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Tesoros

La Habana del siglo XVIII en Bandos de Buen Gobierno: del Conde de Ricla y de Don Luis de las Casas.

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Según se ha reiterado frecuentemente un impreso raro y valioso en ocasiones puede considerarse como algo único puesto que una serie de factores inciden en él. Nunca puede verse como un objeto aislado, puesto que es producto de un determinado momento histórico o de personalidades que se interrelacionan de muy diversas formas pero que guardan entre sí un vínculo especial. Una pieza se convierte en más rara que la otra en la medida que un número de variables susceptibles de ser analizadas graviten en mayor o menor medida en ella, de ahí la importancia de investigar hasta sus más mínimos detalles, en muchos casos hasta agotar todos los recursos informativos disponibles, con el fin de brindarles la debida atención que requieren y a la vez desplegar sus encantos.

Las temáticas que recogen los volúmenes de estos libros antiguos están vinculadas en gran medida con la Historia y la Geografía, reflejando descripciones y viajes, y acontecimientos de época. La huella de los coleccionistas con sus marcas especiales y anotaciones convierte cada pieza en algo vivo, digno de estudio acucioso y tratamiento diferenciado.

La colección de impresos cubanos producidos en el primer siglo de introducida la imprenta en la Isla aunque no es voluminosa, sí encierra folletos y libros extremadamente preciosos por diversos factores, fundamentalmente su valor comercial o contenido. Algunos títulos por su tema captan inmediatamente la atención del lector a pesar de contar con pocas páginas, porque mantienen su vigencia como fuentes de información aún en el mundo moderno. Por ello en esta oportunidad se dedica especial atención a un folleto de 6 páginas que ofrece un panorama de la ciudad en lo que respecta a su cuidado y en particular su higiene: el Reglamento de Policía para la limpieza y desembarazo de las calles, y plazas de la Ciudad de la Havana [sic].... publicado en la Imprenta de la Capitanía General en 1787. (1)

Foto de la BNCJM
Foto de la BNCJM

Ambrosio Funes de Villalpando (1720-1780), Conde de Ricla, Gobernador y Capitán General, entre 1785-1789, Caballero del Orden de San Juan, y Brigadier de los Reales Ejércitos, brindó atención entre otros muchos aspectos al embellecimiento de la Ciudad de La Habana. Por su parte la Imprenta de la Capitanía General regida por Blas de los Olivos y su yerno Francisco Seguí produjo impresos de calidad, entre ellos publicaciones de gobierno donde se reflejaban los bandos emitidos por los Capitanes, como es el caso del aquí seleccionado.

Contiene diecinueve artículos numerados, concisos, en los que se enuncia el problema a resolver con la sanción que corresponde en cada caso. Su introducción, aunque parca, es clarísima, porque precisa la obligatoriedad de su cumplimiento así como las razones de su redacción: garantizar el decoro y la salud pública, y evitar la contaminación del Puerto por el vertimiento de las inmundicias en la Bahía.

El primer artículo correspondía a la basura acumulada en las casas, determinándose la prohibición de sacarla a la puerta y la recogida por carros propios o comunes que habrían disponibles para ese fin, el pago por ese servicio, y por supuesto la multa al incumplidor. El frente de la vivienda debería barrerse martes, jueves y sábados, aún cuando el convecino no lo hiciese, recogiéndose lo que hubiera en la calle, incitándose a la denuncia a la policía del “inobediente” para que se le aplicase la sanción.

Las “aguas del servicio de las casas” no habrían de llegar a la calle, quedando a responsabilidad del propietario establecer “servidumbres y sumideros” cuidándose de no mantener en ellos palos o huesos, que impidieran el drenaje, dándose dos meses de plazo para ello a los responsables. El vertimiento de inmundicias y excrementos sería igualmente penado si se trataba de cuartos accesorios alquilados. Los animales muertos se enviarían a extramuros para que se enterraran por el Gobierno.

Los arrieros que vendiesen o tomaran cargas en casas o tabernas no dejarían a su paso “material estercoroso” ni de ninguna otra especie que hubiera producido su recua, pudiendo el vecino detenerlo hasta que lo ejecutara y en caso contrario daría parte a la Policía. Se permitiría el empleo de los carretoneros que lo deseasen con la licencia establecida previo pago, siempre que descargaran en el lugar prefijado. Bastaba que estuvieran bien acondicionados y no volcaran la carga a su paso.

