix Stefanile el 19 de septiembre de 1960: 


“No puedo TRABAJAR en un poema. Demasiados poetas trabajan su material con tanta conciencia que, cuando ves el texto impreso, parecen estarte diciendo… mira aquí, viejo, sólo fíjate en este POEMA. Incluso puedo decir que un poema debe no ser un poema, sino más bien un trozo de algo que simplemente sale.”


Es tanto una idea muy fuerte como una trampa hábilmente tendida y una estructura que descansa encima de la vigilancia ética (he aquí por qué y de qué modo la escritura poética es una responsabilidad tan grande como la vida) acerca del qué decir, el cuánto y el cómo. Puesto que la poesía “dice demasiado en demasiado poco tiempo”, al poeta le corresponde “dominar” el tránsito de la emoción a la escritura, de la idea a la página llena; pero, atención, no a través de un largo, esforzado y cargado de codificaciones “después” (donde el poema, al suponer, es continuamente “mejorado”), sino en el momento mismo de la escritura. No hay trance, sino control: pelea. “No sé cuantos miles de obras maestras he roto en pedazos”, había escrito días antes, el 29 de agosto.

La dominante ética que orienta la escritura poética demanda, a su vez, un tipo de lectura capaz de sentir, de captar (que no exactamente entender) que en esa masa se le precipita gracias al texto (esa unidad que arrastra “demasiado en demasiado poco tiempo”) hay una verdad contundente sobre los estados de la existencia, aquellos de los cuales el poeta (en base a su experiencia directa) puede decirnos y llevarnos hasta allí:

“He atravesado a lo largo y ancho de estos podridos Estados Unidos trabajando por nada para otros puedan tener algo. No soy un comunista, no soy nada político, pero es un mal arreglo.”

A continuación, Bukowski despliega un listado de algunos de los oficios y sitios en los que trabajó: mataderos, una fábrica de golosinas para perros, banco de sangre en Frisco, colgando posters en el metro de New York 40 pies bajo tierra, algodón en Berdo, tomates; mandadero, empleado de estación de gas, cartero… “No puedo recordarlos todos,” dice, “es algo bastante monótono y común y muchos hombres de los que ves a tu lado en la fila de desempleados han hecho las mismas cosas…”

 La cantidad de rabia, pero también de piedad, que hay en fragmentos como el siguiente, esta vez tomado del relato-crónica titulado Bop bop bop contra la cortina, en el cual son recordados los años de la Gran Depresión en una extraña mezcla de desesperanza y fuerza juvenil, cuando una pelea contra otro del barrio podía durar horas y entonces aparecía entre ambos “una especie de extraña hermandad”. En este universo sin horizontes lo que importa es la voluntad de los personajes para enfrentar su desesperación sin ser destruídos, imponiendo entonces una moral compartida de la resistencia:

“Éramos tan bestias que jugábamos al fútbol americano en medio de la calle a lo largo de toda la temporada de fútbol, a lo largo de las temporadas de baloncesto y béisbol y a lo largo de la siguiente temporada de fútbol. Y cuando te agarraban y caías sobre el asfalto, entonces ocurría. La piel desgarrada, los huesos doloridos, la sangre, pero te levantabas como si no hubiese pasado nada.”

Si lo piensas, es la misma textura de los personajes de Hem y Wiilliam, como a ratos llamaba Bukowski a Hemingway y Faulkner. 

Vuelvo a uno de mis favoritos, el poema El manso ha heredado:

si yo sufro con esta

máquina de escribir

¿imaginas cómo me sentía

entre los recogedores

de lechuga de Salinas?


pienso en los hombres

que he conocido

en factorías

sin ninguna oportunidad

de escape---

asfixiados mientras viven

asfixiados mientras ríen

con Bob Hope o Lucille

Ball mientras

2 o 3 chicos golpean

pelotas de tennis contra

las paredes.

algunos suicidios nunca son

registrados.

¿No son acaso esas vidas sin salida y esa asfixia los mismos que dan cierre al ya mencionado Bop bop bop contra la cortina? “… cuando nuestros padres paseaban por el porche, sin trabajo e impotentes, mirándonos con odio y lanzándose la mierda unos a otros, y luego entraban en la casa y se quedaban mirando las paredes, sin atreverse a poner la radio por miedo a la cuenta de la electricidad.”

