Una importante contribución para el estudio en Cuba del pensamiento esclavista del siglo XIX: José Antonio Saco, eternamente polémico

Por Tomás Fernández Robaina
Investigador y Profesor Titular
Biblioteca Nacional José Martí

José  Antonio Saco, eternamente polémico (1), es el título que la Editorial Oriente dio a conocer en el 2005, debido a la investigadora Olga Portuondo Zúñiga, con un muy interesante y oportuno prólogo que prepara al lector para valorar más objetivamente esa obra que debemos leer y estudiar para enriquecer nuestro conocimiento acerca de una de las figuras más controversiales de nuestra historia, pero altamente coherente y consecuente hasta el final de su vida con su pensamiento en torno a la integración de Cuba a España como la opción más conveniente para el desarrollo de la Isla.

Ese empeño saquista, interrumpido sólo con su muerte, es la más palpable expresión de una de las grandes utopías  de los pensadores cubanos a lo largo de toda nuestra historia.

A pesar de su reconocida inteligencia y poder de análisis, no se percató de las objetivas contradicciones coloniales que hacían imposible la materialización de esa idea. Esas contradicciones habían determinado la separación política, por lo tanto, la independencia de las excolonias españolas en el continente. Sin embargo, la situación posterior que emergió en ellas, alimentó más el criterio saquista de lo nefasto de ese camino y muy seriamente creyó que la metrópoli española reaccionaría de forma positiva  y concedería las demandas de los criollos leales a la corona para evitar lo que acontecía en las tierras continentales.

Estaobra sobre José Antonio Saco (1797-1879) es el resultado de la acuciosa pesquisa efectuada por la historiadora Portuondo Zúñiga, quien dedicó muchas horas, días y meses revisando libros, prensa periódica, legajos y manuscritos en las principales bibliotecas y archivos del país,  y la valiosa documentación facilitada por el investigador puertorriqueño Jorge L. Guiovananetti,  procedentes de bibliotecas británicas.

Una vez más Portuondo Zúñiga enriquece nuestra historiografía (2) con una obra muy necesaria que permite acercarnos a fases de la vida de Saco, desconocidas o poco divulgadas. Esta aproximación nos proporciona elementos para más objetivos enjuiciamientos de su pensamiento, sobre todo, sus aportes en el proceso de construir los pilares iniciales de la nación y de la patria en Cuba.

Un factor importante de la investigación que comento  radica en  demostrar cómo  la experiencia juvenil de Saco en Bayamo y en Santiago de Cuba fueron experiencias  decisivas  que enraizaron en su mente los principios éticos y las tradiciones de las más antiguas familias cubanas que conformaban la clase alta de la sociedad colonial, la que tenía el poder económico, político y cultural, que en el caso concreto de su vivencia, era la de la llamada burguesía criolla de tierra adentro, en este caso oriental, y por más bayamesa y santiaguera (3).

En este punto debe recordarse que Raúl Cepero Bonilla (1920-1962) (4), citado por la autora en la revisión bibliográfica sobre Saco, desnudó de manera inobjetable el pensamiento  racista de Saco y el de su amigo Domingo del Monte (1804-1853) en Azúcar y Abolición, libro casi olvidado y poco citado en la actualidad.

Tampoco puede pasarse por alto el criterio del también polémico Walterio Carbonell (1920-2008) (5), quien expresó en su crítica marxista a la Historia de Cuba, escrita por Óscar Pino Santos (1928-2004) (6), que los historiadores e ideólogos del sistema capitalista republicano, inaugurado el 20 de mayo de 1902, sin pensadores de la talla  de Francisco Arango y Parreño (1765-1837), José Antonio Saco y José Martí (1853-1895), entre otros, tomaron de ellos, manipuladamente,  todo lo que pudiera legitimar la ideología  de la República burguesa y sus gobiernos defensores de los intereses de las clases sociales  poseedoras del poder financiero y político.

La República nacida en 1902 se vendió como la materialización de la idea martiana de la Patria con todos y para el bien de todos, cuando la sociedad emergente del sistema esclavista y de la intervención estadounidense estaba muy distante de ser la concepción martiana, ya que la realidad demostró desde el mismo inicio del siglo XX, que los negros no tenían las mismas posibilidades de trabajo que los blancos.