Los que fabricaran o reparasen un edificio, habían de recoger los materiales, sin ocupar ninguna parte de la calle, a menos de tener licencia del Gobierno, responsabilizándose a los dueños, maestros de obras y los mismos “mercenarios”, y aplicándosele a cada uno la pena establecida.

Se mantenía la prohibición de tener aves, cabras, puercos u otros animales sueltos en las calles, pudiendo ser decomisados salvo que hubiesen roto sus amarras. Los vendedores con puesto público en plazas, calles o en exterior de las viviendas, debían contar con una canasta o cajón para volcar los restos de verduras, frutas o aves y se los llevarían al momento de levantarse.

Ningún carpintero, talabartero herrero ni otro menestral sacaría a la calle sus obras, extendiéndose a relojeros y libreros, o cualesquiera otros individuos que vendieran estas obras y efectos, ni permitiría que sobresalieran de las casas o excedieran los quicios regulares, al igual que las tejas bajas, y todo lo que estorbase el tránsito con desahogo y comodidad. Igualmente se impedía la elevación del nivel del pavimento de la calle para igualarlo con el de la construcción. Tampoco se permitirían hogueras ni candeladas sin permiso del Gobierno aunque se hicieran con la excusa de quemar el despojo resultante de los diversos oficios que por supuesto “ofendía” a los que pasaban.

Las “oficinas comunes” no se habrían de limpiar ni conducir por las calles en barriles, si no era mezclado el material con aserrín por el derrame y hediondez que resultaba, pudiéndose hacer de noche, durante dos horas hasta que finalizase, para lo cual se franqueaban las puertas de la Ciudad que se tuviera por conveniente, siendo del cargo del operario no dejar nada en las calles; en caso contrario sería limpiado por éste al día siguiente.

Los Comisarios de barrio serían los encargados de velar por todo, determinando a quienes serían imputables los descuidos de que no dieran parte. Igualmente se exhortaba a los vecinos para reportar las contravenciones. El dueño de la casa sería el responsable aunque los incumplidores fueran sus hijos, criados o dependientes. El que no cumpliera la multa iría a la cárcel.

Como las calles y puestos públicos eran de uso de la sociedad se expidió este reglamento en La Habana “al que todos deben obedecer un 9 de diciembre de 1787”.

El ejemplar mantiene una encuadernación engrosada con papel en blanco. Aparece en una de las esas hojas un sugerente manuscrito, quizás del propio Siglo XVIII titulado Listado de Casas de la Calle de la Vida, desconociéndose quién lo inserto. Tiene exlibris de la Cámara de Representantes de la República de Cuba y con anterioridad perteneció al intelectual de origen italiano, el coleccionista, Dr. Orestes Ferrara Marino (1876–1972), quién la donó a ésta; fue representante a ella por varios períodos, diplomático, secretario de Estado en el gobierno de Gerardo Machado (1871-1939), y delegado a la Asamblea Constituyente de 1940. Además autor de ensayos y estudios sobre historia y relaciones internacionales.

Foto de la BNCJM
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El segundo impreso fue emitido por Don Luis de las Casas y de Aragorri, “Teniente General de los Reales Exércitos, Precidente del Tribunal de Apelaciones de la Provincia de la Luisiana, Subdelegado de la Superintendencia General de Corréos, Postas y Estafetas, Juez Protector de la Real Compañía, y de la Renta de Tabacos, Gobernador de la Plaza de La Habana y su Jurisdicción, Capitán General de la Isla de Cuba, y de las Provincias de la Luisiana y dos Floridas”[sic ] …, Esa publicación oficial se dedica desde comienzos de su mandato a examinar “prolija y exactamente los bandos, autos y demás providencias” tomadas por sus antecesores para su buen desempeño y especialmente el Reglamento de Policía formado por el Exmó. Señor Conde de Ricla. Reconociendo que esas disposiciones al paso de ser útiles, eran convenientes al Público, las reunió todas y las resumió, “con las modificaciones, alteraciones y aumentos que exigirían las circunstancias presentes…”

Este el segundo folleto compuesto por 42 páginas en las que se contienen 82 aspectos diferentes, constituye un documento clave para estudiar un importante período de la historia de la capital. Da a conocer la vida social y costumbres de la Isla, y por ende constituye un documento de valor patrimonial por su antigüedad dentro de la historia del libro cubano.

Sobre Don Luis de Las Casas y Aragorri existen muchas referencias en Internet en las que se repite casi al detalle su biografía. En el párrafo introductorio del bando él mismo se presenta con sus cargos lo que da una idea clara del papel que llegó a jugar en Cuba y otros territorios de la corona española.