Una noche, el protagonista del relato Un poco de esto y aquello, buscando lugar en el cual dormir, se introduce en un cementerio de automóviles destinados a chatarra y allí encuentra un Cadillac vacío. “En uno de los sitios la verja estaba cerrada con cadena, pero estaba doblada y como yo estaba muy flaco pude colarme entre las cadenas, la puerta y la cerradura.” Una pieza narrativa está formada por infinitas capas y el detalle de la delgadez es esencial para lo que entonces ocurre: “Debían ser como las seis de la mañana cuando oí gritar al chico. Tendría unos quince años y llevaba en la mano aquel bate de béisbol. -¡Sal de ahí! ¡Sal de nuestro coche, sucio vagabundo!”

Proceder a través de capas implica un esfuerzo cuidadoso, como de cirujano, para ir alzando cada una, ir separándolas para -en el proceso mismo- poder construir el relato y su sentido; de modo que aquello definido como un “demasiado poco y se toma demasiado tiempo” (la narrativa) brinda un contrato de lectura diferente. Pocas líneas debajo en la lectura (o minutos más tarde en las acciones del texto), cuando el personaje -no por quitar el lugar de dormir al muchacho y al padre que lo acompaña, cosa que sería una agresión verdadera, sino por entrar en lo que el joven llama “uno de nuestros coches”- ha recibido una severa golpiza, sucede el milagro con par de frases que establecen contrapunto con la violencia:

Crucé la verja y seguí hacia el norte. Cuando empecé a andar, todo empezó a agarrotárseme. A hincharse. Daba pasos cada vez más cortos. Sabía que no iba a ser capaz de andar mucho. Delante sólo había cementerios de coches. Luego vi un solar vacío entre dos de ellos. Entré en el solar y me torcí el tobillo en un agujero, nada más entrar. Me eché a reír. El solar hacía un declive. Luego tropecé con la rama de un matorral duro que no cedió. Cuando me levanté de nuevo, tenía la palma derecha cortada por un trozo de cristal verde. Una botella de vino. Saqué el cristal. Brotó la sangre entre la suciedad. Limpié la suciedad y chupé la herida. Cuando caí la vez siguiente, di una voltereta sobre la espalda, y grité una vez de dolor, luego alcé los ojos hacia el cielo de la mañana. Estaba de vuelta en mi ciudad natal, Los Ángeles. Sobre mi cara revoloteaban pequeños mosquitos. Cerré los ojos.

Esta sorprendente risa después de recibir golpes y esta conciencia de hijo pródigo, que regresa a la ciudad natal en la que el recibimiento es violencia, ¿no transmiten esa misma dureza resistente de la que antes hablamos? La escritura es trasladar, contar, semejante aluvión. Es ironía, burla, agresividad, libertad, ternura. En el relato titulado En la cárcel con el enemigo público número uno el protagonista-narrador, Bukowski una vez más, es interrogado (de nuevo) por agentes del FBI una vez más incómodos con lo que escribe; libre de la acusación de “tentativa deliberada de eludir el servicio militar”, el narrador es conducido a un centro de reclutamiento y enfrentado a un psiquiatra que, de forma insólita, le entrega una hoja de diagnóstico en la cual se lee: «...oculta una sensibilidad extrema bajo una cara de póquer...»

Esa sensibilidad extrema…. (la escritura de la verdad es, lo mismo que su lectura, un ofrecimiento de amor).

A Fernanda Pivano le confesó que su nombre completo era Henry Charles Bukowski Jr., que estaba cansado del Henry y que tampoco le agradaba que lo llamaran Charles. “Charles Bukowski está muy bien en la página escrita, pero no quiero que me llamen Charles. Hank, el buen diablo, Hank. Bravo, viejo Hank.” “Pero ¿ese Hank lo has inventado tú?”, preguntó Pivano y él respondió: “No. Mira, Hank y Henry es lo mismo. Es un diminutivo, Hank en lugar de Henry.”

Todavía el 12 de julio de 1991, en una carta a John Martin, aseguró: “Voy a permanecer escribiendo hasta mi último maldito aliento, aunque cualquiera piense que es bueno o no. El principio como el final.”

Lo anterior es una pequeña parte de todo cuanto sigo aprendiendo con Bukowski.

La solidaridad, la rebeldía, el amor, la verdad, la libertad, la entrega, escribir, vivir.

Gracias, Hank.

Decir.




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