Sus reclamos populares, al constatar que no bastaba con ser cubano para disfrutar de todos los derechos legitimados constitucionalmente, no fueron tenidos en cuenta por los que ostentaban entonces el poder político, sordos, insensibles, ciegos, mudos y paralíticos en accionar las medidas que debían tomarse para  eliminar lo que muy sabiamente Juan Gualberto Gómez (1854-1933) llamaba la diferencia  de origen.

Los africanos habían sido traídos a las Américas como instrumentos de trabajo, esclavizados para crear las riquezas de sus amos. Eliminada la esclavitud, los ya hombres y mujeres libres no fueron tomados en cuenta debidamente para que recibieran los beneficios de programas de instrucción que los habilitaran para minimizar al máximo la lamentable pero objetiva diferencia de origen, cuyas secuelas aún son visibles en todos los países de América donde hay población afrodescendiente.

Objetivamente, en todos ellos, y Cuba no podía ser una excepción, el movimiento social del negro se revitaliza en la actualidad y busca un mayor espacio para continuar con el proceso de eliminar al máximo esa histórica diferenciación, y ahora más optimistas que nunca, en virtud de las condiciones objetivas y subjetivas que existen en Cuba para una victoria exitosa de la lucha contra el racismo, la discriminación y los prejuicios raciales.

Uno de los comentarios de la historiadora subraya la creencia de Saco acerca de una mayor consideración hacia los esclavos, por parte de los esclavistas de Cuba, en comparación con otras colonias de América. Portuondo cita un texto muy ilustrativo en ese sentido, aparecido en El Mensajero Semanal en 1829:

“Afortunadamente, la Isla de Cuba no presenta esas escenas horrorosas. Muchos de sus hacendados tratan con dulzura a sus esclavos, aliviándoles en lo posible el yugo de la esclavitud; y aunque algunos la ejercen con dureza, es de esperar que el ejemplo de la mayoría, el progreso de las luces y su interés bien entendido uniformarán la opinión sobre un punto tan importante”.(7)

Otro aspecto interesante de Saco se tiene cuando sale en defensa de la poesía de José María Heredia (1803-1839), atacado virulentamente por Ramón de La Sagra (1798-1871), y sobre todo, cuando publica su opúsculo “Justa defensa de la Academia Cubana de Literatura contra los violentos ataques que se le han dado en el Diario de la Habana desde el 12 hasta el 23 de abril del presente año”. (8)

Al respecto la pesquisadora Portuondo expresa que, en relación al primer hecho, no considera la actitud de Saco como una pugna personal contra La Sagra, pero que subyacía el rechazo a la prepotencia del peninsular, de su menosprecio por el espíritu civilizador criollo. Ella acentúa la conveniencia de considerar también que Saco conservaba  entonces aspiraciones científicas que no había podido desarrollar por el monopolio que en ese campo ejercía Ramón de La Sagra. (9)

En cuanto a la Academia Cubana de Literatura, ya por su propio nombre parece alejarse de su concepción de Cuba española.

Evidentemente, como bien manifiesta Portuondo, la Academia Cubana de Literatura, fue una forma intelectual de los jóvenes criollos blancos de aquel momento para crear una institución independiente de la Sociedad Patriótica de Amigos del País (SPAP) en el seno de la Comisión Permanente de Literatura de dicha Sociedad.  Ese propósito tenía mucho sentido porque “la madrastra”, tal como nombraban los jóvenes a la SPAP, era una institución controlada por los esclavistas y conservadores que impedían la libre expresión de las ideas contrarias a las de la dirección.

