Eliseo Diego: Siempre el esplendor

Palabras de presentación en el homenaje a Eliseo Diego en Guadalajara, con motivo del premio "Juan Rulfo"

Por Cintio Vitier

Con la venia del Señor Presidente de México, y de las demás autoridades y personalidades que nos acompañan, debo empezar diciendo que —aunque nunca antes dentro de un ceremonial tan jubiloso y solemne como el que hoy nos convoca— en esto de pre­sentar a Eliseo Diego tengo ya una larga tradición. Hace cuaren­ta y cinco años me tocó el privilegio de comentar por primera vez su poesía, cuando aún no había publicado ningún libro de ver­sos, en mi antología Diez poetas cubanos.

Juntos habíamos escuchado en 1936, como una revelación, a Juan Ramón Jiménez; juntos nos enamoramos de las que iban a ser nuestras esposas y con ellas paseamos infinitamente por los par­ques de La Habana; juntos fracasamos en nuestros estudios de De­recho; juntos tradujimos El trompetero místico, de Whitman, pa­ra Espuela de Plata; juntos hicimos, con Gastón Baquero y otros amigos de entonces, los cuadernos Clavileño, y el mismo año de 1944 entramos en Orígenes. A su grupo de poetas, pintores y un músico genial, Julián Orbón, pertenecimos y pertenecemos, creo, más allá de la terminación de la revista en 1956 y más allá tam­bién de las ausencias que tanto nos sorprenden de José Lezama Li­ma, de René Portocarrero, de Octavio Smith y del mismísimo Julián, escondidos en el lugar donde sin duda, muertos de risa, nos esperan.

A propósito de la publicación de En la Calzada de Jesús del Monte, escribí en Orígenes:

Sabemos que la poesía cubana de los últimos años, querién­dolo o no, ha emprendido una aventura que ampliamente re­basa los contornos discernibles del lirismo. (...) Avances muy profundos hacia la integración de la isla en la Histo­ria y la Novela han debido encarnar en los raptos de nuestra poesía. Y precisamente a esta luz el libro de Elíseo Diego, tan ansioso de las formas poéticas y vitales bien nacidas, adquiere un relieve excepcional. Presidiéndolo se levantan esos versos singularmente dramáticos, que recogen con robusta claridad la profesión de fe más perdurable de la presente generación poética cubana:

Dicen que soy reciente, de ayer mismo,
que nada tengo en qué pensar, que baile

como los frutos que la demencia impulsa.
Si dejo de soñar quién nos abriga entonces,
si dejo de pensar este sueño
con qué lengua dirán éste inventó edades
si nadie ya las habrá nunca.

Adelantándome al proscenio literario, tan riesgoso en aque­llos turbulentos años habaneros, me atreví otras dos veces a ha­cer una reverencia pública ante la obra de mi amigo. Ello fue con ocasión de mi Cincuenta años de poesía cubana (1952) y durante las charlas que en el antiguo Lyceum de La Habana, en plena lu­cha nacional contra la tiranía de Batista, dieron origen a Lo cu­bano en la poesía (1953). Si en mi primera antología observé la convocación de un estilo de vida, el de los años iniciales de la República, que a pesar de su inmediatez temporal se le desentra­ña en secreta mitología de la patria, diez años después, glosan­do un pasaje de En las oscuras manos del olvido, terminaba así mi crítica y semblanza centradas en lo que llamé la poesía de la memoria que no se disuelve en añoranza, sino que le da a las co­sas una nueva, oscura y sobrepujada resistencia:

Podemos imaginar a Elíseo Diego estudiando por centésima vez el mapa de la Isla del Tesoro, o riendo por milésima vez una frase del Doctor Jonhson, o bien mudo y remoto en la noche como un rey pintado por Rouault. Pero él estará siem­pre, después de las infernales pesadillas, en aquel banco humilde y tosco del Colegio, dando gracias, dando gracias al Señor de los Salmos y del Génesis.

