La paloma acerina

...Su suavidad de hierro indoblegable

Por Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal Ensayista, teólogo y sacerdote católico

Pensando en Fina y queriéndola mucho. Ella lo sabe.

En "Azules", la primera parte de las Visitaciones, Fina incluye un poema que titula "Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre", calzado por una breve cita de Plácido, "Cuba, Cuba...". A nuestra isla, pues, dedica Fina esos versos, que incluyen -como segunda línea- la frase que encabeza hoy mi texto. Vale para Cuba y, por concentración de esencias, vale para Fina. Como para ella valen también las expresiones del primer verso: "Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre". Si no recuerdo mal, fue nuestro Lezama quien se refirió a ella como "paloma acerina". Coincidencias en la sustancia del retrato, logrado sólo con trazos que, a primera vista, podrían parecer contradictorios, pero que encuentran su armonía bien articulada en la existencia concreta de esta mujer cubana, no fácilmente repetible: tan casera y tan trabajadora y estudiosa; deliciosa conversadora y buscadora del silencio; extremadamente tierna y tan fuerte; discreta y tan audaz: razonable al estilo del Padre Varela, y como él, tan religiosa, cubana de entraña y tan cosmopolita de meollo, no de campanillas y viajes intrascendentes... Podría continuar mi rosario de pinceladas contrastantes —como Renoir en alguno de sus retratos impresionistas— y, como casi siempre sucede, al final, me quedaría corto: no lograría una imagen nítida de su realidad, deslumbrante e inflamada, en ese su estilo de pasar inadvertida, de pasar sin ser notada.

¿Existe algún secreto que podría dar razón de su ser más entrañable? Pueden sostenerse explicaciones que nos aproximan, pero —de acuerdo con una de las acepciones que tiene esta palabra— no son secretas, aunque sí "misteriosas" y esta podría ser otra de las acepciones de "secretas". Están tocadas por el misterio luminoso que conlleva su persona pero, en cuanto aproximaciones, no son secretas. Todos las conocemos; aun aquellos que no han tenida el privilegio de la amistad cercana de Fina. Ella misma nos las ha revelado en su obra. Entiendo que las razones de Fina, esas que nos permiten una difuminada aproximación a su misterio personal, están de tal modo articuladas o más bien imbricadas cada una en las otras, que resulta difícil establecer una jerarquía entre ellas. Al menos yo no me atrevo a establecerla. Creo que sólo podría hacerlo la misma Fina y, quizás, Cintio.

Menciono en primer lugar —por algún filamento hay que empezar en el tejido interior— las razones de la poesía. En el ensayo "Hablar de la poesía" nos dice que “[...] si la poesía era distinta que la vida, era también su secreto [...]" y también "Sólo la poesía tiene el secreto de fa fidelidad al ser y saber atravesar las lindes sin destruirlas, como la luz al cristal". Elíseo Diego, su amigo y hermano, por muchas razones y no sólo por haber sido el esposo de Bella, la hermana de Fina, en la presentación de Visitaciones, escribió:

Una frontera muy sutil separa a la literatura de ese otro orden del espíritu donde, sin enterarse mucho de sí mismos, el arte y el ser se confunden. Por él es que se ha movido siempre Fina García Marruz, tal como avanzaba por la feria la joven de la balada irlandesa, cuyo simple paso iba orientándolo todo a la poesía.

No abundo más: Una de las aproximaciones a la razón del ser de Fina es la poesía, entendida y vivida según su modo personal, coincidente en ello con su esposo Cintio y con quien nutre tantas raíces comunes, José Martí, nuestro mayor maestro de poesía y de tantas cosas que en la poesía confluyen y que, según su propia expresión, en el verso encuentran su salvación.

Sostengo también, como irrenunciable aproximación al misterio personal de Fina, las razones de su Fe católica. Pero de la Fe encarnada en su propia identidad con el talante místico de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz y de los que no ignoran la carnalidad, pero que tampoco desconocen la potencia ascensional del espíritu humano, fecundado por la Gracia acordada con la libertad responsable de la criatura que, desnuda de arrogancia, se adhiere filialmente a la Iglesia. Le tomo a Fina el título de otro de sus poemas para afirmar, con ella, que sabe bien en qué consiste eso de calibrar "el peso de las cosas en la Luz". Por eso Fina ha podido conocer las razones de la elección de Pedro, escribir su ensayo sobre el Libro de Job —que tardó tanto en publicar, llevada quizás por el pudor religioso que siempre la acompaña y que yo respeto y no quisiera violar—, su texto no superado sobre Sor Juana Inés de la Cruz, su reflexión sobre Teresa y Teresita, que siempre nos conduce a la plegaria —"Madre Teresa, ampáranos lo débil y que después tu hija nos ampare lo fuerte."— y tantos y tan buenos versos de explícito o de sutil contenido católico —“¡quién fuera como el fuego que está siempre!"— que me resulta imposible mencionar. Ayúdeme la propia Fina, de nuevo, a cerrar esta clave o aproximación con algunos versos de sus "Sonetos del penitente":