Creada ya oficialmente la Academia Cubana de Literatura, el 6 de marzo de 1834, de inmediato se ilegitimó su existencia al no haber sido sometido su reglamento a la dirección de la SPAP.  La investigadora asevera que lo anterior fue la consecuencia de haber:

“…un rechazo unánime de la oligarquía plantacionista a la formación de la Academia para así evitar que sus componentes proporcionaran un debate a un público que gustaba de la polémica, sobre todo, cuando esta albergaba propuestas de reformas que podían quitarles su preeminencia política”. (10)

Otra destacada contribución de Saco, tal vez la más importante, fue su intransigente discurso en contra de la anexión de Cuba a los Estados Unidos. En sus razonamientos profundizó y subrayó todo lo que perdería la Isla si tal anexión se materializaba. Él estaba muy lejos de pensar que sus escritos, que perseguían en el fondo la concientización de los lectores para el logro de una Cuba española, serían tomados como fuentes nutricias de mucho valor para el enraizamiento y perdurabilidad del sentimiento antianexionista que aún tiene vigencia entre nosotros.  Por esa razón sus escritos en esa dirección circularon libremente en la colonia. Muy atinadamente dice Olga Portuondo:

“¿Qué mejor propaganda contra el anexionismo podía tener España?”(11)

El pensamiento saquista estaba bloqueado a la posibilidad de un cambio por su concepción integracionista y su tozudez en creer en la posibilidad de un cambio positivo por parte de la metrópoli.  Es poco probable que no le llegaran nombres de esos negros y mulatos que él deseó en algún momento o deseaba aún expulsar de Cuba, durante su estancia en la península, pero ahora mediante el mestizaje como un camino hacia el blanqueamiento total de la población negra. En algún momento debió oír los nombres de Antonio Maceo (1845-1896), Quintín Bandera (1834-1906), Guillermón Moncada (1841-1895), entre otros.

Justamente esos, entre muchos más, ya habían integrado el importante sector social de la población negra libre de Cuba.

Mucho tiempo después, los investigadores Juan Pérez de la Riva (1913-1976) y Pedro Deschamps Chapeaux (1913-1994) (12) llamaron, algo irónicamente, a esas personas, las gentes sin historias, las que, sin embargo, sin discursos teóricos, solamente con su hacer cotidiano desde sus diferentes clases y niveles sociales, también habían contribuido al proceso formativo de nuestra cultura y nacionalidad, del mismo modo que habían creado y posibilitado las riquezas de los esclavistas; pero esa contribución no fue vista por Saco, que sólo los consideró instrumentos de trabajo, en su empeño de construir una Cuba Blanca Española.

Todas esas gentes estaban asimiladas a los valores impuestos por la sociedad colonial, pero algunos respondían más plenamente que otros a dicha asimilación. Una parte de esos asimilados, consideró, de forma simulada o no, aceptar, en primera instancia, el blanqueamiento intelectual y religioso, como un modo de borrar las líneas discriminatorias.

Pero la cantidad de los que podían tener esas aspiraciones era ínfima en comparación con la gran masa analfabeta de la población negra. Esa minoría fue la que integró lo que algunos historiadores llaman la pequeña burguesía negra de la Cuba colonial, formada por negros libres que habían logrado ahorrar algún dinero, poseer pequeñas propiedades, o desempeñarse como artesanos en algunos oficios y tareas no disputadas por los blancos.

Esa idea de la pequeña burguesía negra cubana colonial ganó cierta credibilidad, y aún más cuando se planteaba que la misma había sido decapitada en 1812 (13), en 1844 (14), y ya en el período republicano en 1912 (15), porque cada vez que esa clase era vista como peligrosa para el poder establecido, en la colonia y en la república, la misma era acusada de conspiración, y sus líderes principales ejecutados mortalmente.

La ausencia de información amplia y sistematizada durante muchos años alimentó el desconocimiento y la creencia popular sobre tales hechos, como oí narrar en más de una ocasión a personas diferentes durante mi infancia.

La represión contra los negros en 1812 fue la respuesta del poder colonial a la conspiración dirigida por Antonio Aponte (¿?-1812), que pretendió levantar a los esclavos y negros libres empeñados en abolir el sistema esclavista.

La Conspiración de la Escalera, así llamada por la tortura que sufrían amarrados a una escalera los acusados, contó con un fuerte apoyo de no pocos blancos abolicionistas, y del gobierno británico. Pero algunos de ellos, al ver la proporción organizativa de la conspiración, cogieron miedo y denunciaron directa o indirectamente al gobierno español el alzamiento que se preparaba; también el gobierno británico, al haber un cambio en la política exterior de ese reino, comunicó oficialmente a la corona española lo que se gestaba. El popular y notable poeta mulato Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844) fue acusado y ajusticiado como uno de los principales conspiradores.

