José Joaquín Palma,  poeta del hogar, poeta de la amistad, poeta de la patria

En el 144 aniversario de su natalicio

José Joaquín Palma nació en Bayamo el 11 de septiembre de 1844. Se incorporó a la revolución de 1868, fue hombre de confianza de Carlos Manuel de Céspedes y uno de los principales redactores de El Cubano Libre. Residió en Guatemala, donde trabajó como secretario del Presidente de la República y fue con posterioridad director de la Biblioteca Nacional. Retornó a su patria en 1902, aceptó la representación de Cuba en Guatemala y allá murió, el 2 de agosto de 1911,  en el desempeño de su cargo. En vísperas de su muerte reveló que era el autor de la letra del Himno Nacional de Guatemala, lo que había mantenido en secreto durante más de tres lustros. Al saberlo, el pueblo guatemalteco le rindió homenaje. Fue sepultado en la capital del país y allí permanecieron sus restos hasta 1951, año en que fueron trasladados a Cuba.

 

A José Joaquín Palma
Palma amigo:

Te devuelvo tu libro de versos: ¡no te lo quisiera devolver! Gustan los pobres peregrinos de oír cerca de sí, en la larguísima jornada, rumor del árbol lejano, canción del propio mal, ruido del patrio río. ¡Bien hayan siempre los versos, hijos del recuerdo, creadores de la esperanza! ¡Bien hayan siempre los poetas, que en medio a tanta humana realidad anuncian y prometen la venidera realidad divina! Lejos nos lleva el duelo de la patria: apenas si, de tanto sufrir, nos queda ya en el pecho fuego para calentar a nuestra mujer y nuestros hijos. Pero puesto que la poesía ungió tus labios con las mieles del verso, canta, amigo mío, el mar tormentoso, semejante al alma; el relámpago, semejante a la justicia de los hombres; el rayo que quebranta nuestras palmas; los bravos pechos que llenan con su sangre nuestros arroyos. Cuando te hieran, ¡canta! Cuando te desconozcan, ¡canta! Canta cuando te llamen errante y vagabundo, que este vagar no es pereza, sino desdén. Canta siempre, y cuando mueras, para seguir probablemente lejos de aquí cantando, deja tu lira a tu hijo, y di como Sócrates a sus discípulos en la tragedia de Giacometti: "¡Suona, e l'anima canta!"

<< fragmento de carta de José Martí a J. J. Palma

Tú naciste para eso. El rocío brilla; el azahar perfuma; el espíritu asciende; canta el bardo. Trabaja enhorabuena; pero cuando dejes la pluma, toma la lira. ¿No ves qué concierto de simpatías levantan unos cuantos versos tuyos? ¿Qué cortejo de amigos te sigue? ¿Cuántos ojos de mujer te miran? ¡Miradas de mujer, premio gratísimo! Es que lleva el poeta en su alma excelsa la esencia del alma universal.

Tú eres poeta en Cuba, y lo hubieras sido en todas partes. Mudan con los tiempos las cosas pequeñas: las grandezas son unas y constantes. Tal fue el hombre viejo, tal el nuevo. Ni lágrimas más amargas que las que llora Homero, ni sacrificio más noble que el de Leandro. Safo dio el salto de Léucades: porque lo den desde el Sena, ¿es menos heroico el salto de las modernas numerosas Safos?

Tú, Palma, hubieras sido aeda en Grecia, scalder en Escocia, trovador en España, rimador de amores en Italia. ¡Rimador de amores! Tú eres de los que leen en las estrellas, de los que ven volar las mariposas, de los que espían amores en las flores, de los que bordan sueños en las nubes. Se viene acá a la tierra unas cuantas veces cada día, y el resto ¡oh, amigo! se anda allá arriba en compañía de lo que vaga. ¡Rimador de amores! a ti, poeta tierno, no conviene el estruendo de la guerra, ni el fragor dantesco de los ayes, las balas y los miembros. Tú tienes más del azul de Rafael que del negro de Goya. Tu mundo son las olas del mar: azules, rumorosas, claras, vastas. Tus mujeres son náyades suaves, tus hombres., remembranzas de otros tiempos.

