Domingo de Goicouría: una vida al servicio de la libertad de Cuba

Por Emilio Roig de Leuchsenring

Rememóranse en estos días el nacimiento y la muerte de uno de los más esclarecidos patricios habaneros, que consagró su vida, toda entera, al bien de sus semejantes y a la libertad de su patria: Domingo de Goicouría y Cabrera.

Nació en La Habana el sábado 23 de junio de 1805 y murió en garrote levantado en la falda del Castillo del Príncipe, de esta ciudad, el sábado 7 de mayo de 1870.

Después de haber hecho sus primeros estudios, hasta 1817, en el colegio San Cristóbal, continuó su enseñanza en Bilbao y en La Coruña, hasta que en 1825 regresó a Cuba. Dos años más tarde fija su residencia en Filadelfia, y en 1830 vuelve a su patria por breve tiempo. Su vida desde este año hasta 1850 ha de transcurrir en frecuentes viajes de negocios, ya a Inglaterra, ya a España y a diversas ciudades europeas. Durante esta época realiza el contrato del ferrocarril de Cárdenas; contrae matrimonio en 1841 con la señorita Carlota Mora y González, acomete el plan de colonización blanca, habilidosa manera de contrarrestar la trata y la esclavitud negras en esta isla; interviene en un proyecto diplomático en el Ecuador, apoyado por la reina María Cristina; y a la muerte de su padre se establece en Cuba, al frente de un negocio de construcción de clavos sin el auxilio de fragua, yunque ni martillo, que no logra éxito por el boicot de los ferreteros españoles; fomenta la crianza de ganado vacuno y caballar en tierras de los cafetales, al efecto adquiridos, La Esperanza y La Simpatía.

Sólo había tenido Goicouría hasta entonces oportunidad de demostrar su espíritu emprendedor y su infatigable laboriosidad, así como su humanitarismo, puesto al servicio de los hombres de color, víctimas del maltrato y explotación de sus verdugos —que no hermanos— blancos, ya que, mediante el citado fomento de la inmigración blanca, se proponía redimir al negro de la esclavitud a que estaba condenado de por vida.

Al fundarse en Nueva York el periódico La Verdad, Goicouría se pone en comunicación desde esta isla con El Lugareño y otros patriotas cubanos, empeñados en propiciar la expedición independentista de Narciso López y a ella contribuye de manera efectiva con veinte mil pesos, con cuya suma pudo facilitarse el desembarco de López en Playitas, el 12 de agosto de 1851.

Con estas actividades revolucionarias, que han de constituir en lo adelante, la absoluta y total consagración de Goicouría a la independencia de su patria, se inicia también el ininterrumpido calvario —que será en lo adelante su existencia y culminará en trágica muerte— de contratiempos, fracasos, penalidades sin cuento, padecimientos físicos y morales, prisiones y exilios, separación de su familia y pérdida de su fortuna. Tal parece, examinando la vida gloriosa de Goicouría, que un hado adverso le acompaña siempre, frustrando, unas veces en sus inicios y otras próximo ya a lograr el triunfo, todos sus nobles empeños patrióticos.

Conocida de las autoridades españolas la efectiva participación que tuvo Goicouría en las campañas separatistas de Narciso López y sus compañeros de La Verdad, lo detienen y confinan, primero en el castillo de La Punta y después en el del Morro, desterrándolo más tarde a España, con residencia forzosa en Sevilla, ciudad que se le dio por cárcel.

Pero, deseoso de continuar sus trabajos libertadores, logra evadirse de aquella población, dirigiéndose a Inglaterra y de allí a Nueva York en 1852, donde recibe la noticia de que el Gobierno español había confiscado sus bienes y condenado a muerte, logrando salvar de su fortuna únicamente lo que le fue posible a su esposa liquidar al salir de La Habana con sus hijos Valentín, Amalia y Elena.

Esas determinaciones de los gobernantes españoles fueron tomadas como consecuencia de la instalación, el 19 de octubre de 1852, de la Junta Cubana, de Nueva York, presidida por Gaspar Betancourt Cisneros, y en la que Goicouría ocupó el cargo de tesorero. Con ese carácter, y secundando el plan revolucionario del insigne caballero catalán Ramón Pintó, organizó en 1854 una expedición, que debía estar mandada por el general Quitman, y constaría de unos cuatro mil norteamericanos conducidos en tres vapores, con sus correspondientes pertrechos y víveres. Pero ni siquiera fue posible que la expedición abandonara las costas norteamericanas, pues el secretario de Estado, Mr. Marcy, convenció a Quitman desistiera de su empresa y ordenó el desembarco de la tropa expedicionaria, lográndose salvar buena parte del cargamento bélico. Al mismo tiempo, eran detenidos en La Habana Ramón Pintó, Juan Cadalso y Nicolás Pinelo, condenado a muerte el primero, y  ejecutado el 22  de marzo de 1855 por su amigo íntimo y protegido económicamente, el general Concha, y los otros dos a diez años de presidio.   