El levantamiento de los militantes del Partido Independiente de Color en 1912, buscaba simplemente la derogación de la Enmienda Morúa que  los imposibilitaba presentarse a las elecciones de noviembre de ese año. Los negros cubanos habían tomado esa decisión dirigidos por Evaristo Estenoz (¿?-1912), ante la objetiva realidad de que sus demandas sociales eran tomadas por el partido liberal y el conservador, únicamente como medidas para atraer sus votos, pero que una vez en el poder nada se hacía en favor de sus reivindicaciones.

La propia incomprensión de no pocos negros y el rechazo al proyecto de un partido negro por parte de las figuras intelectuales, políticas y sociales blancas y negras de aquel momento, dieron al traste con ese empeño. Nadie vio que ese partido había surgido como consecuencia de que la República Martiana con todos y para el bien de todos no era aquella nacida el 20 de mayo de 1902, por lo que el Programa del PIC planteaba, en muy buena medida, una república y una sociedad más equitativa para todos los cubanos, como bien se aprecia mediante la lectura de su programa. La respuesta oficial fue radical: no a la exigencia de legalizar al PIC, y por lo tanto, sus máximos dirigentes, Pedro Ivonet (¿?-1912) y Evaristo Estenoz, fueron asesinados, al igual que cientos de negros, y muchos otros fueron encarcelados porque reclamaban una patria más digna para todos los cubanos.

Por supuesto, el fracaso del PIC no fue motivo para que el negro cubano dejara de reclamar sus derechos como ciudadanos de primera línea, quienes, primero como esclavos, habían construido las riquezas de sus amos y desarrollado el nivel económico del país a partir de la explotación intensa a la cual se vieron sometidos durante la colonia.  Después, como mambises, se habían incorporado a la Guerra de los Diez Años (1868-1878), a la Guerra Chiquita (1879-1880), y finalmente a la Guerra de Independencia de 1895-1899.  De modo irrefutable todas esas incorporaciones contribuyeron a la formación de la nacionalidad cubana. Obviamente, muy distinta de la anhelada por Saco, como bien evidencia Olga Portuondo en su estudio.

No hubo un discurso intelectual ni un llamado teórico, o una conceptualización con ese propósito, fue la materialización lógica del sentido de pertenencia de los negros criollos a la tierra en donde habían nacido libres o esclavos: la independencia se les planteaba, a finales de los años ochenta del siglo XIX, como la meta anhelada donde todos los problemas que habían enfrentado ya como hombres libres serían resueltos.

Las ideas de Martí habían tenido muy buena acogida entre la población negra a través de Juan Gualberto Gómez, ejemplo vivo del paradigma de los negros cubanos de aquella época, gran divulgador del pensamiento martiano mediante los periódicos La Fraternidad, primero, y luego desde La Igualdad. Dichos órganos periodísticos le facilitaron divulgar sus concepciones acerca de la tan necesaria fraternidad entre blancos y negros cubanos.  Fue un tenaz opositor a la creación de un partido político integrado sólo por negros. Por lo tanto, fue coherente su rechazo a la existencia del PIC. Pero su gran error fue traspolar sus criterios al siglo XX, sin percatarse de las grandes contradicciones clasistas de la República, y del papel neocolonialista que jugaban los gobiernos y la mayoría de los políticos que se enriquecían defendiendo los intereses económicos foráneos.

El análisis objetivo de los resultados históricos de esos personajes comienza a abrirse paso, y sin duda, la contribución de la historiadora Portuondo estimulará la aparición de otras reflexiones en ese sentido.

Formando parte de ese sector de la población negra ya mencionada y contribuyente, por lo tanto, al proceso de formación de nuestra nacionalidad y de nuestra cultura, encontramos a muchos hombres y mujeres que hicieron gala amplia de la política de la simulación o de la doble moral como una forma consciente de defender y mantener sus vínculos con las culturas y las tradiciones de África. Analizada desde ahora esa actitud, se evidencia como la muestra de una gran inteligencia en los que iniciaron ese proceso de simulación, de solapamiento consciente.