Tú llevas levita, y no la entiendes. Tú necesitas la banda del cruzado. Vives de fe; mueres de amor.

Si estuviéramos en los dichosos tiempos mitológicos —¡en aquellos en que se creía!— tú creerías de buena voluntad que dentro del pecho llevabas una alondra. Nosotros, los que te oímos, sabemos que la llevas en los labios.

Hay versos que se hacen en el cerebro: —éstos se quiebran sobre el alma: la hieren, pero no la penetran. Hay otros que se hacen en el corazón. De él salen y a él van. Sólo lo que del alma brota en guerra, en elocuencia, en poesía, llega al alma. Hay poetas discutidos. Tú eres un poeta indiscutible. Cabrá mayor corrección en una estrofa, no más gracia y blandura; parecerán una palabra o giro osados; pero como el espíritu anima las facciones, la poesía, espíritu tuyo, anima tus versos.

Tus versos parecen hechos a la sombra del cinamomo de la Biblia. El genio poético es como las golondrinas: posa donde hay calor.  Cierras el Evangelio de San Mateo, y ora envuelto en el fantástico albornoz, ora ceñida la invencible cota, cantas trovas dulcísimas, como aquellas que debió oír en los jardines de la Alhambra Lindaraja. Tienes en tus versos ¡el encaje de las espadas de taza de nuestros abuelos; los vivos y coloreados arabescos, menudas flores de piedras, sutil blonda de mármol de la Aljafería y de los alcázares. Eres perezoso como un árabe, bueno como un cristiano, galante como un batallador de la Edad Media.

Tú no conoces el río de hiel en que empapaba su estilo Juvenal; no te visita el Genio de la Tormenta; no turba tus sueños la sombría visión apocalíptica, coronada de relámpagos, segadora de malvados, sembradora de truenos. Los romanos te dieron su elegía; los mártires, su unción; los árabes su décima y su guzla.

Comprimida en la forma, habrá un momento en que la dureza del lenguaje no exprese bien la delicadeza de tu espíritu. Aquí un consonante, allí un pie largo: la fragua no está templada siempre a igual calor. Pero estas cosas, que te las diga un crítico. Yo soy tu amigo. Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, callo. Este es el modo mío de censurar.

Y luego, tú tienes un gran mérito. Nacido en Cuba, eres poeta cubano. Es nuestra tierra, tú lo sabes bien, un nido de águilas; y como no hay aire allí para las águilas; como cerca de los cadalsos no viven bien más que los cuervos, tendemos, apenas nacidos, el vuelo impaciente a los peñascos de Heidelberg, a los frisos del Partenón, a la casa de Plinio, a la altiva Sorbona, a la agrietada y muerta Salamanca. Hambrientos de cultura, la tomamos donde la hallamos más brillante. Como nos vedan lo nuestro, nos empapamos en lo ajeno. Así, cubanos, henos trocados, por nuestra forzada educación viciosa, en griegos, romanos, españoles, franceses, alemanes. Tú naciste en Bayamo, y eres poeta bayamés. No corre en tus versos el aire frío del Norte; no hay en ellos la amargura postiza del Lied, el mal culpable de Byron, el dolor perfumado de Musset. Lloren los trovadores de las monarquías sobre las estatuas de sus reyes, rotas a los pies de los caballos de las revoluciones; lloren los trovadores republicanos sobre la cuna apuntalada de sus repúblicas de gérmenes podridos; lloren los bardos de los pueblos viejos sobre los cetros despedazados, los monumentos derruidos, la perdida virtud, el desaliento aterrador: el delito de haber sabido ser esclavo, se paga siéndolo mucho tiempo todavía. Nosotros tenemos héroes que eternizar, heroínas que enaltecer, admirables pujanzas que encomiar: tenemos agraviada a la legión gloriosa de nuestros mártires que nos pide, quejosa de nosotros, sus trenos y sus himnos.