Después de los libros aludidos, el río de la palabra de Eliseo fue convirtiéndose en algo más que libros, prosas y poemas: se fue convirtiendo en una Obra con mayúscula, hecha de esas colecciones exquisitas que su mano tornea y aca­ricia hasta que brotan relucientes: El oscuro esplendor, tesoros de la infancia perdida; Muestrario del mundo o Libro de las mara­villas de Boloña, partida de ajedrez con nuestro primer Maestro Impresor, que me ufano de haber propiciado; Versiones, que son sus propias iluminaciones, y tardes de la sabiduría; Noticias de la Quimera, cuentos inmemoriales; Los días de tu vida, cum­pleaños de la palabra; A través de mi espejo, reflejos de través, con unos exultantes gorriones; Inventario de asombros, presidi­do por el misterioso retrato que Fidelio Ponce hiciera de Fina en sus quince años eternos. Y también les habla, sencillamente magistral, no magisterial, a los niños (Soñar despierto, con di­bujos antológicos de Rapi), a los atentos aprendices (Libro de quizá y de quién sabe), a los señores poetas ingleses, devolvién­doles el eco (Conversación con los difuntos), y a su talismánica baraja española (Cuatro de oros).

A veces, incluso, cuando menos lo esperamos, este río calmo —tan magnífico crítico como poeta, según la mejor tradición origenista—, prologa a John Esquemeling (Piratas de América), a su amadísimo Hans Christian Andersen (Cuentos), a su amiga Virginia Wolf (Orlando), a su amparadora Gabriela Mistral (Poesías), a su cómplice Wilkie Collins (La piedra lunar); o más inesperadamen­te aún se detiene y se yergue, barbado y con gafas, para disertar sobre el oficio poético, o sobre el espacio en Charles Dickens, o sobre el mito del Sur en William Faulkner, o sobre la imagi­nación infantil, o sobre Las maravillas de la Bella y la Bestia, o sobre los hermanos Grimm, hermanos suyos, o para salvar a Ru­bén Darío de los iconoclastas, o para mostrarnos La insondable sencillez de los versos de Martí; o, de nuevo remansado, se de­ja entrevistar por innumerables poetas disfrazados de periodis­tas, o tranquilamente recibe en su casa de La Habana, en pleno apagón del período especial, la noticia del Premio de Litera­tura de Latinoamérica y del Caribe Juan Rulfo.

A los ilustres miembros del Jurado de este Premio queremos felicitar, porque si algo merece premiarse en este mundo es una fiesta. La obra de Elíseo Diego es una fiesta. En ella hasta la caducidad, tan minuciosamente sentida, está obligada a festejar el nacimiento de las cosas, y los nombres que les da el poeta.

Volviendo a mis antiguos oficios de heraldo, debo decir tam­bién que las respuestas a mis presentaciones anteriores de Eliseo Diego, y en general de los poetas de Orígenes, no fueron por aquellos años muy alentadoras, ni siquiera pacíficas. Nos acom­pañaron, sin embargo, además de la inmensa compañía que nos dába­mos nosotros mismos, voces españolas tan entrañables como las de María Zambrano, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Jorge Guillen, Luis Cernuda; y no podemos olvidar, en esta ocasión, de México, al que dedicamos un número ilustrado por el Maestro Orozco (y el siguiente, por Rufino Tamayo), las voces de Alfonso Re­yes, Ermilo Abreu Gómez, Alí Chumacero, Efraín Huerta, Clemente López Trujillo, Gilberto Owen, Justino Fernández, José Luis Mar­tínez, Carlos Fuentes y, señaladamente, Octavio Paz, que en memo­rable carta del 15 de noviembre de 1948, refiriéndose a Diez poe­tas cubanos, me escribió: Creo que, como en el caso de la Prime­ra antología de Gerardo Diego o de la de Jorge Cuesta, de su li­bro se irán desprendiendo algunos nombres llamados a ser excep­cionales en la poesía de nuestra lengua y de nuestro tiempo.