¿Qué otra cosa podían haber hecho esos hombres y mujeres para salvar sus religiosidades, su espiritualidad y mantener vivo ese conocimiento con el cual habían venido desde la lejana África? Bautizados a la fuerza en la fe cristiana del catolicismo, sin que tuvieran una noción lógica al principio de lo que significaba el bautizo en la religión que legitimó y bendijo por siglos el cautiverio de los indios americanos y la trata negrera como un medio de salvar de la ignorancia a los negros africanos. 

Un ejemplo paradigmático donde no había espacio para la simulación por la situación crítica que enfrentó fue la valiente actitud del cacique Hatuey, guerrero que se había opuesto a la conquista de los españoles. Momentos antes de morir quemado en la hoguera rechazó la fe cristiana, porque para nada le interesaba estar en el cielo al lado de sus asesinos. 

La política de la simulación o de la doble moral dio origen a lo que históricamente se ha llamado en Cuba y en otras latitudes sincretismo.

Dicho fenómeno debe valorarse en dos niveles. El primero fue el resultado de la adaptación o readecuación, o de la simple sustitución de los elementos tangibles de  sus culturas africanas, por los que más se les asemejaban entre los hallados en las nuevas tierras.  Esto se operó fundamentalmente en la flora y en la fauna, es decir, en todo lo que conformaba el entorno ecológico americano y que les podía recordar en buena medida lo conocido por ellos en África.

El segundo nivel debió ser un proceso más complejo. Radicó en la transferencia de las fuerzas espirituales de sus diversas creencias y sus atributos a algunos de los santos y vírgenes de la iglesia católica adorados en Cuba y en Brasil, principalmente.

Los ejemplos más populares de ese complejo y largo  devenir aparecen en el llamado sincretismo del catolicismo y del culto a los orishas (de origen yorubá) que dio por resultado lo que en Cuba se denomina Santería y en Brasil Candomblé, también presente entre otras  prácticas  afro-religiosas visibles en todas nuestras regiones.

Ese proceso debió haber sido en su comienzo hermético, compartido sólo entre los practicantes de cada religiosidad, y no pudo ser observado en un principio por los ojos del esclavista.

Concluida ya la esclavitud, la visión y conocimiento que se tenía de ese fenómeno por parte de los miembros de las clases sociales ilustradas de nuestra República, era muy limitada y prejuiciada, como bien se aprecia por las noticias aparecidas en la prensa sobre las actividades religiosas afrocubanas, así como por la valoración que de ellas se hace.

El propio Fernando Ortiz (1881-1969), el abridor del camino hacia el estudio y valoración del legado africano y de sus descendientes en la formación de nuestra nacionalidad y de nuestra cultura, cayó en errores que posteriormente superó; ello le permitió adoptar una visión más amplia y objetiva. Por algo se le ha llamado el Tercer Descubridor de Cuba.

No es de lamentar  que Saco no se percatara de lo que realmente estaba ocurriendo en el seno de la sociedad esclavista.  Sus investigaciones acerca de la esclavitud en otras latitudes y las lecciones históricas dadas por los pueblos de América en busca de su independencia lo parapetaron aún más en sus convicciones, como consecuencia de su formación  juvenil en Bayamo y en Santiago de Cuba.  Saco padeció del mal de algunos jóvenes, o dogmáticos investigadores, que acopian información con el presupuesto de demostrar una hipótesis, la cual no siempre puede ser demostrada si los datos reunidos y el análisis objetivo de los mismos, apuntan hacia un resultado no esperado por el investigador.

Esta contribución de Olga Portuondo refleja de modo muy claro que no es posible, por demostrar un aspecto negativo, omitir lo que puede considerarse positivo. Lo mismo puede referirse en sentido contrario.

Este comentario persigue el mismo presupuesto de la autora en cuanto al abordaje de la personalidad de José Antonio Saco. Por lo que aplaudamos su aporte, y los venideros, donde veamos a nuestras grandes figuras en sus aspectos positivos y negativos, porque sólo así se hace la verdadera historia.