Dormir sobre Musset; apegarse a las alas de Víctor Hugo; herirse con el cilicio de Gustavo Bécquer; arrojarse en las cimas de Manfredo; abrazarse a las ninfas del Danubio; ser propio y querer ser ajeno; desdeñar el sol patrio, y calentarse al viejo sol de Europa; trocar las palmas por los fresnos, los lirios del Cautillo por la amapola pálida del Darro, vale tanto, ¡oh, amigo mío! tanto como apostatar. Apostasías en Literatura, que preparan muy flojamente los ánimos para las venideras y originales luchas de la patria. Así comprometeremos sus destinos, torciéndola a ser copia de historia y pueblos extraños.

Nobles son, pues, tus musas: patria, verdad, amores. ¿Quién no te ha dicho que tus versos susurran, ruedan, gimen, rumorean? No hay en ti fingidos vuelos, imágenes altisonantes, que mientras más luchan por alzarse de la tierra, más arrastran por ellas sus alas de plomo. No hay en ti las estériles prepotencias de lenguaje, exuberante vegetación vacía de fruto, matizada apenas por solitaria y, entre las hojas, apagada flor. En un jardín, tus versos serían violetas. En un bosque, madreselvas. No son renglones que se suceden: son ondas de flores.

Tú eres honrado, crees en la vida futura: tienes en tu casa un coro de ángeles; vuelas cada verano para llevarles su provisión de cada invierno. Tú naciste con la ira a la espalda, el amor en el corazón, y los versos en los labios. ¿A qué decirte más? Deja que otros te lo digan mejor.

En tanto, está contento, porque has sabido ser en estos días de conflictos internos, de vacilaciones apóstatas, de graves sacrificios, y tremendas penas, poeta del hogar, poeta de la amistad, poeta de la patria.

Tu amigo
José Martí

Guatemala, 1878

Nota

Esta carta de Martí se publicó como introducción al libro Poesías de José Joaquín Palma, editado en Tegucigalpa (Honduras), 1882

Tomado de: José Martí, Obras Completas, tomo 5, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963  pp. 93-96

 

José Joaquín Palma
Por José Martí

Con su hija América Ana de la mano, vestida de luto, acaba de llegar a New York, de paso para Guatemala, el poeta que ha sabido poner en sus versos toda la ternura de su corazón y el fuego inextinto de un patriotismo puro. No en Cuba sólo, sino en toda nuestra América, se leen sus serenatas, que suenan a guzla, y las décimas en que recuerda y predice nuestras glorias, y sus cantos valientes al progreso, y las estancias de fina y aérea composición, donde ha logrado aprisionar en palabras la música errante que vuela por lo invisible, y las nobles tristezas de un alma que va repitiendo el terceto del Dante, por "la escalera ajena", por lo negro del mundo. Pero para él es menos amarga la expatriación, y por él se han unido, al amor de su poesía, los pueblos que nacieron de las mismas entrañas dolorosas y han de vivir guardándose y robusteciéndose, sin soltarse jamás de las manos.

Palma ha hallado una patria segura en Centro América, donde se le estima en cuanto vale como hombre cordial y de superior consejo, porque en él es tanta la inspiración como el juicio, y sólo con el que tiene a su patria pudiera compararse el amor con que ve a la juventud de aquellas tierras, que en fiestas públicas han proclamado al bayamés errante su poeta favorito. ¿Qué hemos de decir a esos países generosos, sino la palabra más bella de la lengua de los hombres? ¿Qué más que "gracias"?

Ni tienen aquellos pueblos amigo mejor. A los que más lo quieren les roba el tiempo Palma en estos días para ir al Colegio de Columbia, a Astor y a Cooper, a las bibliotecas privadas y las librerías, para ver qué puede aprender de útil para su querida biblioteca de Guatemala. Allá, rodeado de jóvenes, pasa los días interminables, los días angustiosos del destierro, el bardo bibliotecario, que por ser quien es, va dejando en los corazones el cariño para su biblioteca, y buscándole fuentes nuevas y amistades al salón de lectura, a donde acude de noche la juventud del país de los quetzales. Allá vuelve ahora, contento, porque ha hallado para su biblioteca más riquezas, riquezas modernas, porque de cosas de antes, de pergaminos e historias, nada tienen que envidiar a los de ninguna otra, los anaqueles de la Universidad de Guatemala.