Lo que no podía imaginar Paz, al hacer tan anticipado pronós­tico, era que uno de aquellos poetas, consagrado ya en Cuba, re­cibiría precisamente en México el más alto reconocimiento de Amé­rica Latina, bajo los auspicios de un nombre por todos venerado. Y este es un suceso que a los descendientes actuales de José Mar­tí, que tantas imborrables huellas dejó en este país y de él ex­trajo sus más profundas inspiraciones americanistas, tiene que conmovernos y enorgullecernos especialmente.

Sirva, pues, el Premio Juan Rulfo otorgado a Eliseo Diego para estrechar aún más la fraternidad espiritual de México y Cuba. Sirva para recordarnos que el camino de la poesía es uno de los más invisibles y eficaces hacia la integración latinoa­mericana. Sirva, en fin, para hacer votos por un mundo en que los jóvenes sigan fracasando, si es preciso, en sus estudios de Derecho, pero no en sus estudios (y práctica) de la belleza y de la justicia.

Con ustedes el Maestro Eliseo, mi amigo.

Hablemos de Cintio, de Fina, de Eliseo, de Bella: el grupo Orígenes que conocí 
en la Biblioteca Nacional*

Por: Tomás Fernández Robaina.

Narrador, bibliógrafo e investigador de la Biblioteca Nacional José Martí

Revista de la Biblioteca Nacional José Martí Año 92, No.1-2 ENERO-JUNIO 2001

Con Eliseo Diego, en la Biblioteca Nacional

(Fragmentos del libro de testimonio, inédito, El caballero de Boloña, sobre Eliseo Diego y otras personalidades de la cultura cubana)

Por Mercedes Santos Moray

Eliseo no abandona a sus huéspedes, y nuevamente ocupa el centro de nuestra conversación, porque es él, el caballero de Boloña quien nos convoca a revivir el flujo del tiempo, en aquel despacho suyo de la Biblioteca Nacional José Martí, en aquellos días del 68 y del 69, cuando desde su guayabera nos endulzaba las fatigas de la Academia, con ese aire iconoclasta de sus lecturas y nos apropiamos de sus criterios, articulamos nuestras fuerzas con su buen humor, mientras todas las miserias se diluía y sólo sobrevivía su voz.

"Cuando alcé los ojos de estos sueños vi una niña a mi lado. Había venido de un campo que estaba a la izquierda de la fuente, donde crecían dos grupos de palmas unidas, tres a un lado y dos al otro, que eran los fuetes de nuestras batallas. Me figuré que ella siempre había vivido en este campo, que sabría las historias de los reyes que habían reinado en él, que tendría libros con sus retratos, llenos de fechas y de nombres de extrañísimas armas". (1)

<< Eliseo junto a Nicolás Guillén atendiendo una delegación soviética 1972

Atrapada por la sed tomo el vaso de agua que me ofrece, presta al saludo cordial y a la ayuda a su prójimo, la siempre amorosa Teresita Proenza, en los salones del primer piso de la Biblioteca Nacional, y beso la mejilla de esa mujer que me auxilia, con humildad y sin servilismo, y gracias a sus informaciones encuentro la bibliografía sobre Lucía Jerez, la única novela de José Martí, y deudora como soy de su cariño, y de los discos que me presta también para que los devore en la Sala de Música, en la que gusto de Wagner y de Mozart en apretado duelo, mientras Beethoven aplaca las discordias con sus sinfonías y sonatas, agradezco su presencia amistosa, la de un duende.