 

Notas y bibliografía:

1.- OLGA Portuondo Zúñiga. José Antonio Saco eternamente polémico: Premio ensayo Emilio Bacardí Moreau 2004. / Pról. Hernán Venegas Delgado.--1.ed. —Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2005. —234 p.

2.- Algunas de estas son: 1) La virgen de la Caridad del Cobre, símbolo de cubanía. —Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 1996. 2) Una derrota británica en Cuba. —Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2000, Premio de la critica de ciencias sociales, 2001. 3) Un liberal cubano en la corte  de Isabel II. —La Habana: Ediciones Unión, 2002.  4) Entre esclavos y libres de Cuba colonial.--  Santiago de cuba: Editorial Oriente, 2003.

3. —Olga Portuondo Zúñiga. José Antonio Saco. pp. 183-184.

4. —Raúl Cepero Bonilla. Azúcar y abolición; apuntes para una historia crítica del abolicionismo. —La Habana: Editorial Echevarria, 1960. —226 p.

5.- Walterio Carbonell.   “El marxismo y la historia de Cuba- I (Del comunismo primitivo al Estado): Visión de la isla”.   Bohemia. Año 57, No. 9,  25 febr. 1965. pp. 26-28.  “El marxismo y la historia de Cuba- II (Del Estado clasista a la Revolución)”   Bohemia. Año 57, No. 10,  5 mar. 1965. pp. 26-28.

6. —Oscar Pino Santos.  Historia de Cuba: aspectos fundamentales. —2.ed. —La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1964.- 352 p.

7. OPZ. Ob. Cit. p. 68

8. —Ob.cit. p.76

9. — Ob. Cit. p. 69

10. —Ob. cit.74

11. —Ob. Cit. p. 99

12.—Juan Pérez de la Riva y Pedro Deschamps Chapeaux.  Contribución a la historia de la gente sin historia. —La Habana: Editorial de ciencias sociales, 1974. —282 p.

13. José Luciano Franco Ferrán. —La conspiración de Aponte. —La Habana: Publicaciones del Archivo Nacional, 1963. —101 p.Ver también: 1) Jorge Pavez O. “El libro de pinturas, la “Conspiración de Aponte”: texto, conspiración y clase: el Libro de Pinturas y la política de la historia en el Caso Aponte”.   En: ANALES DE DESCLASIFICACIÓN (Santiago, Chile)         vol. 1, No. 2, 2006. pp. 665-772 

Importante contribución investigativa y valorativa. Posee anexos con los interrogatorios y declaraciones de los acusados, así como con documentos y dibujos ocupados en casa de Aponte.

14. —Daisy Cué Fernández.   Plácido: El poeta conspirador. —Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2007. —359 p.

La investigación más completa y más reciente sobre una de las dos voces poéticas (La otra voz es la de José María Heredia y Heredia) más importantes de la historia y de la poesía cubana de los primeros cincuenta años del siglo XIX. Otros textos imprescindibles para el estudio de Plácido y de la Conspiración, entre muchos más: 1) Robert Paquete. Sugar is made with blood, the conspiracy of La Escalera and the conflict between Empires over slavery in Cuba, Wesleyan, Connecticut: University Press, 1998;  2) Rodolfo Sarracino.  Inglaterra: sus dos caras en la lucha  cubana por la abolición..-- La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 1989.

15.-- Serafín Portuondo Linares. Los Independientes de Color.  2. ed. Editorial Caminos, 2002. 1. ed. 1950.  Para ampliar el conocimiento sobre el PIC pueden consultarse los siguientes títulos, entre otros:

1) Tomás Fernández Robaina. El Negro en Cuba. — 2. ed. -- La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1994. 1. ed. 1990.

2) Aline Helg. Lo que nos corresponde: la lucha de los negros y mulatos por la igualdad de Cuba 1886-1912. — La Habana: Imagen Contemporánea, 2000. 3) Alejandro de la Fuente. Una nación  para todos. Raza, desigualdad y política en Cuba (1900--2000). —Madrid: Editorial Colibrí, 2001? 4) María de los Ángeles Meriño Fuentes.  Una vuelta necesaria a mayo de 1912. —La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2006. 5) Silvio Fernández Castro.  La masacre de los independientes. — La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2002.