Poco tiempo nos da Palma a sus amigos; pero esto no es tan de lamentar con quien se ha puesto entero en su poesía, y parece que tiende la mano desde sus estrofas, y se entra como huésped natural por todas las almas honradas. De su poesía encantadora, como de él, puede decirse lo que en sus versos de diamante tallado decía Helen Hunt Jackson: "Las aves deben saber; el que cante con juicio, cantará como las aves; el aire libre tiene alas generosas; los cantos hacen su camino".


La Juventud, Nueva York, 16 de agosto de 1889.

Tomado de: José Martí, Obras Completas, tomo 5, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963, pp. 160-161.

 

J. J. Palma
Por Rubén Darío

Aquí, a la orilla del Escalda, mi querido Pichardo, he leído los últimos versos de Palma que ha publicado V. en nuestro Fígaro. Ha hecho usted muy bien en hacer oír en nuestros días de disputas vanas e inútiles controversias sobre el vacío, esa nota de verdadera, de innegable, de legítima poesía. Los que tenemos la ventaja y el placer de mantener aquí, o allá, hermosos odios, excelentes injusticias, preciosos recelos, en espíritus más o menos sospechados que nos están dando frecuentemente constancia de nuestro valer, gocémonos en aplaudir ese canto de viejo ruiseñor, que ha sido el mimado de su primavera, y que aun lanza, hacia el poniente, su trino de oro, si con melancolía, con la conciencia orgullosa de haber sido triunfador en las horas sagradas del amor y de los líricos entusiasmos.

<< El Fígaro, 22 de julio 1906

El grande y buen poeta José Joaquín Palma, al hacer resonar, blanco de años, su generosa y armoniosa lira de antes, merece que el batallón de los de hoy, que los mayores y los menores del día, le presentemos las armas. Supo amar, supo cantar. Encantó a un continente. Peregrinó por la libertad ofreciendo palmas de heroísmo y rosas de galantería. Fue en su tiempo el Director de nuestras músicas verbales. Competían sus versos en eficacia con los discursos patrióticos de los oradores de la propaganda, y su cosecha de simpatías por la estrella solitaria fue vasta y duradera en toda América. Al propio tiempo fue gran conquistador de hermosuras y donjuanizó lo más gallardamente posible. En esa época imperaba el más delicioso de los romanticismos. Bogotá era la capital intelectual hispano-americana: la María de Isaacs la patrona pasional; la décima sonora el instrumento más exquisito para rimar dulzuras. Ningunas como las de Palma; y la estrofa de sus Tinieblas del alma fue ofreciendo por todas nuestras repúblicas sus elegantes y afectadas gracias melódicas de manera tal que era como un bouquet interior que se prendían en el alma todas las niñas enamoradas. Bravo y dichoso caballero que en tantos climas abrevó su Pegaso en las más puras linfas y supo adornar sus crines de as más frescas azucenas! Dichoso y bravo caballero!

No creáis, compañeros, que no tuvo sus desahogados, sus Bouvard y Pecuchet furiosos, sus bachilleres protestantes. Si no los hubiese tenido no habría sido el poeta que era. Pero su indiferencia noble y sus victorias dieron cuenta de los sembradores de espinas y de nadas. Todo artista de verdad, que tiene conciencia de lo que es, sin engañarse a sí mismo, es inmaculable e intocable, cubierto por su propio diamante.