Fatigada, por el calor y por el polvo de los libros,  en el vestíbulo me topo con Cleva Solís, siempre nerviosa, poeta y pintora, la otra mujer del grupo Orígenes, también injustamente desconocida, quien me hablaba entonces con entusiasmo, y su proverbial dinamismo, en la Sala de Arte, de su amigo, Samuel Feijóo…

Eliseo no tenía otro poder que no fuera su verbo. Otros autores ya ostentaban sus escenarios públicos, pero él se movía en los espacios íntimos, por eso lo buscábamos, como la subjetiva de una cámara, porque lo sentíamos auténtico. A nadie se le hubiera ocurrido, entonces, someter la escritura de Eliseo a los cortejos de la llamada "ciencia literaria" aunque después, algunos de nosotros, la estudiasen con verdadera fruición. El era entonces, como decían sus versos: "la quietud del respirar nocturno, atravesando entre las sombras viejas el resplandor del ojo indescifrable..."(2)

Para muchos, Orígenes sólo era José Lezama Lima. Para nosotros, que no ignorábamos al genio de Trocadero, ni nos sumamos, entonces, al silencio que se desplegaba sobre su obra, para nosotros que buscábamos la sustancia de Paradiso, de la mano del prólogo revelador de Julio Cortázar, la poesía, nuestra proyección poética, nos aproximaba al registro intimista de la voz de Eliseo Diego porque "como ala de paloma la luz vibra".(3) Como también hacíamos nuestros los Poemas sin nombre, de Dulce María Loynaz, entonces recluida voluntariosamente en su exilio interior.

Además, y lo sentíamos, lo intuíamos así, tras la carnalidad del verso, de sus bondades, estaba el alma de Eliseo, la hondura del poeta, su fina sensibilidad como persona, entre la selva oscura de nuestro mundillo literario, nada apacible, por cierto, en el trasvase de los 60 a los 70.

La naturaleza y Dios, el amor en su plenitud, en su sensualidad más lírica, las pequeñas sinuosidades de lo cotidiano, el mundo interior de los objetos inanimados, la vibración profunda del espíritu las encontrábamos todos en el poeta de la Calzada de Jesús del Monte porque, para nosotros también: "El mayor de los dioses cabe en la palma de tu mano" (4), presentes desde la fe cristiana en un universo donde el acento de lo externo, de la objetividad, pesaba, incluso en demasía, sobre las individualidades.

No temo afirmar que aquella pléyade de iconoclastas, sensibles todos, y algunos muy talentosos, estaban impelidos por la ansiedad y la búsqueda, embajadores del horizonte, que hicieron de la amistad un vínculo afectivo para el diálogo vivo, mas permanecieron muy celosos de su yo sagrado, de esas zonas más íntimas y personales que nunca sometieron a dogmas ni a fórmulas, exploradores de la palabra y sus cultores, aunados por la fe, unos en Dios y otros en la Nada, deseosos de crear y trascender sus propios límites humanos, el espacio finito de esa divinidad que es nuestra especie. Aunque nunca sabremos si alcanzaron la utopía de su juventud.

Durante muchos años he visto cómo se intenta el diálogo entre las generaciones, cómo se transita por diversos afluentes para atenuar el roce de las pieles, y evitar infecciones. Pero sólo sé que la empatía es un misterio y que no se puede predecir ni tampoco forzar, ni nace por decreto ni puede institucionalizarse. Sencillamente, se da o no se da...Por aquellos años había otros poetas "en el parnaso" que gozaban, desde sus cargos, del reconocimiento y el elogio sociales, pero a ellos no fuimos...porque sencillamente no nos interesaban, ni sus obras ni sus personas...

Y sí, nosotros buscábamos a Eliseo Diego, que al parecer vivía, entonces, como un anacoreta, enfundado en la penumbra de su fe en Dios, coherente consigo mismo —como Fina y Cintio, temblorosa la voz, la mano débil de un corazón sometido a largos tratamientos por el asma—,  un hombre de respiración doliente, y de escritura natural, como aquellos versos que nunca me parecerán sencillos, del propio José Martí... él vivía en los desiertos de la eternidad, entre los pequeños seres de la creación que alimentaban su verbo, con la mirada que se le perdía entre las volutas de humo, y cierta dosis de cansancio en la entonación, como si fuera a apagarse de una vez por todas, y nos dejara ciegos, sordos y mudos.