¡Qué tengo en la memoria comparable
a ese instante en que alzando la cabeza
poco a poco hacia ti, los animales
ojos del rostro antiguo me tornaste
dibujando por vez primera en ellos
el rayo humano! (...)
(…) cordero hallado queriendo aún zafarse,
el sacro limo de sus patas atadas
que al abismo no pueden irse ya,
el humanado vellón del ojo que tornaste amante!

Y que el punto final sean los clamores interrogantes de la poetisa que ha querido siempre escribir con el silencio vivo, pero ¿''De qué silencio eres tú silencio? / ¿De qué voz, qué clamor, que quién responde? / Abismo del azul, ¿qué hacemos en tu seno, / hijos de la palabra corno somos?". Es posible que Fina haya encontrado algunas migajas de respuesta y que permanezcan todavía algunos huecos, esa intemperie de la que sólo seremos librados en el cara a cara, más allá de la muerte temporal, en la fruición de la Luz y de la Vida. En ese saber cargar airosamente —Fe, Esperanza y Caridad—, con el Misterio del Otro, sin paralizaciones estériles, reside el talante genuinamente católico.

Añado las razones de la Amistad, de la que Fina —y Cintio— han hecho un verdadero culto, en lo que, me parece, comparten su actitud con los que han pasado a ser identificados como el más genuino grupo Orígenes. He tenido la fortuna de conocer a casi todos y de tratar de bastante cerca a algunos de ellos v, en eso, coinciden. Podían distanciarse en estilos poéticos, en gustos literarios, musicales o plásticos, en orientaciones filosóficas y hasta en opciones existenciales, pero nada les ha apagado el recíproco cariño fraterno, la llama del culto a la amistad, la condición de ser, cada uno, dimidium animae del otro, según la definición ciceroniana de la amistad en el tratado que le dedica, su De Amicitia. En ello me han recordado siempre, sin eludir las diferencias —circunstancias y personas distintas—, al grupo que se reunió en torno a Jacques y Raïssa Maritain. Recordemos el precioso libro Las grandes amistades, de Raïssa, en el que aborda esta clave, entrelazada con la Fe y los meandros filosóficos de los amigos. Pero todo eso ocurría en Francia en los años veinte, treinta, cuarenta, o sea, unos cuantos años antes de que naciera Orígenes y se desplegara la amistad entre sus componentes.

Evidentemente, la amistad no se ha limitado a los miembros de tal grupo; nunca los he percibido cerrados a abrir el círculo de los amigos entrañables. De eso doy fe: del cariño y de la lealtad insobornable, a toda prueba. El apunte martiano, "Por el amor se ve. Con el amor se ve, sólo el amor es quien ve.", referido precisamente al amor de amistad —Martí en cultivarla fue Maestro—ha sido norma y camino y búsqueda de coherencia irrenunciable con las razones anteriormente mencionadas, las de la poesía y las de la eticidad católica.

No por casualidad, dejo para el final de este comentario lo que, a mi entender es la razón de las razones, el cantar de los cantares, del misterio de Fina. Me refiero —ya lo saben— a su relación con Cintio. Poetisa, católica y cultivadora de amistades podría haber sido sin Cintio, pero lo habría sido de otro modo, con otro estilo. No sería, creo, la Fina que conocemos. Como distinto habría sido el estilo de Cintio sin Fina a su vera, sombreándose el uno a la otra y la otra al uno. Tampoco él sería, según mi opinión, el Cintio que hoy conocemos. Nunca he sido testigo de una nucleación semejante.

Como "comunión lírica y existencial" fue calificada por un ensayista nuestro con ocasión del Premio Nacional de Literatura a Fina en 1990. Y es atinada la referencia, pero esa y cualquier otra en esa línea está por debajo de la realidad percibida. Cada uno es cada uno; las individualidades se respetan, pero — ¡Dios mío!— qué grado de comunicación y de comunión. A veces la luz que ambos proyectan es tan cercana e intensa, que las fronteras se deslizan y difuminan, sin que la identidad se confunda. ¿En dónde están en ese caso las fronteras entre lo que es cada uno y lo que hace cada uno? Agitar sequitur esse, decían los latinos: el actuar sigue al ser. Hemos conocido, en Cuba y en otras latitudes, parejas muy identificadas en su ser y en su quehacer. Frecuentemente han crecido estos árboles floridos en el ámbito de la literatura, pero no conozco algo semejante en tal grado. Quizás, por las referencias literarias, pues no los conocí personalmente, pensaría analógicamente en Peter Van der Meer de Valcheren y Cristina, su mujer. O en Jacques y Raïssa Maritain. A Jacques lo escuché en conferencias, pero nada más; no lo conocí de veras. La analogía me viene porque además del hecho matrimonial y del emparentamiento de la sensibilidad artística y filosófica, se da en estas tres parejas una cierta manera de ser y existir poco frecuente e indefinible y, simultáneamente, un desarrollo místico de la Fe, menos frecuente aún y mucho más difícil de definir. Solamente analogo las situaciones, no las homologo. Las personas son irrepetibles en su intimidad definidora de las esencias.