Los últimos versos de Palma demuestran que en el arte puro y sincero no existen las maneras sino los poetas. Su poesía es tan "actual" como la del más flamante versolibrista, como la del más intenso "moderno". Y es porque pertenece al arte eterno, porque su palabra es cierta y profunda, sacada de su misma entraña, armonizada en su ser íntimo; porque es de las que se escriben "con sangre" como quiere el Loco alemán. Porque no miente, porque no engaña; porque no se disfraza ante los demás, y menos ante su propio espíritu. Porque expresa todo lo que siente, en su ritmo personal. En un libro de Wilde que acaba de aparecer —The soul of man— encuentro esta repetición de una verdad que nunca será bastante repetida: "Una obra de arte es el resultado especial de un temperamento único. Sus facultades se afirman porque el autor es lo que es. Ella no tiene nada que ver con las otras. Desde que el artista considera lo que los otros desean, y se esfuerza en responder a su demanda, cesa de ser un artista y se convierte en un comerciante de mala fe". Palma ha manifestado siempre su personalidad a su manera, ha puesto en sus versos su música individual, su ritmo interior; ha sido siempre él mismo. De allí su éxito. Si los poetas americanos escribiésemos como Palma, estaríamos en ridículo. Si Palma se propusiese escribir, pongo por caso, a mi manera, dejaría de portar la única diadema que no puede quitarle nadie. Palma conquistó al público, al duro y espeso público; pero no fue por que le hiciese indignas concesiones, antes bien porque supo, órficamente, encadenarle. Hoy la forma de Palma parecerá a algunos surannée; mas lo mismo diríase de un romance de Zenea, de un soneto de Góngora, o de un rondel de Ronsard. ¿Y lo que hay adentro no es sangre viva? La copa, además, se labra conforme el capricho de cada artífice, y siendo el vino puro, la embriaguez es la misma. Del propio corazón sale la mejor poesía, del propio corazón, o del propio cerebro calentados por la vida. Yo no quiero que cultivemos tan sólo el fruto de nuestros terruños. Yo no quiero como nuestro inmenso y querido Martí, que nuestro vino sea de plátano. América es tan vasta que en ella cabe todo; y los mostos chilenos saben a los mejores borgoñas.

Saludemos en Palma a uno de nuestros más gloriosos ancêtres. Él representa una de las más felices iniciaciones intelectuales de nuestra juventud.

En una lejanía sonrosada de alba, cree uno acaso escuchar:

Ella era un lirio del río,
Blanca y pura cual ninguna,
Hecha de rayos de luna
Y de gotas de rocío.
Su mirar
Era el suave luminar
De una estrella cuando asoma
Medio oculta en verde loma.
Ella en su rostro reunía
Como en espléndida corte,
A la belleza del Norte
La gracia del Mediodía.

¡Y tanta cosa de luz y seda!

Con los discursos de Zambrana y los prodigios de Martí y la semilla de instrucción y de bondad que iban dejando por América ilustres pedagogos cubanos, los versos de Palma enseñaron a mi generación a amar a Cuba. Y por Palma conocimos líricamente ese heroico pueblo de Bayamo, y oímos el rumor de su río, y el ruido de sus palmares. Palma fue el último de los trovadores, el trovador de la libertad y del amor de su patria.

Dénos el gentil maestro un libro de su vejez, el de sus postreros años, que Dios alargue. Florezca el viejo laurel verde. Cante el antiguo ruiseñor.

Anvers, junio, 1906.

Tomado de: El Fígaro, 22 de julio 1906

 

José Joaquín Palma
Nota necrológica

Guatemala, capital de la República de su nombre, recogió el 2 de agosto de este año el postrimer aliento del dulce poeta cubano José Joaquín Palma, nacido en nuestra inmortal Bayamo el 11 de septiembre de 1844. Sus versos eran vagos reflejos de un ideal...

ruido de besos, quejas de amores,
leves perfumes de los alcores
y agrestes notas del palmeral,

como escribió él mismo. No hay en ellos, según le dijo Martí en carta que figura en las dos ediciones de sus Poesías (1), estériles prepotencias de lenguaje, exuberante vegetación vacía de fruto, matizada apenas por solitaria y, entre las hojas, apagada flor... No son renglones que se suceden: son ondas de flores.

Esa es, exactamente, la impresión que produce, al abrirlo, cualquiera de los dos volúmenes que encierran las poesías de Palma: parece que perfuman: tal es el suave aroma que despiden esos versos naturales, sencillos y fluidos del vate bayamés, sin que por ello se entienda que su lira sólo cantó, melifluamente, dulzuras y ternezas. También vibró, con acentos vigorosos, en distintas composiciones, especialmente en el Himno Nacional de la República de Guatemala, cuya letra es obra de nuestro poeta, en la poesía ¡Vengados!, inspirada por el fusilamiento de los estudiantes inocentes del 71, y en la que lleva por título: A Honduras en su primera Exposición Nacional. Pero siempre, aun en casos como éstos, la nota delicada deslizábase en su poesía; era su característica, como lo fue del malogrado Milanés.