Lejos de desilusionarse ante este nuevo fracaso revolucionario Goicouría envía  desde  Nueva York las armas salvadas de la expedición de  Quitman   a Juan Enrique Félix y Rusel y a Francisco D'Strampes, en dos pailebots, que desembarcaron en Baracoa el 19 y 21 de octubre de 1854, respectivamente. Es denunciada esa expedición, tomado el cargamento y hecho prisionero D'Strampes, que recibe la muerte en garrote el 31 de marzo de 1855 en la explanada de La Punta de esta capital.

Nuevo fracaso y nuevas labores independentistas. Goicouría procura atraer a la causa de Cuba libre, al general Walker, comprometiéndose a ayudar personal y económicamente la invasión de Nicaragua, lo que así hizo embarcándose al frente de doscientos cincuenta hombres; pero al enterarse de los torpes propósitos que Walker perseguía de esclavizar a los indios, rompió el noble cubano el pacto convenido. Aprovecha el paso por Nueva Orleans de Benito Juárez y se le ofrece para apoyarlo en sus aspiraciones presidenciales, a cambio de que este cooperase oportunamente en los planes revolucionarios cubanos.

Al estallar en los Estados Unidos la guerra de secesión entre el norte y el sur, le fue ofrecido el puesto de general de los ejércitos del sur, pero no lo aceptó, fiel siempre a sus convicciones antiesclavistas.

Cuando Carlos Manuel de Céspedes se alzó en La Demajagua, el 10 de octubre de 1868, Goicouría se hallaba en el Brasil, en unión de su familia, gozando de acomodada posición económica. Pero apenas le llegaron las primeras noticias de la revolución, embarca con su hijo Valentín hacia Nueva York, a fin de incorporarse a las primeras expediciones que salieran rumbo a Cuba. Valentín se unió a la expedición del Perrit, como ayudante del general Jordán, y Goicouría en la del Lillian, como jefe. Valentín muere peleando por Cuba libre en el combate de Cuevitas, noticia que recibe su padre cuando se hallaba en Nassau, el 9 de enero de 1870, en camino hacia Cuba y después de haber visto una vez más anulados sus propósitos libertadores, pues los expedicionarios del Lillian se vieron obligados a atracar al cayo inglés Nurse Key, donde fue apresado el Lillian por el gobernador de Nassau y adjudicado su cargamento a los españoles, perdiéndose así para la revolución cubana  los valiosos pertrechos militares que habían costado trescientos mil pesos. Hechos prisioneros de las autoridades inglesas los expedicionarios, poco después se les puso en libertad. Goicouría no se amilanó ante este nuevo desastre, y desde Nassau ordenó a su cuñado José María Mora empleara los pocos recursos de que aun disponía, en armas, y se las remitiera para organizar y preparar otra expedición.Y en una goleta llegaron a Punta Rasa, en Gibara, el 3 de febrero de 1870, entrevistándose, en la manigua, con el presidente Céspedes, quien acuerda con Goicouría que éste fuese a México para levantar otra expedición con el dinero que aún le restaba de su fortuna  personal: el  crédito que Juárez le abrió años antes por la venta del vapor Indiana.Tratan de llegar a Nassau en una pequeña embarcación, pero el mal tiempo arroja a Goicouría y sus acompañantes a Cayo Guajaba. Un cañonero español descubre la presencia de los revolucionarios cubanos, y es Goicouría hecho prisionero, trasladado a Nuevitas y finalmente a La Habana. Se le  interna  en  el  castillo  de la Punta, primero, y después en la cárcel, donde se le formó rápidamente consejo de guerra verbal. Al ser interrogado por el presidente, coronel de ingenieros Malo, qué había venido hacer a Cuba, Goicouría contestó: ¿Acaso lo ignoráis? A expulsaros de ella. Solo pidió se le condenase, como general prisionero de guerra que era, a ser fusilado en vez de sufrir la muerte en garrote, pero le negaron esta gracia, y en la noche del 6 de mayo el consejo dictó sentencia condenándolo a morir en garrote vil, sentencia que Goicouría oyó sin inmutarse, limitándose a exclamar por todo comentario: Soy una víctima necesaria y sólo deseo que no se me haga sufrir y se me ejecute pronto. Durante las horas que estuvo en capilla, demostró admirable entereza y estoico valor, escribiendo sencillas y emocionadas cartas de despedida a sus familiares, que fueron publicadas, con otras anteriores, en el Heraldo de Cuba el 11 de marzo de 1923, por Miguel Ángel Carbonell (1). El patíbulo fue levantado, como ya expusimos, en las faldas del castillo del Príncipe, y a las 7 y media de la mañana del 7 de mayo de 1870, se cumplía la fatal sentencia. Él mismo se colocó el corbatín, por debajo de su luenga y blanca barba, y al hacerlo exclamó: Muere un hombre, pero nace un pueblo. El cadáver estuvo expuesto durante algunas horas en el patíbulo, recibiendo más tarde sepultura en el cementerio de San Antonio Chiquito, hoy de Colón.