Con la acción de gracias en las yemas de los dedos termina estas líneas. A Dios que nos ha regalado estos seres para que jalonen nuestra existencia y confieran sombra a nuestras oquedades e intemperies; a ellos mismos, a Cintio y a Fina porque son como son y hacen lo que hacen y nos han permitido compartir su riqueza interior, cual la pretiosa margarita de la parábola evangélica. En un nivel personal, mucho y bueno les debo, y siempre les estaré reconocido, pero no es este el momento para esas confesiones.

La Bibliografía de Fina García Marruz (pdf) confeccionada por Josefina García Carranza y Araceli García Carranza se encuentra en la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí  No. 1-2, Enero –Junio 2003 y se puede acceder a ella a través de la dirección: http://www.bnjm.cu/sitios/revista/2003/01-02/index.htm

Nota leve

Por Carmen Suárez León

Araceli me puso en las manos este mecanuscrito precioso, para ella y para nosotros, porque es un poema de Fina García Marruz que capta uno de esos efímeros pasos de vida que arrastra el tiempo, un instante de la habanera Biblioteca Nacional José Martí, un día de trabajo de 1966 — ¿qué momento sería de aquellos mis quince años de entonces en mi Vereda Nueva intensa y dolorosa?

Fina construye la imagen de cada uno de sus compañeros de trabajo a la hora de la llegada y los deja allí retratados en cuerpo y alma, apresadas sus esencias en un movimiento, un gesto, una metáfora que los totaliza y los pone a vivir en el poema para siempre, en aquellos segundos que, por el milagro de la poesía, se eternizan. Es la mañanita en el entonces Departamento Colección Cubana, que por aquellos días dirigía Araceli García-Carranza.

Varias veces el retrato lleva una reflexión que abunda en el etos de la persona querida, porque la poeta los ama de un modo inédito y denso a cada uno, y desde ese amor natural y maravilloso le otorga a cada cual sus calidades.

Es un hermoso testimonio de la convivencia bibliotecaria de los años sesenta, un bello poema, un ramo de violetas, rara cosa en estos tiempos excesivamente tecnológicos en que la sensibilidad se esconde, avergonzada, como una mala palabra, o como un arcaísmo.

Mis compañeros de trabajo
Fina García Marruz

A Araceli, a Julio, este recuerdo cariñoso que nunca les di…

Qué asombroso es que María Luisa
no sea nuestra tía,
la que nos lleva el café de la cocina
al cuarto, con una bata ancha
de estampación borrada.

Josefina, esbelta palma criolla,
con ojos de gata y sonrisa de niña.
Araceli me recuerda a esa dulce muchacha
que pastoreaba el ganado en la exquisita mantequilla
holandesa de la niñez: es celeste y pacífica.
Cuando sonríe, saluda como el rocío.

Eudoxia se sienta en el portal
de la casa azul del pueblo.
Tiene hijos mayores. Y la blusa
con los dobleces de la plancha casera.
Juana, la dama en el taller, susurra una cifra.

(Entra Juan, vestido de anticuario,
de detective, de coleccionista.
Se atusa el bigote: no descubre
al descubierto: sólo la punta
de sus zapatos viejos de aristócrata
que no quiere usar los nuevos
que tiene en casa: mimado
en exceso, ama
lo raro en él: el pueblo,
la pesquisa del secreto que han resuelto
mejor que sus andanzas
de disfrazado sabio francés,
los bondadosos ojos azules).

Lo rodean, distantes y solícitas,
cual si fueran "la dolorosa y la métrica
expresión", Aleida, la niña
seria, que en el colegio
lo sabe todo, la que levanta
primero la mano, y Amalia,
más risueña y criolla,
de la misma despensera
aplicada, mas familiona aprendiz.
Amalia, la de los ojos conyugales.