El historiador Fernando Portuondo del Prado lo caracteriza en sus rasgos esenciales (2)… “Todas las circunstancia interiores y exteriores conspiraron en favor del desarrollo de la Isla aumentando la población, la riqueza y la cultura. Encontró en La Habana un grupo de criollos de cultura comparables a las de las clases superiores en cualquier país de Europa. Eran hacendados, médicos, sacerdotes, profesores, cuyas lecturas o viajes les hacían sentirse inconformes con el ambiente en que vivían y les permitían conocer los medios de superarlo… se identificaron con él y le brindaron apoyo”. “Trató siguiendo el ejemplo de sus antecesores… de reformar las costumbres públicas, mediante la reglamentación de muchos menesteres ordinarios, juegos, fiestas, etc. Persiguió con serena templanza a los vagos, viciosos, jugadores y gente de mal vivir…que eran muchos en una ciudad rica y frecuentada de negreros, contrabandistas y toda especie de buscadores de fortuna a muchos de los cuales hizo abandonar la Isla, y enérgicamente prohibió a cuantos pudieran perturbar el pleno goce del bienestar público dominante.”

Nació en Sopuerta, Vizcaya, el 25 de agosto de 1745. A los trece años ingresó entre los pajes del rey y abandonó la corte para dedicarse a la carrera de las armas. En 1762, a los 17 años participó en la campaña de Portugal a las órdenes del general O'Reilly y sirvió de ayudante de campo del teniente general conde de Ricla. Fue ascendido hasta obtener el grado de capitán de infantería y ya en 1769 es destinado a Luisiana. En 1774 partió a Rusia en busca de aventuras manteniendo sus intereses militares. Se inscribió como voluntario en el ejército ruso tomando parte muy activa en la invasión de Bulgaria. Luego al terminar el conflicto bélico viajó a través de Francia, Alemania, Inglaterra y Países Bajos estudiando la organización de los ejércitos de cada país hasta que ingresó de nuevo en el ejército español, en el que se le entregó el mando del regimiento de Saboya. Se distinguió en 1775 en varias campañas: la de Argel, en el sitio de Gibraltar y la conquista de Menorca. En 1782 pasó a ocupar el cargo de inspector del ejército y comandante general de Orán.

Al cabo de 10 años fue finalmente nombrado gobernador de la isla de Cuba, donde se destacaría por la labor realizada; a él se debe la publicación del primer periódico cubano El Papel Periódico de la Havana y la fundación de la Casa de Beneficencia; durante su gobierno se crearon la Sociedad Económica de Amigos del País, de la que fue su primer presidente, y el Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana; promovió los estudios científicos y técnicos; elaboró el primer censo fiable de toda la isla y durante su gobierno se inició el gran incremento de la industria azucarera.

Foto de la BNCJM

A los 52 años ascendió de nuevo a Capitán General del ejército, por lo que abandonó la isla de Cuba regresando a Madrid. Allí solicitó su sustitución dada su quebrantada salud. Se le destinó a la Capitanía General y Gobierno de la provincia de Cádiz y allí falleció, empobrecido, en el Puerto de Santa María un 14 de julio de 1800.

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Este bando fue publicado en la Imprenta de la Capitanía General en el propio año de emitido, 1792. La nota de reimpresión en su portada lo avaló de hecho como un título de mucha demanda, lo cual resultaba lógico por la relevancia del tema y aunque no sea una edición príncipe, ello no le resta mérito como original “raro y valioso.

Los temas sintetizados, reflejados en orden de aparición, se ofrecen a continuación. Se mantiene lo curioso de muchos términos empleados, algunos despectivos como por ejemplo “ínfima clase del pueblo” muy acorde con el modo de pensar en aquel entonces y la forma que se plasman costumbres de negros y mulatos, fueran esclavos o no.

Foto de la BNCJM

Se mantiene el uso de sencillas letras capitales, del reclamo entre una página y otra y las notas marginales a la izquierda de cada párrafo indicando su contenido en pocas palabras.

Comenzando con la Religión establece que había de guardarse debido respeto al paso del Santísimo Sacramento, debiéndose arrodillar todos en tierra y se prohibía blasfemar de Dios y de sus Santos.