Su historia no era una epopeya, no había en ella nada heroico, ni él recibía por aquellos años lauros ni estímulos, pero contaba con la amistad, y con el amor de su Bella, la esposa que le pobló la existencia de hijos, ellos vivían laboriosamente como las hormigas, como Citio Vitier y como Fina García Marruz y Cleva Solís, las dos musas de Orígenes, y como su fraterno y humilde Octavio Smith, hoy tan injustamente desconocido, porque todos estaban entregados, como un cántico, a la creación y al estudio, entre las aguas grises que los rodeaban.

Pero para nosotros, que no buscábamos a un héroe, sino a un poeta, Eliseo tenía la infinitud de la tristeza y los espacios vacíos de sus ojos de hombre tierno y noble. En él no habitaba la cólera de la nieve, ni la desolación de las rocas, ni las estatuas comidas por el tiempo. Había en su palabra quietud y silencio."Los ruidos de los niños/ en sus retozos..." (5)

Antes de emprender, cuesta arriba, las clases de Gramática estructural con la nobilísima Ofelia García Cortiñas, de enfrentar las declinaciones del Latín, o de buscar las claves de la Comedia Humana, con Camila Henríquez, nosotros íbamos a levantar los ánimos del espíritu con Eliseo Diego, en esa tertulia que se fue haciendo habitual, como una cita de amantes.

La breve humanidad de nuestras vidas sació, entonces, su fe en aquellos diálogos,  en aquella suerte de academia insular, en la que comenzaron a cobrar vida, también, versos y poemas, críticas y ensayos que empezaron a ser más suyos que nuestros, imantados por la fe y el amor por la belleza, y que por serlo, Eliseo, como Cintio y Fina hicieron entonces patria común, aroma de reyes en el imperioso abismo de azules, rojos, violetas y sepias.

El caballero de Boloña sabía escuchar a su interlocutor y esa es muy rara virtud en la especie humana. Dejaba la mascarilla a un lado, despoblaba el espacio y limpiaba el coro de voces con su oído atento, y el anuncio de alguna cita o de una anécdota que nos hacía mejores, más felices donde el sueño es tan frágil como la voz, cuando la mirada vence al silencio.

No había lobos en aquel escenario, aunque todos nos sentíamos con deseos de aullar, entre las viejas ruinas que soplaban los libros desde los estantes, como halcones que cruzan la soledad, invulnerables a la ceniza, desde el oro del tiempo que perpetúan los pájaros. En los rincones las sombras aguardaban nuestro holocausto, minúsculas partículas de levedad humana, poema, verso libre, soneto, rima quebrada, décima que retozaban en los oídos de Eliseo, cada mañana de aquel cónclave que latía como agua en un bosque de pura vida.

Nerviosos, como agujas en un baño de paz, aguardábamos por el poeta, y su increíble paciencia de oidor ante nuestras páginas, donde estábamos con el miedo a la verdad y el texto desconocido guareciendo nuestras espaldas, como el fuego de una bestia que trastabilla en el aire, y que vuela hasta la sombra igual que un perro.

"Con paciencia,
..........con máxima
paciencia,
..........le enseñaste

cómo andar en dos ansias
..........al perrito
que ahora viene,
..........pisando pinturero,

la lengua rosa en guiño,
con paciencia,
..........con mucha,
............con tantísima

burlándose de ti,
............del universo". (6)

Notas:

 (1) Eliseo Diego, Prosas Escogidas, La Habana: Letras Cubanas, 1983, p.77.

 (2) Eliseo Diego,  Poesía, La Habana: Letras Cubanas, 1983, p.104.

 (3) Raúl Hernández Novás, Al más cercano amigo, La Habana: Letras Cubanas, 1987, p. 45.

(4) Eliseo Diego, Poesía, edic. cit., p.139.

(5) Eliseo Diego, Ob. cit., p.264.

(6) Eliseo Diego, Poesía, edic. cit., p.403.

Eliseo Diego. Premio Nacional de Literatura