Luisa habla de Catulo
y de su amigo Sergio Chaple,
cuenta los sucedidos de la noche anterior
dice: ho-rrii-ble,
separando mucho las sílabas.
(Acaso nos encuentra demasiado
anticuados, demasiado incapaces
de burlarnos con gracia de la algarabía
que arma para contar algo, modosa, Teresita,
pero se nos acerca con simpatía
por ese viejo hábito adquirido en la Escuela
de acercarse a lo que aún no comprende).
Su frescura es resuelta, de secreto recato,
como la noche cayendo
en su parque viboreño de Córdoba.

Miguelina, avispa, zunzún,
bambú fino, tobillos
que se quiebran de frágiles
mira con sus hermosos
ojos de pobre y apunta
palabras que son como los clamores
del coro griego: "oh infausta noche!
¡oh desventura!", entreviendo la vida
como los pasos elásticos y lujosos
de los gatos: huidiza, impenetrable.

Renée entra balanceándose
como una barcaza de río, achinados
los ojos sonrientes, pequeñitos,
que lo ven todo, todo, juguetones,
tristes: con ella entra un Vedado
que se fue, una Habana
Vieja de ventiladores
como aspas de molinos y de pastel francés,
y toda la política de los años
treinta y tres.

Entonces aparece
María Teresa como sorprendida,
con su rostro de niña, en el parque
perdido, con malicia cortés,
y vedadenses arruguitas finas,
y su grueso tacón que afinca bien,
María Teresa, que oye todavía
los cuentos de risa de su padre
el General, y dice, "pero, chica"
como cuando estaba en el colegio,
cambiando su inocencia
por su elegancia, y luego, al revés.

Cierra Elena: parece decir:
"todo marcha tranquilo y está bien",
atravesando la calle
para marcar el reloj,
como el que atraviesa, sonriendo,
el ruido, la tempestad,
con un paquetico rosado
y una sombrilla blanca.

1966

Fina García Marruz, en la Biblioteca Nacional

Por Mercedes Santos Moray

Me acerco conmovida ante los 85 años de existencia de Fina García Marruz, y todavía recuerdo aquellos tiempos, cuando desde mi adolescencia e ignorancia, me aproximé a Cintio Vitier, Eliseo Diego y a la propia Fina, quienes trabajaban entonces en los cubículos dedicados a los investigadores, en la planta alta de la Biblioteca Nacional José Martí, entonces dirigida con inteligencia y cultura por María Teresa Freyre.

Entre los fondos patrimoniales, entre el polvo y el olvido, laboriosos como un par de hormigas trabajaban Fina y Cintio, para realizar sus investigaciones sobre la literatura cubana, y editar algunos textos que sin ellos nunca hubieran llegado a los lectores y que revivieron desde las publicaciones periódicas del siglo XIX.

Gracias a ellos volvieron a nosotros autores como Manuel de Zequeira, y por la amistad y la lectura nos aproximamos a escritores como la andaluza María Zambrano, tan vinculada a Orígenes, durante su estancia en Cuba, a raíz del destierro al que fue obligada cuando el revés de la república en la guerra civil.

Apenas meses atrás yo había concluido el preuniversitario, en el “glorioso”, como le decíamos al de la Víbora, sobre la Loma del Carmen, donde compartí como condiscípula, entre polémicas y pasiones, con su hijo Sergio.

Después, nos reencontramos mientras yo enrumbaba hacia las letras y él hacia la música, que ha sido igualmente fuente de su clan familiar, desde las tertulias que protagonizaba su abuela al piano, su padre con el violín, y su tío Felipe Dulzaides, con el jazz.

Cerraba la década con aires de ciclón, nosotros no éramos los jóvenes poetas que se reunían, los domingos, en los almuerzos de Bauta, donde cumplía su labor pastoral el sacerdote y poeta Ángel Gaztelu, o en la casa del músico Julián Orbón, sino otra generación, que apenas si comenzábamos a balbucear entre verso y prosa, con la ilusión y la autosuficiencia propias en quienes transitábamos de la adolescencia hacia la juventud y comenzábamos a estudiar en la Escuela de Letras.

Pero allí estaba Eliseo, entre las volutas de humo, y el jadeo de su asma que iba lentísimo, como si el reloj de su muñeca marcara el ritmo de su palabra, y Cintio siempre locuaz, quien entonces dirigía la Sala Martí y el Anuario Martiano, y Fina, como en sordina, modesta, con la ternura y la comprensión en las pupilas ante aquella muchachada, mientras descubríamos sus revistas, Clavileño, Espuela de Plata, Nadie parecía y, sobre todo Orígenes…y a Cleva Solís, la otra mujer de aquella comunidad de poetas, imantados por la fe en Dios y el amor a la belleza que tenía su sustancia y nutriente en la imago, y siempre en Cuba.