Insistió en la necesidad de que los que compraren negros bozales, (que se dediquen por sí, o por otras personas a instruirles), habrían de hacerlo sin pérdida de tiempo “en los principios de nuestra Religión Católica.” Para complementar lo correspondiente a la catequización de los negros bozales se recomienda la lectura de un volumen de las Ediciones Bachiller, publicado en la BNCJM, a partir de un manuscrito atesorado en la institución (3). Establece la prohibición a todos los dueños de esclavos que hagan trabajar a estos “en obras no admitidas por la costumbre los Domingos, y demás fiestas que se titulan de guardar”.

Foto de la BNCJM
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En “ningún almacén ni tienda pública, y mucho menos por las calles, se venderá en aquellos días feriados, excepto los comestibles por menor, y el que lo hiciere, incurrirá con el que compra…” en el delito. Decreta también la abstención de trabajar los artesanos los días festivos.

Se presenta el tema de los bailes y llantos [sic] en casas particulares “con motivo de Altares de Cruz o de otros Santos”. Incluye a “los Capataces de estos Cabildos… que conduzcan o permitan conducir a ellos los cadáveres de negros, para hacer bailes, ó llántos[sic] al uso de su tierra… Ni en casas particulares, cuando esté expuesto el cadáver, se permitirán ellos, aunque bien podrán acompañarlo, guardando la debida moderación…” Incluye los lastimosos casos de niños fallecidos “… también acostumbran algunas personas (aunque de la ínfima clase del pueblo) formar bailes de noche, habiendo crecido el desorden hasta el extremo de tener expuesto el cadáver dos, ó tres días para continuar en la misma reprehensible diversión…” Precisa que en los entierros se pongan doce cirios…aumentándose únicamente en las Honras Fúnebres.

Otro aspecto de interés que no requiere de comentario es el mandato de “Impedir que se establezcan Casas de Prostitución”…

Ninguna persona pedirá limosna sin la licencia del Gobernador. Se preocupa porque “…algunos padres… crían sus hijos sin inclinarlos á algún exercicio [sic] honesto, haciéndose que se formen unos hombre, ó inútiles ó perjudiciales…” por lo que manda que todos los muchachos, así negros y mulatos… habiendo cumplido diez años, se entreguen a algún “maestro de su calidad en alguna arte útil al publico…” Procederá rigurosamente con jóvenes sin oficio, conforme a la Real Cédula de Vagos, destinándolos al servicio de las Armas, ó al de Arsenal por el tiempo que corresponda.

Ratifica la prohibición absoluta de todo “juego de envite, y azar…” lo que implicaba multas, prisión y hasta destierro a todo aquel que se hallare entregado habitualmente ello, sin oficio, arraigo u ocupación, como también la existencia de garitos y fulleros, debiendo ser igualmente sancionados los dueños de casas destinadas perpetuamente al juego… y ahí añade que las mujeres implicadas serían llevadas a la Casa de recogidas de San Juan Nepomuceno.

Los artesanos y jornaleros se abstendrían de jugar en los días y horas laborales bajo penas de multa y cárcel. En los figones, mesones, hosterías y cafés prohibía todo juego. Con particular celo mandaba a los Comisarios de policía y a todos los Ministros de justicia que trataran de exterminar los juegos de toda clase que a cualquier hora se formaban en las calles y plazas por los muchachos, los negros y mulatos; los menores de catorce años se entregarían a sus padres y los mayores al calabozo.

Se prohibieron los papalotes en la ciudad y sus arrabales, por los daños que causaban, duplicándose la multa si tuviesen cuchilla o instrumento cortante. No debían utilizarse armas cortas blandas o de fuego, especificando los tipos empleados, bajo diversas penas. Especificaba el caso de zapateros o carpinteros… que se ejercitaban con instrumentos cortantes y punzantes usándolos como armas cortas “para depravados fines” debiéndose justificar la tenencia de ellas en horas de la noche.

Las espadas permitidas como arma defensiva tendrían que usarse bien acondicionadas con “vaina cerrada y contera”. Los negros no portarían ningún tipo de armas ni de día ni de noche, excepto los oficiales, sargentos y cabos cuando vistieran sus uniformes. Se prohibió el uso del machete dentro de la población y en las concurrencias de gente en el campo a los que anduviesen a pie, pudiendo llevarlo a caballo, porque donde depositaran uno dejarían el otro.

Foto de la BNCJM
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Se arrestarían las personas con vestidos que no correspondieran con su sexo o género de otro tipo de disfraz, para confundir. Reguló el movimiento de personas de noche por las calles de la Ciudad y los arrabales. Tres horas después del toque de las ánimas ninguna persona de “jerarquía y distinción” andaría por la calle a menos que vistiera el traje acorde a su estado y clase, o en carruaje a fin de que fuera conocida y respetada por las patrullas y rondas… y los demás que hubieren de salir habrían de portar un farol que por ningún lado oculte la luz… Tampoco se llevarían sin licencia instrumentos de música o canto, aunque sea con luz.