De las mencionadas cartas dirigidas durante sus últimos años a sus familiares, entresacaremos algunos conceptos que descubren la nobleza de alma, entereza de carácter e ilimitado renunciamiento a todo lo que no fuese la libertad de Cuba.

Al desembarcar en Nurse Key, creyendo que era tierra cubana, escribió a su esposa: Ya piso a Cuba   libre.   Se   cumplieron   mis juramentos patrióticos. ¡Cómo podría explicarte lo que siente mi corazón!   Nunca tuve este sentimiento antes más que otra vez en mi vida, y fue cuando por primera ocasión te estreché entre mis brazos, porque entonces adquirí tanto en  conseguirlo como  hoy  en saber y ser cierto que lo que piso de mi deseada tierra es libre y se une a mí para siempre. Poco después, en 9 de enero de 1870, desde Nassau, le dice a su Querida  Carlota   de  mi  vida:   Lo que he  padecido en estos  meses moralmente  es  imposible  pueda creerse; pero al dispensarme Dios una  salud  sin igual, he  podido sobrellevar   tantas  ingratitudes, que son las   recompensas de   los que hemos nacido para ser sacrificados por el bien común de la sociedad humana. Así, todo lo llevo con paciencia hasta que llegue mi hora  de martirio  que espero no esté lejos para descansar. A bordo  de  la  cañonera  Gacela, rumbo a Nuevitas, en 1ro. de mayo de 1870, al dar cuenta a su hermano   de la forma  en que  fue hecho prisionero,  convencido ya de su próximo fin, se expresa así: Sólo es cuestión de pocos días, como  debes  presumir,  lo  único que siento es que no hubiera sido sobre el campo de batalla;  pero como la Providencia ha dispuesto otra cosa, estoy conforme con ello y moriré como saben morir los que defienden los derechos del hombre humanitario, y contento porque  la   independencia  no  es más que  cuestión de  tiempo.. Como toda mi fortuna la he dado  y nada tengo   en el  mundo, ninguna  disposición  hago  sobre bienes..   Ofrecí dar mi fortuna y mi vida. Ya todo se ha cumplido. Ojalá mi sacrificio lo imiten otros.

Después del cese de la dominación española en esta isla, la hija de Goicouría, Amalia, residente en París, encomendó al doctor Federico Mora  —según cartas cuyos originales poseemos— fuese señalado con una sencilla cruz, cumpliéndose así los deseos de su padre, el lugar en que éste había sido ejecutado. Y al efecto, el doctor Mora, asesorándose del señor Hipólito Ugarte y Calvo, testigo presencial de aquel crimen político y del perito agrónomo José de Vega y Flores, determinaron el sitio en que el venerable patriota había exhalado su último suspiro. Del acta que levantó el notario José Miguel Ñuño el 29 de octubre de 1899, y de la que se halla en nuestro poder el testimonio expedido a favor del doctor Mora, aparece, según declaración del señor Ugarte, que el tablado sobre del que se colocó el garrote cubría un cuadrado de cuatro metros planos, cuyo centro que indicó, distaba unos cinco metros al noroeste de una roca a flor de tierra que existía el día de la ejecución y que aun hoy existe, situado este lugar en los terrenos de la estancia Baeza o Medina, falda oeste de la loma de Aróstegui o del castillo del Príncipe. También refirió el señor Ugarte que el señor Goicouría se trasladó a pie desde el castillo del Príncipe por la carretera del cementerio o Calzada de San Antonio Chiquito hasta el lugar de la ejecución, escoltado por una sección de artillería del Ejército español, cincuenta hombres aproximadamente, mandados por un oficial  del  mismo  cuerpo,  y  un piquete de infantería mandado por un sargento, agregando que Goicouría subió al patíbulo esposado y en compañía de los Hermanos de la Paz y de la Caridad y dos jesuitas, y que sólo presenciaron la ejecución unas cien personas, a las que no se permitió acercarse al cuadro. Delplano que se levantó en ese acto por el agrimensor José de Vega, y cuya copia original conservamos en nuestro archivo, en esta página encontrará el lector una fiel reproducción. En 1911, el señor Ricardo V. Rousset, autor de unos apuntes biográficos sobre Goicouría, publicados ese año, y de los que hemos tomado algunos datos para este trabajo, comprobó sobre el terreno los particulares expresados en el acta del notario señor Núñez, que hemos extractado.

El día de la muerte de Goicouría,  cantaban  por  las  calles  de La Habana los voluntarios españoles la siguiente copla burlesca:

 El día 7 de mayo se jugó la lotería, sacándose el premio grande don Domingo Goicouría.

Notas

(1) La Biblioteca Nacional cuenta en sus fondos con el mencionado número del Heraldo de Cuba, donde pueden ser consultadas estas cartas, así como con la revista Bohemia del 21 de febrero de 1964, donde aparece, en la página 95, el artículo de María Luz de Nora sobre dos cartas de Domingo de Goucouría escritas poco antes de morir. (N. del E.)

Tomado de: Carteles, no. 25, 19 de junio de 1938