¿Quién no recuerda los célebres versos, que tanta boga tuvieron en otra época, dedicados a Antonio Zambrana, hoy Ministro de Cuba en Colombia y el Ecuador, y que empiezan:

¡Ay amigo, tú no sabes
mis recónditas congojas!?

Fue revolucionario, y su cubanismo jamás quedó desmentido. Era patriota ferviente, sincero y honrado. Sus versos, casi todos escritos fuera de Cuba, están impregnados de reminiscencias, de recuerdos de la cara tierra nativa, a la que volvió por última vez, en 1909, ya minado su organismo por el terrible mal que le llevó al sepulcro, para aspirar por algún tiempo las brisas de la patria, retornando a Guatemala a ocupar el cargo con que le honró el primer Gobierno republicano de Cuba: Cónsul General en dicha nación, en el desempeño del cual murió.

En La Regeneración, de Bayamo, comenzó á publicar sus versos; y cuando de la misma imprenta de dicho periódico salió a luz pública el primer número de El Cubano Libre (17 de octubre de 1868), apareció José Joaquín Palma como director de éste.

En distintas ocasiones recibió, fuera de aquí, lauros demostrativos de la muy alta estima en que se le tenía por sus merecimientos, como en la noche del 15 de septiembre de 1879, en que el presidente de Guatemala, Dr. Marco Aurelio Soto, le hizo entrega, en solemne acto público, de la medalla de oro con que fue premiada su oda a la primera Exposición Nacional de Honduras, antes citada, distinguiéndole aquel Gobierno, también, con el nombramiento de director de la Biblioteca Nacional.

A su entierro concurrió cuanto algo significa en la vida de aquella República hermana, honrado por su patria adoptiva y por su tierra natal, dejando a las letras cubanas esos dos volúmenes de versos delicados, y sin que aun se haya puesto en práctica, por no haber transcurrido el tiempo que la ley señala, el acuerdo que tomó el Consejo Provincial de Oriente, de que los restos del poeta descansen en la tierra que baña el apacible Bayamo.

Ya no podrá, cual galante y antiguo trovero, llegar a las rejas de alguna dama para entonar su canto
fingiendo en el arpa susurros y quejas
de tórtola triste, de alegres abejas,
allá entre las ramas del verde encinar.

Notas

(1) Poesías de J. J. Palma, precedidas de un prólogo por Ramón Rosa, de una alocución por Marco Aurelio Soto y de varias cartas. Tegucigalpa, Tip. Nacional, 1882. 8°, I.XII - 259 p. — Poesías de J. J. Palma.   Guatemala, Impresas en la Tip. Nacional, 1900.    16°, 1,XIV - 292 p., ret.

Tomado de: “Necrología”, Revista de la Biblioteca Nacional, jul-dic de 1911, pp. 110-111.

 

José Joaquín Palma y el Himno de Guatemala

Guatemala tiene la suerte de contar entre sus símbolos patrios, con uno de los himnos más hermosos del mundo, considerado así por el Conservatorio de Milán, "clásica tierra de la música".

Montserrat, afirma que "es de lo mejor que se ha escrito" y Carlos Labin de la Sociedad Americanista de París y de la Musicología de Francia, lo ha calificado también como "el más original" de todos los que representan en el Continente Americano, el patriotismo de cada nación soberana.

Como todos los cantos patrios del continente, nuestro Himno Nacional, ha tenido que pasar por algunas vicisitudes; después de los vanos intentos de la Sociedad Literaria El Porvenir, en 1879, la jefatura del departamento de Guatemala promovió un concurso en 1887, para elegir la música de la letra del Himno Popular del poeta Ramón P. Molina, en el que tomaron parte distinguidos maestros de este bello arte y del cual salió triunfante por la primera vez la del compositor Rafael Álvarez Ovalle, cuya música acompañó por un largo tiempo la letra del poeta Molina, compuesta a instancias de la gobernación departamental.