No se llevaría a efecto ninguna diversión pública, ni en las calles ni en las casas, ya sea de día o de noche, sin licencia escrita del Gobierno. En los bailes en casas particulares se tendría la debida moderación sin hacer bullas o alborotos que incomodasen al vecindario. En los cabildos de negros sólo se permitirían los bailes en los días festivos, prohibiendo que en ellos se vendieran “comistrajos y bebidas” a los negros concurrentes. Precisa que algunos cabildos se hallan en calles “habitadas de vecinos honrados” que justamente reclaman la incomodidad que causan con el bronco y desagradable sonido de sus instrumentos, y los solares habitados por ellos merecen ser fabricados de modo que adornen o completen la población, por lo que “manda a pasar a todos los cabildos citados a las orillas de la ciudad”.

Cuando hubiese concurso de volantas y otros carruajes por alguna fiesta de Iglesia, diversión pública o privada, se ubicarían unas tras otras de suerte que quedase libre al tránsito la otra parte… Dentro de la ciudad y sus arrabales no se deberían correr volantas o bestias, ni domarlas. Estaba prohibido a los arrieros en los campos llevar bestias sueltas.

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Los artesanos ni trabajarían ni tendrían sus obras en la calle sino precisamente dentro de su tienda… Los materiales de las fábricas se pondrían dentro de los solares o casas donde se fabricaran y si fueran tantos que no cupieran todos se colocarían en la calle de manera que solo ocuparan la tercera parte por la acera de la misma fábrica… Se prohibieron todos los aserraderos de maderas en calles y plazas.

En los muros o paredes de calles no se levantarían tiendas de mercería o baratillos, ni de cualquier otra clase. Sólo podrían conservar las primeras en los portales de la Plaza del Mercado… No se colocarían ventanas bajas voladas, sino embutidas.

En meses de seca los vecinos deberían hacer barrer el frente de su casa y regarla más tarde para apagar el polvo que se levanta, tan perjudicial a la salud. Los albañales o caños de las casas solo servirían para las aguas de lluvia y para ninguna otra del servicio de los habitantes con que se enloden las calles. No se sacarían tampoco basuras y otras inmundicias. Cualquiera que echase animal muerto a la calle incurriría en multa… y los carretoneros empleados en la extracción de basuras estaban obligados a cargar todo lo que hallaran en las calles por donde pasaran.

No se permitirían en las calles hogueras ni candeladas ni para quemar las astillas y virutas de carpintería o tonelería. Con ningún motivo se harían fuegos artificiales sin la previa licencia del Gobierno. Tampoco se dispararían fusiles o cohetes sueltos.

Reiteró las órdenes dadas por sus antecesores acerca de baños de persona de cualquier clase o condición en la zanja que provee de agua la ciudad… igualmente prohibía que los dueños de estancias y huertas bañaran o hicieran beber en dicha zanja a sus animales. En las fuentes o pilas de la ciudad no se lavarían ropas, carruajes ni otra cosa alguna.

Exigió revalidar las licencias a los que tuvieran tienda pública, mesones, figones, cafés, trucos y billares. Toda pulpería debería tener un corredor fijo que cerrara y separara la parte interior de la que queda para las puertas de la calle a fin de que ninguna persona pasara de él para adentro.

Mandó que todos los que trajeran por mar víveres o bastimentos, y los comerciantes que los recibieran por su propia cuenta o por comisión, y que luego los vendiesen al por mayor, presentaran en el término de veinticuatro horas a los Regidores Diputados una relación del precio en que los habían vendido y el nombre de los compradores, quienes deberían exhibir una copia, para que se asignaran los precios a que se habrían de efectuar las segundas ventas.

El que vendiere productos corrompidos… pagaría multa. Ninguna persona que se ocupase de la matanza de animales en los barrios extramuros lo haría de noche o con ocultación…, acreditándose que el animal estaba enfermo o murió naturalmente. Los vendedores de carne lo harían en los parajes señalados a este fin

Reitera las órdenes expedidas por sus antecesores a impulso de la Real Hacienda acerca de que no se vendan por las calles ni en cualquier otro lugar que no sean los almacenes ni tiendas públicas géneros de seda, lienzos, paños, y cualesquiera mercadería de ropa.