No fue sino hasta el año de 1896 en que el gobierno del general Reina Barrios, "Considerando que se carece en Guatemala de un Himno Nacional, pues el que hasta hoy se conoce con ese nombre, no sólo adolece de notables defectos, sino que no ha sido declarado oficialmente como tal; y que es conveniente dotar al país de un himno que por su letra y música responda a los elevados fines en que todo pueblo culto presta esta clase de composiciones", acordó la convocatoria de un certamen para premiar la mejor letra y música que se presentara en ese concurso, logrando así encarnar la suprema aspiración de nuestro pueblo de contar con un Himno Nacional, habiendo sido premiados la música del compositor Rafael Álvarez Ovalle y la letra amparada con el seudónimo de "Anónimo".

El triunfo concedido nuevamente al maestro Rafael Álvarez Ovalle, le costó los momentos más amargos de su existencia, hubo descontento entre los que no ganaron, haciendo llegar su queja hasta el primer mandatario, quien en presencia de los miembros de su gabinete y otras personalidades y maestros de arte musical, volvieron a escuchar todas las composiciones que compitieron en el concurso, habiendo salido electa nuevamente por unanimidad, la del maestro Rafael Álvarez.

El autor de la letra del Himno Nacional, permaneció en el más profundo misterio hasta 1911, en que se descubrió que su autor era el poeta cubano J. Joaquín Palma.

El estreno del Himno Nacional, tuvo lugar en el acto lírico literario, celebrado en el teatro Colón, la noche del domingo 14 de marzo de 1897, como uno de los principales puntos del programa de festejos de la Exposición centroamericana, habiendo sido condecorado con medalla de oro y diploma de honor, su autor, el maestro Rafael Álvarez.

Letra original del Himno Nacional de Guatemala

Guatemala feliz!..... ya tus aras
No ensangrienta feroz el verdugo;
Ni hay cobardes que laman el yugo;
Ni tiranos que escupan tu faz.

Si mañana tu suelo sagrado
Lo profana invasión extranjera,
Tinta en sangre tu hermosa bandera
De mortaja al audaz servirá.

CORO:
Tinta en sangre su hermosa bandera
De mortaja el audaz servirá;
Que tu pueblo con ánima fiera
Antes muerto que esclavo será.

De tus viejas y duras cadenas
Tú fundiste con mano iracunda,
El arado que el suelo fecunda,
Y la espada que salva el honor.

Nuestros padres lucharon un día
Encendidos en patrio ardimiento,
Te arrancaron del potro sangriento
Y te alzaron un trono de amor.

CORO:
Te arrancaron del potro sangriento
Y te alzaron un trono de amor,
Que de patria al enérgico acento
Muere el crimen y se hunda el error.

Es tu enseña pedazo de cielo
Entre nubes de nítida albura,
Y ay de aquél que con mano perjura
Sus colores se atreva a manchar!

Que tus hijos valientes y altivos
Ven con gozo en la ruda pelea,
El torrente de sangre que humea
Del acero al vibrante chocar.

CORO:
El torrente de sangre que humea
Del acero al vibrante chocar,
Que es tan solo el honor su presea
Y el altar de la patria, su altar.

Recostada en el Ande soberbio,
De dos mares al ruido sonoro,
Bajo el ala de grana y de oro
Te adormeces del bello quetzal;

Ave indiana que vive en tu escudo,
Paladión que protege tu suelo,
Ojalá que remonte su vuelo
Más que el cóndor y el águila real!

CORO:
Ojalá que remonte su vuelo
Más que el cóndor y el águila real,
Y en sus alas levante hasta el cielo,
Guatemala, tu nombre inmortal!

La letra original del Himno Nacional fue cambiada en 1934, durante el gobierno dictatorial de Jorge Ubico, dicha tarea le fue asignada a José María Bonilla Ruano. Algunos versos fueron embellecidos en gran manera y otros fueron suavizados...

Tomado de: http://www.sat.gob.gt/guatemala/himno.htm