Todo vecino deberá desalojar la casa en que habite haciendo mal uso de ella, físico o moral… Si el dueño decide fabricar o reedificarla, o necesitarla para sí o sus padres, no se admitirá una contienda judicial ni el dueño podrá alquilarla a otra persona ese año. No se ha de “alquilar casa o cuarto interior a negros esclavos a menos que siendo casados sea uno libre y el otro tenga licencia escrita de su amo, sin que sirva de excusa la ignorancia de su condición porque el dueño de la casa deberá averiguarla primero”. Manda que el que hubiera de ausentarse ya fuera a ultramar o dentro de la isla, más allá de la jurisdicción de la Ciudad, pida la licencia necesaria.

Finalmente los que no tengan con qué pagar las multas impuestas se penan a trabajar en obras públicas en dependencia de la deuda. Para que el bando “dado en La Havana [sic] a treinta de junio de mil setecientos noventa y dos” llegase a todos y no se pudiera alegar ignorancia, ordenó su publicación “en la forma y parajes acostumbrados”, previniendo que los Comisarios de Policía y Ministros de Justicia tomasen un ejemplar, y pudiesen velar por su estricto cumplimiento… a reserva de dirigir otros a los Jueces Ordinarios, de quienes esperaba que aplicarán con él todos los esfuerzos.

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El ejemplar seleccionado perteneció anteriormente a la Colección de la Biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, estando encuadernado en pergamoide y por su importancia fue digitalizado.

En resumen, la existencia de estas joyas bibliográficas dentro de la Colección de “Raros y Valiosos” del Departamento de Colección Cubana Antonio Bachiller y Morales de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí mucho aportan en la actualidad por ser en sí mismas ediciones de valor patrimonial, mantener su temática un interés permanente para la salvaguarda de la memoria histórica y en especial como vía para revalidar la importancia de leer los documentos tal como fueron publicados en aquellos tiempos, con su ortografía de época, su papel de excelente calidad y la huella de un impresor que admira por su tipografía, factibles de ser relejadas en el programa Memoria del Mundo de la UNESCO y en la Biblioteca Digital Mundial, para citar algunos ejemplos.

El hecho de disponer de esas fuentes de primera mano no puede ser nunca sustituido por la consulta de versiones modernas, citas de investigadores, comentarios y valoraciones y se complementan en la labor investigativa. Los lectores han de conocer de su existencia en el país y tener acceso a su reproducción en diversos soportes, lo que es válido para los estudiantes más jóvenes, a los cuales llegará ese legado para mantener la custodia permanente de los originales y el reconocimiento de su inapreciable valor.

BIBLIOGRAFÍA CITADA

  • Vega García. Olga. Una Curiosidad en la colección de impresos cubanos del siglo VIII: el “Reglamento de Policía para la limpieza y desembarazo de las calles, y plazas de la Ciudad de la Havana” [en línea] http://librinsula.bnjm.cu/206-303/secciones/362/tesoros/362_tesoros_1.html (Consulta 3 mar. 2017).
  • Portuondo del Prado, Fernando. -- Historia de Cuba. – 6 ed. — Instituto Cubano del Libro, Editorial Pueblo y Educación, 1965. – p. 225y 226.
  • Duque de Estrada, Nicolás. Explicación de la doctrina cristiana acomodada a la capacidad de los negros bozales. -- La Habana : Departamento de Ediciones de la Biblioteca Nacional José Martí, 2006. – 165 p.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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  • Apaolaza Llorente, Dorleta. Los bandos de buen gobierno en Cuba. La norma y la práctica (1730-1830) [en línea] https://web-argitalpena.adm.ehu.es/listaproductos.asp?IdProducts=UHHIH164009&titulo=Los%20bandos%20de%20buen%20
  • gobierno%20en%20Cuba.%20La%20norma%20y%20la%20pr%E1ctica%20(1730-1830). (Consulta 23 jul. 2017).
  • Casas y Aragorri, Luis de las [en línea] http://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/eu/casas-y-aragorri-luis-de-las/ar-29562/ (Consulta 23 jul. 2017).
  • Medina Martínez, Edurne. El gobierno de Luis de las Casas en Cuba (1790-1796). [en línea] http://www.red-redial.net/referencia-bibliografica-31721.ht http://librinsula.bnjm.cu/368_tesoros_1.html
  • Orestes Ferrara Marino. [en línea] http://www.encaribe.org/es/article/orestes-ferrara-marino/596